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para abrirte el corazón
Trocitos de mí mismo, jirones de lo que llevo dentro.
Acerca de
Hoy no hace ni frío ni calor, no corre fuerte el viento, no hay nada especial que me haga reintentar esta aventura, sólo el deseo de volcarme... y cada verso es un jirón de piel.
Sindicación
 
Novios
Cuando sonó el teléfono y vi su nombre me dije, algo pasa. Vaya que si pasa. De repente a todos mis amigos les ha dado por casarse. Yo pensaba que a las bodas siempre iban otros, que eso era cosa de mayores, de gente que sabe muy bien lo que quiere, que tiene planes de futuro, y bla bla bla. Supongo que mis amigos se han hecho mayores, y la duda que tengo es que no estoy muy seguro de seguir el ritmo vital que ellos marcan.

Pienso en Rubén, que me llamó el viernes para contármelo, y alucino cada vez que pienso en las tardes-noches que pasábamos en el umbral de su puerta arreglando el mundo y nuestras vidas, unas vidas y un mundo que nos quedaban demasiado lejos. Y ahora Rubén se casa. Y todos te dicen lo mismo, "que la vida les vi pidiendo algo más", "que llega un momento en que...", "que no se puede ser novios eternamente", ¿no?

Y a mí no me agobia tener que comprarme un traje, que no me apetece nada; a mí me da pánico que cada vez que uno se casa a mí me entra el complejo de niño perdido, y me siento en la cama, y miro la habitación. Este verano pintaron las paredes, y en un acto de madurez decidí quitar todos los posters de películas y el tablón de fotos y recuerdos, y pensé: "qué mayor soy". Y cada vez que uno se casa, yo veo este piso compartido, y la gente con la que comparto, y me gustaría ser Uma Thurman y tener una katana, y la suficiente sangre fría para acabar con este infantilismo que no me deja crecer.

Y ellos encauzan su vida, y yo también, no digo que no, pero con pasos más titubeantes, y con regresiones a una adolescencia que no se termina de ir. Y ellos se casan, y yo les miro desde el banquillo de invitados, y en cierto modo me dan envidia, pero a la vez un vértigo tremendo. Sólo me queda decir: "Vivan los novios".
 
Roncar
Hace un rato abrí esta página para perpetrar una venganza, me sentía víctima de la indiferencia. Después de todo un día de silencio, de no decir esta boca es mía, tenía ganas de hablar. Como no quiero callarme, escribo. Después de aguantar a un grupo de conatos de escritores, que poco me interesan lo que redactan, llegué corriendo con ganas de abrazar, y la oscuridad se adueñó de los espacios. Enciendo un poco la luz, no para vengarme, tampoco para pedir perdón. La luz la doy para comunicarme.

Se oye un ronquido un poco más allá. Un ruido gutural que me traslada desde el enfado a la ternura. Me gustaría imponer mi criterio y arrancar la almohada de sus manos, ponerme en jarras y decir "estoy aquí". Por otro lado, ¿por qué no?, me gustaría sentarme a mirar, a escuchar. Incluso sacaría una foto, como cuando íbamos con la escuela de excursión en autobús, y pobre de aquel que cometiera la torpeza de echar una cabezadita...

Me quedo con las ganas de hablar, pero ya se me ha inoculado la mala leche. Esperaré a mañana para decir la cosa poco importante que quería decir hoy, y me prepararé para escuchar la razón de por qué la Bella Durmiente llegó antes que yo. Yo hubiese echo las cosas de otra manera. Yo. Y tal vez mañana haga desaparecer este post, depende de lo fuertes que sean los ronquidos y del efecto que me haga o no el orfidal (lo reconozco, pero cuando me encabronó por algo necesito dormir, o arraso).

Algo desilusionado sí que me siento, pero tengo demasiados motivos para ilusionarme, así que termino ésto y voy a escuchar roncar.

¡Qué pena no tener madera de príncipe!

 
Abundancia
"...¿por qué tanta escasez cuando tenemos tanto?, ¿será que la abundancia nos niega el más acá?..." (Nada es suficiente, Olga Román).

