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VIAJAR EN UN RAYO DE LUZ
Anécdotas sobre esos Viajeros llamados por la medicina "pacientes psiquiátricos"
Acerca de
Diario del Gran Viajero, alguien que envidia a los verdaderos Viajeros y se esconde tras un eufemismo falso.

ÍNDICE (1 a 50)

ÍNDICE (> 51)
Sindicación y Notas
 
PREFIERO EL TRAPECIO...
Anécdota nº 32

Mientras ojeaba el otro día unas fotos de vagabundos, homeless, por la red, me vino a la mente una canción. Me hice con algunas y compuse la tira de fotos que hay más abajo, con la idea de incluirla, de alguna manera, en este diario.

De todos es sabido que hay mucha gente habitando permanentemente las calles que son Viajeros auténticos. Muchos lo son únicamente por imperativo económico, pero otros porque el Viaje les ha guiado ahí. Y, en el peor de los casos, también cuando se aúnan los dos vértices.

Estas personas, obligadas a ser miembros del indigno club del cuarto mundo, se ven forzados a ser gente ficticia. Mientras se calientan con el raro fuego alimentado con muebles de algún desalojo indecente, con sus calcetines a rombos y su bufanda mugrienta al amanecer, alimentándose a base de latas de calamares... tienen que preferir la inestabilidad del trapecio: al menos así, los golpes de la vida los ven venir en movimiento. A veces, la mayoría, si conviene regando las penas.

Esta canción de mi apreciado Manolo García (que aparece en la contraportada del disco de esta guisa) supuso para mi un antes y un después en muchos aspectos de mi vida. Escucharla, especialmente ciertas frases, me tocan (¡ay de mi!) algo en el alma. Y creo que es porque opino que jamás podrá, de nuevo, reflejarse de mejor manera la hipocresía de la sociedad.

En la letra, se compara a estas personas con los personajes más estrambóticos de los tebeos. Personajes que todo el mundo adora. Como ellos, los protagonistas de esta hoja, serían considerados gente fetén... pero, eso sí, sólo si el mundo fuese de cartulina. En el otro lado, está la gente que se "divierte" mirando de reojo, marcando la distancia, comprobando que ya está bien que nunca lleguen a la hora y que nunca estén, en esta rueda de la fortuna que es la vida, ni en el lugar ni en el momento preciso.

Desde el calor de mi hogar y mi bienestar económico, sólo puedo seguir, de alguna manera, alentándoos desde aquí. Esta hoja existe para decir que estáis ahí. Seáis enfermos o no, escucho la canción y sólo puedo gritaros: ¡suerte en vuestros «Vviajes»!


PREFIERO EL TRAPECIO

Con las hermanas Gilda duermo en una cama grande.
Bailamos con las canciones del Sisa y el Peret.
En un edificio con ventanas sin cristales
Carpanta y yo vivimos a base de latas de calamares.

En el trece, rue del Percebe, vivo en la ausencia del deseo canalla.
En la indigencia del garfio y la pata de palo.
Y si la vida es un sueño, como dijo algún navegante atribulado...
...prefiero el trapecio, para verlas venir en movimiento.

Voy viviendo a mi manera.
Si conviene regando. Pa' que crezca la higuera.
Pa' que crezca y de sombra. Pa' que de sombra y frutos
y muchas primaveras. Y muchas primaveras.

Ante una hoguera que alimento con muebles de algún desalojo indecente,
me caliento junto al Correcaminos, Rompetechos y otros colegas.
En fin, buena gente.

Somos gente ficticia. Náufragos urbanos.
Perdidos, renegados, inadaptados, olvidados. Gente ficticia...
...gente fetén si el mundo fuese de cartulina...
Prefiero el trapecio, para verlas venir en movimiento.

Caballeros de bombín gastado. Calcetín a rombos. De guante roto.
De bufanda mugrienta en las húmedas noches de marzo.

Como el lindo gatito fracasamos invariablemente
para diversión del personal que nos mira de reojo.
Y como el Coyote, nunca llegamos a la hora,
ni al lugar, ni en el momento preciso.

