El Ventanal
Voy a necesitar toda la ayuda. Las hojas caen y ya vuelan por toda la ciudad tapizando su suelo de un color pardo que me sume en una espiral de desesperación. Mientras tomo mi café, ese café, el mismo que tiempo atrás tomé, la misma taza, el mismo nudo en la garganta, en el mismo sitio, ante el ventanal que da a la plaza y que es como una claraboya que accede a mi interior. A través de él lo veo todo, lo que quiero y lo que no quiero.
Pero siempre primero lo que menos me gusta, lo que me hacer hundirme un poco más en la taza humeante que tengo ante mí. Injusticia, el pan de los cobardes y la comida nuestra de cada día. Intolerancia, el elixir de los débiles mentales y el grillete de los que aspiramos a la libertad. Soledad, el pozo oscuro de los eternamente románticos, nuestro mayor castigo.
Tras toda esa desolación que rastrilla mi alma, cuando ya diviso los posos en el fondo de mi debilitado café, después de un tiempo incontable e infructuoso intentando encontrar sentido a su dispersión, convengo con el sobre del azúcar, audaz y fantástico oyente, que sólo hay un remedio y una solución, quizás un antibiótico para el virus de la realidad, y no es otra cosa que tú. Y es entonces cuando ese ventanal, mi ventanal se va llenando de ti. Apareces desde una de sus esquinas y mientras el sobre azucarado y yo damos gracias por ello vas llenando el espacio hasta formar un lienzo de deseo y ensoñación. Y entonces, aunque sólo sea durante un par de horas vivo fuera de mí, no en una nube, sino en todas ellas.
Cuando el efecto se me pasa vuelvo a la misma mesa, frente al mismo ventanal, con la misma taza y, por supuesto, con el mismo sobre de azúcar, mi mejor amigo, mi colega de cruzadas contra la insoportable realidad.
Escuchando: Hostal Pimodán - Lori Meyers
Pero siempre primero lo que menos me gusta, lo que me hacer hundirme un poco más en la taza humeante que tengo ante mí. Injusticia, el pan de los cobardes y la comida nuestra de cada día. Intolerancia, el elixir de los débiles mentales y el grillete de los que aspiramos a la libertad. Soledad, el pozo oscuro de los eternamente románticos, nuestro mayor castigo.
Tras toda esa desolación que rastrilla mi alma, cuando ya diviso los posos en el fondo de mi debilitado café, después de un tiempo incontable e infructuoso intentando encontrar sentido a su dispersión, convengo con el sobre del azúcar, audaz y fantástico oyente, que sólo hay un remedio y una solución, quizás un antibiótico para el virus de la realidad, y no es otra cosa que tú. Y es entonces cuando ese ventanal, mi ventanal se va llenando de ti. Apareces desde una de sus esquinas y mientras el sobre azucarado y yo damos gracias por ello vas llenando el espacio hasta formar un lienzo de deseo y ensoñación. Y entonces, aunque sólo sea durante un par de horas vivo fuera de mí, no en una nube, sino en todas ellas.
Cuando el efecto se me pasa vuelvo a la misma mesa, frente al mismo ventanal, con la misma taza y, por supuesto, con el mismo sobre de azúcar, mi mejor amigo, mi colega de cruzadas contra la insoportable realidad.
Escuchando: Hostal Pimodán - Lori Meyers
Una sirena de verdad (Capítulo 4)
Se olvidó del amor. Ya no era para ella. Mejor no pensar en ello. Ni príncipes ni sirenas. Nunca más la iban a coger desarmada, eso era historia. Suele pasar en estas circunstancias que los daños colaterales no tardan en aparecer. Tan decidida y empeñada estaba Mara que no se detenía a ver a quién se llevaba por delante, no le importaba perdérselo, sólo quería tener el corazón acorazado.
De este modo, aquél príncipe que soñó desde niña se le escapó ante sus ojos, no lo descubrió, no lo valoró. Cuando conoció a Rubén ella ya no quería sentir. Se lo tomó como una aventura, nunca le quiso conocer, sólo disfrutar. Se juntaron mucho, más de lo que ella hubiera querido, y es que refulgió dentro de su coraza una pequeña llama que encendió sus alarmas. Tanto que decidió abandonarlo, ahogar esos sentimientos recién surgidos, no podía permitirse un amor. Prefirió sufrir, enterrar la llama. Ni por un instante se le pasó por la cabeza que estaba delante suyo, que era él. Eligió no entrar a valorar su sinceridad, su incansable esfuerzo por hacerla feliz, por conseguir que olvidara todo lo gris; no quiso quedarse con la mejor persona que había conocido, simplemente lo dejó escapar porque ya no creía en el amor.
Se marchitó todo, quiso mantenerlo como amigo, pero para él ella era todo un universo, no podía verla sólo como una amiga. El sufrimiento se comió a Rubén y el agua abandonó el charco, la luna dejó el cielo. Y ella miró hacia delante: “Puedo estar sola”.
Escuchando: Una semana - Los Niños Mutantes
De este modo, aquél príncipe que soñó desde niña se le escapó ante sus ojos, no lo descubrió, no lo valoró. Cuando conoció a Rubén ella ya no quería sentir. Se lo tomó como una aventura, nunca le quiso conocer, sólo disfrutar. Se juntaron mucho, más de lo que ella hubiera querido, y es que refulgió dentro de su coraza una pequeña llama que encendió sus alarmas. Tanto que decidió abandonarlo, ahogar esos sentimientos recién surgidos, no podía permitirse un amor. Prefirió sufrir, enterrar la llama. Ni por un instante se le pasó por la cabeza que estaba delante suyo, que era él. Eligió no entrar a valorar su sinceridad, su incansable esfuerzo por hacerla feliz, por conseguir que olvidara todo lo gris; no quiso quedarse con la mejor persona que había conocido, simplemente lo dejó escapar porque ya no creía en el amor.
Se marchitó todo, quiso mantenerlo como amigo, pero para él ella era todo un universo, no podía verla sólo como una amiga. El sufrimiento se comió a Rubén y el agua abandonó el charco, la luna dejó el cielo. Y ella miró hacia delante: “Puedo estar sola”.
Escuchando: Una semana - Los Niños Mutantes
Una sirena de verdad (Capítulo 3)
Tampoco tardó mucho en comprender que el amor escapa al control de cada uno. Descubrió, con el dolor más grande que hasta ese momento había sentido, que lo de cerrar los puños no había sido otra cosa que una idea inocente, descabellada. Se le escapó igual. Los sentimientos se le escurrieron entre los nudillos sin que pudiera frenarlos.
Sin embargo, no fue la pena del nuevo desamor lo que más la hundió, sino la descorazonadora y certera constatación de que había perdido la inocencia casi por entero. La idea la aterró. Había entrado en otro mundo distinto, donde la inocencia no tenía sitio. Su romanticismo, su confianza, todo había sido desposeído de sentido. Se sintió vacía, asqueada, y pronunció una frase que la cambiaría para siempre: “El amor es una mierda”.
Escuchando: The fool on the hill - The Beatles
Sin embargo, no fue la pena del nuevo desamor lo que más la hundió, sino la descorazonadora y certera constatación de que había perdido la inocencia casi por entero. La idea la aterró. Había entrado en otro mundo distinto, donde la inocencia no tenía sitio. Su romanticismo, su confianza, todo había sido desposeído de sentido. Se sintió vacía, asqueada, y pronunció una frase que la cambiaría para siempre: “El amor es una mierda”.
Escuchando: The fool on the hill - The Beatles





