JUGANDO AL «MUNDO MEJOR»
Anécdota nº 50
Esto es cosa mía, en absoluto es el resultado de ningún estudio ni nada que se le parezca (como todo lo que he escrito). Si dibujásemos un diagrama o esquema, de esos que los que teorizan son tan devotos, sobre los aspectos o pivotes sobre los que gira el devenir de los Viajeros en la vida (dejando al margen clasificaciones patológicas) llegaríamos, a mi modo de ver y según los designios de lo escrito en este diario, a algo así:
Pues vamos a hacer una lectura de lo que aquí aparece. Comenzamos con la REHABILITACIÓN. Parece de lo más normal pensar que, como cualquier enfermo, el Viajero necesita seguir un proceso para volver a insertarse en la salud. Pero este aspecto, en su caso, dentro de la sencillez es a la vez más complejo. Si nos rompemos un hueso, intentaremos que vuelva a estar en la medida de lo posible como antes. Pero si aceptamos la cronicidad de estas enfermedades… ¿es posible volver a un punto siquiera parecido a antes de la aparición? Además, estamos hablando de una afectación, al margen de la base cerebral, que afecta a la psique humana. Hablamos de la aparición de una nueva manera de comprender el mundo y la realidad. Sea como sea, tanto si la afectación es adquirida o desde el nacimiento, el Viajero se encuentra con que le intentan recolocar en una sociedad que piensa muy diferente a él y que, en la mayoría de los casos, no lo acepta. Así pues, ¿en qué sociedad estamos rehabilitando? Si incluso nosotros mismos a veces no estamos de acuerdo con ella. Integración social sí, pero ¿en qué sociedad?
Después nos encontramos con la CAPACIDAD DE RELACIÓN. Hay viajeros que son capaces de mostrarte, en su enfermedad, más afecto sincero del que mucha gente recibirá de su familia en toda su vida. Si la relación que surge de un estado de falta de salud puede ser tan intensa, ¿sería igual si ese Viajero fuese “de los nuestros”? Estamos hartos de decir que en este mundo falta mucho afecto. Muchos, viendo que su enfermedad provoca rechazo en sus relaciones normales, consideran a los profesionales que los entienden como sus únicos amigos. Si a mucha gente ya le cuesta relacionarse con normalidad, ¿cómo no va a ser difícil enlazar compañerismos y amistad para alguien que busca amistades en el bando enemigo?
Y finalmente, un aspecto denostado por su poca consistencia en la vida real. Sin UTOPÍAS, el mundo no avanza: los inventos, las revoluciones culturales, los cambios políticos, la ciencia… siempre surge de una utopía que provoca rechazo en un principio. Para alguien que vive acostumbrado a sufrir el rechazo, encuentra en su día a día el caldo de cultivo ideal para creer y crear utopías. Como el niño que juega a los médicos y te inyecta vacunas que todo lo curan, ellos te hablan de que un día tendrán un trabajo y una casa y que, para que la gente no pase lo que ellos, vivirán para ayudar a los demás. O quien dice que su objetivo es vivir en una cama durmiendo y sin hacer nada. ¿Quién no juega a la lotería para ser algún día supermegamillonario… y hacer una de las dos cosas? Tú qué harías: ¿el primer o el segundo ejemplo? Si va a resultar que el meollo de todo está, como tantas y tantas cosas que no nos gustan de esta sociedad, en manos del dinero.
Pues es así de sencillo: la mayoría de la gente ve a los Viajeros como alguien que no puede reinsertarse socialmente, que son incapaces de relacionarse porque provocan miedo y porque, además, tienen la cabeza llena de tonterías. No vamos bien: así no se rehabilita ni el más entregado a esa causa.
