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VIAJAR EN UN RAYO DE LUZ
Anécdotas sobre esos Viajeros llamados por la medicina "pacientes psiquiátricos"
Acerca de
Diario del Gran Viajero, alguien que envidia a los verdaderos Viajeros y se esconde tras un eufemismo falso.

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Sindicación y Notas
 
ESA COSA LLAMADA HIPOTECA
Anécdota nº 66

Hay muchos Viajeros, la mayoría, conviviendo en sus casas con sus familiares: la mayoría de limitaciones sociales que suponen estas enfermedades convierten la emancipación tardía que se vive actualmente en un lujo. Sea por una capacidad económica penosa, por las tremendas dificultades para tener un trabajo… por lo que sea, la estampa más común con el paso de los años es la de estas personas adultas con sus padres a su pleno cargo (ya mayores y muchas veces impedidos).

Por otro lado, cada vez hay más recursos que ofrecen un lugar en el que vivir, especialmente a aquellos que están fuera del sistema o que tienen serias dificultades para vivir solo o que, por ejemplo, no tengan familia o amistad alguna.

Tanto en un caso como en otro, tienen una cosa en común que los aleja de la realidad hipotecaria, hasta el punto de desconocer completamente su funcionamiento y hasta su existencia. Ya no hablemos de cuando ven noticias sobre el aumento de la cuota media de las hipotecas por mor del euribor: intentar comprender que la mayoría de la gente de la calle va a pagar una media de 100 euros más al mes de letra (cuando muchos de ellos cobran una pensión de 350 euros mensuales) supone creer que ahí fuera todo el mundo es rico.

Estas percepciones sobre algo en cierta manera incomprensible dan mucho juego para ver esa realidad ajena a ellos de tipos de interés, burbujas que no acaban de explotar y zulos a precio de palacete. Recuerdo un día que conversaba con un apreciado Viajero y su conclusión sobre las hipotecas actuales fue “¿y por qué hace la gente esas cosas?”. No supe cómo responderle porque, en cierta manera, yo tampoco entiendo que haya gente que hipoteque la mitad o tres cuartas partes de sus ingresos por 60 metros cuadrados… ¡eso sí que es una locura!

Pero la anécdota más simpática que he escuchado sobre el tema fue la siguiente: la protagonista siempre argumenta sus comentarios en que desaprovechó su juventud viviendo una “mala vida” por las calles y que ahora tiene mucho por aprender. Ante los problemas de mucha gente con sus hipotecas y sus dificultades para llegar a final de mes, me confesó: “yo al menos no he tenido nunca que preocuparme por las hipotecas. Bueno, sí que me preocupaban de joven, cuando jugaba al Monopoly y mis hermanos acababan por desplomarme con tanta hipoteca. ¡No veas qué daño hacía cuando daba todo el dinero a la banca!”.

No habría podido definir mejor esa sensación que tantos vivimos, llueva o nieve, cada primero de mes.

 
¡QUE NO ME GRITES!
Anécdota nº 65

Se dice que nuestra sociedad es tan ruidosa que, a la vez perdemos oído y nos vemos obligados a gritar para que no escuchen. Aunque esto es una generalización sin interés, lo cierto es que es una de las tantas “sutiles” formas de justificar nuestros gritos. Y éstos se repiten tantas veces, con tantas personas y durante tantos días que, como las mentiras y su veracidad, su reiteración consigue que creamos que eso es lo útil y adecuado.
¿A qué viene todo esto? Pues a una conducta que veo que se mantiene entre muchos profesionales ante la necesidad de utilizar un modo más directivo ante sus pacientes.

Todo aquello del principio es una banalidad cuando uno va descubriendo cómo en tantos ámbitos de las relaciones sociales lo normal parece ser imponer con gritos lo que debe o no hacerse.

La diferencia entre estricto, firmeza u orden y la imposición de un punto de vista o un “mando y ordeno” a gritos no lo distingue ya mucha gente. Con otras palabras: el enamorado, estudioso y conocedor de la pedagogía no gritará a sus discentes. No pensará que un grito a tiempo será más útil que mil rodeos: eso es no tener ni puñetería idea de la forma en que los niños aprenden.

Pues si hablamos de salud mental, de toda esa gente que por desgracia aún no tiene el beneplácito que la sociedad tiene hacia otras patologías o carencias (léase ciegos, sordos, síndromes diversos, discapacitados físicos…) y que generan recelo allí por donde pasen, ya no os digo nada.

¿De veras creen que mucha gente trata siempre a los locos de su comunidad con aprecio y distinción? Lo menos malo será mostrarles compasión; algo peor será no hablarles (y menos aún gritarles) no vaya a ser que les hagan algo. Y muchas, muchas veces, se les grita, como si el ser enfermo mental presupusiere tener poca agudeza auditiva. Los gritos son un modo de expresión que debe utilizarse en su momento adecuado, no por rutina. Igual debería hacerse con ellos.

© Kevin Jackson - intelligentpants.comEsto siempre lo he tenido más o menos claro. Pero acabó de fijarse cuando comencé a escuchar comentarios de algunos apreciados Viajeros: criados a base de golpes y gritos, maltratados y gritados mientras vivían en la calle o notando que la ensalada de pensamientos se aceleraba hasta llegar a bloquear a uno de seguir recibiendo gritos. En definitiva, me pedían que ya les habían gritado bastante en la vida como para que los profesionales también lo hiciésemos.

No comprender comportamientos y pretender solucionarlos a golpe de grito es un indicativo de sufrir una tremenda necesidad de descansar o bien de no tener idea de qué son las relaciones humanas. Los niños nos han enseñado y enseñan desde siempre con sus travesuras, perrerías, celos y regresiones cómo quieren ser entendidos y, al intentar solucionarlos a gritos, siempre empeoran y se llevan la peor parte. Y seguimos sin aprender.

Puede parecer que esto es exagerado, pero esto es un cuaderno de opinión y si lo estoy escribiendo es porque así lo percibo desde hace años. Y yo me frustraré, no sabré por dónde salir o me desesperaré en la inopia, pero yo me creo eso de la “atención respetuosa”. Y por respeto a su dignidad, juro que no me sacarán un grito.