ESPECIAL SEMANA SANTA: II. Apariciones, Estornudos y Corderos
Anécdota nº 18
Aunque muchas de las muestras de mis conocidos Viajeros haciendo uso de sus facultades relacionadas con la religión se dan durante todo el año; como ya dije en la anécdota 17, la Semana Santa es prolífica en estas situaciones. Os voy a contar tres anécdotas relacionadas con esta época, procedentes de tres Viajeros totalmente diferentes entre ellos.
Apariciones de Jesús
Me comentaba hace unos días una Viajera que, en su vida, Jesús se le había aparecido por tres veces. La primera, paseando por la calle. Al parecer, Jesús iba acompañado por un señor muy alto, que lo sobrepasaba en estatura, con la cabeza totalmente rapada. (A mi, esta escena, hasta me produce cierta inquietud...). La segunda, como parte de una clásica observación de las formas que dibujaban las nubes de algodón en el cielo. Y la tercera, cuando un día, estirada en la playa, se derrumbaron ante sus ojos los apartamentos apilados sobre la costa y le mostró su cara.
Las recuerda perfectamente y, lo único que las une, es esa indescriptible sensación de "paz interior" que la embargó. Aún así, vive atormentada por creerse una indigna de esas visiones; a la vez que convencida de que lo tiene difícil para ganarse el paraíso.
Jesús en los estornudos y la tos
Uno de los Viajeros me contó, hará un par de años, que en estas fechas él se convierte en Jesús y que, por lo tanto, el viernes santo muere y es necesario esperar al domingo de resurrección para poder continuar viviendo.
Pero lo peor es que, en esos días, cuando escucha algún estornudo o golpes de tos, él no escucha el estornudo o la tos en si, sino "Jesús". Un "Jesús" que le martillea la cabeza. Y la macabra casualidad es que su compañero de habitación, cama con cama, se llama precisamente, Jesús. Eso son días difíciles, sí señor...
El cordero con la cabeza abierta
Una de mis conocidas Viajeras me la encontré asustada en la habitación: muerta de miedo, me comentó que había salido a pasear y que había visto, a lo lejos, un cartel con una oveja muy bonita. Cuál fue su sorpresa al acercarse y ver, según sus palabras, que "le habían puesto una corona de espinas y tenía la cabeza abierta". Indagando, averigüé que era el cartel promocional de La Passió d'Esparreguera, una obra de teatro de gran formato y duración sobre los últimos días de Jesús que se representa cada año en esta localidad. Se caracteriza por sus carteles, en cierta manera, provocativos. Pero de ahí a como me lo describió... Fue imposible hacerle ver el simbolismo del Cordero de Dios y esas cosas. Ha vivido aterrorizada días y días, por esa imagen cruel que no se borra de su cabeza.
Por todo esto, creo que ha llegado el momento de pedir al señor Jesús que resucite ya y nos permita dejar atrás esta semana de luna llena. Por el bien de muchos Viajeros a los que, por una u otra razón, les cuesta horrores mantener la mente tranquila por estas fechas. Al fin y al cabo, también son hijos de Dios...
Aunque muchas de las muestras de mis conocidos Viajeros haciendo uso de sus facultades relacionadas con la religión se dan durante todo el año; como ya dije en la anécdota 17, la Semana Santa es prolífica en estas situaciones. Os voy a contar tres anécdotas relacionadas con esta época, procedentes de tres Viajeros totalmente diferentes entre ellos.
Apariciones de Jesús
Me comentaba hace unos días una Viajera que, en su vida, Jesús se le había aparecido por tres veces. La primera, paseando por la calle. Al parecer, Jesús iba acompañado por un señor muy alto, que lo sobrepasaba en estatura, con la cabeza totalmente rapada. (A mi, esta escena, hasta me produce cierta inquietud...). La segunda, como parte de una clásica observación de las formas que dibujaban las nubes de algodón en el cielo. Y la tercera, cuando un día, estirada en la playa, se derrumbaron ante sus ojos los apartamentos apilados sobre la costa y le mostró su cara.
