Cine
El cine para mí no es una afición, es una necesidad. Puede parecer exagerada esa afirmación, pero es una de esas certezas que me palpitan dentro. El cine me ayuda a evadirme, me siento en la butaca y dejo de ser yo. El cine me conmueve, me aporta, me enseña. En el cine vibro, y lloró. También río. En el cine crezco.

A ella no hace falta que le de razones de lo que siento cuando se oscurece la sala, porque ella siente al tiempo que yo. Nuestra amistad se ha ido forjando en las colas del cine, hemos llenado de silencio y de miradas frases y escenas que nos han robado el corazón. Por el cine nos hemos saltado las clases (las teóricas y las prácticas), por el cine hemos dado plantón, hemos casi infringido la ley. El cine cobra sentido cuando es ella la que me coge la mano al asustarnoscon la película.
Los dos hemos cometido la estupidez de creernos personajes de cualquier película de Meg Ryan, y de caminar por Madrid soñando que una cámara nos sigue, y una bella partitura nos adorna. Nos queda un guión (para empezar) por escribir, y muchas películas con las que soñar. Nos queda mucho que enseñarnos, demasiado de lo que reirnos, y un mundo lleno de gente de la que enamorarnos.
Ella sueña su vida en guiones. Ella habita en mi mundo como hada miope y temblorosa. Ella tiene nombre de ave, pero no es pasajera, a pesar de tener en propiedad una parte de cielo en la que a veces me pierdo, donde me quedo a charlar, y aprendo de una niña que ha crecido, como yo, a base de ver cine. Ella recibe de regalo un año más de vida. ¿Qué puedo regalarle? ¿Una historia tal vez? Ya lo sabes, te espero en la cola del cine.


A ella no hace falta que le de razones de lo que siento cuando se oscurece la sala, porque ella siente al tiempo que yo. Nuestra amistad se ha ido forjando en las colas del cine, hemos llenado de silencio y de miradas frases y escenas que nos han robado el corazón. Por el cine nos hemos saltado las clases (las teóricas y las prácticas), por el cine hemos dado plantón, hemos casi infringido la ley. El cine cobra sentido cuando es ella la que me coge la mano al asustarnoscon la película.
Los dos hemos cometido la estupidez de creernos personajes de cualquier película de Meg Ryan, y de caminar por Madrid soñando que una cámara nos sigue, y una bella partitura nos adorna. Nos queda un guión (para empezar) por escribir, y muchas películas con las que soñar. Nos queda mucho que enseñarnos, demasiado de lo que reirnos, y un mundo lleno de gente de la que enamorarnos.
Ella sueña su vida en guiones. Ella habita en mi mundo como hada miope y temblorosa. Ella tiene nombre de ave, pero no es pasajera, a pesar de tener en propiedad una parte de cielo en la que a veces me pierdo, donde me quedo a charlar, y aprendo de una niña que ha crecido, como yo, a base de ver cine. Ella recibe de regalo un año más de vida. ¿Qué puedo regalarle? ¿Una historia tal vez? Ya lo sabes, te espero en la cola del cine.

Vienes
Vienes,
pero por favor no te asustes.
Llegas,
tal vez sea para quedarte.
Bajas,
de allí donde no eres nada,
brillas,
en la más oscura de las noches.
Sientes,
que algo por dentro se te ha roto,
intuyes,
la necesidad de tu latido,
esperas,
llenar de calor nuestro vacío,
buscas,
los ojos que lloran abatidos.
Vienes,
a mi vida insatisfecha,
llegas,
a la hora necesaria,
bajas,
a sanar mis cien heridas,
brillas,
alumbrándome esta etapa.
Siento,
el grito que me ahoga el pecho.
Intuyo,
el amor que me regalas.
Espero,
en un adviento de por vida.
Busco,
reencontrarme en tu posada.

pero por favor no te asustes.
Llegas,
tal vez sea para quedarte.
Bajas,
de allí donde no eres nada,
brillas,
en la más oscura de las noches.
Sientes,
que algo por dentro se te ha roto,
intuyes,
la necesidad de tu latido,
esperas,
llenar de calor nuestro vacío,
buscas,
los ojos que lloran abatidos.
Vienes,
a mi vida insatisfecha,
llegas,
a la hora necesaria,
bajas,
a sanar mis cien heridas,
brillas,
alumbrándome esta etapa.
Siento,
el grito que me ahoga el pecho.
Intuyo,
el amor que me regalas.
Espero,
en un adviento de por vida.
Busco,
reencontrarme en tu posada.