El límite de toda situación de ausencia de salud es para mi (y ya lo he comentado otras veces) el dolor o el sufrimiento. Si un Viajero o cualquier otra persona lo pasa mal o puede provocar daño a otros o a si mismo, ahí es cuando hay que actuar. Mientras tanto, deberíamos observar, disfrutar y aprender del punto de unión de esas tres áreas: ni más ni menos que lo que podéis leer en las 49 anécdotas anteriores.
Muchas veces la integración social no les es necesaria (por lo que ya he comentado anteriormente) y, si la creen necesaria, es porque les han enseñado que son diferentes e inferiores: seguramente por causa de haber caído en las garras del paternalismo. Ningún Viajero es inferior a nosotros: son personas con sus particularidades, como cualquiera. Y su capacidad de relación es tan válida como cualquier otra: todos comentamos cómo algunas culturas no muestran afecto en público y lo vemos normal, pero a ellos no los entendemos. Y, por último, sus utopías deberían ser, como cualquier otra utopía, materia prima que debería ser aprendida para que todos juguemos al «mundo mejor».
No vaya a ser que, después de tanto rehabilitar, que a base de cansancio y la acción de espíritus amigos que convencen de que la locura perjudica, lleguen a adquirir tal conciencia de la sociedad que, como al Quijote (tal y como comentaba El Oscuro en la anécdota nº 25) cuando sean cuerdos, mueran.
Casi sin darse uno cuenta, comprueba que ha llegado a la anécdota número 50 y, lo que es más sorprendente aún, que ha pasado un año desde que me propuse comenzar este diario. Sólo dar mi agradecimiento a todas y cada una de las más de 2.000 visitas (de las que un cuarto de ellas son de países americanos, grata sorpresa) que han tenido a bien detenerse en algún momento por esta página y, quién sabe, que incluso hayan comprendido el porqué de ésta: demostrar que no hay razón para que los Viajeros, sean como sean, continúen siendo rechazados. Gracias, de verdad.
Esto es cosa mía, en absoluto es el resultado de ningún estudio ni nada que se le parezca (como todo lo que he escrito). Si dibujásemos un diagrama o esquema, de esos que los que teorizan son tan devotos, sobre los aspectos o pivotes sobre los que gira el devenir de los Viajeros en la vida (dejando al margen clasificaciones patológicas) llegaríamos, a mi modo de ver y según los designios de lo escrito en este diario, a algo así:Pues vamos a hacer una lectura de lo que aquí aparece. Comenzamos con la REHABILITACIÓN. Parece de lo más normal pensar que, como cualquier enfermo, el Viajero necesita seguir un proceso para volver a insertarse en la salud. Pero este aspecto, en su caso, dentro de la sencillez es a la vez más complejo. Si nos rompemos un hueso, intentaremos que vuelva a estar en la medida de lo posible como antes. Pero si aceptamos la cronicidad de estas enfermedades… ¿es posible volver a un punto siquiera parecido a antes de la aparición? Además, estamos hablando de una afectación, al margen de la base cerebral, que afecta a la psique humana. Hablamos de la aparición de una nueva manera de comprender el mundo y la realidad. Sea como sea, tanto si la afectación es adquirida o desde el nacimiento, el Viajero se encuentra con que le intentan recolocar en una sociedad que piensa muy diferente a él y que, en la mayoría de los casos, no lo acepta. Así pues, ¿en qué sociedad estamos rehabilitando? Si incluso nosotros mismos a veces no estamos de acuerdo con ella. Integración social sí, pero ¿en qué sociedad?
Después nos encontramos con la CAPACIDAD DE RELACIÓN. Hay viajeros que son capaces de mostrarte, en su enfermedad, más afecto sincero del que mucha gente recibirá de su familia en toda su vida. Si la relación que surge de un estado de falta de salud puede ser tan intensa, ¿sería igual si ese Viajero fuese “de los nuestros”? Estamos hartos de decir que en este mundo falta mucho afecto. Muchos, viendo que su enfermedad provoca rechazo en sus relaciones normales, consideran a los profesionales que los entienden como sus únicos amigos. Si a mucha gente ya le cuesta relacionarse con normalidad, ¿cómo no va a ser difícil enlazar compañerismos y amistad para alguien que busca amistades en el bando enemigo?