Del CD Arena en los Bolsillos (1998)


 
EL SÍNDROME DE STENDHAL
Anécdota nº 31

Estos últimos días supongo que habréis visto un anuncio de una marca de automóviles que utiliza como referente el Síndrome de Stendhal. Esto me ha hecho pensar en uno de mis conocidos Viajeros (aunque, ya os lo aseguro, no es este el que él presenta: sólo es una sutil pero falsa comparación).

La historia del Síndrome nace de la perturbación que le provocó al escritor francés que le da nombre durante una visita a Florencia. Abrumado por tantísima belleza, cuando visitaba la Santa Croce no pudo más, y sólo halló consuelo sentándose y abanicándose. No es de extrañar con lo que hay ahí dentro... El caso es que es algo que se da con rara frecuencia entre los turistas de la ciudad: incluso el Hospital Santa Maria Nuova tiene una sección para tratar el shock momentáneo a causa del "mal de la belleza", y que atiende a una docena de personas al año.

Yo recuerdo haber vivido y sentido algo similar una tarde de instituto, en Historia del Arte: no sé si era el sueño, la oscuridad necesaria para observar diapositivas o qué... pero en el momento que vi, ocupando toda la pared, el alucinante trampantojo (o trompe l'oeil) de Andrea Pozzo, que cubre el techo de la catedral de San Ignacio de Loyola en Roma, me saturé. Ese engaño al ojo, mostrando en la falsa lejanía el supuesto paraíso... Si aquello, diapositivado, a escala, en una pared pintarrajeada del instituto, me sulfuró... ¿cómo debía ser en realidad?

Al hilo de esto, y aclarados los conceptos previos, retomo la anécdota en sí. Su protagonista, lejos de padecer el síndrome, nos muestra de vez en cuando una cara sobre cómo ve la vida. Siempre que acudimos a lugares con grandes paisajes o ante grandes monumentos, comienza a menguar, se planta ante ellos, cabeza baja en señal de respeto y, mano a la frente, saluda al estilo de los militares. Muchas veces, rápidamente. Cierto es que, otras veces, no sabemos por qué lo hace, pero siempre hay detrás un mal momento: unos minutos de tensión y malestar. Entonces hay que olvidarse de historias y, simplemente, estar ahí y tender la mano y la ayuda todo lo posible.

Siempre, después de pasado el shock y el disgusto, comenta la grandiosidad de lo que ha visto. Admira la capacidad de los humanos y la naturaleza para crear esas grandes cosas... y yo esto lo encuentro precioso y fascinante. No ve la catedral o el castillo: ¡ve el esfuerzo de las manos que los han levantado!

Siempre enseñándonos, deberíamos aprender de este Viajero y dejar más a menudo nuestro casco de turista, el visitar por visitar. Y así limitarnos a deleitarnos por deleitarnos. A abrir los ojos. Y siempre, siempre, admirar.

Es entonces cuando ves que la vida vale la pena.

 
Libro: "El Loco" de Alberto Manzi
Anécdota nº 30

Alberto Manzi, escritor y ensayista italiano, es uno de aquellos autores conocidos más por una obra específica que por su propio nombre. Para muchos, veinticinco años después de su publicación, conocer a Alberto Manzi como el autor de "El Loco" es improbable (aun teniendo en cuenta el éxito con que se acogió esta novela). Pero decir que es una novela del que escribió "Orzowei", la de la serie de televisión, es otro cantar.

"El Loco" (título del original en italiano, respetado en todas las traducciones que se han hecho, que en la miniatura aparece con el subtítulo "Historia de una Revuelta" de la traducción catalana) es una novela ambientada en el altiplano de los Andes, específicamente en la villa de San Sebastián. Allí se recogen las andanzas de los lugareños, que viven asediados por los magnates de la Compañía Minera PLC, explotadora de capital norteamericano.