Hadas

Hay personas que se miran al espejo y en apariencia sólo son seres humanos normales, tal vez ni ellos mismos se den cuenta, pero más allá de su limitado reflejo se extiende un abismo de dulzura en el que me gusta perderme, en el que necesito refugiarme. Hay ángeles encerrados en templos de carne y hueso, que se atisban cuando lanzan al aire su sonrisa. Me siento dichoso, a mí alrededor, colindando con mis sentimientos, existe un batallón de hadas, una legión de ángeles, y un mar de sirenas.
Hay un hada de colores (como su pelo o los botones de su bata blanca), que no es ni una amiga ni una hermana, es mi hogar; está llena de matices, de tonos, como los estaciones del año, que no se conforman con el monocromo de ser marrón en otoño, blanco en invierno, verde en primavera o amarillo en verano. Hay un hada inmaculada, que se remonta a mi origen, a mi pequeña ciudad, que pudo ser un amor, y es la calidez de una voz que me embelesa cuando canta. Otro hada me visita, miope y temblorosa, buscando ser ella misma, redefiniéndose a cada paso, capaz de abrirse camino en el cielo, vistiendo su mundo de ocasiones, creadora de historias que están por llegar. Otra, un hada sencilla y dulce, y a la vez amarga como el café, compañera de libros y de profesión, de sentimientos; siempre camarada, aunque la vida no nos permita disfrutarnos como quisiéramos.
Hace poco un hada sobrevoló el cielo de mi bosque. No le cabe la voz en el cuerpo, por eso la tiene rota. Ella cree que perdió un zapato, pero no es cierto, no es más que la excusa para que le nacieran alas, y así poder dedicarse a regalar buenos ratos. Hay otras muchas hadas, también hados. Faunos, brujos, duendes y seres maravillosos que no pueblan mi imaginación, sino que son reales, que hacen de mi vida la más bella historia que pueda jamás vivir.
Acepto la crítica: estoy siendo ñoño, pero una de las frases más bellas de mi infancia era el preludio de un mundo de fantasía: "Hola, soy Shelley Duvall, y ésto es Cuentos de hadas".
Azar
No creo en el destino, ni en el fatum, ni en la conjugación de los astros. No creo en la predeterminación, y si todo está o no escrito en el Libro de la Vida (¿pertenecerá a los documentos incunables de la Biblioteca Nacional?) la verdad es que me da bastante igual. Sólo sé que a veces pasan cosas que te hacen sonreír, o todo lo contrario. En ocasiones el viento se pone a tu favor, o sopla fuerte el barlovento y todo se va a pique. Este verano se escuchaba mucho una canción que hacía una sabia diferencia entre el juego y el azar, y tengo la sensación de que a veces la lotería te toca sin llevar un décimo, y otras que aunque lleves todas las papeletas te quedas con las ganas.
Por alguna extraña razón creo que soy una persona con estrella, y ya se sabe, afortunado en el juego... Sufro mucho, lo reconozco, y más que sufrir lo que siento que me pasa es que pongo demasiado corazón, y que si hay que quedarse prendado (y prendido), abrán paso que ahí voy yo.
Quiero pensar que en esta ruleta rusa no ha llegado mi momento, o simplemente que mi estrabismo me hace mirar siempre en la dirección equivocada. Pero yo no desisto, y a la vez no me empeño. Me pongo a tiro, por si alguien decide, en esta rifa benéfica, elegirme a mí en lugar de a la chochona o al perrito piloto. Y ya lo cantaba Marisol, la vida es una...
Por alguna extraña razón creo que soy una persona con estrella, y ya se sabe, afortunado en el juego... Sufro mucho, lo reconozco, y más que sufrir lo que siento que me pasa es que pongo demasiado corazón, y que si hay que quedarse prendado (y prendido), abrán paso que ahí voy yo.
Quiero pensar que en esta ruleta rusa no ha llegado mi momento, o simplemente que mi estrabismo me hace mirar siempre en la dirección equivocada. Pero yo no desisto, y a la vez no me empeño. Me pongo a tiro, por si alguien decide, en esta rifa benéfica, elegirme a mí en lugar de a la chochona o al perrito piloto. Y ya lo cantaba Marisol, la vida es una...