Las recuerda perfectamente y, lo único que las une, es esa indescriptible sensación de "paz interior" que la embargó. Aún así, vive atormentada por creerse una indigna de esas visiones; a la vez que convencida de que lo tiene difícil para ganarse el paraíso.
Jesús en los estornudos y la tos
Uno de los Viajeros me contó, hará un par de años, que en estas fechas él se convierte en Jesús y que, por lo tanto, el viernes santo muere y es necesario esperar al domingo de resurrección para poder continuar viviendo.
Pero lo peor es que, en esos días, cuando escucha algún estornudo o golpes de tos, él no escucha el estornudo o la tos en si, sino "Jesús". Un "Jesús" que le martillea la cabeza. Y la macabra casualidad es que su compañero de habitación, cama con cama, se llama precisamente, Jesús. Eso son días difíciles, sí señor...
El cordero con la cabeza abierta
Una de mis conocidas Viajeras me la encontré asustada en la habitación: muerta de miedo, me comentó que había salido a pasear y que había visto, a lo lejos, un cartel con una oveja muy bonita. Cuál fue su sorpresa al acercarse y ver, según sus palabras, que "le habían puesto una corona de espinas y tenía la cabeza abierta". Indagando, averigüé que era el cartel promocional de La Passió d'Esparreguera, una obra de teatro de gran formato y duración sobre los últimos días de Jesús que se representa cada año en esta localidad. Se caracteriza por sus carteles, en cierta manera, provocativos. Pero de ahí a como me lo describió... Fue imposible hacerle ver el simbolismo del Cordero de Dios y esas cosas. Ha vivido aterrorizada días y días, por esa imagen cruel que no se borra de su cabeza.Por todo esto, creo que ha llegado el momento de pedir al señor Jesús que resucite ya y nos permita dejar atrás esta semana de luna llena. Por el bien de muchos Viajeros a los que, por una u otra razón, les cuesta horrores mantener la mente tranquila por estas fechas. Al fin y al cabo, también son hijos de Dios...
ESPECIAL SEMANA SANTA: I. Santa Teresa de Jesús
Anécdota nº 17
La Semana Santa, con su reguero de santos, crucifijos, pasiones y penitencias, es un caldo de cultivo ideal para las ideaciones delirantes. Son muchos los autores que incluso han reflejado sus visiones por escrito. Entre los clásicos de la llamada literatura mística, está el Libro de la Vida, acabado en el 1562, de la abulense Teresa de Cepeda y Ahumada, llamada Santa Teresa de Jesús (1515-1582). Obra autobiográfica, es un completo manual de sus experiencias místicas e, incluso, útil para aprender a desconfiar de las experiencias que no proceden del Altísimo...
En el capítulo 25, párrafo 1.2, describe sus visiones y voces así:
«Son unas palabras muy formadas, mas con los oídos corporales no se oyen, sino entiéndense muy más claro que si se oyesen; y dejarlo de entender, aunque mucho se resista, es por demás. Porque cuando acá no queremos oír, podemos tapar los oídos o advertir a otra cosa, de manera que, aunque se oiga, no se entienda. En esta plática que hace Dios al alma no hay remedio ninguno, sino que, aunque me pese, me hacen escuchar y estar el entendimiento tan entero para entender lo que Dios quiere entendamos, que no basta querer ni no querer. Porque el que todo lo puede, quiere que entendamos se ha de hacer lo que quiere y se muestra señor verdadero de nosotros.»
Estas sensaciones (el flechazo de Dios, el arrobo, la voces que ocupan todo el entendimiento) comenta que las sintió de forma máxima durante dos años. Si leemos lo que incluye el DMS-IV (el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la American Psychiatric Association, en su cuarta revisión) como criterios para diagnosticar la esquizofrenia, vemos un claro paralelismo: ideas delirantes, alucinaciones, comportamiento catatónico… persistentes durante al menos seis meses (o ideas especialmente extrañas durante un mes).
