[o lo que es la historia de mi vida]
Igual que el mosquito más tonto de la manada
yo sigo tu luz aunque me lleve a morir,
te sigo como les siguen los puntos finales
a todas las frases suicidas que buscan su fin.
Igual que el poeta que decide trabajar en un banco
sería posible que yo en el peor de los casos
le hiciera una llave de judo a mi pobre corazón
haciendo que firme llorando esta declaración:
Me callo porque es más cómodo engañarse.
Me callo porque ha ganado la razón al corazón.
Pero pase lo que pase,
y aunque otro me acompañe,
en silencio te querré tan sólo a tí.
Igual que el mendigo cree que el cine es un escaparate,
igual que una flor resignada decora un despacho elegante,
prometo llamarle amor mío al primero que no me haga daño
y reir será un lujo que olvide cuando te haya olvidado.
Pero igual que se espera como esperan en la Plaza de Mayo
procuro encender en secreto una vela no sea que por si acaso
un golpe de suerte algún día quiera que te vuelva a ver
reduciendo estas palabras a un trozo de papel.
Me callo porque es más cómodo engañarse.
Me callo porque ha ganado la razón al corazón,
pero pase lo que pase,
y aunque otro me acompañe,
en silencio te querré tan sólo
me callo porque es más cómodo engañarse.
Me callo porque ha ganado la razón al corazón,
pero pase lo que pase,
y aunque otro me acompañe,
en silencio te querré,
en silencio te amaré,
en silencio pensaré tan solo en tí.
La oreja de Van Gogh
Igual que el mosquito más tonto de la manada
yo sigo tu luz aunque me lleve a morir,
te sigo como les siguen los puntos finales
a todas las frases suicidas que buscan su fin.
Igual que el poeta que decide trabajar en un banco
sería posible que yo en el peor de los casos
le hiciera una llave de judo a mi pobre corazón
haciendo que firme llorando esta declaración:
Me callo porque es más cómodo engañarse.
Me callo porque ha ganado la razón al corazón.
Pero pase lo que pase,
y aunque otro me acompañe,
en silencio te querré tan sólo a tí.
Igual que el mendigo cree que el cine es un escaparate,
igual que una flor resignada decora un despacho elegante,
prometo llamarle amor mío al primero que no me haga daño
y reir será un lujo que olvide cuando te haya olvidado.
Pero igual que se espera como esperan en la Plaza de Mayo
procuro encender en secreto una vela no sea que por si acaso
un golpe de suerte algún día quiera que te vuelva a ver
reduciendo estas palabras a un trozo de papel.
Me callo porque es más cómodo engañarse.
Me callo porque ha ganado la razón al corazón,
pero pase lo que pase,
y aunque otro me acompañe,
en silencio te querré tan sólo
me callo porque es más cómodo engañarse.
Me callo porque ha ganado la razón al corazón,
pero pase lo que pase,
y aunque otro me acompañe,
en silencio te querré,
en silencio te amaré,
en silencio pensaré tan solo en tí.
La oreja de Van Gogh
[o lo importante que es saber llorar]
Desde hace algún tiempo, Emilio tiene ganas de llorar. Al principio, no lo entendía ni él, porque no es la primera vez que encaja una mala racha y ésta no ha sido ni eso, la vida, por un lado, y por el otro, las pequeñas mezquindades de sus semejantes, pequeñas, sí, pero dolorosas como las picaduras de una avispa enfurecida. Está triste y eso no le sorprende, pero tampoco basta para explicar lo que siente, la presión constante de las lágrimas en sus ojos, el grumo espeso y sucio que no logra desalojar su garganta, y ese cansancio enfermizo que le deja dormido, como muerto, en cuanto se tumba en la cama por las noches.
Desde hace algún tiempo, Emilio tiene ganas de llorar. Y no es que no haya llorado bastante, al contrario. El maldito 2005 se llevó a su padre, le dejó huérfano del todo, y no está solo, tiene a Ana, y a los niños, hermanos y amigos, gente que le quiere, a la que quiere, pero ya no tiene padre, ni madre. Es ridículo. Emilio va a cumplir treinta y nueve años y nadie se queda huérfano a esa edad, él lo sabe, siente que ni siquiera tiene derecho a decirlo, sin embargo lo siente. Su padre no era muy popular en su familia. Era un hombre raro, huraño, solitario, poco expresivo. Él le quería así y todo, así, y por encima de todo. Su padre lo sabía. Eso les bastaba a los dos, les bastó hasta el final. Emilio estuvo al lado de su padre hasta el final, pero aunque la gente diga lo contrario, eso no le consuela por haberlo perdido. A la gente le gusta mucho hablar de lo que no sabe. Le gusta demasiado.
