LOS RECUERDOS INDELEBLES
Anécdota nº 54
Escuchaba atento hace días una entrevista al hijo del que fue presidente del Gobierno Adolfo Suárez, parece ser que afectado por una demencia galopante. Hablaba de su padre sin sentimentalismos sensacionalistas. Al contrario: comentaba su ya prácticamente total pérdida de la memoria, que era incapaz de reconocer a sus propios hijos o amistades y todas esas características que hacen de cualquier tipo de demencia una indeseable compañera de viaje.
De lo que dijo, quisiera remarcar dos aspectos que me alegraron: dos situaciones muy particulares que lo sacudían y que removían algo en él, por muy vacía que pareciese ya su mente.
La primera era que, aunque seguramente no reconocía a sus nietos, cuando veía entrar a los niños cambiaba su expresión y no actuaba igual. En su Viaje, cada vez más lejos de este mundo, sigue habiendo una conexión con esos locos bajitos. Como ya he dicho en otras anécdotas, no es la primera ni la última vez que hablo de esas conexiones que, a los que ya somos adultos nos cuesta sobremanera ver.
La segunda trataba de que, de joven, había sido jugador federado de ping-pong y que, si le ponías una raqueta en la mano, se transformaba y, con sus limitaciones físicas, era capaz de pelotear hasta el punto de vértelas mal para ganarle.
Esta situación del ping-pong la vimos, mis compañeras y yo, este verano, durante unas vacaciones en compañía de un grupo de Viajeros. Uno de ellos, al parecer aquejado de algún problema añadido que lo postra inmóvil los más de los días, renació de su letargo cuando le dimos la opción de jugar a ping-pong. Cuando repasamos los recuerdos o las imágenes grabadas, realmente no parece él.
Hay recuerdos que, como la tinta china, son indelebles al paso del tiempo. Por falta de uso podrás olvidar rostros, sabores o números de teléfono. Pero estamos hablando precisamente de algo superior; recuerdos que, aunque acabemos algún día inmóbiles sobre una camilla, casi estoy seguro de que continuarán por ahí, porque en el fondo son los únicos tesoros que nos llevaremos al otro barrio.
Lejos de querer parecer moralista, creo que puede ser un buen ejercicio vital intentar averiguar, antes de hora y en nuestra sana capacidad, cuáles son nuestros propios recuerdos indelebles. Probadlo: no es nada fácil. Igual, como todo en la vida, no los podremos ver y valorar hasta que no los perdamos.
Imagen: "La persistencia de la memoria" de Salvador Dalí, con una placa de memoria RAM, aquella que se vacía cuando el ordenador se apaga...
Escuchaba atento hace días una entrevista al hijo del que fue presidente del Gobierno Adolfo Suárez, parece ser que afectado por una demencia galopante. Hablaba de su padre sin sentimentalismos sensacionalistas. Al contrario: comentaba su ya prácticamente total pérdida de la memoria, que era incapaz de reconocer a sus propios hijos o amistades y todas esas características que hacen de cualquier tipo de demencia una indeseable compañera de viaje.
De lo que dijo, quisiera remarcar dos aspectos que me alegraron: dos situaciones muy particulares que lo sacudían y que removían algo en él, por muy vacía que pareciese ya su mente.
La primera era que, aunque seguramente no reconocía a sus nietos, cuando veía entrar a los niños cambiaba su expresión y no actuaba igual. En su Viaje, cada vez más lejos de este mundo, sigue habiendo una conexión con esos locos bajitos. Como ya he dicho en otras anécdotas, no es la primera ni la última vez que hablo de esas conexiones que, a los que ya somos adultos nos cuesta sobremanera ver.
La segunda trataba de que, de joven, había sido jugador federado de ping-pong y que, si le ponías una raqueta en la mano, se transformaba y, con sus limitaciones físicas, era capaz de pelotear hasta el punto de vértelas mal para ganarle.
Esta situación del ping-pong la vimos, mis compañeras y yo, este verano, durante unas vacaciones en compañía de un grupo de Viajeros. Uno de ellos, al parecer aquejado de algún problema añadido que lo postra inmóvil los más de los días, renació de su letargo cuando le dimos la opción de jugar a ping-pong. Cuando repasamos los recuerdos o las imágenes grabadas, realmente no parece él.
Hay recuerdos que, como la tinta china, son indelebles al paso del tiempo. Por falta de uso podrás olvidar rostros, sabores o números de teléfono. Pero estamos hablando precisamente de algo superior; recuerdos que, aunque acabemos algún día inmóbiles sobre una camilla, casi estoy seguro de que continuarán por ahí, porque en el fondo son los únicos tesoros que nos llevaremos al otro barrio.Lejos de querer parecer moralista, creo que puede ser un buen ejercicio vital intentar averiguar, antes de hora y en nuestra sana capacidad, cuáles son nuestros propios recuerdos indelebles. Probadlo: no es nada fácil. Igual, como todo en la vida, no los podremos ver y valorar hasta que no los perdamos.
Imagen: "La persistencia de la memoria" de Salvador Dalí, con una placa de memoria RAM, aquella que se vacía cuando el ordenador se apaga...
LA SALUD «ENTAL»
Anécdota nº 53
Cuando pasas tanto tiempo con Viajeros es lógico que surjan, de vez en cuando, ocurrencias divertidas y muy originales. Y si además estás marcado por un diagnóstico de tanto peso, si eres capaz de mantener el buen humor con tus propios problemas de salud, realmente estamos ante una actitud digna de admirar.
Hace unos días, una conocida Viajera me comentaba que la había visitado el dentista por la tarde. Lo que podría haberse quedado en un comentario sin más, fruto de su siempre ácido sentido del humor, se convirtió en una fantástica anécdota. El resorte fue decir que había ido a la “clínica dental”. Se mostró por un momento pensativa y entonces dijo:
«Estoy hecha un cromo: tengo problemas de salud mental, de salud dental... y de salud "fental”» (la femta, del catalán, son las heces; ¡se refería a su estreñimiento crónico!).
La broma siguió con la finalización “ental”: “pues dicen que en tal sitio te curan de verdad”, etc... Que por muchos problemas de salud que tengas, no pierdas el sentido auténtico del humor es, sin duda, la mejor muestra de la aceptación de uno mismo.
Cuando pasas tanto tiempo con Viajeros es lógico que surjan, de vez en cuando, ocurrencias divertidas y muy originales. Y si además estás marcado por un diagnóstico de tanto peso, si eres capaz de mantener el buen humor con tus propios problemas de salud, realmente estamos ante una actitud digna de admirar.
Hace unos días, una conocida Viajera me comentaba que la había visitado el dentista por la tarde. Lo que podría haberse quedado en un comentario sin más, fruto de su siempre ácido sentido del humor, se convirtió en una fantástica anécdota. El resorte fue decir que había ido a la “clínica dental”. Se mostró por un momento pensativa y entonces dijo:
«Estoy hecha un cromo: tengo problemas de salud mental, de salud dental... y de salud "fental”» (la femta, del catalán, son las heces; ¡se refería a su estreñimiento crónico!).
La broma siguió con la finalización “ental”: “pues dicen que en tal sitio te curan de verdad”, etc... Que por muchos problemas de salud que tengas, no pierdas el sentido auténtico del humor es, sin duda, la mejor muestra de la aceptación de uno mismo.