En la actualidad, seguramente habría sido diagnosticada de esta enfermedad. Igual que los poseídos de crisis convulsivantes epilépticas y, así, de decenas de enfermedades más. Hay muchos artículos que la consideran una santa epiléptica, como este.
Somos muchos los que opinamos esto de los iluminados que, inmersos en un ambiente culturalmente reprimido por la religión y ciertas costumbres, fueron considerados seres de otra dimensión. Las apariciones y sensaciones que vemos en el cuadro de Zurbarán (1650) o la fantástica escultura del Éxtasis (catatónico) de Bernini (1647-52) nos muestran escenas que se ven repetidas a diario en psiquiátricos y centros relacionados.
Creer que o bien eran enfermos, o bien escogidos por el dedo divino es cuestión de fe y ahí no voy a entrar. Pero, en mi opinión, no queda duda de la realidad de su esencia Viajera.
La Semana Santa, con su reguero de santos, crucifijos, pasiones y penitencias, es un caldo de cultivo ideal para las ideaciones delirantes. Son muchos los autores que incluso han reflejado sus visiones por escrito. Entre los clásicos de la llamada literatura mística, está el Libro de la Vida, acabado en el 1562, de la abulense Teresa de Cepeda y Ahumada, llamada Santa Teresa de Jesús (1515-1582). Obra autobiográfica, es un completo manual de sus experiencias místicas e, incluso, útil para aprender a desconfiar de las experiencias que no proceden del Altísimo...
En el capítulo 25, párrafo 1.2, describe sus visiones y voces así:
«Son unas palabras muy formadas, mas con los oídos corporales no se oyen, sino entiéndense muy más claro que si se oyesen; y dejarlo de entender, aunque mucho se resista, es por demás. Porque cuando acá no queremos oír, podemos tapar los oídos o advertir a otra cosa, de manera que, aunque se oiga, no se entienda. En esta plática que hace Dios al alma no hay remedio ninguno, sino que, aunque me pese, me hacen escuchar y estar el entendimiento tan entero para entender lo que Dios quiere entendamos, que no basta querer ni no querer. Porque el que todo lo puede, quiere que entendamos se ha de hacer lo que quiere y se muestra señor verdadero de nosotros.»
Estas sensaciones (el flechazo de Dios, el arrobo, la voces que ocupan todo el entendimiento) comenta que las sintió de forma máxima durante dos años. Si leemos lo que incluye el DMS-IV (el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la American Psychiatric Association, en su cuarta revisión) como criterios para diagnosticar la esquizofrenia, vemos un claro paralelismo: ideas delirantes, alucinaciones, comportamiento catatónico… persistentes durante al menos seis meses (o ideas especialmente extrañas durante un mes).
En la actualidad, seguramente habría sido diagnosticada de esta enfermedad. Igual que los poseídos de crisis convulsivantes epilépticas y, así, de decenas de enfermedades más. Hay muchos artículos que la consideran una santa epiléptica, como este.
Somos muchos los que opinamos esto de los iluminados que, inmersos en un ambiente culturalmente reprimido por la religión y ciertas costumbres, fueron considerados seres de otra dimensión. Las apariciones y sensaciones que vemos en el cuadro de Zurbarán (1650) o la fantástica escultura del Éxtasis (catatónico) de Bernini (1647-52) nos muestran escenas que se ven repetidas a diario en psiquiátricos y centros relacionados.Creer que o bien eran enfermos, o bien escogidos por el dedo divino es cuestión de fe y ahí no voy a entrar. Pero, en mi opinión, no queda duda de la realidad de su esencia Viajera.
EL VALOR DE UNA TORTILLA
Anécdota nº 16
Ya hace mucho que uno de mis conocidos Viajeros me explica fragmentos de su intensa vida pasada (cuando la desorganización ocupaba toda su mente).