Y finalmente, un aspecto denostado por su poca consistencia en la vida real. Sin UTOPÍAS, el mundo no avanza: los inventos, las revoluciones culturales, los cambios políticos, la ciencia… siempre surge de una utopía que provoca rechazo en un principio. Para alguien que vive acostumbrado a sufrir el rechazo, encuentra en su día a día el caldo de cultivo ideal para creer y crear utopías. Como el niño que juega a los médicos y te inyecta vacunas que todo lo curan, ellos te hablan de que un día tendrán un trabajo y una casa y que, para que la gente no pase lo que ellos, vivirán para ayudar a los demás. O quien dice que su objetivo es vivir en una cama durmiendo y sin hacer nada. ¿Quién no juega a la lotería para ser algún día supermegamillonario… y hacer una de las dos cosas? Tú qué harías: ¿el primer o el segundo ejemplo? Si va a resultar que el meollo de todo está, como tantas y tantas cosas que no nos gustan de esta sociedad, en manos del dinero.
Pues es así de sencillo: la mayoría de la gente ve a los Viajeros como alguien que no puede reinsertarse socialmente, que son incapaces de relacionarse porque provocan miedo y porque, además, tienen la cabeza llena de tonterías. No vamos bien: así no se rehabilita ni el más entregado a esa causa.
El límite de toda situación de ausencia de salud es para mi (y ya lo he comentado otras veces) el dolor o el sufrimiento. Si un Viajero o cualquier otra persona lo pasa mal o puede provocar daño a otros o a si mismo, ahí es cuando hay que actuar. Mientras tanto, deberíamos observar, disfrutar y aprender del punto de unión de esas tres áreas: ni más ni menos que lo que podéis leer en las 49 anécdotas anteriores.
Muchas veces la integración social no les es necesaria (por lo que ya he comentado anteriormente) y, si la creen necesaria, es porque les han enseñado que son diferentes e inferiores: seguramente por causa de haber caído en las garras del paternalismo. Ningún Viajero es inferior a nosotros: son personas con sus particularidades, como cualquiera. Y su capacidad de relación es tan válida como cualquier otra: todos comentamos cómo algunas culturas no muestran afecto en público y lo vemos normal, pero a ellos no los entendemos. Y, por último, sus utopías deberían ser, como cualquier otra utopía, materia prima que debería ser aprendida para que todos juguemos al «mundo mejor».
No vaya a ser que, después de tanto rehabilitar, que a base de cansancio y la acción de espíritus amigos que convencen de que la locura perjudica, lleguen a adquirir tal conciencia de la sociedad que, como al Quijote (tal y como comentaba El Oscuro en la anécdota nº 25) cuando sean cuerdos, mueran.
EL AMIGO INVISIBLE
Anécdota nº 49
No me estoy refiriendo a ése que nos visita en las reuniones sociales por Navidad. Me refiero a una de las alucinaciones por excelencia: la que provoca la percepción de la existencia de alguien (voz, e incluso imagen) que el resto de los mortales no son capaces de ver.
Cuando vemos en las películas a actores que hablan con sujetos inmateriales, que provocan el desconcierto a aquellos que ven cómo se comunican con ellos, hasta nos produce gracia. Pero dejando a un lado las películas, terreno abonado para las fantasías, y nos acercamos a la vida real, las sensaciones son muy diferentes.
Algunos se escandalizan aunque no lo muestren. Otros se sorprenden e incluso se asustan antes posibles consecuencias de un modo de actuar ido: ¿agresividad? ¿autolesión? Y algunos otros se limitan a reír en silencio y dedicarse, en su interior, a colgar adjetivos, a cuál más peyorativo, al Viajero imaginariamente acompañado en cuestión.
