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VIAJAR EN UN RAYO DE LUZ
Anécdotas sobre esos Viajeros llamados por la medicina "pacientes psiquiátricos"
Acerca de
Diario del Gran Viajero, alguien que envidia a los verdaderos Viajeros y se esconde tras un eufemismo falso.

ÍNDICE (1 a 50)

ÍNDICE (> 51)
Sindicación y Notas
 
TRASPASANDO LA FRONTERA
Anécdota nº 12

Hace unos años, cuando aún era estudiante en prácticas, me ocurrió una historia que, con el tiempo, la he relacionado con los Viajeros.

Estaba en el recreo y me dirigí a una niña. Muchas veces los prejuicios nos hacen creer que los autistas nos rehuirán o, simplemente, nos obviarán si queremos entablar cualquier tipo de comunicación. Pero éste no fue el caso: cuando la miré, me sostuvo la mirada. No sé cuánto tiempo estuvimos así (¿10, 15, 20 minutos?).

Quien no lo ha vivido no puede entender cuánta fascinación me produjo aquella situación: ni un solo gesto, ninguna mueca, sólo mirar por mirar. Sólo jugar a intentar no perder, ni por un momento siquiera, la retina del otro.

Finalmente la sirena nos evadió. Bien, en realidad me evadió a mi y me puso los pies en el suelo para afrontar de nuevo mis obligaciones como practicante.

Años después, hace unas semanas, me pasó algo parecido con una conocida Viajera. Absorta, esquiva, huidiza y miedosa hacía días... finalmente se sentó en una mesa con una libreta y, cuando ya llevaba un buen rato, me senté delante. A ver si había suerte... Y la hubo.

Me aguantó la mirada y lo puse todo para no perderla. No era autista, así que cabía la posibilidad de que su personita interior le hiciese mover algo y así escapar de la trampa de las miradas... pues no. Ni un solo gesto, ninguna mueca, sólo mirar por mirar... ¿os suena?

Me atreví entonces a cogerle la libreta e hice el intento por comenzar una conversación escrita. Y aquella Viajera, que llevaba días sin decirme palabra (quizás algún monosílabo), que se apartaba cuando me acercaba, que corría a ratos huyendo de no sé qué y que se besaba compulsivamente las manos... me siguió la conversación. Una conversación en la que hablaba de su tristeza interior, pero sobre la que no le apetecía profundizar.

Ya me conocéis, dejadme inferir: el contacto que durante días y días había intentado con decenas de estrategias, siempre sin fruto, se rompió con aquella mirada que me enseñó a mantener la niña autista años atrás. Seguramente la Viajera vio que era capaz de Viajar durante unos minutos y, como todo ser vivo que no tiene miedo a lo conocido, se abrió para contarme cómo estaba.

Le pedí si podía quedarme aquella hoja y, comprenderán, es uno de mis mayores tesoros: en mi opinión, la única prueba material que poseo y que confirma que, al menos una vez, fui capaz de Viajar durante algunos minutos.

 
EL SABIO DE LAS ESTRELLAS
Anécdota nº 11

Dicho sea antes de comenzar que este vuestro servidor siempre ha sido un amante de las estrellas: de los mitos y leyendas a la astronomía pura y dura. Y no son pocas las noches que me he perdido por los vericuetos interesterales.

Un conocido gran Viajero me hablaba un día de las estrellas. Un agosto, con el deseo de ver el máximo número de lágrimas de San Lorenzo (fue un desastre: vimos sólo una y con la duda de si era un avión lejano o un ovni descarrilado) pasamos cerca de una hora tumbados con la mirada fija en el firmamento.

Sin venir a cuento, comenzó a contarme sus experiencias estelares. Y siempre que lo ha vuelto a hacer, hay algo en sus palabras que me fascina: la mezcla de situaciones absurdas con una detallado mapa estelar de fondo.

