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El hilo de Ariadna
Burbujas de aire y sol arrastradas por el viento, caen los minutos lentamente
Acerca de
Mis aficiones son muy variadas, me gusta la literatura de género (fantástico, histórico, policíaco, romántico, etc), la historia militar y el arte, sobre todo la arquitectura y la pintura. También me gusta la fotografía, aunque de esto ya no practico, y sí mi marido, del que subiré algunas fotos. La música por supuesto, escucho de todo, desde flamenco y clásica, hasta los Smashing Pumpkins. Me fascina el Japón medieval, leo todo lo que puedo sobre él, como puede verse también por el diseño que he escogido para el blog. Otro tema que me fascina es la historia y problemática de la mujer y sí, pese a quien le pese, me confieso feminista.
Sindicación
 
Decálogo del absurdo
Que el ser humano en conjunto es absurdo, no creo que sorprenda a nadie a estas alturas, pero es que me da la sensación de que no pensamos en ello. Y es que al absurdo, como a la injusticia, la estupidez, el odio, etc, no se le puede dejar de combatir. Hay que estar siempre pendientes, siempre señalarlos con el dedo, de modo que estemos un poco más cerca sino de erradicarlos, al menos de mantenerlos tan bajo control como sea posible.

Porque muchas cosas que nos parecen absurdas las terminamos aceptando como parte del paisaje de nuestras vidas y de ese modo, contribuimos a que se aferren a la realidad y pasen de ser algo execrable a una realidad comúnmente admitida. Y ahí es donde el absurdo, la injusticia, el odio, etc, se hacen fuertes, en la rendición de nuestras conciencias.

En el estupendo blog de Miguel (Peor es nada, lo teneis en la sección de enlaces) hay una entrada realmente increible, "Jugando a ser Dios", donde comenta una noticia referida a una institución investigadora que se dedica a matar y resucitar animales de forma experimental. De por sí la noticia da para muchos comentarios jugosos, pero lo más grotesco del asunto no es la cosa en sí, sino el aspecto que toma cuando la ponemos al lado de otras noticias.

Por ejemplo, el espectacular avance de la degradación mediambiental que han constatado los astronautas del Columbia desde las alturas, que me hacen pensar en el sentido que las cosas tienen y por tanto, en el absurdo de nuestra vida.

¿A que viene tanta investigación en los límites de la muerte, si nos estamos matando como especie de forma inminente e irresoluble?. Porque de mucho nos va a servir poder volver de la muerte a un planeta sin agua, sin aire y sin recursos. Ni siquiera a los ricos les sirve de mucho un planeta estéril, en el que ellos tampoco podrían sobrevivir, entre otras cosas, porque ni tendrían gente que mantuviera en marcha los engranajes industriales de la maquinaria que nos mantiene vivos a todos, ellos incluidos.

¿No es absurdo llevar una carrera desesperada por intentar vencer a la muerte mientras cavamos nuestra fosa igual de industriosamente?.

Hemos perdido el rumbo, aquí pongo mi pequeña piedra contra el absurdo y digo no, no en ni nombre, no para mi futuro. No es ésta la ciencia que salvará la vida a mí y a mis descendientes, y sí la que ayude a preservar el mundo para el uso de las siguientes generaciones.


Contra el absurdo, por un concepto más humano de la vida y de la ciencia.


 
En mi ciénaga
A mí me encanta la gente estable, serena, esos individuos que ve uno por ahí tan ecuánimes, educados, es decir, tan “normales”. Y no como otras que yo conozco, cuyo estado de ánimo habitual habría que describir como cenagoso...

Veamos, me levanto por la mañana, familiar crujido ominoso de la columna, verás como un día me quedo en silla de ruedas, y luego, a la ducha, donde comienza esa espantosa y rutinaria exploración en busca de bultos extraños. Oye, y esto duro que tengo aquí qué es, ay madre, aprietas los dedos con el corazón galopando a mil y caramba, pero si es una costilla... No me ruborizo porque estoy a solas, claro, pero vamos es para ponerse de color carmesí, pero mira que eres hipocondríaca.

Luego al curro. Que ha faltado el de gimnasia (ahora se llama educación física, pero a mí eso me parece muy cursi), te toca a tí ¿no?, vale, yo me voy a la sala por si pasa algo. Y claro, tiene que pasar algo, la de inglés, que ha expulsado al de siempre. El de siempre espera mohíno en la puerta de la clase. Tú, con peor cara, te lo llevas a la biblioteca, donde se niega a sacar el boli, los papeles y no digamos a hacer la tarea que le han mandado. Después de cinco minutos de ácida discusión, a punto de llamar a jefatura para que expulsen al colega, a ver si su madre puede con él, al menos deja de tontear con el móvil, de insultar a los otros alumnos que estudian en la biblioteca, y de silbar el último éxito de eso horrible que llaman reguetón. Como parece que la fiera se ha amansado, fijas la mirada furiosamente en el reloj, suplicándole a los minutos que vayan más deprisa hasta que suena el timbre liberador.

Ea, me voy a luchar a la clase de Economía II, donde todo el mundo jura que no sabe hacer los ejercicios de contabilidad porque tú eres una inútil que no sabe explicarlos. Después de otros cinco minutos de discusión llorosa, donde casi te das por vencida, un momento, ¿pero habéis intentado hacerlos en casa?. Pues claro que no. Ah vale. Y por casualidad, ¿os habéis estudiado la teoría del tema?. Pues claro que no, que el examen no es hasta dentro de dos semanas. Tú ánimo que había descendido hasta lo más hondo de la charca podrida de tu alma de pronto estalla como el fuego. Pero cómo coño pretenden éstos hacer problemas sin saberse la teoría y sin haberse sentado a pensarlos... Después del sermón de la montaña, a voces, claro, suena el timbre, ¿ya?, como no termine la unidad cinco esta semana, no termino el temario ni de coñas. Ay que agobio por dios.