Como ya he dejado entrever en otras anécdotas, me encanta y ayuda a comprenderlos crear relaciones entre ellos y los niños. Supongo que ya veis por dónde voy: durante muchos años del crecimiento infantil, los amigos y acompañantes imaginarios conviven con los niños. Por una vez en la vida, los niños no son menospreciados: al contrario, se dice que son imaginativos y cosas como que aún no diferencian entre la realidad y la fantasía (cosa que, personalmente, cada vez me creo menos; que me parece buscar la lógica racional a algo que, como los sentimientos, no puede medirse con ese rasero). Aunque el espejismo desaparece rápido: los papis y maestros no tardarán en poner esa barrera y defenderla obligando a los niños a crear una diferenciación que quizás aún no quieran establecer.
¿Por qué cuando un Viajero, en su cronicidad, convive con amigos imaginarios, no se le permite disfrutarlos libremente? No digo que siempre sean buenos los compañeros de viaje: el límite está en si los hacen sufrir. Pero de aquellos Viajeros que son felices así y se encuentran con “papis y maestros” (con forma de “educadores y enfermeros”) que se empeñan en poner una y otra vez una barrera inútil... ¿quién se acuerda? ¿Quién los respeta? ¿Quién admira tal capacidad y se lo hace saber, para henchir así su dignidad? Luego nos llenamos la boca de frases utópicas de lo imperioso de revivir y mantener al niño que llevamos dentro.
Un conocido y apreciado Viajero hablaba con su amigo y, cuando estaba yo cerca, le pedía que se callara. A ver quién me dice que no tiene algo de tierno esa imagen y quién soy yo para ponerme a asentar barreras. Y un día, en su lucidez (es decir, en un estado más cercano a esta realidad) me dijo que él era creyente y que Jesús decía que sólo los que eran como niños estarían con el Padre. ¡Qué cosas! Creencias a un lado, había dado sentido a su alucinación estableciendo un modo de vida, a su parecer, más correcto. A mí esto me parece, en realidad, una conciencia de la enfermedad (sui géneris, por supuesto; así que jamás aceptada) digna de aplauso.
No seamos tan cerrados ni tan racionales. Y siguiendo con el símil, quien no haya visto “cosas raras” alguna vez (ni que sea por falta de descanso o por una copa de vino de más) o se haya visto en casa hablando sólo, que tire la primera piedra...
No me estoy refiriendo a ése que nos visita en las reuniones sociales por Navidad. Me refiero a una de las alucinaciones por excelencia: la que provoca la percepción de la existencia de alguien (voz, e incluso imagen) que el resto de los mortales no son capaces de ver.
Cuando vemos en las películas a actores que hablan con sujetos inmateriales, que provocan el desconcierto a aquellos que ven cómo se comunican con ellos, hasta nos produce gracia. Pero dejando a un lado las películas, terreno abonado para las fantasías, y nos acercamos a la vida real, las sensaciones son muy diferentes.
Algunos se escandalizan aunque no lo muestren. Otros se sorprenden e incluso se asustan antes posibles consecuencias de un modo de actuar ido: ¿agresividad? ¿autolesión? Y algunos otros se limitan a reír en silencio y dedicarse, en su interior, a colgar adjetivos, a cuál más peyorativo, al Viajero imaginariamente acompañado en cuestión.
