Mi vida se destroza, se apaga, tengo ganas de abandonarla, de sumirme en un profundo sueño del que nunca quiero despertar.
Ya nada tiene sentido, una tenue niebla rodea el muro que he ido construyendo durante toda mi vida, al que me ataban cosas que nunca supe, cosas que estaban allí asentadas, que eran inmóviles que tenían que ser así, que no podían cambiar y ahora parece que las piedras de ese muro se están cayendo una a una, se están derrumbando todas las imágenes que con cuidado yo guardaba.
Dudo, siento miedo, desolación, vértigo y todo esto se reúne en una forma de sentir localizada en mi pecho. Pienso que me han abandonado las fuerzas cuando la angustia, que es una pesadilla imposible ya de esquivar, vuelve a golpear violentamente mi cuerpo.
Temo, tengo frío y vuelvo a encontrarme al borde de ese abismo inquietante que sigue al acecho, que contemplan en silencio cada uno de mis movimientos, que me vigila atentamente, que me llama.
Ya ni siquiera quiero sentir, ni existir, ni vivir, tan sólo dejarme llevar por este dolor y que me guíe hasta ese lugar donde mis pies no toquen el suelo y la voz se desgarre al gritar…
Y en este momento, mientras todo esto pasa, voy dando patadas a todas mis convicciones, y como siempre acabo escondiendo mis palabras en ninguna parte, así que, nada de reproches, nada de excusas.





