El amor
Ya sé que es la pregunta del millón, pero ¿qué es el amor? Todo el mundo parece enloquecer por tenerlo, pero bien pensado, también enloquece por muchas otras estupideces.
El amor ha tenido mucha suerte. Culturalmente, se ha convertido en un producto de lujo. Mueve millones, en la literatura, la música y el cine, que apenas pueden existir sin hacerle un homenaje pequeño, grande o regular. Todos los aceptamos como invitado estrella en cualquier cosa que tenga que ver con el ocio, y no cuestionamos su presencia jamás.
Yo, francamente, pese a ser una ávida lectora de novela romántica, no creo en el amor. Y que conste que no es una pose “maldita” para hacerme la interesante. Creo firmemente en el sexo y en los intrincados lazos que la pasión traza entre todas las condiciones y sexos. Creo en la empatía, ese curioso crujir de corazones al unísono. Pero lo entiendo todo como pasiones fútiles, que nacen con los días contados, y que responden con dificultad a las medicinas que les aplicamos para revivirlas.
El ser humano nace con la condición implacable de su soledad. La cultura inventa miles de artilugios para endulzar esa situación, para negarla, reinterpretarla o eludirla. Pero nada funciona. Lo más importante que hacemos, además de nacer, es morir, y las dos cosas las hacemos solos. Mirad cualquier cuna de bebé. Está allí solo, sin su madre, indefenso, a expensas del mundo. Porque su madre ya existe sin él y él sin ella, o sea, la condición de la soledad ha aparecido mientras se hacía humano y persona.
Por eso el amor es un paréntesis tan celebrado. Mientras dura, sentimos la ilusión de no estar solos, de fundirnos con otra persona, de volver a algún útero cálido y deliciosamente húmedo y además lo hacemos con una intensidad feroz, que nos transmuta en un oro de valor incalculable. En esos momentos, nada nos supera.
Pero claro, como todas las fantasías, tiene que terminar. No hay velo que no se desgarre frente a la tormenta de todos los días, no hay espejismo que al andar hacia él no se descubra. Algún día, al mirar a los ojos de la persona que amamos, descubrimos que allí hay otra persona que sufre, que tiene miedo, que está sola. Que se engaña, que padece pequeñas o grandes indignidades del cuerpo y también miserias del alma. El espejo se ha roto, Alicia ha salido del sueño, y todos nos despertamos como ella, recordando la sonrisa misteriosa del gato con sus promesas de infinitud.
El amor no existe, pero por eso mismo, hay que disfrutar el rato que lo tenemos y luego dejarlo ir sin rencor. Como sólo es una patraña, debemos ir a él relajados, como a un buen teatro, a asistir a una función que nos anima a seguir vivos y como medicina para endulzarnos los tragos amargos de la vida nos imparte continuamente.
Hay otros sentimientos más hondos, que sí lanzan fuertes cuerdas de amarre entre los seres humanos, tan fuertes, que a veces no se pueden romper. Pero esos sentimientos no son populares, no son estéticamente vistosos, no se les dedican apenas canciones. La piedad, la compasión mutua por los seres sufrientes que somos; la amistad, que nos permite navegar por la vida con eso tan valioso que es la compañía; la fe, que no tiene que ser en un dios, sino que puede dirigirse a muchas otras cosas. Todos estos sentimientos son poderosos, se mantienen vivos frente a las inclemencias de la vida y el tiempo y posiblemente nos permitirán apoyarnos con fuerza en ellos.
Pero claro, no los podemos pintar en una postal y llevan mal el que se los embadurne con poesía. No se prestan bien al maquillaje y desfilan mal en cualquier pasarela. No podemos hablar de ellos sin parecer unos patanes de pueblo, sospechosos de reaccionarismo, aunque curiosamente, el amor es un sentimiento tan poco revolucionario, más bien un dulce opio que el poder administra con largueza, por ser barato.
Nos merecemos lo que nos dan, la verdad. Por no mirarnos desnudos al espejo, y ver lo que hay, que es poco y mucho, malo y bueno, desastre y maravilla a partes iguales. Un mono en pelotas, un animal pensante, una anomalía del universo.
Un ser humano. Solo.
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