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para abrirte el corazón
Trocitos de mí mismo, jirones de lo que llevo dentro.
Acerca de
Hoy no hace ni frío ni calor, no corre fuerte el viento, no hay nada especial que me haga reintentar esta aventura, sólo el deseo de volcarme... y cada verso es un jirón de piel.
Sindicación
 
Oportunidad
La segunda vez que se encontraron tuvo miedo de su desnudez, porque en su espalda podía leerse, como si de un documento en braille se tratara, todo el dolor que durante años había acarreado consigo. Aquel látigo de cuero trenzado no era más que la expresión material de una fusta invisible con la que había decidido castigarse desde hacía ya demasiado tiempo, y las heridas recientes que todavía escocían en su dorso eran la manifestación de unas llagas más profundas que asolaban una parte de su cuerpo que ni siquiera tenía forma, ni ubicación, acaso alguna circunvolución cerebral que todavía no se podía intuir en las tamografías.

La segunda vez que se vieron sintió vergüenza, una náusea recorrió su vientre, ascendió por su esófago y pujó por salir fuera de su boca, con un ansía fuerte por vomitar su propia vida; una vida en la que se aferró al masoquismo, como los perros apaleados del conductismo, única posibilidad de llenar el hueco huérfano y el colchón abandonado, de salir a flote de la tormenta, sin saber que las brazadas no le llevaban a la superficie.

La segunda vez que cruzaron sus caminos, no se lo pensó dos veces, y prefirió exhibir las rojeces y las magulladuras, y de repente se vio confensando la verdad, una verdad que le duele cada vez que la recuerda. Se abandonó a la sumisión y al despropósito, y no encontró la madera a la que asirse. Su cuerpo se vio roto y ajado por un cilicio, y en aquellas manos que no siempre eran hábiles supo que podía encontrarse, recomponerse, reconstruirse.

La segunda vez que sus cuerpos se mezclaron, percibió que en la mezcla no se disolvería, que como en un buen plato, el resultado final no camuflaría ninguno de los ingredientes, y que sólo hacía falta alguien que tuviese el paladar educado para saber reconocer cada sabor, y nombrarlo.

La segunda vez que se abrazaron fue el preámbulo de la tercera, y a su vez ésta el prólogo de la cuarta, y en cada abrazo los jirones fueron cicatrizando, la piel tomó tersura. Y a veces las cicatrices se resienten, pero otras comprenden la importancia de los abrazos. Y no puede verse como una víctima, porque buscó el dolor y los golpes, porque fue su propio verdugo, sólo delegó la ejecución a otras manos.

La segunda vez que se saborearon entendieron que hay lugares cuya geografía es la silueta de un cuerpo humano, cuya ley es facilitarse el rumbo y que el mar se confunde con la saliva. Y en aquella cama, que no era suya, encontró lo que en tantas camas anduvo buscando: la oportunidad de no recibir más latigazos, la posibilidad de encontrarse a sí mismo dentro de otros brazos. Y ahora asume que puede ser, que está obligado a no depender, que el miedo es el peor amo.
 
Caras
Para quedar libre de culpa tendré que achacar mis traumas a mi madre, y así, gracias a su genial idea de subirme encima de la lavadora cada vez que la ponía en marcha con poco ropa, y para evitar que el electrodoméstico bailara por la casa, desarrollé yo un gusto perverso por poner caras. Resulta que la lavadora quedaba justo en frente del espejo del lavabo, y para sobrevivir a los veinte minutos del centrifugado yo imitaba gestos y muecas, bien de dolor, de alegría, de llanto, de sorpresa... Imaginaba mil y una posibilidades para mis facciones, y aquel juego desencajaba a mi madre, que siempre me regañaba por mis "disfraces".