Así, me explicaba cómo la estrella del final del asta de la Osa Mayor («que no es la Estrella Polar, que esa casi no se ve si hay luz ambiental») a veces comenzaba a girar y salía disparada, en un intento desesperado de romper la línea que forma el Cinturón de Orión. Al parecer, los Reyes Magos del firmamento son creídos y miran al resto de las estrellas, desde su línea, con gesto altivo.

De hecho, se alegró de que yo fuese géminis pues, en realidad —según el Viajero—, esa constelación tenía forma de animal (entiéndase cuadrúpedo) y las patas traseras cerca del cinturón. Por supuesto, él había visto muchas veces cómo intentaba destrozarlo con sus coces, pero no lo podía conseguir. Al fin y al cabo son magos...

Pero esa no era la última prueba de las desavenencias del firmamento, no. El Cinturón de Orión se había envuelto, como es lógico, de guardaespaldas. Estos guardaespaldas iban armados, especialmente por el flanco trasero, como es costumbre, pues el Hombre de Tauro estaba allí, intentando saltar sobre ellos.

Mi conocido Viajero me aseguró, eso sí, que era esa básicamente la única guerra que había en el cielo. Por lo demás, gracias al cielo era posible encontrar la paz y la tranquilidad en el corazón (¡juro que estoy intentando transcribir lo más fielmente posible lo que me decía!).

Lo curioso es cuando ves en el cielo estas tres constelaciones o una imagen de ellas. Si memorizáis la historia y vais algún día a un lugar de montaña o libre de luz ambiental, jugad a imaginar la vendetta. No podréis ver ya otra cosa: al menos mí me pasa. Me vence la ilusión con la que lo explica... Creo que fui un asistente privilegiado, en tiempos modernos, del proceso de creación imaginaria que, siglos atrás, dio lugar al zodíaco.

Sinceramente, me divierte imaginarme como espectador-reencarnación de algún Viajero que se dedicó a crear figuras a partir de unas líneas de unión imaginarias. De ahí a los mitos, las religiones y las sandeces que cada día leen millones de personas en los periódicos.

Guste o no, la vida no deja de ser un tremendo ovillo.


 
Libro: "En un rayo de luz" de Gene Brewer
Anécdota nº 10

Coincidiendo con la decena de anécdotas, voy a incluir una serie de extractos recogidos de un libro sobre un famoso Viajero. Seguramente iré haciendo esto cada 10 anécdotas. Además, quiero agradeceros a tod@s l@s que habéis dedicado algo de tiempo en leer estas cositas que me pasan por la cabeza: jamás de los jamases habría pensado que en apenas dos meses recibiría casi 400 visitas. No es un tema que me obsesione, pero de bien nacidos es ser agradecidos. Lo dicho: gracias.

En un Rayo de Luz de Gene Brewer (On a Beam of Light, Ed. Umbriel, 2001), es el libro por el que escogí el título de este diario. Es la continuación de la novelización de las sesiones de un psiquiatra —del Instituto Psiquiátrico de Manhattan con su paciente Prot— que obtuvo gran éxito editorial (K-Pax, 1995), de la que se realizó una película que recogió también bastante éxito, gracias a lo sugerente del tema y a la fantástica interpretación de Kevin Spacey.

Prot dice venir de un planeta lejano, K-Pax, utópico para nosotros, donde se vive unos mil años sin la carga del trabajo y en completa armonía. Al parecer, tenemos mucho que aprender de ellos. Aunque los dos libros tienen un trasfondo de novelización, la existencia de este Viajero (que va y viene de la Tierra a K-Pax viajando en un rayo de luz) es real. Como dice la reseña del primer libro, "la solidez de sus argumentos y de sus conocimientos" es sorprendente. El paciente fue entrevistado en la televisión el 20 de septiembre de 1995 y dejó ciertas joyas sobre las carencias de este mundo en relación con K-Pax, su mundo. Esto es lo que quiero compartir en esta anécdota:

«Es difícil para un habitante de K-Pax comprender las religiones. O están todas en lo cierto, o todas se equivocan.»

«La sociedad humana no se deshará del problema de las drogas hasta que la vida sin ellas suponga un opción más atractiva para los afectados.»

