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VIAJAR EN UN RAYO DE LUZ
Anécdotas sobre esos Viajeros llamados por la medicina "pacientes psiquiátricos"
Acerca de
Diario del Gran Viajero, alguien que envidia a los verdaderos Viajeros y se esconde tras un eufemismo falso.

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Sindicación y Notas
 
Mediometraje: “El Televisor”, de Narciso Ibáñez Serrador
Anécdota nº 60

Lo reconozco: soy de esos a los que les encanta quedarse de madrugada viendo peliculones auténticos subtitulados que emiten a altas horas de la madrugada. Recuerdo cuando descubrí a Vincent Price interpretando personajes de Poe o adaptaciones de obras de Lovecraft y otros genios, alucinando ante tantas fatales casualidades, entre laboratorios, tumbas, locuras y catalepsias.

Una noche (ya hace bastante de esto) vi esta película de la serie “Historias Para No Dormir” de Chicho Ibáñez y también me sorprendió tan sublime actuación que, quién lo iba a decir, estaba protagonizada por un personaje de los que acabarían siendo la razón de mi trabajo. Y, ciértamente, muchas experiencias vitales de muchos Viajeros son un cúmulo de auténticas historias para no dormir... Ahora, con la recuperación de muchas series en formato DVD, he podido redescubrir esta historia y corroborar, desde mi nueva perspectiva, que es magnífica y que la interpretación del padre de Chicho, Narciso Ibáñez Menta, que en la segunda mitad de su trayectoria artística podría decirse que fue el Vincent Price asturiano, es poco menos que soberbia.

Este mediometraje (de algo más de una hora) de 1974, en pleno final de la dictadura y su absurda moral de la familia y cuando en España aún era un privilegio tener una tele en color, muestra la evolución de una persona “normal” (esto es: un trabajador de banca de toda la vida, incansable, por el bien de su familia) cuando consigue hacer realidad su máximo sueño: tener el mejor televisor del mercado en su casa. Renuncia a todo por ahorrar (atención, en estos tiempos de consumismo exagerado y endeudamiento, a sus consejos sobre la compra a plazos) y esperar años a que lleguen los últimos modelos y darse su único —literalmente— capricho en la vida.

A parte de popurrí inicial, que ya nos avisa del descomunal bombardeo que llega a emitirse (Cruyff, películas, noticiarios, nombres de lugares remotos, dibujos animados...), su vida de años y años de rutina de casa al trabajo y del trabajo a casa, acaban cambiando cuando descubre cuántas cosas se ha perdido. Ha comenzado su nueva vida, teniendo en su salón una iglesia (“para que ir a misa si la tenemos en casa”) y un pabellón deportivo donde juegan, para él, la final de balonmano el Granollers y el Athlético de Madrid. Por no hablar de “Don Adolfo Marsillach”, que actuará por las noches en el teatro de su casa...

Hasta que la cosa empieza a tomar otros tintes... y “hasta aquí puedo leer” (como dirían los presentadores del concurso creado por Chicho “Un, dos, tres... responda otra vez”).

Parece mentira como, después de 33 años, cuando en España sólo había un canal de televisión (y controlado por el régimen), ya nos advierte nuestro protagonista de los excesos de la publicidad, de cómo la mayoría de cosas en la tele son mentira o de cómo puede llegar a impermeabilizar los sentimientos y actitudes hacia la familia. En muchos aspectos de su carrera, realmente Chicho ha sido un poco Verne...

Obviamente, no puedo avanzar nada más. Sólo me queda lanzar desde estas humildes anécdotas un pequeño homenaje a este hombre que no está pasando por sus mejores momentos de salud.

Si hay un mensaje claro que yo saco de esta historia es que nadie está libre de ser Viajero algún día.

Disfrutad de esta “historia de un hombre sencillo, bueno, simple... y gris. Se llama Enrique. Enrique tiene un gran concepto de la puntualidad, de la honestidad, del amor a la familia. Tiene hijos, tiene mujer (claro) y tiene trabajo, mucho trabajo. [...] Siempre, siempre luchando con las prisas. [...] Se levanta a las siete y su jornada la divide un plato combinado en cualquier bar. [...] ¿Por qué las prisas? ¿Por qué el autobús y los platos combinados? Pues, símplemente, porque quiere a su familia. Quiere que no les falte de nada y lo ha conseguido...

 
TAN AMIGOS COMO SIEMPRE
Anécdota nº 59

Si hay algo que me emociona de la amistad verdadera es comprobar cómo existe al margen de las dimensiones espacio-temporales del resto de relaciones mundanas. Baste como ejemplo comentar que vivo alejado de mis tres mejores amigos por bastantes kilómetros y que, en los escasos reencuentros, aun con meses de separación de por medio, continuamos en la conversación que dejamos como si, en realidad, sólo hubiésemos hecho una pausa para ir al servicio.