Inestable
Hace poco he descubierto que la Fundación para la que presto mis servicios como educador nace del capital de numerarios del Opus Dei. Ante semejante descubrimiento he entendido que se amoneste a un compañero por no dar el perfil de masculinidad que la empresa busca (y yo pensando que éramos educadores de discapacitados y no participantes del concurso de machos de Madrid...). Siempre me ha dado repelús lo del Opus, un mal rollo tremendo me nace dentro, y una mala sombra creciente me germina.

Yo que he corrido delante de la policía en alguna que otra manifestación, que he intentado mantener una conciencia formada respecto a temas que me parecen vitales (deuda externa, globalización, paz mundial...), he vendido zapatos en la mayor superficie de grandes almacenes de España durante mucho tiempo, comprobando como mis ideales se iban al traste cada vez que pasaba por el lector de tarjetas las Visas.
Yo que quiero tener fe, y que me declaro católico, me como mi propia vergüenza, ajena, ante publicaciones y comentarios de señores que adornan su cuello con blancos e inmaculados espantaputas, y que llevan condenándome mucho tiempo a bailar en la cuerda floja de mis sentimientos. Y me da francamente lo mismo que se me vea el plumero, o que se me caiga la pluma, la verdad. Sólo sé que es difícil sublimar tu sentimiento, tu sexualidad y tu fe. Que me he convertido en un trilero que se empeña en convencer a su público, y a veces siento que no soy más que un pequeño estafador.
Muchas son las paradojas que habitan mi cabeza y mis días. Pierdo el equilibrio, y temo caerme. Quiero, y le pongo verdadero empeño, pero me levanto convertido en amasijo de hierro. De mi ser católico recojo la frase de San Pablo a los corintios "este tesoro lo llevamos en vasijas de barro". Pero mi alma de drag queen se siente como una magdalena penitente, subida a lo más alto de la plataforma, sin saber usar tacones. ¡Pobre bailarina! Paradójico, grandilocuente, tremendista, y por supuesto inestable. Pero prefiero ser así, y continuar buscando.


Yo que he corrido delante de la policía en alguna que otra manifestación, que he intentado mantener una conciencia formada respecto a temas que me parecen vitales (deuda externa, globalización, paz mundial...), he vendido zapatos en la mayor superficie de grandes almacenes de España durante mucho tiempo, comprobando como mis ideales se iban al traste cada vez que pasaba por el lector de tarjetas las Visas.
Yo que quiero tener fe, y que me declaro católico, me como mi propia vergüenza, ajena, ante publicaciones y comentarios de señores que adornan su cuello con blancos e inmaculados espantaputas, y que llevan condenándome mucho tiempo a bailar en la cuerda floja de mis sentimientos. Y me da francamente lo mismo que se me vea el plumero, o que se me caiga la pluma, la verdad. Sólo sé que es difícil sublimar tu sentimiento, tu sexualidad y tu fe. Que me he convertido en un trilero que se empeña en convencer a su público, y a veces siento que no soy más que un pequeño estafador.
Muchas son las paradojas que habitan mi cabeza y mis días. Pierdo el equilibrio, y temo caerme. Quiero, y le pongo verdadero empeño, pero me levanto convertido en amasijo de hierro. De mi ser católico recojo la frase de San Pablo a los corintios "este tesoro lo llevamos en vasijas de barro". Pero mi alma de drag queen se siente como una magdalena penitente, subida a lo más alto de la plataforma, sin saber usar tacones. ¡Pobre bailarina! Paradójico, grandilocuente, tremendista, y por supuesto inestable. Pero prefiero ser así, y continuar buscando.