Como ya he dejado entrever en otras anécdotas, me encanta y ayuda a comprenderlos crear relaciones entre ellos y los niños. Supongo que ya veis por dónde voy: durante muchos años del crecimiento infantil, los amigos y acompañantes imaginarios conviven con los niños. Por una vez en la vida, los niños no son menospreciados: al contrario, se dice que son imaginativos y cosas como que aún no diferencian entre la realidad y la fantasía (cosa que, personalmente, cada vez me creo menos; que me parece buscar la lógica racional a algo que, como los sentimientos, no puede medirse con ese rasero). Aunque el espejismo desaparece rápido: los papis y maestros no tardarán en poner esa barrera y defenderla obligando a los niños a crear una diferenciación que quizás aún no quieran establecer.¿Por qué cuando un Viajero, en su cronicidad, convive con amigos imaginarios, no se le permite disfrutarlos libremente? No digo que siempre sean buenos los compañeros de viaje: el límite está en si los hacen sufrir. Pero de aquellos Viajeros que son felices así y se encuentran con “papis y maestros” (con forma de “educadores y enfermeros”) que se empeñan en poner una y otra vez una barrera inútil... ¿quién se acuerda? ¿Quién los respeta? ¿Quién admira tal capacidad y se lo hace saber, para henchir así su dignidad? Luego nos llenamos la boca de frases utópicas de lo imperioso de revivir y mantener al niño que llevamos dentro.
Un conocido y apreciado Viajero hablaba con su amigo y, cuando estaba yo cerca, le pedía que se callara. A ver quién me dice que no tiene algo de tierno esa imagen y quién soy yo para ponerme a asentar barreras. Y un día, en su lucidez (es decir, en un estado más cercano a esta realidad) me dijo que él era creyente y que Jesús decía que sólo los que eran como niños estarían con el Padre. ¡Qué cosas! Creencias a un lado, había dado sentido a su alucinación estableciendo un modo de vida, a su parecer, más correcto. A mí esto me parece, en realidad, una conciencia de la enfermedad (sui géneris, por supuesto; así que jamás aceptada) digna de aplauso.
No seamos tan cerrados ni tan racionales. Y siguiendo con el símil, quien no haya visto “cosas raras” alguna vez (ni que sea por falta de descanso o por una copa de vino de más) o se haya visto en casa hablando sólo, que tire la primera piedra...
COSAS DEL AMOR
Anécdota nº 48
Puede que la propia ideación delirante, la imaginería alrededor de algo que no se ha tenido tiempo de vivir o que no se ha vivido plenamente o, simplemente, por puro comentario. Lo cierto es que, las demasiado escasas veces que alguno de los Viajeros se decide a hablarte sobre como sienten el amor, recibes dos extremos: uno, el de ternura, por como tratan y llevan al extremo la diferenciación entre amor y, por ejemplo, puro sexo. El otro, el de frustración compartida, pues no es tarea fácil amar libremente (o sentirse amado libremente) cuando hablamos de alguien que se supone que no controla al cien por cien su mente.
Supongo que alguna vez os habréis enamorado y tendréis conocimiento del jaleo físico y mental que se le lía a uno en el cuerpo. Porque no es de estar muy cuerdos relacionar todas las cosas que te suceden y que te rodean con la persona amada; o que no puedas dormir, por cansado que estés, porque tu mente sólo tiene espacio para aplanarse con el recuerdo de tu nuevo dios idealizado o, mucho peor, incluso atreverte a no acudir a tu puesto de trabajo para encontrarse en una cita improvisada. Sí, la gente hace esas cosas y otras mucho peores: yo lo he visto, lo prometo.
De nuevo aquí topamos con un tema que nos sorprende. Casi parece obvio que un Viajero no puede amar en condiciones. Ojo: estamos hablando de amar, no de todo lo que se le adjunta a ese verbo como aprender a convivir y cosas así.
Por supuesto, no quiero caer en la trampa de la idealización: de todo hay entre los Viajeros, incluso desalmados que sólo conciben esa capacidad de amar de manera, digamos, poco ortodoxa. Pero sí que es cierto que, quizás por algo o quizás por todo lo que digo al principio de esta anécdota, cuando me he visto cerca de una situación donde aparece el amor entre Viajeros, las sensaciones son más que agradables.
