requiem por un perdedor
Esa noche había estado bebiendo, como todas las noches, a pesar de todo por la estrecha calle que lleva al puerto, mostraba una silueta elegante y envidiablemente seductora, es más los tambaleos producidos por la intoxicación etílica, contorneaban su cuerpo como si bailara, o tal vez lo hacía.
Como un murciélago ansiaba la oscuridad, tal vez porque en ella se encontraba más a gusto y sobre todo más seguro.
Amaba el mar, pero siempre dijo que había sido demasiado cobarde como para embarcarse y demasiado valiente como para no acabar abrazándose a una ola después de acabar con toda la reserva de licor del barco.
Todas las tardes se prometía, mientras caminaba por el paseo marítimo en dirección al majestuoso faro que iluminaba el horizonte en el que siempre reposaba su taciturna mirada, que esa sería su última copa, que ya no volvería a caer.
Pero la tentación en forma de alcohol, se le presentaba siempre y a la vuelta del faro, visitaba casi por rutina todos los bares de muelle.
Aquella noche, algo en forma de palabra de tabernero le golpeó en su conciencia, moral o como quiera llamarse lo que todos llevamos dentro pero casi nunca usamos.
Al otro lado de la barra una mujer , seductora con aire elegante, alzada sobre unos zapatos baratos y con una carrera en la media que rompía todo el aura que podría emitir, decía: mira ese, que lástima con lo guapo que es y que cogorza arrastra.
El no miró, ni siquiera levantó la cabeza, hasta que el tabernero le replicó a la chica: siempre viene igual, a la misma hora, pide siempre lo mismo, lo paga sin rechistar y sigue la ronda, nunca da problemas, ES UN BUEN BORRACHO, ese fue el golpe que le había sacado de su letargo etílico, era un buen borracho, no un buen tipo, ya no pedia que se recordase lo buen cirujano que había sido, hasta que el temblor que le producía su adicción convertía el bisturí en una maquina mortal, ni su faceta como marido o padre, al que una esposa luchadora, pero no lo bastante abandonó, no, se había convertido en un borracho, eso si un buen borracho.
No hizo ningún ademán de pelea, ni siquiera un comentario, ni tan solo un gesto de desaprovación, tan solo se marchó, dejándo esa vez la copa llena, rompió la rutina del recorrido volviendo hacia atrás y una vez bajo el imponente faro que tantas veces le habló en silencio, miró hacía el horizonte y se lanzó a abrazar ese mar, que siempre fue complice de su soledad y sí, aquella noche cumplio con la promesa y tomó su última copa.
Como un murciélago ansiaba la oscuridad, tal vez porque en ella se encontraba más a gusto y sobre todo más seguro.
Amaba el mar, pero siempre dijo que había sido demasiado cobarde como para embarcarse y demasiado valiente como para no acabar abrazándose a una ola después de acabar con toda la reserva de licor del barco.
Todas las tardes se prometía, mientras caminaba por el paseo marítimo en dirección al majestuoso faro que iluminaba el horizonte en el que siempre reposaba su taciturna mirada, que esa sería su última copa, que ya no volvería a caer.
Pero la tentación en forma de alcohol, se le presentaba siempre y a la vuelta del faro, visitaba casi por rutina todos los bares de muelle.
Aquella noche, algo en forma de palabra de tabernero le golpeó en su conciencia, moral o como quiera llamarse lo que todos llevamos dentro pero casi nunca usamos.
Al otro lado de la barra una mujer , seductora con aire elegante, alzada sobre unos zapatos baratos y con una carrera en la media que rompía todo el aura que podría emitir, decía: mira ese, que lástima con lo guapo que es y que cogorza arrastra.
El no miró, ni siquiera levantó la cabeza, hasta que el tabernero le replicó a la chica: siempre viene igual, a la misma hora, pide siempre lo mismo, lo paga sin rechistar y sigue la ronda, nunca da problemas, ES UN BUEN BORRACHO, ese fue el golpe que le había sacado de su letargo etílico, era un buen borracho, no un buen tipo, ya no pedia que se recordase lo buen cirujano que había sido, hasta que el temblor que le producía su adicción convertía el bisturí en una maquina mortal, ni su faceta como marido o padre, al que una esposa luchadora, pero no lo bastante abandonó, no, se había convertido en un borracho, eso si un buen borracho.
No hizo ningún ademán de pelea, ni siquiera un comentario, ni tan solo un gesto de desaprovación, tan solo se marchó, dejándo esa vez la copa llena, rompió la rutina del recorrido volviendo hacia atrás y una vez bajo el imponente faro que tantas veces le habló en silencio, miró hacía el horizonte y se lanzó a abrazar ese mar, que siempre fue complice de su soledad y sí, aquella noche cumplio con la promesa y tomó su última copa.
la verdad y la comprensión
Y ahora me prometes que si te prometo no te mentir me prometerás quererme siempre, más yo no te prometo que te lo vaya a prometer, aquella noche reflejabas tus labios en el bourbon y te me antojabas hermosa, impregnada de culpabilidad, no te sentías aún así culpable y yo ruín de pensamientos y parco en obra, solo aspiraba a despertarme oliendo a ti y tu miraste el reloj que habias perdido y en tu muñeca se desperto el yugo de la culpa y tus pestañas como un toldo negro cubrieron tu mirada y tus pupilas se convirtieron en mi espejo pero yo no veia más allá de tus labios y no me besaste y te fuiste, pero yo al menos.......
no tuve que prometerte nada.
no tuve que prometerte nada.