Bajas la escalera a buscar los libros de la siguiente clase y te cruzas con el jefe de estudios, que va descompuesto. Hijo, que cara, pero que te pasa. Nada, que al cabroncete que tuviste en la biblioteca hace una hora le han encontrado una navaja en el bolsillo del pantalón y ahora viene la madre hecha una furia que cómo estamos tratando a su hijo, que se va a ir a la Delegación a ponernos una denuncia porque le hemos registrado. Y tú dices, hay que ver como están los padres, y en ese momento te das cuenta de que la que estaba en la biblioteca, encerrada con unos cuantos alumnos aparentemente normales y un adolescente inestable y claramente agresivo armado con una navaja eras tú. En ese momento desfilan por tu mente, todos los gritos que le has pegado en tu clara inocencia de que el chaval era eso, un chaval, y no vete tu a saber qué, si el que sale en el próximo telediario por haber matado a una profesora.

Te da el telele, claro, pues qué te va a dar si no. Las manos frías, el estómago vacío, las piernas temblonas. Te tomas un vaso de agua, mientras el tonto de turno, o la tonta, que siempre hay uno, te dice que no te asustes, que los nenes llevan navajas por fardar, y que no pasa nada. Siempre he deseado tirarle el agua a la cara a uno de estos imbéciles, pero no es plan, a ver si al final es a ti a quien encierran por agresiva y asocial. Así que aguantas el chaparrón con cara de cortesía fría y hala, a ver si me voy a casita ya, que vaya día...

Donde te esperan tus hijas que no quieren comer. Faltaría más. Hora y media más tarde de lloros y de desesperación, ya que tú has llorado también, entre el día que llevas y las jodidas niñas de los cojones que no abren la boca, porque el filete tiene una pintita verde, la sopa unas cosas blancas, y el plátano manchas marrones. Eso sí, la Fanta y la gaseosa no tienen nada, mira tú, ni tampoco el yogur de chocolate. Casualidades de la vida.

¿Ya se ha acabado el día?. Que va, ahora viene la siesta con la consabida lucha por el sofá que casi siempre gana EL porque es más grande, o ELLAS, porque tienen más cara, mamuchi, quiero acurrucarme contigo. Al final te vas, vencida, a ver si haces algo. Una vuelta por internet, escribir eso que tienes pendiente, preparar el examen de los de Economía II que se van a enterar estos, ya les vale...

Y de pronto un aullido horroroso. Saltas de la silla como una loca, con el corazón otra vez a mil y sales corriendo. La peque, que jugando se ha caído de cabeza del sofá y tiene una brecha, ay madre mía, pero cálmate, y ahora una lucha a brazo partido para curarla, que un día compro una camisa de fuerza, me lo vuelvo a jurar, porque a este mono diminuto le salen manos y piernas por todos lados. Al final la mitad del alcohol y el Betadine te los has puesto tú. La niña parece bien y ahora viene la pregunta crucial. ¿La llevo a que le hagan una radiografía?. En tu mente se deslizan esas imágenes horribles de la peque en una camita del hospital con la cabeza vendada y carita pálida porque su madre no la llevó a tiempo al médico. Dos horas de discusión con EL más tarde has llevado a la niña al médico, donde este te ofrece amablemente recetarte unas pastillitas “pa que estés más tranquila que te veo muy alterada”. A la niña no le pasa nada de nada, tú lo que eres es una pedazo de histérica, como te ha estado explicando EL durante la discusión de dos horas. El médico no te lo dice, pero vamos, que lo lleva escrito en la cara.

Miras el reloj con cara de mala leche a ver cuantas horas quedan para que el día se acabe. Pero todavía queda ese momento terrible en que hay que hacer las tareas, con los consabidos lloriqueos, que no me sale, dimelo tú, y que no acuerdo de cuanto es ocho por nueve (yo tampoco, la verdad), me puedo ir ya a ver la teleeeee... Y EL como un ángel vengador, nada, ea, castigada sin tele esta semana por no querer hacer las tareas. Tú dudas sobre a quien quieres asesinar primero, mientras tranquilizas a la dama de las camelias que llora como si fuera el último minuto de su vida, e intentas razonar con el ángel vengador, que esa semana, mira por donde, tiene reunión por la tarde, y no va a aguantar a la dama de las camelias sin tele, así, a pelo.

Eso de razonar con EL, no sé cómo lo llevais vosotras, yo no lo llevo. Así directamente. Termino loca, a voces, a veces preguntándome si este es un buen camino para conseguir de EL un comportamiento racional, cuando yo parezco el de Tasmania en pleno avenate.

En fin.

Me encanta esa gente que no parece perder los nervios nunca, y los ves caminando plácidamente por la calle, con cara de “nunca pasa nada”. Imagino siempre sus vidas perfectas, ordenadas, fluyendo con suavidad de hora en hora, mientras yo chapoteo en mi ciénaga, consumida por la mas verde de las envidias. ¿No les podría salir una almorrana, un sarpullidito, alguna cosa?. Por probar, nada más...