Se escapó algunas veces, no recuerdo el número, del psiquiátrico en el que estaba ingresado. Pero no lo hacía con la intención de hacer daño a alguien (no lo imaginen como un preso) o para eludir la justicia, ni nada por el estilo. Sólo quería ser libre: su cabeza le pedía a gritos (literalmente: eran alucinaciones auditivas, voces) que tenía que volar y caminar.
No doy nombres de ciudades. Lo cierto es que, caminante no hay camino, se hace camino al andar, el Viajero anduvo a pie atravesando España contando los días a manos llenas. Sin destino fijo, sin saber por qué; sólo siguiendo las órdenes de la voces.
Por lo que me dijo y continúa diciendo, podría haber hecho a pie (en sus diversos escapes) entre unos ¡¡¡3.000 a 4.000 kilómetros!!!
Recordaba, con mayor o menor claridad, los nombres de las ciudades visitadas. El sol abrasador y la gente que lo miraba con desconfianza. Caminos, carreteras y hasta arcenes de autopista. Pero sólo un dato me lo ha repetido todas las veces que saca el tema: cuando un día llegó a una casucha, junto a un camino de cabras y una acequia, en la otra punta del país, y le ofrecieron un bocadillo de tortilla: cómo lo verían... Os lo aseguro: ¡emociona escucharle hablar de la divinidad de aquel bocadillo! Casi se puede oler el aroma de los huevos frescos y el aceite hirviendo... ¡Qué hambre tenía!
Tantos años estudiando la memoria, su concepción multidimensional, la necesidad del sueño para cribarla y fijar lo más interesante... y la sencillez suele acabar imponiéndose: qué más da todo si la memoria a largo plazo puede resumirse en un bocadillo de tortilla devorado en un lugar remoto de España. Es fantástico.
Ya hace mucho que uno de mis conocidos Viajeros me explica fragmentos de su intensa vida pasada (cuando la desorganización ocupaba toda su mente).
Se escapó algunas veces, no recuerdo el número, del psiquiátrico en el que estaba ingresado. Pero no lo hacía con la intención de hacer daño a alguien (no lo imaginen como un preso) o para eludir la justicia, ni nada por el estilo. Sólo quería ser libre: su cabeza le pedía a gritos (literalmente: eran alucinaciones auditivas, voces) que tenía que volar y caminar.
No doy nombres de ciudades. Lo cierto es que, caminante no hay camino, se hace camino al andar, el Viajero anduvo a pie atravesando España contando los días a manos llenas. Sin destino fijo, sin saber por qué; sólo siguiendo las órdenes de la voces.
Por lo que me dijo y continúa diciendo, podría haber hecho a pie (en sus diversos escapes) entre unos ¡¡¡3.000 a 4.000 kilómetros!!!
Recordaba, con mayor o menor claridad, los nombres de las ciudades visitadas. El sol abrasador y la gente que lo miraba con desconfianza. Caminos, carreteras y hasta arcenes de autopista. Pero sólo un dato me lo ha repetido todas las veces que saca el tema: cuando un día llegó a una casucha, junto a un camino de cabras y una acequia, en la otra punta del país, y le ofrecieron un bocadillo de tortilla: cómo lo verían... Os lo aseguro: ¡emociona escucharle hablar de la divinidad de aquel bocadillo! Casi se puede oler el aroma de los huevos frescos y el aceite hirviendo... ¡Qué hambre tenía!
Tantos años estudiando la memoria, su concepción multidimensional, la necesidad del sueño para cribarla y fijar lo más interesante... y la sencillez suele acabar imponiéndose: qué más da todo si la memoria a largo plazo puede resumirse en un bocadillo de tortilla devorado en un lugar remoto de España. Es fantástico.
AYER HABLÉ CON UN VAGABUNDO (enviado por Miguel)
Anécdota nº 15
Ayer hablé con un Vagabundo.