Emilio tiene ganas de llorar, ya ha llorado mucho por su padre, y nunca le llorará bastante, pero hace unos meses creía que su llanto íntimo y continuo no volvería a trepar hasta sus ojos. Y si embargo, sigue teniendo ganas de llorar. Quizá haya sido la dichosa Navidad, tan insoportable en este año de luto su carga de felicidad comercial y plastificada, tan lejos de la auténtica alegría. Pero también está lo de Ramón, ese antiguo compañero de trabajo con el que llevaba años jugado un décimo a medias que nunca tocaba. Siempre lo compraba él, y Emilio se lo pagaba cuado le veía. Este año iba a ser igual. Su amigo le llamó por teléfono, le dijo el número, Emilio lo apuntó, les tocó el tercer premio, y Ramón dijo que nanay, que como no le había pagado, no tenía derecho a cobrar nada. El dinero fue lo de menos. El palo, de los que no se olvidan.
Y después Eva, su hija, que tiene seis años y es una preciosidad, y se negó a actuar en la función del colegio, porque desde que le habían dado el papel de Virgen María, sus amigas sólo le dirigían la palabra para decirle que se lo tenía muy creído, y la bronca que tuvo con su cuñado Enrique, que es adicto a la Cope y le sacó de quicio hasta tal punto que su mujer se lo tuvo que llevar para que la Nochebuena no acabara a puñetazo limpio, y el malhadado sentimiento de culpa que le impulsó a llamarle al día siguiente para escuchar que él, desde luego, no iba a pedirle perdón, y su hermana Milagros, que se había comprometido a organizar la Nochevieja y desconvocó a las siete de la tarde porque estaba muy cansada, y una carrera nocturna y desesperada en pos de cuarenta y ocho uvas… Nada, tonterías, porque las encontró, y se las comieron, y todo lo demás, su hermana, su cuñado, su hija, y hasta la avaricia de Ramón, comparten el rango de los problemas que no tienen importancia verdadera, esas cosas que pasan, que se olvidan y vuelven a pasar, para siempre, porque esa es la condición de los humanos.
Pero Emilio sigue teniendo ganas de llorar, está convencido de que todo se arreglaría si pudiera llorar, si encontrara un momento para abandonarse al paradójico consuelo del llanto. Lo ha intentado muchas veces y no lo ha logrado ninguna. Hasta esta noche. Esta noche, como si ya no pudiera más, se ha despertado él solo, a las cuatro y cinco de la mañana. Ha cambiado de postura dos o tres veces, ha comprobado que no podía volver a dormirse, ha mirado la hora del despertador, se ha acordado a tiempo de que era domingo, se ha levantado, ha ido a la cocina, se ha sentado en una silla, y de repente, sin previo aviso, sin ser consciente de lo que iba a pasar ha empezado a llorar. Ahora sigue llorando, a solas, tranquilo, sin preocuparse de que le vea, de que le oiga nadie. Llora, simplemente; las lágrimas caen de sus ojos con una frecuencia rítmica, regular, reconfortante. No piensa parar, no puede. Va a seguir llorando hasta el agotamiento, sin saber por qué, sin que le importe. Y después, sólo mañana, empezará para él un Año Nuevo que no podrá ser pero que el que ha vivido.
Almudena Grandes
Desde hace algún tiempo, Emilio tiene ganas de llorar. Al principio, no lo entendía ni él, porque no es la primera vez que encaja una mala racha y ésta no ha sido ni eso, la vida, por un lado, y por el otro, las pequeñas mezquindades de sus semejantes, pequeñas, sí, pero dolorosas como las picaduras de una avispa enfurecida. Está triste y eso no le sorprende, pero tampoco basta para explicar lo que siente, la presión constante de las lágrimas en sus ojos, el grumo espeso y sucio que no logra desalojar su garganta, y ese cansancio enfermizo que le deja dormido, como muerto, en cuanto se tumba en la cama por las noches.