Supongo que ella tiene la culpa de que cada mañana me embobe frente al espejo, moviendo la lengua a la derecha y a la izquierda, intentando tocar la punta de la nariz o la barbilla, imitando a la serpiente o al mosquito, praxias orolinguofaciales que han de nutrir el bagaje de cualquier buen logopeda, gimnasia necesaria para la correcta pronunciación de los fonemas del castellano. Frente al espejo los niños me miran raro, cuando ven que mi cara no para de gesticular, y yo añoro el enloquecido movimiento de la vieja Zanussi bajo mis nalgas.

No sé si es mi madre la culpable, el centrifugado suicida de la obsoleta máquina, o el "Método de reeducación de las dislalias" de Vallés Arándiga, el caso es que no consigo controlar mi cara, y por eso, en cuanto se me conoce un poco, según parece, lo doy todo a entender con ella. Pero no es oro todo lo que reluce, ni mi cara es el espejo de mi alma. Muchas veces mi faz no es de desilusión, sólo que me cuesta encajar que yo merezca pues no sé, pongamos por ejemplo..., ¿un curso de escritura? Un curso más para mis ajetreadas tardes llenas de clases y cursillos; y de escritura, yo que cerraría el blog de la pura vergüenza que me da leerme.

Y odio mi cara, y no sólo porque parece un pan moreno, o una caricatura de Heidi. Odio mi cara porque no consigo ser como Peter Sellers, especialmente versátil en cuatro papeles en una sola película, irreconocible tras su propio rostro, un rostro cómico o amargado, pero bajo control, no como el mío, que pide auxilio, que mete la pata. A buen seguro que el Doctor Strangelove nunca se las vio ni con el espejo ni con la Zanussi. Ni con esta forma de ser a la que tanto le cuestan los regalos.

 
Sumar
No recuerdo el momento en que la señorita Milagros me enseñó a sumar; sí recuerdo un ábaco de madera. No recuerdo si me fue fácil o díficil; sí recuerdo las incontables cartillas Rubio que mi madre compraba en La Casetilla, la librería que más me gustó siempre de mi ciudad. No recuerdo si lo aprendí con gusto o a marchas forzadas; sí recuerdo a mi padre corrigiendo las operaciones que nos mandaban de deberes. No recuerdo ya muchas cosas, y sin embargo otras permanecen nítidas en mi cabeza, fotografiadas, con una capa de barniz que impide que pase el tiempo por ellas.

Los recuerdos se van sumando en un ejercicio de paciencia que me pone nostálgico en demasiadas ocasiones. Y cada año, la suma aumenta, y siempre me repito que tengo todo el tiempo del mundo a mi disposición, y sin embargo no puedo dejar de sentir vértigo ante la adición morbosa que cada año se suma a la cantidad de mi vida. Y a veces pienso que ya soy mayor, y que ese era el deseo más grande que rondaba mi cabeza cuando era pequeño. Y ya sé sumar con llevadas, y no me equivoco al colocar las unidades, pero reconozco que me cuesta contextualizar mis, año tras año, finitas dos decenas.

Ya tengo el trabajo que quise tener cuando iba a la universidad. Y ya no lo hago los primeros domingos de mes, ni salgo de madrugada el día de Reyes. Ya llego a fin de mes, y no dependo de las becas del estado ni de los esfuerzos de mi madre. Lejos quedan las cincuenta mil pesetas con las que llegué a Madrid y las humillaciones de las señoras del Barrio de Salamanca, que se pensaban que por estar detrás de la caja de un supermercado eras un oligofrénico. Y de repente mi vida va tomando forma, aprende a sumar, aunque lo que realmente me gustaría sería seguir jugando con la plastilina. Pero no soy el único que suma, a mi alrededor todos los que compartieron un rato de adolescencia conmigo crecen, se plantean la vida en términos de aritmética, y yo prefiero colorear libros de cuentos. Somos los bastardos de Peter Pan, cuyo futuro a veces es negro, otras azul oscuro. Gris. Muy pocas veces rosa. Y como el protagonista de la película, pienso que el resultado de la suma está al alcance de mi mano, protegido por un vidrio doble, un cristal que habrá que romper si quiero seguir sumando sin renunciar a todos los castillos de papel que con mucho esfuerzo he conseguido que salgan a flote en el aire.