Después de escapar de una pandilla de desalmados por la cocaína, decidí que ya hora de volver a casa. Pensé la ruta y me puse en marcha.
Cuando llegué a la iglesia, había un hombre apoyado esperando la salida del cura: eso lo supe después, él me lo contó. Su actitud por supuesto era vaga, mirada caída, pero no vestía mal. Tenía a su lado una bolsa enorme como las del ejército y supongo que ahí guardaba toda su ropa.
Me dijo que fue enterrador, que le pagaban bien por levantar los cuerpos. Él prefería los que enterraban en la tierra: decía que los huesos eran más limpios que los de los nichos. Parecía que tuviese admiración por los huesos Humanos. Sus labios protegían la mentira, algo muy fuerte guardaba con recelo, y demostraba ser algo que realmente no era.
Tenia hambre, con un cartón de leche le hubiera bastado para no tener que esperar por aquel cura, que el día anterior le había dado diez euros al salir de la iglesia.
Creía en los espíritus: decía que cuando era niño tuvo una experiencia que no pudo olvidar. En casa de unos amigos, al parecer un espíritu entró dentro del cuerpo de una amiga y pudo ver en sus ojos la mirada de otra persona que no correspondía con ella. Yo me reía, aún estaba bastante colocado de un porro que me dio un amigo que decía que era costo iraní; estaba bueno. Ya sabéis: detrás de esas risas se encontraba toda la soledad y angustia de la incomprensión existencial y, por supuesto, la curiosidad de saber quién era aquel hombre.
A mi no me quedaba dinero, me suele pasar últimamente con bastante frecuencia, así que le dije que, si quería, que me acompañara de camino hasta casa y yo le bajaría algo de comer. Así que después de ver salir al cura con un maletín por la puerta lateral de la iglesia y dejarme caer (entre risas) que podría darle un tirón para robarle la maleta, decidió acompañarme hasta casa.
No tuvo problemas para cargar con la enorme bolsa, me pidió un pitillo y de nuevo me puse en marcha.
No tenía tabaco, así que tuve que pedirlo por las calles. Me dijo que era mejor pedir a los jóvenes, que son mas enrollados. Y después de varios intentos fallidos (supongo que nuestras caras no ofrecían mucha confianza: más que pedir, asustábamos), al final se decidió y tuvo la iniciativa de pedirlo él y, por supuesto, me ganó la partida. Lo de llevar la bolsa a las espaldas supongo que también influye.
LA VIDA ESTA LLENA DE SORPRESAS Y DE REGALOS, DE INJUSTICIAS Y SUFRIMIENTO, CUANDO CONOCES A PERSONAS ASÍ TIENES QUE ANDAR CON CUIDADO SI NO TE SIENTES FUERTE, PERO SI NO TE ARRIESGAS NO VIVES, CADA CUÁL DEBE CORRER CON SUS RIESGOS.
LA MUERTE LLEGA TAN FACILMENTE COMO LA VIDA, NO ES UNA CARRERA, NI UNA PROFESIÓN: ES ALGO TAN NECESARIO COMO VIVIR, ASÍ QUE NO DEBERÍAMOS PREOCUPARNOS CON TANTA ANTICIPACIÓN. PERO, LAMENTABLEMENTE, YO TAMBIEN LO HAGO.
No sé quién era, ni tampoco su nombre (pudiera ser ...), pero me quedo con lo que me contó, eso fue lo que quiso ser durante el tiempo que estuvo conmigo.
Le di la bolsa con la comida, nos dimos las manos y nos dijimos adiós.
Muchas gracias, Miguel.
Ayer hablé con un Vagabundo.
Después de escapar de una pandilla de desalmados por la cocaína, decidí que ya hora de volver a casa. Pensé la ruta y me puse en marcha.
Cuando llegué a la iglesia, había un hombre apoyado esperando la salida del cura: eso lo supe después, él me lo contó. Su actitud por supuesto era vaga, mirada caída, pero no vestía mal. Tenía a su lado una bolsa enorme como las del ejército y supongo que ahí guardaba toda su ropa.