Desde la inocencia y el poco saber hacer que se espera de un adulto, a aclaraciones y muestras de respeto que, de mostrarlas el resto de uniones del planeta, mucho mejor irían las cosas. No puedo dar ejemplos concisos: no acabaría.
Dejadme ponerme en plan presentación de diapositivas, de esas que te envían por correo (juro que sólo lo haré esta vez): disfrutad cada día de la capacidad de amar. Para algo alucinante que tenemos...
Puede que la propia ideación delirante, la imaginería alrededor de algo que no se ha tenido tiempo de vivir o que no se ha vivido plenamente o, simplemente, por puro comentario. Lo cierto es que, las demasiado escasas veces que alguno de los Viajeros se decide a hablarte sobre como sienten el amor, recibes dos extremos: uno, el de ternura, por como tratan y llevan al extremo la diferenciación entre amor y, por ejemplo, puro sexo. El otro, el de frustración compartida, pues no es tarea fácil amar libremente (o sentirse amado libremente) cuando hablamos de alguien que se supone que no controla al cien por cien su mente.
Supongo que alguna vez os habréis enamorado y tendréis conocimiento del jaleo físico y mental que se le lía a uno en el cuerpo. Porque no es de estar muy cuerdos relacionar todas las cosas que te suceden y que te rodean con la persona amada; o que no puedas dormir, por cansado que estés, porque tu mente sólo tiene espacio para aplanarse con el recuerdo de tu nuevo dios idealizado o, mucho peor, incluso atreverte a no acudir a tu puesto de trabajo para encontrarse en una cita improvisada. Sí, la gente hace esas cosas y otras mucho peores: yo lo he visto, lo prometo.
De nuevo aquí topamos con un tema que nos sorprende. Casi parece obvio que un Viajero no puede amar en condiciones. Ojo: estamos hablando de amar, no de todo lo que se le adjunta a ese verbo como aprender a convivir y cosas así.
Por supuesto, no quiero caer en la trampa de la idealización: de todo hay entre los Viajeros, incluso desalmados que sólo conciben esa capacidad de amar de manera, digamos, poco ortodoxa. Pero sí que es cierto que, quizás por algo o quizás por todo lo que digo al principio de esta anécdota, cuando me he visto cerca de una situación donde aparece el amor entre Viajeros, las sensaciones son más que agradables.
Desde la inocencia y el poco saber hacer que se espera de un adulto, a aclaraciones y muestras de respeto que, de mostrarlas el resto de uniones del planeta, mucho mejor irían las cosas. No puedo dar ejemplos concisos: no acabaría.
Dejadme ponerme en plan presentación de diapositivas, de esas que te envían por correo (juro que sólo lo haré esta vez): disfrutad cada día de la capacidad de amar. Para algo alucinante que tenemos...
A MÍ NO SE ME NOTA
Anécdota nº 47
El otro día, conduciendo, pasé por uno de los lugares con mayor tránsito de la ciudad: cerca de la estación del tren. Justo en ese momento hubo una invasión de las cercanías de jóvenes, seguramente universitarios, que se lanzaban calle abajo. Entre toda aquella prole, vi a una de mis conocidas Viajeras, muy joven también y, lo reconozco, pensé: “a ver quién diría que está enferma”. Estoy segurísimo de que muchos de vosotros, amables lectores, habéis pensado o dicho el caso contrario: “a éste o a aquélla cómo se le nota que tiene algo”.
En el grupo de Viajeros con los que estoy actualmente, se encuentra uno que ayer mismo me dijo, como quien no quiere la cosa, que a algunos de sus compañeros, en un curso que había realizado, a la mayoría se les notaba que tenían esquizofrenia. Cierto es que cualquiera que lo conozca jamás lo diría, teniendo en cuenta el estigma social que supone tener una enfermedad mental. Pero no dejó de sorprenderme cómo llegó a autoexcluirse de ese grupo.
