PARA MAYORES DE 25 AÑOS

Un efebo se me ha enamorado. El infante se nos ha ido a enamorar de una perra vieja y resabiada.
Es una auténtica delicia, es una criatura hermosa y encantadora. Es un ternerito con pequitas en un cuerpo de hombre.
Se le ponen los ojos vidriosos cuando le digo que no puede ser, traga saliva cuando le digo que para mí, es un niño. No quiere entender que vivimos en planetas diferentes, que ni puedo ni quiero acoplarme a ninguno de los factores propios de alguien de su generación.
Cuando yo ya salía por los bares de copas, él aún montaba en monopatín. Cuando yo ya había tenido un importante fracaso sentimental, él comenzaba a besar a las chicas.
Él se emociona si va a un concierto de Eminem, yo ahora me estremezco en la ópera. Yo pago intereses hipotecarios, él ahorra para comprarse un coche mejor. Yo pienso que algún día quiero ser madre, él acaba de nacer.
Él traga Red Bull, a mí me gusta saborear un buen vino. Él no sabía lo que era la lencería fina, yo desconocía que existieran unas fantásticas zapatillas que se llamaran Gola. Él está apasionado e ilusionado con su segundo trabajo importante, disfruta poniéndose un traje y anudándose una corbata, yo ya sé que el mundo laboral es una auténtica mierda, donde lo mejor que te puede pasar es que te exploten durante diez horas por un sueldo ínfimo.
Él puede contar con las manos sus relaciones, decirme sus nombres, apellidos y carreras universitarias cursadas. Yo, tendría que coger lápiz, papel y contratar al mejor equipo de detectives para averiguar el 50% de esos datos.
Sus emociones más fuertes las tuvo, hace bien poco, en su beca Erasmus, a mi me queda lejano todo eso. Él dibuja un corazón de tiza en la pared y yo no puedo enamorarme. Él me besa con todo su amor y se le hace un nudo en la garganta cuando quiere decirme lo que siente, a mí me entra la risa floja cuando se pone romántico y me niego a escuchar ciertas frases. Él quiere publicar su amor, yo me avergüenzo de que lo sienta.
No puedo evitar verle como a un bebé, pero me encanta follar con él. Siento que estoy cometiendo un delito y que debería de ir directa a la comisaría a denunciarme, pero su “empuje” me supera. Su frescura es como darme un baño de espuma relajante.
Cuando, en voz baja para que no le escuche, habla por teléfono y dice “mamá, no me esperéis a comer […]. No, no sé cuando voy a ir […] ¡qué no sé mamá, ya te llamaré!” yo quiero salir corriendo y abandonar el país, pero cuando me agarra fuerte y se hace el hombretón, siento que estoy protegida. Cuando me despierto y veo como me observa, cuando tiene las palabras más bonitas y más tiernas en el momento más adecuado, cuando siento entre sueños como vuelve a tener otra erección, entonces adoro su edad. Pero cuando dice que mis puntos de vista son sabios y que mis consejos son una ayuda incalculable, me doy cuenta de que ni quiero, ni puedo ser la experta en nada e inevitablemente, él me hace sentir como una veterana en todo.
Me engañó, me dijo que tenía mi misma edad, yo no lo puse en duda, sólo veía un hermoso ángel bajado del cielo. Cuando me contó la realidad ya era demasiado tarde: ya me había pedido que no me marchara, ya me había suplicado que le escuchara sólo dos minutos, ya me había embaucado y me había expuesto lo que había sentido nada más verme, ya estaba impactada ante tanta sinceridad y ya, sin quererlo, me había inyectado esas dosis de alegría y humildad que tanto necesitaba.
Pero ahora me veo como Cruella de Vill, relamiéndome ante un pequeño, simpático y tierno dálmata. Me siento como Ovidio en “El arte de amar” diciendo “… Nescio, sed fieri sentio et excrucior…” (…No lo sé, pero siento que soy torturado y transformado).
Y aquí estoy, contestando a sus mensajes, a sus llamadas, intentando buscar un restaurante para cenar esta noche donde no me pueda encontrar a nadie conocido. Buscando una forma para celebrar con él mi maldito cumpleaños, acontecimiento que ha llegado en el momento más inoportuno, recordándome, con una colleja en la nuca, la edad que tengo, haciéndome ver que estoy jugando sucio, haciéndome presagiar que a mi juguete, se le va a romper el corazón más pronto que tarde.