Me dijo que fue enterrador, que le pagaban bien por levantar los cuerpos. Él prefería los que enterraban en la tierra: decía que los huesos eran más limpios que los de los nichos. Parecía que tuviese admiración por los huesos Humanos. Sus labios protegían la mentira, algo muy fuerte guardaba con recelo, y demostraba ser algo que realmente no era.
Tenia hambre, con un cartón de leche le hubiera bastado para no tener que esperar por aquel cura, que el día anterior le había dado diez euros al salir de la iglesia.
Creía en los espíritus: decía que cuando era niño tuvo una experiencia que no pudo olvidar. En casa de unos amigos, al parecer un espíritu entró dentro del cuerpo de una amiga y pudo ver en sus ojos la mirada de otra persona que no correspondía con ella. Yo me reía, aún estaba bastante colocado de un porro que me dio un amigo que decía que era costo iraní; estaba bueno. Ya sabéis: detrás de esas risas se encontraba toda la soledad y angustia de la incomprensión existencial y, por supuesto, la curiosidad de saber quién era aquel hombre.
A mi no me quedaba dinero, me suele pasar últimamente con bastante frecuencia, así que le dije que, si quería, que me acompañara de camino hasta casa y yo le bajaría algo de comer. Así que después de ver salir al cura con un maletín por la puerta lateral de la iglesia y dejarme caer (entre risas) que podría darle un tirón para robarle la maleta, decidió acompañarme hasta casa.
No tuvo problemas para cargar con la enorme bolsa, me pidió un pitillo y de nuevo me puse en marcha.
No tenía tabaco, así que tuve que pedirlo por las calles. Me dijo que era mejor pedir a los jóvenes, que son mas enrollados. Y después de varios intentos fallidos (supongo que nuestras caras no ofrecían mucha confianza: más que pedir, asustábamos), al final se decidió y tuvo la iniciativa de pedirlo él y, por supuesto, me ganó la partida. Lo de llevar la bolsa a las espaldas supongo que también influye.
LA VIDA ESTA LLENA DE SORPRESAS Y DE REGALOS, DE INJUSTICIAS Y SUFRIMIENTO, CUANDO CONOCES A PERSONAS ASÍ TIENES QUE ANDAR CON CUIDADO SI NO TE SIENTES FUERTE, PERO SI NO TE ARRIESGAS NO VIVES, CADA CUÁL DEBE CORRER CON SUS RIESGOS.
LA MUERTE LLEGA TAN FACILMENTE COMO LA VIDA, NO ES UNA CARRERA, NI UNA PROFESIÓN: ES ALGO TAN NECESARIO COMO VIVIR, ASÍ QUE NO DEBERÍAMOS PREOCUPARNOS CON TANTA ANTICIPACIÓN. PERO, LAMENTABLEMENTE, YO TAMBIEN LO HAGO.
No sé quién era, ni tampoco su nombre (pudiera ser ...), pero me quedo con lo que me contó, eso fue lo que quiso ser durante el tiempo que estuvo conmigo.
Le di la bolsa con la comida, nos dimos las manos y nos dijimos adiós.
Muchas gracias, Miguel.
LISMONEANDO HASTA CUANDO NO TOCA
Anécdota nº 14
Uno de los principales problemas para aquellos que trabajamos con Viajeros, es que muchos suelen pedir limosna. Seguramente llevados por los pocos ingresos (ver la Anécdota nº 7) o por haber vivido en la calle durante años, muchas veces por costumbre; una vez consiguen solucionar sus faltas de vivienda o ingresos regulares, continúan pidiendo.
Por supuesto, para nosotros es un problema por el interés que tenemos en protegerlos: ya bastante mal vistos están como para que, además, haya una razón de más para señalarlos con el dedo. Curiosa paradoja: luchamos por su integración social y, a la vez, los protegemos de ciertos aspectos de la sociedad...