Trabajamos para que se inserten en una sociedad que, de entrada no los acepta y que, una vez son medio aceptados, son señalados con el dedo de por vida. Y conseguir que, con su esfuerzo de comprensión o por gracia divina, a uno no se le note, lo aventaja sobre el resto en la aceptación social.
Dejadme sacar mi lado crítico y filántropo: a mi me da lo mismo que se note o no a nadie lo que le de la gana. Lo que me preocupa es que en esta sociedad las apariencias cada vez sean más importantes: no se puede notar que te cuesta llegar a final de mes, no se puede notar que no tienes un piso de diseño, no se puede notar que te gustan algunos programas de la televisión de los que nadie parece ver... Pero eso son banalidades, al fin y al cabo.
Lo malo es que, para que a uno le respeten su dignidad, no se le tenga que notar que tiene nada. Así pues, el en un principio hecho destacable de pasar desapercibido entre los demás, para un Viajero es, en el fondo, un ataque a su dignidad.
Mal vamos si, para sobrevivir, no se nos tiene que notar nada.
El otro día, conduciendo, pasé por uno de los lugares con mayor tránsito de la ciudad: cerca de la estación del tren. Justo en ese momento hubo una invasión de las cercanías de jóvenes, seguramente universitarios, que se lanzaban calle abajo. Entre toda aquella prole, vi a una de mis conocidas Viajeras, muy joven también y, lo reconozco, pensé: “a ver quién diría que está enferma”. Estoy segurísimo de que muchos de vosotros, amables lectores, habéis pensado o dicho el caso contrario: “a éste o a aquélla cómo se le nota que tiene algo”.
En el grupo de Viajeros con los que estoy actualmente, se encuentra uno que ayer mismo me dijo, como quien no quiere la cosa, que a algunos de sus compañeros, en un curso que había realizado, a la mayoría se les notaba que tenían esquizofrenia. Cierto es que cualquiera que lo conozca jamás lo diría, teniendo en cuenta el estigma social que supone tener una enfermedad mental. Pero no dejó de sorprenderme cómo llegó a autoexcluirse de ese grupo.
Trabajamos para que se inserten en una sociedad que, de entrada no los acepta y que, una vez son medio aceptados, son señalados con el dedo de por vida. Y conseguir que, con su esfuerzo de comprensión o por gracia divina, a uno no se le note, lo aventaja sobre el resto en la aceptación social.
Dejadme sacar mi lado crítico y filántropo: a mi me da lo mismo que se note o no a nadie lo que le de la gana. Lo que me preocupa es que en esta sociedad las apariencias cada vez sean más importantes: no se puede notar que te cuesta llegar a final de mes, no se puede notar que no tienes un piso de diseño, no se puede notar que te gustan algunos programas de la televisión de los que nadie parece ver... Pero eso son banalidades, al fin y al cabo.
Lo malo es que, para que a uno le respeten su dignidad, no se le tenga que notar que tiene nada. Así pues, el en un principio hecho destacable de pasar desapercibido entre los demás, para un Viajero es, en el fondo, un ataque a su dignidad.
Mal vamos si, para sobrevivir, no se nos tiene que notar nada.
CUESTIÓN DE CONFIANZA
Anécdota nº 46
El contenido de esta anécdota no está relacionado directamente con ningún Viajero específico, sino con el sistema de atención socio-sanitaria que reciben. Esto que explico, pues, no es un hecho que alce por delante de otros o que demuestre una capacidad escondida en sí. Me refiero a cómo son atendidos en comparación a otras personas diagnosticadas con cualquier enfermedad y que están ingresadas durante un período de tiempo importante.
El pudor y la desnudez son algo que, en el ámbito sanitario, no tienen razón de coexistencia. Cuando uno visita al médico o ingresa en el hospital, sabe que podrá ser “vejado” como nunca antes lo había sido y, lejos de alarmarnos, lo vemos normal y necesario.
