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El hilo de Ariadna
Burbujas de aire y sol arrastradas por el viento, caen los minutos lentamente
Acerca de
Mis aficiones son muy variadas, me gusta la literatura de género (fantástico, histórico, policíaco, romántico, etc), la historia militar y el arte, sobre todo la arquitectura y la pintura. También me gusta la fotografía, aunque de esto ya no practico, y sí mi marido, del que subiré algunas fotos. La música por supuesto, escucho de todo, desde flamenco y clásica, hasta los Smashing Pumpkins. Me fascina el Japón medieval, leo todo lo que puedo sobre él, como puede verse también por el diseño que he escogido para el blog. Otro tema que me fascina es la historia y problemática de la mujer y sí, pese a quien le pese, me confieso feminista.
Sindicación
 
Porqué no soy friki

Lo he tomado de Bertrand Russell, de su libro Porqué no soy cristiano, pero sí, así es, tengo que confesarlo, no sirvo para friki, muy a mi pesar. Acabo de descubrirlo y aún estoy conmocionada. Snif.

La primera vez que oí la palabra friki aplicada a mí fue en la Asturcon de hace tres años, tres siglos me parece ahora. Acababa de comprar “Lágrimas de luz” de Rafa Marín (para mí entonces un completo desconocido) y se lo llevábamos para firmar cuando le oí decir: “pero mira que sois frikis”. Yo miré por encima del hombro, por si estaba hablando con algunas otras personas, pero no, era a mí y los que iban conmigo. Caramba, recuerdo que pensé, no sabía que firmar libros fuera una actividad friki. Luego ya me enteré que la firma en sí no, pero sí el tener todos los libros de una colección firmados, o todos los libros de un autor. Fue aquella primera vez, cuando ví un aficionado con una bolsa llena de los libros de Tim Powers para que se los firmara uno por uno. Increíble, pensé entonces.

A mí me gusta probarlo todo. Reconozco que es un gran defecto, pero no suelo decir esto no me gusta hasta que no lo he probado bien, así que durante estos años me he empleado a fondo para ver si esto es lo mío o no, y pese a sus indiscutibles atractivos, he descubierto en mí una incapacidad congénita para ejercer de friki. Qué pena...

Por ejemplo, tenemos el despiste. Vengo de una familia de despistados crónicos, hasta el punto de que hacen chistes en nuestro pueblo de origen con el asunto. O sea, esto quiere decir, que cuando por fin has pillado al autor de marras para la firma de marras, yo suelo descubrir que me he traído los libros de otro o que no vienen todos. Esto supondría para el buen friki un ataque de nervios. En mi caso no siento nada, algo que oculto cuidadosamente, vaya a notarse esa infame frialdad de mi alma perversa. Así que tengo pocos libros firmados, pero de los que tengo hay algunas que atesoro con mucho cariño, las de Rodolfo Martínez, siempre divertidas, la firma ilegible de Sapkowski, y especialmente las de Priest, cuyos libros son para mí aventuras existenciales.

Luego está otro problema aún más horroroso. Soy incapaz de mantener una pasión en el mismo estado de efervescencia durante años y eones. Esto habría sido terrible si hubiera querido probar a ser hooligan, ya que lo mismo habría supuesto la muerte real, linchada por mi falta de entusiasmo. Yo soy de pasiones cíclicas. Me sumerjo en algo que me atrae con una energía despiadada, intensa, casi maníaca. Cuando ya he aprendido, practicado, absorbido lo que me causó esa curiosidad implacable, se me pasa, y se convierte en una afición más entre otras. Si algún tiempo después alguien me pregunta que qué ocurrió con lo que hacía en aquel momento, siempre me cuesta trabajo recordar: ya hay otra cosa que ha ocupado ese puesto, y posiblemente desde entonces, habrán sido varias, con lo cual puede que incluso no lo recuerde. Lo mío parece un caso desesperado de obsesión periódica por las cosas más peregrinas que podáis imaginaros: Nietzsche, la fotografía, Japón (como testimonia este blog), el formalismo ruso, el cine de Visconti, Freud, las batallas antiguas, la poesía, sí, hasta eso he perpetrado.

Imaginaos este desastre cuando quieres ser una buena friki. No sé lo que es un elfo oscuro o un kender, ni idea de las estirpes de vampiros, y le tengo fobia a los psicópatas de King. Soy incapaz de recordar que cuento de Silverberg había en aquella antología, en qué año se publicó “Playa de acero” e incluso puede que, anatema anatema, ni siquiera sepa si Vance sigue o no aún vivo. Esto me ha hecho pasar unos ratos malísimos. A pesar de mis denodados esfuerzos por mantener mi mente en plena forma y recordar todo lo que tengo que recordar y saber todo lo que tengo que saber, es que no hay forma. Ya me he dado por vencida. Mi mente está claro que no sirve para la disciplina y la acumulación metódica de saberes de un buen friki. Otra pena más que añadir a las que voy amontonando.