Desde hace algún tiempo, Emilio tiene ganas de llorar. Y no es que no haya llorado bastante, al contrario. El maldito 2005 se llevó a su padre, le dejó huérfano del todo, y no está solo, tiene a Ana, y a los niños, hermanos y amigos, gente que le quiere, a la que quiere, pero ya no tiene padre, ni madre. Es ridículo. Emilio va a cumplir treinta y nueve años y nadie se queda huérfano a esa edad, él lo sabe, siente que ni siquiera tiene derecho a decirlo, sin embargo lo siente. Su padre no era muy popular en su familia. Era un hombre raro, huraño, solitario, poco expresivo. Él le quería así y todo, así, y por encima de todo. Su padre lo sabía. Eso les bastaba a los dos, les bastó hasta el final. Emilio estuvo al lado de su padre hasta el final, pero aunque la gente diga lo contrario, eso no le consuela por haberlo perdido. A la gente le gusta mucho hablar de lo que no sabe. Le gusta demasiado.
Emilio tiene ganas de llorar, ya ha llorado mucho por su padre, y nunca le llorará bastante, pero hace unos meses creía que su llanto íntimo y continuo no volvería a trepar hasta sus ojos. Y si embargo, sigue teniendo ganas de llorar. Quizá haya sido la dichosa Navidad, tan insoportable en este año de luto su carga de felicidad comercial y plastificada, tan lejos de la auténtica alegría. Pero también está lo de Ramón, ese antiguo compañero de trabajo con el que llevaba años jugado un décimo a medias que nunca tocaba. Siempre lo compraba él, y Emilio se lo pagaba cuado le veía. Este año iba a ser igual. Su amigo le llamó por teléfono, le dijo el número, Emilio lo apuntó, les tocó el tercer premio, y Ramón dijo que nanay, que como no le había pagado, no tenía derecho a cobrar nada. El dinero fue lo de menos. El palo, de los que no se olvidan.
Y después Eva, su hija, que tiene seis años y es una preciosidad, y se negó a actuar en la función del colegio, porque desde que le habían dado el papel de Virgen María, sus amigas sólo le dirigían la palabra para decirle que se lo tenía muy creído, y la bronca que tuvo con su cuñado Enrique, que es adicto a la Cope y le sacó de quicio hasta tal punto que su mujer se lo tuvo que llevar para que la Nochebuena no acabara a puñetazo limpio, y el malhadado sentimiento de culpa que le impulsó a llamarle al día siguiente para escuchar que él, desde luego, no iba a pedirle perdón, y su hermana Milagros, que se había comprometido a organizar la Nochevieja y desconvocó a las siete de la tarde porque estaba muy cansada, y una carrera nocturna y desesperada en pos de cuarenta y ocho uvas… Nada, tonterías, porque las encontró, y se las comieron, y todo lo demás, su hermana, su cuñado, su hija, y hasta la avaricia de Ramón, comparten el rango de los problemas que no tienen importancia verdadera, esas cosas que pasan, que se olvidan y vuelven a pasar, para siempre, porque esa es la condición de los humanos.
Pero Emilio sigue teniendo ganas de llorar, está convencido de que todo se arreglaría si pudiera llorar, si encontrara un momento para abandonarse al paradójico consuelo del llanto. Lo ha intentado muchas veces y no lo ha logrado ninguna. Hasta esta noche. Esta noche, como si ya no pudiera más, se ha despertado él solo, a las cuatro y cinco de la mañana. Ha cambiado de postura dos o tres veces, ha comprobado que no podía volver a dormirse, ha mirado la hora del despertador, se ha acordado a tiempo de que era domingo, se ha levantado, ha ido a la cocina, se ha sentado en una silla, y de repente, sin previo aviso, sin ser consciente de lo que iba a pasar ha empezado a llorar. Ahora sigue llorando, a solas, tranquilo, sin preocuparse de que le vea, de que le oiga nadie. Llora, simplemente; las lágrimas caen de sus ojos con una frecuencia rítmica, regular, reconfortante. No piensa parar, no puede. Va a seguir llorando hasta el agotamiento, sin saber por qué, sin que le importe. Y después, sólo mañana, empezará para él un Año Nuevo que no podrá ser pero que el que ha vivido.
Almudena Grandes