Esta situación económica se ha vivido y se sigue viviendo en demasiadas zonas de Sudamérica (en cuatro palabras: los propietarios que dan mísero trabajo y dinero al pueblo entero, se creen con libertad para decidir sobre los trabajadores, sus vidas y su tierra).

Aires de revolución, de comuneros... y "El Loco". Un personaje que todo el mundo conoce, siempre con su cinta roja en el pelo y su jarrillo de lata abollado con el que se entretiene encestando piedras, y que parece ser el único que ve la vida con otros ojos. Se desenvuelve, conoce y sabe mejor que nadie. Y su ausencia (¿real o provocada?) le permite sobreponerse a los problemas y conseguirá repartir seguridad y confianza a los habitantes de San Sebastián.

Este libro siempre ha estado por casa. No sé por qué razón, lejos de reírnos, siempre hemos visto el personaje de la portada como alguien más. Creo que es una buena señal.

Algunas palabras de y sobre "el Loco", antes de su recomendación:

«El hombre piensa los espíritus, así como el hombre lo piensa todo. Las cosas que el hombre piensa son del hombre; los espíritus que piensa el hombre... también son del hombre.»

«[Después de escaparse, no digo de quién...]
— Los Batasblancas (=enfermeros) no nos han dejado salir. Héctor nos ha ayudado a volver al pueblo.
— ¿Cómo? ¿Sois fugitivos?
— No, no —el Loco sonrió nuevamente—. No hemos huído. Sólo hemos vuelto al pueblo. Volvemos, no somos fugitivos...»


«La habrían lapidado de no haber sido por el Loco que se tiró encima, cubriéndola con su cuerpo. Movía las piernas como una marioneta y gritaba como una gallina cuando las piedras lo golpeaban. Gritaba... y reía y movía las piernas; y era tan cómico que la gente se puso a reír y ya no tuvo valor de tirar más piedras.»

Aunque muchos se empeñan en no sacarlo de las estanterías de la literatura juvenil, tiene varias lecturas y os hará pasar un buen rato, pues es una buena lectura. Está traducida a decenas de idiomas y aparece en los catálogos de muchas editoriales.

Que ustedes lo disfruten.


Enlaces: Página del Centro de Estudios Alberto Manzi (en italiano)


 
SABER Y GANAR
Anécdota nº 29

El corpulento Viajero del que hablo en esta anécdota apareció un día preocupado por sus capacidades. De hecho, siempre vive exasperado y convencido de que es un inconsciente. Con el paso del tiempo, después de asumir que sí que es consciente de ciertas cosas, que su vacío existencial proviene de no disfrutar de una espiritualidad que lo llene. Vale decir que la existencia de ateos me está sirviendo de mucha ayuda.

Pero si hay algo que lo llena de orgullo es su culturilla, su capacidad de conocer muchísimos aspectos y conocimientos de la vida en general. Muchas veces lo veo hojear tomos de enciclopedias o diccionarios, con el convencimiento de empapar aún más su esponja gris.

Un día jugábamos al Trivial. Me dejó de piedra: sin conocer antes las preguntas, me respondía (ante la atónita mirada de sus compañeros), y como quien no quiere la cosa, que la capital del Camerún es Yaundé o que el periódico de mayor difusión mundial es el Yomiuri Shimbum. Tan ancho. Pero lo mejor de todo es que no se limitaba a tener una memoria fotográfica de elefante... después relacionaba sus respuestas y, escuetamente, las argumentaba con eficaz crítica. He comprobado que siempre lo hace así. Y luego dice que es un inconsciente...

Durante una temporada, herido de éxito entre sus compañeros por “saber tanto” y “ser un coco” (a raíz de ciertos comportamientos en épocas de desestabilización, uno no sabe con qué sentido coger estos comentarios...), se preguntaba si era él un superdotado: realmente, esta posibilidad lo atormentaba —con más conocimiento de causa que mucha gente, que piensa que la superdotación es una especie de virtud o don, cuando es justo lo contrario—. Quedó claro que no, que ni memoria fotográfica ni superdotación ni puñetas: sólo conocimiento relacionado que, en cierta manera, es uno de los primeros pasos hacia la erudición.