Tengo

Tengo un amigo poeta
Que abierta tiene la bragueta,
Y una amiga pintora
Que todo te lo decora.
Tengo dos voces que a mi lado cantan,
Él y ella, y mi mal espantan.
Hay una habitante en mi mundo
Que sueña su vida en guiones,
Y una niña sonrosada
Enganchada a los culebrones.
Tengo una amiga putilla
Que tiene el arte de mantilla.
Están mis novios inseparables
De cuyos besos soy un poquito culpable,
Y una musa que ha aprendido
A no trabarse conmigo,
Y tengo una amiga marciana
Que cambia de idea por las mañanas.
Y está el salvador de mi ordenador,
Y a su lado unos ojos, una sonrisa…
Que para mí es lo mejor.
Tengo una pasión inmaculada
Que tiene complejo de hada,
Y un robinson londinense
Tan chiquito que por el mundo se pierde.
Tengo mi nombre repetido
En un ser humano entrañable,
Y un díscolo teatrero,
Ante sus ojos me quito el sombrero.
De las antípodas de sí mismo
Un rey mago me visita.
Tengo lejos de esta orilla, y solitario,
Sobreviviendo un boticario.
Tengo a Willy Fog por camarada
Un óscar merece su alma,
Y un golfo que ahora descubro
Recién llegado a mi mundo.
Tengo una clarividente ascensorista
Y a su amor la cupletista.
Tengo una loca verdulera
Que comparte mi nevera.
Tengo una amiga que enseña
A querer en otra lengua,
Y un corazón compañero
De confesiones,
Cafés y programaciones.
Tengo una vida repleta
de corazones en la maleta.
Tengo amigos por todas partes,
Y un mundo que regalarles.
Zapatos
Sobreviví durante una temporada de mi vida vendiendo zapatos. Aprendí en aquel tiempo la importancia de saber elegirlos bien: la talla justa (un zapato holgado es tan incómodo como uno estrecho), la pala alta (el dolor que se puede producir en el empeine es horroroso), el piso de goma o de cuero (dependiendo de gustos y poderes adquisitivos), los colores adecuados (es importante combinar bien). Aprendí en aquella época que yo nunca tendría tantos zapatos, que me tendría que manejar con mis deportivas, unos para diario y otros un poquito vestidos, a lucir en ocasiones determinadas.
Como a la Leo de "La flor de mi secreto", los botines me quedan pequeños y me oprimen el corazón, como algunos recuerdos. Como la Rose de "En sus zapatos", colecciono posibilidades que encierro en un armario, esperando días mejores para salir a pasear. Tal vez mi vida acabe resumiéndose en eso: en ser vendedor de zapatos, en exponerlos, mantenerlos limpios, quitado el polvo de los expositores, bien etiquetados..., y soñando con ellos en la trastienda, buscando las ofertas, los saldos, sabedor de lo lejos que quedan los Hugo Boss o los Farrutx, contentándome con las zapaterías de Bravo Murillo, donde los vendedores no llevan traje y corbata.
El zapato plano y cómodo, sin innovar demasiado. A poder ser con cordones, para asegurarme bien de que no lo perderé al salir corriendo, como una vulgar cenicienta, que huye del tal vez, de la música, y que se refugia en sus calabazas, feas y tristes, pero conocidas.

Hoy pienso en aquellos zapatos que me compré (en Bravo Murillo), los zapatos más caros hasta el momento, pero que las prisas por ir a verte hicieron que fueran una talla más pequeña. Las temporadas que pasaron en la horma, buscando aspirar a algo más, no fueron suficientes, y hoy quizá alberguen tus píes, o se pierdan debajo de tu cama. Te los quedaste tú, como otras tantas cosas. Por eso reclamo, al contrario que lo que le sucede a la Maggie de "En sus zapatos", vivir en los míos, y eso sí, pocos, pero nunca condenados a morir de tedio y pasar de moda dentro de un armario.

Como a la Leo de "La flor de mi secreto", los botines me quedan pequeños y me oprimen el corazón, como algunos recuerdos. Como la Rose de "En sus zapatos", colecciono posibilidades que encierro en un armario, esperando días mejores para salir a pasear. Tal vez mi vida acabe resumiéndose en eso: en ser vendedor de zapatos, en exponerlos, mantenerlos limpios, quitado el polvo de los expositores, bien etiquetados..., y soñando con ellos en la trastienda, buscando las ofertas, los saldos, sabedor de lo lejos que quedan los Hugo Boss o los Farrutx, contentándome con las zapaterías de Bravo Murillo, donde los vendedores no llevan traje y corbata.
El zapato plano y cómodo, sin innovar demasiado. A poder ser con cordones, para asegurarme bien de que no lo perderé al salir corriendo, como una vulgar cenicienta, que huye del tal vez, de la música, y que se refugia en sus calabazas, feas y tristes, pero conocidas.
Hoy pienso en aquellos zapatos que me compré (en Bravo Murillo), los zapatos más caros hasta el momento, pero que las prisas por ir a verte hicieron que fueran una talla más pequeña. Las temporadas que pasaron en la horma, buscando aspirar a algo más, no fueron suficientes, y hoy quizá alberguen tus píes, o se pierdan debajo de tu cama. Te los quedaste tú, como otras tantas cosas. Por eso reclamo, al contrario que lo que le sucede a la Maggie de "En sus zapatos", vivir en los míos, y eso sí, pocos, pero nunca condenados a morir de tedio y pasar de moda dentro de un armario.