Muchas veces he visto por la calle a Viajeros conocidos pidiendo limosna (por supuesto, sin necesitarlo; sólo para permitir el ritmo de gasto que suponen los vicios legales: café y tabaco). Por supuesto, haciendo uso de su rintintín adolescentoide, siempre lo niegan y crean decenas de excusas cada vez más elaboradas.
La anécdota esta vez está relacionada con una de estas Viajeras. Ya sabía por otras fuentes de su lismonear incontrolable, pero jamás la había visto. Y coincidí en un estanco: después de pagar mi fiel compañero (un paquetito de Fisherman's, vicio adquirido por culpa de El Oscuro) pidió ella su paquete de tabaco.
La sorpresa se dio a la hora de pagar: en vez de sacar su monedero y hacer lo habitual en estos casos, ¡puso la mano, palma arriba, esperando la falsa limosna! Excusa, claro: ¡Ay, pensaba que ya había pagado! Pero el color de sus mejillas y los temblores en las manos decían otra cosa.
Venga, dejadme ver el lado poético: cuando veais a alguien pidiendo y no tenga la apariencia normal (¡qué desastre de mundo!) de un indigente, hay muchísimas probabilidades de que sea un Viajero. Pensad que hacen eso porque, al fin y al cabo, son extraños en esta realidad y se sienten incómodos. Y, por supuesto, jamás les deis nada.
Uno de los principales problemas para aquellos que trabajamos con Viajeros, es que muchos suelen pedir limosna. Seguramente llevados por los pocos ingresos (ver la Anécdota nº 7) o por haber vivido en la calle durante años, muchas veces por costumbre; una vez consiguen solucionar sus faltas de vivienda o ingresos regulares, continúan pidiendo.
Por supuesto, para nosotros es un problema por el interés que tenemos en protegerlos: ya bastante mal vistos están como para que, además, haya una razón de más para señalarlos con el dedo. Curiosa paradoja: luchamos por su integración social y, a la vez, los protegemos de ciertos aspectos de la sociedad...
Muchas veces he visto por la calle a Viajeros conocidos pidiendo limosna (por supuesto, sin necesitarlo; sólo para permitir el ritmo de gasto que suponen los vicios legales: café y tabaco). Por supuesto, haciendo uso de su rintintín adolescentoide, siempre lo niegan y crean decenas de excusas cada vez más elaboradas.
La anécdota esta vez está relacionada con una de estas Viajeras. Ya sabía por otras fuentes de su lismonear incontrolable, pero jamás la había visto. Y coincidí en un estanco: después de pagar mi fiel compañero (un paquetito de Fisherman's, vicio adquirido por culpa de El Oscuro) pidió ella su paquete de tabaco.
La sorpresa se dio a la hora de pagar: en vez de sacar su monedero y hacer lo habitual en estos casos, ¡puso la mano, palma arriba, esperando la falsa limosna! Excusa, claro: ¡Ay, pensaba que ya había pagado! Pero el color de sus mejillas y los temblores en las manos decían otra cosa.
Venga, dejadme ver el lado poético: cuando veais a alguien pidiendo y no tenga la apariencia normal (¡qué desastre de mundo!) de un indigente, hay muchísimas probabilidades de que sea un Viajero. Pensad que hacen eso porque, al fin y al cabo, son extraños en esta realidad y se sienten incómodos. Y, por supuesto, jamás les deis nada.
IN MEMORIAM
Anécdota nº 13
Qué mal número (para los supersticiosos) para escribir esta anécdota.
Seguramente, más allá de los viajes que uno pueda hacer en el día a día, existe el Viaje máximo. Ese Viaje por antonomasia es el día en el que, por fin, uno se libera del yugo de esta realidad para ir a mundos más apasionantes, divertidos o simplemente a la nada. Pero es un Viaje que, a los que nos quedamos, no nos debe causar pena o tristeza, más allá de la separación física de la persona, especialmente si es alguien a quien tienes aprecio.