Parece que lo tengo todo, que nada me falta. Parece que las cosas van bien. Pero si escarbo debajo de la piel, en dirección al alma, la tristeza se hace presente. No sé que es lo que echo de menos. Pueden ser cuatro paredes o un beso. Quizá algún lugar donde me prometí viajar, o ese algo que siempre dejo para mañana. Cualquier cosa falta entre todo lo que tengo, y me pongo triste, y me enfado conmigo por la ceguera que me impongo. Y me levanto y me siento, un culillo de mal asiento, con una hiperactividad de emociones que siempre termina en un llanto que sólo yo escucho.

Delante de los folios mil veces subrayados, me entran ganas de hacerlos mil trocitos, y de salir corriendo, y no estar. Y mientras espero que llegue el metro rezo para que haya un cambio de agujas y el tren no llegue al destino de siempre, y salir de así de los círculos concéntricos que a ratos asfixian, de un trazado de estaciones que ya me sé de memoria. Y mientras recorro los bares de siempre, me encuentro con las mismas caras, y pienso en lo que hay más allá, más allá de esta ciudad, más allá de este país.

Y cuando consiga lo que no tengo, echaré de menos cualquier cosa que se me presente en los escaparates. Tesis-Antítesis-Síntesis. Y vuelta a empezar, en un ejercicio de dialéctica que me niega lo único seguro que tengo: el más acá.
 
Acompañado
Existía un juego de chico (al que sólo podían jugar las niñas) que consistía en andar a la vez. Las participantes se cogían del brazo o de la cintura y debían ponerse de acuerdo para llevar el ritmo con las piernas: dos pasos a la izquierda, tres a la derecha, uno a la izquierda, dos a la derecha, y vuelta a empezar. No se podía perder el ritmo, no cabía la posibilidad de equivocar las zancadas. Las niñas de mi barrio se recorrían el callejón del parque desgastando la suela de sus zapatillas con aquel uno dos, un dos tres, uno, uno dos. Ahora contemplo aquel juego con más envidia aún que de pequeño. Siempre tuve tendencia a los juegos solipsistas, y por eso mi hermana siempre me regaló libros (qué tiempos los del Barco de Vapor).

Era difícil aquel juego, aunque parezca que no. Tenías que compenetrarte muy bien con el compañero, aprender a anticiparte incluso a sus errores, porque si fallaba el ritmo, pero era un fallo común no se te eliminaba. Ahora pienso que es bonito seguir los pies de otra persona, sentirte acompañado y acompañar. Uno dos, un dos tres, uno, uno dos.

No sé cuando aprendí que el solipsismo no era tan divertido como jugar, aunque fuera con las niñas, a ese, o a otros juegos. Me pasé muchos ratos en el corral de mi casa adaptando al cine los libros que me leía, con esa manía de hablar solo que a mi madre tanto sacaba de quicio. Al final descubres que la masturbación es un placer a medias, y que la vida, aunque a veces equivoques el ritmo y te des un traspiés (o te quedes sin dientes), es mejor no andarla (ni vivirla) solo. También he aprendido que los libros son una gran mentira, y que de tanto leerme Cien años de soledad, por narices en muchas ocasiones me he terminado sintiendo solo.

En aquel juego no siempre se elegía con quien acompasar el camino en el callejón. Y eso tampoco estaba en los libros del Barco de Vapor. Por eso, y parafraseando la letra de la última canción que ha ganado el premio Goya, lanzo una petición: "déjame que te acompañe que no es momento de andar sola".

TIEMPO PEQUEÑO (Bebe)

Quién se va, quién se queda,
a quién le duele más la soledad
si todos los rincones de mi vida tienen algo tuyo.
Cuál es tu camino, cuál es el mío,
dónde se encontraron, a dónde han ido.

Anda déjame que te acompañe que no es momento de andar sola.

Con lo pequeño que es el tiempo
quién recogerá el perdío.
Si tú me cuidas yo me curo,
mi cura es tu compañía.
Deja que te cuide las alas, tus alas.

Anda déjame que te acompañe que no es momento de andar sola.

Mis cinco sentidos son pa ti,
mi tiempo pa ti.
Mis manos pa sujetarte a ti,
y mi alegría pa que la bebas tú.

Anda déjame que te acompañe que no es momento de andar sola.
Déjame que te acompañe.