Ya he dicho que es algo que me emociona. Y, con un silogismo súi géneris (Oscuro, me da pánico utilizar locuciones, corrígeme si es necesario), he acabado aceptando que me emociona mi trabajo junto a los Viajeros. Me explico.

Después de mis vacaciones (todo un mes desconectado de mi realidad) llegó el momento de volver y esperar a ver si, este año, notaba eso de la depresión post-vacacional. Y, ¿con qué me encontré? Pues con mi apreciado Viajero pidiéndome lo que habíamos acordado que debía darle a esa hora (véase la anécdota nº56), ¡como si nos hubiésemos visto aquella misma tarde!

Esta situación me hizo crear el paralelismo. Aún a sabiendas de la necesaria barrera entre profesional y paciente, cuando me pasa esto y pienso “¡Viajero, eres fantástico!”, me redescubro disfrutando en mi trabajo. Y comprendo de nuevo la razón de mi nombre-eufemismo falso con el que firmo estas anécdotas.

Segúramente la amistad tiene algo de locura, porque a los amigos de verdad les permitimos cosas que no permitimos a los demás mortales. Porque para que la amistad sea verdadera (y no tipo Disney), es necesario envolverla de libertad casi absoluta y no tener muy en cuenta muchas de sus extravagancias. Será por eso por lo que me emociona. Será por eso por lo que sigo, emocionado, buscando mi particular síndrome post-vacacional.

 
HE ESTADO A PUNTO DE CURAR LA ESQUIZOFRENIA...
Anécdota nº 58

...y mía fue la culpa de que esto no ocurriese... en sueños.

Entre los Viajeros, uno aprendre de forma rápida a distinguir entre varios grupos, en relación a cómo viven su enfermedad (nótese que no utilizo aceptación de la enfermedad, que es harina de otro costal).

Así, los hay que, por supuesto, yo de enfermo nada a los que hacen de la carencia de salud su vértice de todo aquello que afecta a su vida. Y, repito, no hablo aquí específicamente de la percepción de la enfermedad (o insight). Creo que es importante esta aclaración, pues hay quien vive feliz en su desconocimiento y quien, después de conocer por encima muchas expresiones y vocabulario médico de uso poco habitual, comienza a girar su destino alrededor de un discurso que, en realidad no comprenden. Con un simple ejemplo creo que me explicaré mejor: yo puedo disfrutar lo que me ofrece un ordenador e internet sin tener la más mínima idea de MB, protocolos de transferencia o de qué capacidad tiene mi tarjeta gráfica...

A una apreciada Viajera me refiero en esta anécdota, que es un claro ejemplo de una vida que gira alrededor de una sintomatología jeroglífica mal entendida. No hace mucho que hablábamos prácticamente cada día de temas que no comprendía bien: qué pasaba en su cerebro, qué podía hacer para invertir el proceso, por qué desde hacía un tiempo soñaba... en fin, que vistiéndome la armadura del discurso divulgativo, intentaba colocar poco a poco los remiendos a unos cimientos que, en demasiadas zonas, estaban muy afectados de aluminosis... Parábolas sobre las sinapsis, el porqué de la cronicidad, las fases del sueño y la confirmación de que prácticamente todas las personas sueñan (la esquizofrenia no revoluciona el proceso del descanso nocturno, salvo algunas particularidades; básicamente relacionadas con el uso de algunos fármacos en relación a algunas fases. Los contenidos de muchos sueños son tema a parte).

Después de varios días de conversaciones de este tipo, pasamos a un nuevo reto: siempre la despertaba con el ¡buenos días! mientras estaba soñando (cuando, según ella, nunca lo había hecho). De nuevo la armadura: pura casualidad, que cuando te despierto estás en fase REM...

Finalmente, el día esperado: después de vueltas y más vueltas sobre estos temas... ¡zas!, voy yo y la despierto justo cuando estaba a punto de descubrir “la pócima” (atención el punto brujesco) para curar la esquizofrenia. Lejos de reírse de lo absurdo de sus palabras en su desorientación matutina y una vez puestos los pies en la tierra, ¡me formó un escándalo porque la había sacado a la fuerza del laboratorio cuando a punto estaba de erradicar la enfermedad del planeta!

Más tarde ya nos reíamos. Pero me quedó entonces esa espinita de no haberle permitido, cosas de la casualidad, ver cómo acababa su sueño. Primero pensé que, en el fondo, la había librado de la decepción que supone salvar el mundo durmiendo y volver a comprobar lo que hay al despertar. Luego, rescatando los balbuceos originarios, he optado por reproducir lo que quedó del sueño: no quisiera yo ser el reponsable de ningún retroceso en ningún ámbito de la salud. Tomen nota:

La pócima tenía dos líquidos y un polvillo. Y los líquidos eran anaranjado y morado...”.