«Matar a alguien porque ese alguien mató a otra persona es un oxímoron.» [N.d.A.: Del griego "oxymoron", que traduzco libremente como "estupidez aguda". Los oxímoron son esas construcciones como "bajar hacia abajo", "oposición leal" o "persona humana"...]. [El Oscuro dixit: Se trata, en realidad, de una adjetivación imposible (hermoso rostro feo) o la utilización de un adverbio que contradice al verbo o adjetivo al que acompaña (apresurarse lentamente, suavemente áspero).]

«Las escuelas no fueron hechas para enseñar algo. Existen únicamente para transmitir los valores y creencias sociales a los niños.»

«El propósito de los gobiernos es conseguir que vuestro mundo sea un lugar seguro para el comercio.»

«Llegará un día en que los seres humanos que pueblan la Tierra se verán devastados por enfermedades ante las que el sida no será más que un simple resfriado.»

«Muchos humanos sienten pena por los delfines que quedan atrapados en las redes de los pesqueros de atún. ¿Y quién se preocupa por los atunes?»

Bien, juzgad vosotros mismos. Hasta la próxima anécdota.

Algunos enlaces: Editorial de K-Pax y En un Rayo de Luz (buscar Brewer por autor) // Web oficial de la película

 
Teoría de un onicofágico recolector de colillas
Anécdota nº9

Escuchaba el otro día un clásico de El Último de la Fila que me hizo recordar una anécdota. El fragmento de la canción decía:

«Golpea en el yunque de mi obsesión,
golpea y golpea que forjarás
ese metal precioso que es la serenidad...»


Mi (ya lejano) conocido Viajero era uno de estos filósofos de la vida diaria, de años y años de vida en la calle, con los que prácticamente siempre es tan interesante hablar. Y a los que tan difícil resulta convercer...

Su onicofagia (ese común trastorno consistente en comerse compulsivamente las uñas) era tan exagerada que se provocaba pequeñas amputaciones en las puntas y yemas de los dedos. Pero eso no le privaba de pasarse los días recogiendo colillas de las calles. Era su único tabaco: no quería caridad. Y, la verdad, es que todo tenía su sentido.

Tenía establecidas unas rutas por la ciudad: comenzaba por los barrios periféricos y acababa la jornada a mediodía, mientras la gente comía en bares y restaurantes, y tiraban sus últimas colillas antes de entrar en los locales del centro. Por supuesto, los barrios del centro eran en los que colillas de mayor tamaño crecían, a veces incluso cigarros enteros, pues a quien tiene dinero no le importa tirar el cigarro a medias.
Si, además, aparecía de vez en cuando una con restos de carmín, con los que poder jugar a imaginarse amores platónicos unidos por el tabaco, el día se podía considerar perfecto.
Así pasaba los días, siempre buscando como una hormiguita, con su cajita de lata con funciones de pitillera (¡esas curiosas conexiones entre el lumpen y las clases altas!) y, fantástico previsor, guardando un remanente por si llegaba inesperada la temida lluvia.

Pero el tema que siempre le sacaba, en un intento de hacerle recapacitar y cambiar, era en su auto canibalismo con sus manos. Hasta el punto de confesar que me había pasado también a mí (sin llegar a esos extremos) cuando era pequeño y que lo superé gracias a una apuesta ridícula y tonta.

Pero salió el filósofo: "Las obsesiones sólo se curan a base de golpes en el alma, más que físicos. Y sé que tú no me vas a pegar". Así pues, el filósofo ya había decidido —tanto con las uñas, como con las colillas, como con la acumulación de pertenencias abandonadas en las calles de dudosa utilidad— que era feliz con sus obsesiones.

Hace tiempo que no veo a aquel Viajero. Pero escuchar aquella canción me hizo pensar en cómo no hay que decaer en el intento de golpear y golpear para abordar las obsesiones.

Moraleja: ninguna. Pero ahora estoy seguro de que no está reñido Viajar con estar limpio de obsesiones. Así que herrero: ¡vístete el mandil y sigue golpeando, que hay mucho hierro por forjar!