 
Arándanos
Invitado por el insecto que me pica, y que siempre llega tarde a todas sus citas (por lo menos a las que tiene conmigo) contesto a ésto. Si no entendí mal, se trata de responder a las preguntas que a continuación se reseñan sólo con canciones de un grupo (espero que también valgan solistas).

Escoge una banda/grupo favorito, y responde solo con títulos de sus canciones. Escoge 5 personas para que sigan el test, sin olvidar avisarles que han sido elegidos.

Cuestionario hecho por: Luar.
Nominado por: Insecto Palo.
Banda o grupo elegido: The Cranberries (va por ti Dolores).

Eres hombre o mujer?: Zombie.
Descríbete: Ridiculous thoughts o Just my imagination.
Qué sienten las personas acerca de ti: Loud and clear o Pretty (jejeje).
Cómo describirías tu anterior relación sentimental: I can't be with you.
Describe tu actual relación con tu novio(a) o pretendiente: Saving Grace.
Dónde quisieras estar ahora: New New York o Hollywood.
Cómo eres respecto al amor: Animal instict.
Cómo es tu vida: Time is ticking out o Disappointment.
Qué pedirías si tuvieras un solo deseo: Free to decide.
Escribe una cita o frase sabia: Never grow old.
Ahora despídete: I will always.

Y ahora hay que echar el capote a alguien no?, pues ala, le toca a Lobogris, a Natalia (Cenicienta), a Yahoraquebonita, a Óscar y a Inés.

Que ustedes lo pasen bien.
 
Lluvia
El otoño se ha apoderado por fin de Madrid, y todos los abrigos de mi armario suspiran aliviados. La lluvia hace acto de presencia y con ella los atascos. Desenfundo el paraguas, y le quito el polvo al tendedero de metal que por 6 euros me compré en los chinos. El agua se va derramando y la melancolía que me invade cada otoño se destila, y un nudo de tristeza me agarra el pecho. No hay razones para llorar, más bien lo contrario, pero el otoño y la lluvia tienen ese extraño efecto en mí.

A pesar de la lluvia me aventuro por la ciudad, en una gymkhana de obras y autobuses. A las 16.30 del sábado en el Museo de Cera. Llegaré tarde, a la lluvia se le han unido una jauría de motoristas que piden que no quiten los quitamiedos de las carreteras, desciende la Castellana, y la ascienden dando la vuelta en Colón. La ciudad es un caos, y el autobús se paraliza. El corto trecho que me falta he de hacerlo andando, bajo la lluvia, con este paraguas que ya no hace honor a su nombre. Siento que hay algo que me falta, que debería haberme quedado en casa, protegido, cerca del radiador, tumbado en la cama.

A las 21.30 en el Puente de Vallecas, y llego tarde. No sé por qué pero me he retrasado, será que con el agua me cuestan más los movimientos. De punta a punta de la ciudad, con los bajos de los pantalones empapados, y la marca húmeda reptando por mi pierna camino de mis rodillas. La puntera de las zapatillas mojada, y dentro de mis zapatos se rueda la segunda parte de Buscando a Nemo. Espero no coger una pulmonía.

Me gusta la lluvia, y la sensación de desamparo que me proporciona. Me gusta mojarme, y llegar con el pantalón inundado. Me gusta ver como las gotas agreden el cristal de mi ventana, y sentir que esa frágil barrera es vital para sentirme protegido. Me gusta sentir algo de frío en noviembre, y tener unos brazos donde guarecerme. Me gustan los colores cálidos de las hojas de los árboles en los parques, y la visión de las calles mojadas. Me gusta mojarme, me gusta la sensación de sentirme vivo.