Y ya para rematar el asunto, tenemos lo del coleccionismo. Yo soy coleccionista de libros compulsiva, siempre lo he sabido, pero no soy coleccionista friki. Ni siquiera eso voy a poder ser, que ya es el colmo, teniendo en cuenta el volumen de mi biblioteca, nada despreciable. ¿Dónde está el frikismo en este asunto? Sé que os voy a escandalizar, pero creo que no tengo ni una sola colección completa, es más, suena como un crimen, pero tengo que confesar que me he deshecho de algunos ejemplares de colección porque no me gustaban. Así como lo oís. Por si fuera poco, tengo los libros dispersos, clasificados por autores, nada de los libros de cada colección o editorial juntitos, para poder quejarme de porqué los cambian de formato... Y para colmo de males, está lo de mi pila de libros, que es para vomitar: varios tomos de crítica literaria, uno de filosofía, diez o doce (quizás más, son ya casi incontables) de historia medieval española, dos de esgrima medieval, otro sobre batallas, uno de romántica -aún no han sacado las novedades de octubre ;-)- ah sí y luego cuatro de fantástico. Esto es indignante. ¿Cómo voy a ser una buena friki si no tengo en la pila por lo menos cinco clásicos de la cf dura, el Señor de los Anillos en versión original y el último libro de Anne Rice que haya salido publicado, aunque sea sólo para ponerlo a parir?. Es que no tengo vergüenza, ni redención posible. Vaya porquería de friki.

Para terminar con otra paráfrasis, esta vez a Eco en las Apostillas, actualmente soy un guerrero andalusí del siglo X. Echo de menos los baños de Córdoba y un buen masaje, mientras las bailarinas de Bagdad tañen el laúd y cantan al amor udhrí, esos amores imposibles. Acabamos de arrasar San Esteban de Gormaz, por enésima vez, esta vez sin dejar piedra sobre piedra en la fortaleza, los heridos se quejan, la guardia patrulla las sombras que rodean el campamento y mientras, aquí, al lado del fuego, reflexiono sobre lo poco que me gusta la guerra, el olor de los poblados quemados, los odios raciales y me lamento de no poder recordar todos los hadices de el Gafiquí, y equivocarme al enumerar las suras del Corán en su correcto orden, lo cual seguro que me va a causar algún día más de un problema.

No hay nada peor que un creyente tibio.

Esto creo que habrá sido igual siempre. Lástima no poder ser un buen friki de lo que sea, aunque fuera de los libros de fantástico.



 
Leyendo a John Berger



En mi galería de personajes, John Berger ocupa un lugar muy especial. Sus libros fueron los primeros que compartí con mi marido y a ambos nos sobrecogió su lucidez, su visión amarga pero certera, la claridad de sus metáforas, y sobre todo, el profundo humanismo y amor por la tierra que recorre toda su producción.

También conocí a este autor en unas condiciones algo especiales. Me lo mostró una amiga muy querida que murió poco después, y a la que fascinaba. Me recomendó ella “Puerca tierra” y la leí con el corazón palpitándome con fuerza. Cuando murió recuerdo que se convirtió para mí en un libro-hito, de esos que dan significado a épocas completas de tu vida, bien porque abren nuevas perspectivas –e insólitas-, o bien porque cierran un ciclo vital, dotándolo de significado.

Ahora tengo en la mesilla de noche “El sentido de la vista”, un texto que ha hecho historia en la crítica artística. Apenas he leído unas páginas y he podido comprender porqué: es de esos libros que te abren caminos para acceder a la comprensión de la obra de arte, que tan herméticas y extrañas –incluso hostiles- nos suelen resultar.

Respecto a sus novelas, me gustaría advertir que no son para leer en momentos bajos o por personas excesivamente sentimentales. Son duras, y lo zarandean a uno por dentro sin piedad. Pero también lo sanean de adherencias extrañas y sobre todo de las mil pamplinas que rodean nuestras vidas, tan imprescindibles que nos parecen, y tan inútiles como realmente son. Sus palabras son como una brusca ducha fría, revitalizante, pero que conmociona. Y limpia, claro.

Aquí dejo un link en inglés, el de la Wikipedia, aunque pueden encontrarse noticias suyas con facilidad en la red.


http://en.wikipedia.org/wiki/John_Berger