Para una persona con falta importante de habilidades sociales, relacionales y emocionales; consecuencia de un turbio pasado que nunca debería haber existido, no está nada mal. Como mínimo, rompe con las estadísticas y las muestras de poblaciones Viajeras medias, y eso siempre está bien.

Faltan más concursos de preguntas y respuestas de cultura general: siempre es más efectivo comprobar tus capacidades que cualquier medicación química. Y, un consejo: si os lo encontráis, jamás juguéis al Trivial con él. A no ser que no os importe quedar en ridículo.


 
LA MAL COMPRENDIDA
Anécdota nº 28

Por muchos golpes ocultos que nos den, el fantasma de los prejuicios y las falsas primeras impresiones parece no querer dejarnos en paz. Seguro que podríamos llenar hojas y hojas describiendo momentos en los que, por puro prejuicio, nos dejamos llevar por las primeras impresiones (es decir, incluyo las segundas, terceras…) para descalificar después a una persona. Y, como problema inherente al ser humano que es, en lo profesional también nos vemos contagiados por esos prejuicios.

La protagonista de esta anécdota, en la primera impresión, resulta divertida y agradable. Pero luego compruebas cómo puede llegar a ser áspera y desagradable siempre que puede. De hecho, muchas veces actúa así, nadando en esa dicotomía; aunque tendiendo a la parte negativa. Sólo algo queda claro: no quebrantes su derecho al laisez faire.

Hoy, tras los vaivenes de una conversación sin finalidad, acabamos destacando lecturas de cualquier tipo que nos hubiesen influido. Al preguntarle a ella, automáticamente he descubierto el porqué de su negativa a ser dirigida: “Juan Salvador Gaviota de Richard Bach”, ha dicho. Con todas las letras.

Ahora me explico muchas cosas.

— La única Ley verdadera es aquella que conduce a la libertad —dijo Juan—. No hay otra.
— Entonces lo que ocurre contigo es que estás mil años por delante de tu tiempo.
Juan suspiró.
— Este es el precio de ser mal comprendido: te llaman diablo o dios.

 
ESTA TARDE VI LLOVER...
Anécdota nº 27

Esta tarde vi llover, vi gente correr, y no estabas tú...


Un joven y ya lejano Viajero me regaló una tarde una de esas expresiones que de vez en cuando conviene recordar para, qué paradoja, poner los pies en el suelo.

Por alguna razón prefería no hablar (es decir, no había una patología clara que se lo impidiese) y le gustaba expresarse señalando objetos o imágenes, casi a modo de los paneles aumentativos pictográficos que utilizan habitualmente los afectados de parálisis cerebral.

Aquella tarde de lluvia gris se mostraba especialmente revoltoso: me recordaba las tardes de lluvia en el colegio, en las que te sentías encarcelado en el aula, con la energía y las hormonas a flor de piel. No tenía sentido intentar que permaneciese sentado: se levantaba, se sentaba, no sabía qué buscaba (si es que buscaba algo).

Finalmente se hizo con una revista (de esas que se almacenan para hacer collages) y señaló un radiocasete. ¡Quería música! Pues música tuvo: por el resto de la tarde sonó un disco, refrito de boleros con mensajes más o menos profundos. Y, así, muchas veces se repitió esta escena. De hecho, se recortó la fotografía de radiocasete y estuvo colgada en la pared podría decirse que para siempre.

En adelante, siempre que sonaba la música, actuaba de la misma manera: se sentaba en un rincón y perdía la mirada, absorto en la música. Tendríais que haber visto su rostro derrochando felicidad. Ni el mejor actor sería capaz de llevar a cabo tal interpretación.

La casualidad, quizás el destino, quiso que esa primera tarde de lluvia sonase, mientras descubría su rostro infinito (e inevitable en una recopilación de boleros) la famosa letra de Armando Manzanero. ¡Qué cosas!