Recuerdo cómo, cuando era pequeño y comenzaba a comprender estas cosas, pensaba en las parturientas y cómo los médicos veían las partes íntimas a las mujeres. O cuando un parto de imprevisto salía en las películas, aquel hombre que pudiese tener más temple, hurgaba en lo inhurgable y nadie de escandalizaba. O las pruebas para descartar posibles fimosis que las enfermeras me practicaban en las revisiones médicas escolares y yo sin poder defenderme de aquella intrusión.
La relación con los viajeros debe basarse, por encima de todo, en la confianza. Confianza en que yo intentaré aplicar lo mejor posible mis conocimientos y experiencia para que no desconfíes de mi. Confianza, como en confianza son las relaciones personales entre cualquier persona.
En mi caso, siendo hombre, y aunque pueda ejercer mi derecho profesional para entrometerme en lo pudoroso cuando la ocasión lo requiera, con las Viajeras (en femenino), y en pro de esa confianza, intentas no hacer uso de ese derecho. Si puede darse una situación (una aplicación de medicamento, un cambio necesario de ropa, etc.) en la que pueda verse afectado el pudor de esa persona, intentas pasar la situación a manos de una compañera.
Y todo por mantener la confianza. Es esta, quizás, la más fehaciente prueba de que la atención a los Viajeros está más cerca de lo social que de lo sanitario. Porque ellos y ellas no eligen, como nadie, ser como son. Y porque romper esa confianza puede suponer perder la confianza en todos los terrenos. Y la desconfianza, mezclada con los delirios y la obligación de pasar mucho tiempo juntos, siempre será perjudicial para todos.
El contenido de esta anécdota no está relacionado directamente con ningún Viajero específico, sino con el sistema de atención socio-sanitaria que reciben. Esto que explico, pues, no es un hecho que alce por delante de otros o que demuestre una capacidad escondida en sí. Me refiero a cómo son atendidos en comparación a otras personas diagnosticadas con cualquier enfermedad y que están ingresadas durante un período de tiempo importante.
El pudor y la desnudez son algo que, en el ámbito sanitario, no tienen razón de coexistencia. Cuando uno visita al médico o ingresa en el hospital, sabe que podrá ser “vejado” como nunca antes lo había sido y, lejos de alarmarnos, lo vemos normal y necesario.
Recuerdo cómo, cuando era pequeño y comenzaba a comprender estas cosas, pensaba en las parturientas y cómo los médicos veían las partes íntimas a las mujeres. O cuando un parto de imprevisto salía en las películas, aquel hombre que pudiese tener más temple, hurgaba en lo inhurgable y nadie de escandalizaba. O las pruebas para descartar posibles fimosis que las enfermeras me practicaban en las revisiones médicas escolares y yo sin poder defenderme de aquella intrusión.
La relación con los viajeros debe basarse, por encima de todo, en la confianza. Confianza en que yo intentaré aplicar lo mejor posible mis conocimientos y experiencia para que no desconfíes de mi. Confianza, como en confianza son las relaciones personales entre cualquier persona.
En mi caso, siendo hombre, y aunque pueda ejercer mi derecho profesional para entrometerme en lo pudoroso cuando la ocasión lo requiera, con las Viajeras (en femenino), y en pro de esa confianza, intentas no hacer uso de ese derecho. Si puede darse una situación (una aplicación de medicamento, un cambio necesario de ropa, etc.) en la que pueda verse afectado el pudor de esa persona, intentas pasar la situación a manos de una compañera.
Y todo por mantener la confianza. Es esta, quizás, la más fehaciente prueba de que la atención a los Viajeros está más cerca de lo social que de lo sanitario. Porque ellos y ellas no eligen, como nadie, ser como son. Y porque romper esa confianza puede suponer perder la confianza en todos los terrenos. Y la desconfianza, mezclada con los delirios y la obligación de pasar mucho tiempo juntos, siempre será perjudicial para todos.