Hoy tengo que reservar este espacio para el Viajero que ha decidido hoy iniciar su Viaje máximo. Ha apagado motores, desconectado la alimentación y ha dejado que el caos se apodere de su cuerpo. Ciertamente, creo que no le costará trabajo acostumbrarse a esa nueva manera de Viajar. No es más que una absurda intuición.
Aunque me alegro por tu descanso (después de días de soportar una de esas vilezas de esta realidad que son los tumores), tengo que reconocer que echaré de menos muchas cosas.
El "¡buenos días, caballero sevillano!", la pose estática, esos andares tan particulares, los sustos cuando te hacías el dormido, tu parquedad de palabra, el dedo índice de autómata (siempre acompañado de una buena sonrisa) como única conexión entre la estatua y el mundo de los vivos, la parsimonia de tus comidas, la ropa interior de diseño único, el periódico siempre bajo el brazo, las piernas cruzadas moviéndose a toda velocidad...
Y también, por qué no, la miradas incisivas, los desplantes, las papeleras rotas, las manos tiesas y los "me cago en..." que bien te han hecho ganar tu apodo de cascarrabias.
Te has liberado por fin de esta realidad (seguramente tan absurda como la intuición que tuve antes). Olvidadas para siempre las tareas domésticas a primera hora, las batallas terribles ante la ducha, los días sin dinero y otras cosas que para ti son ya tonterías. ¡Estás Viajando!
Pues nada más que decir y mucho por sentir. ¡Hasta siempre, pues!
A.M.C. (1945-2005)
P.S.: En el próximo partido, a los que jamás has fallado entre el público, te dedicaré mi primer gol. ¡Qué menos!
Qué mal número (para los supersticiosos) para escribir esta anécdota.
Seguramente, más allá de los viajes que uno pueda hacer en el día a día, existe el Viaje máximo. Ese Viaje por antonomasia es el día en el que, por fin, uno se libera del yugo de esta realidad para ir a mundos más apasionantes, divertidos o simplemente a la nada. Pero es un Viaje que, a los que nos quedamos, no nos debe causar pena o tristeza, más allá de la separación física de la persona, especialmente si es alguien a quien tienes aprecio.
Hoy tengo que reservar este espacio para el Viajero que ha decidido hoy iniciar su Viaje máximo. Ha apagado motores, desconectado la alimentación y ha dejado que el caos se apodere de su cuerpo. Ciertamente, creo que no le costará trabajo acostumbrarse a esa nueva manera de Viajar. No es más que una absurda intuición.
Aunque me alegro por tu descanso (después de días de soportar una de esas vilezas de esta realidad que son los tumores), tengo que reconocer que echaré de menos muchas cosas.
El "¡buenos días, caballero sevillano!", la pose estática, esos andares tan particulares, los sustos cuando te hacías el dormido, tu parquedad de palabra, el dedo índice de autómata (siempre acompañado de una buena sonrisa) como única conexión entre la estatua y el mundo de los vivos, la parsimonia de tus comidas, la ropa interior de diseño único, el periódico siempre bajo el brazo, las piernas cruzadas moviéndose a toda velocidad...
Y también, por qué no, la miradas incisivas, los desplantes, las papeleras rotas, las manos tiesas y los "me cago en..." que bien te han hecho ganar tu apodo de cascarrabias.
Te has liberado por fin de esta realidad (seguramente tan absurda como la intuición que tuve antes). Olvidadas para siempre las tareas domésticas a primera hora, las batallas terribles ante la ducha, los días sin dinero y otras cosas que para ti son ya tonterías. ¡Estás Viajando!
Pues nada más que decir y mucho por sentir. ¡Hasta siempre, pues!
P.S.: En el próximo partido, a los que jamás has fallado entre el público, te dedicaré mi primer gol. ¡Qué menos!





