Promesas
Siempre se nos promete algo; y siempre estamos prometiendo. Prometemos (y nos prometen) amor, tranquilidad, apoyo, y las más de las veces no sabemos en qué circunstancias o bajo qué condiciones tendremos que cumplir nuestras promesas (o tendrán que cumplirlas). Aún así necesitamos que la vida nos prometa algo. Promesas y esperanzas van unidas de la mano. Si ambas cosas se nos promete desde el cine, muchas veces será de colores chillones y brillantes, si no, puede ser que todo acabe en un marrón sucio, en una promesa y en una esperanza truncada, en el fondo de cualquier mar, o sepultada bajo los cartones y el frío de las ciudades.
Pero hay promesas que lo son sin saberlo, y esas son las que duelen. A mí si alguien me dice "te lo prometo", me pongo en guardia y sé que tengo que desconfiar. Pero aquellas que no salen de la boca de nadie, aquellas que se fraguan en silencio, esas son las que si se incumplen destrozan, entre otras cosas porque no podemos reprochar a alguien que no cumplió su promesa. Exento de culpa está aquel que no faltó a la palabra que nunca tuvo.
Y no todo son promesas de amor (ojalá todas fueran así, se materialicen o se incumplan, esas ya, poco duelen). Cuando sacabas un sobresaliente en un examen, cuando alguien te recordaba que más allá de la vía del tren estaba el verdadero lugar al que pertenecías, cuando creías ver lo que nadie atisbaba en una película o en un libro, o cuando repetías como un mantra lo que mentes clarividentes ya habían visto, entonces se te estaba prometiendo un futuro, una vida, que te sacaba de la adolescencia y de los granos en la cara, y de repente eras mayor, hablando con gente mayor, viviendo una mayoría de edad de mentira.
¿Se educa para ser mayor? No. Se educa para qué ser de mayor. La verdad, pocos me ganan al Trivial, pero qué verde está uno en tantas cosas. Mientras nos educan nos prometen un futuro más allá de las vías del tren. Mientras nos educan (o nos adiestran) nos mienten tanto...
Y tú, ¿qué quieres ser de mayor? Al menos no ser infeliz.

Pero hay promesas que lo son sin saberlo, y esas son las que duelen. A mí si alguien me dice "te lo prometo", me pongo en guardia y sé que tengo que desconfiar. Pero aquellas que no salen de la boca de nadie, aquellas que se fraguan en silencio, esas son las que si se incumplen destrozan, entre otras cosas porque no podemos reprochar a alguien que no cumplió su promesa. Exento de culpa está aquel que no faltó a la palabra que nunca tuvo.
Y no todo son promesas de amor (ojalá todas fueran así, se materialicen o se incumplan, esas ya, poco duelen). Cuando sacabas un sobresaliente en un examen, cuando alguien te recordaba que más allá de la vía del tren estaba el verdadero lugar al que pertenecías, cuando creías ver lo que nadie atisbaba en una película o en un libro, o cuando repetías como un mantra lo que mentes clarividentes ya habían visto, entonces se te estaba prometiendo un futuro, una vida, que te sacaba de la adolescencia y de los granos en la cara, y de repente eras mayor, hablando con gente mayor, viviendo una mayoría de edad de mentira.
¿Se educa para ser mayor? No. Se educa para qué ser de mayor. La verdad, pocos me ganan al Trivial, pero qué verde está uno en tantas cosas. Mientras nos educan nos prometen un futuro más allá de las vías del tren. Mientras nos educan (o nos adiestran) nos mienten tanto...
Y tú, ¿qué quieres ser de mayor? Al menos no ser infeliz.

Volver
Antes de nada diré que no emularé a Penélope Cruz, y no volveré a ningún pueblo manchego, de hecho creo que nunca he conseguido escaparme de allí (algunos dicen que cuando hablo por teléfono con mi madre La Mancha me delata); tampoco tendré como referencia a Carmen Maura (ni siquiera a Kim Novak) y no volveré de entre los muertos; toco madera. Vuelvo a escribir porque hoy, sentado delante del ordenador, me apetecía empezar a contar algo.
Tengo la sensación de haber estado ausente durante mucho tiempo, y no es que no haya ido al cine, y no es que no haya disfrutado de cosas, no es que de repente ya no me pasara nada, no. Simplemente es que no me apetecía hablar. A veces uno tiene esos momentos en los que sólo quiere volcarse hacía afuera, derramarse, y sin embargo hay otros en los que uno se cierra bajo siete llaves. Yo simplemente dejé de querer escribir. Cualquier cosa que escribía me parecía hueca.
¿Lo de hoy no quedará hueco? Seguro que seguirá siendo un agujero, pero esta mañana tengo ganas de gritar, siento la necesidad de tocar las teclas del ordenador y postear, y protestar, aunque no diga nada, aunque no sepa a quien ni contra quien.
Vuelvo a querer llorar, vuelvo a querer escribir. No me gusta esa asociación, pero es la que ahora me mueve a rellenar este trozo en blanco. ¿Cuánto duraré? No lo sé, pero tengo la sensación de que he vuelto.
Tengo la sensación de haber estado ausente durante mucho tiempo, y no es que no haya ido al cine, y no es que no haya disfrutado de cosas, no es que de repente ya no me pasara nada, no. Simplemente es que no me apetecía hablar. A veces uno tiene esos momentos en los que sólo quiere volcarse hacía afuera, derramarse, y sin embargo hay otros en los que uno se cierra bajo siete llaves. Yo simplemente dejé de querer escribir. Cualquier cosa que escribía me parecía hueca.
¿Lo de hoy no quedará hueco? Seguro que seguirá siendo un agujero, pero esta mañana tengo ganas de gritar, siento la necesidad de tocar las teclas del ordenador y postear, y protestar, aunque no diga nada, aunque no sepa a quien ni contra quien.
Vuelvo a querer llorar, vuelvo a querer escribir. No me gusta esa asociación, pero es la que ahora me mueve a rellenar este trozo en blanco. ¿Cuánto duraré? No lo sé, pero tengo la sensación de que he vuelto.
Porras
Un hombre muere en Inglaterra a causa de un infarto. Veinte minutos antes fue golpeado por la porra de un policía. Quizá el porrazo no tuvo nada que ver en el daño al corazón de este hombre. Quizó tuvo que verlo todo. El señor se topó con el cordón policial, en la imágenes que se pueden ver por televisión no se muestra un enfrentamiento, no una actitud violenta, y aún así el hombre cae el suelo impulsado por la porra.
En Barcelona, hace menos de un mes, me impactaba la imagen de un niño buscando cobijo debajo de las piernas de sus padres, mientras dos policías arremetían a porrazos limpios contra ellos. Era una manifestación estudiantil que se ve acabó convertida en una auténtica batalla. Aún así, ¿este niño estaría en contra del Plan Bolonia? No, sólo hacía turismo por la ciudad con sus padres.
Hace años, cuando las manifestaciones contra la invasión de Irak, me recuerdo en mitad del Paseo de Recoletos manifestándome (palabrita del Niño Jesús que de forma pacífica), a tu lado veías a los policías parapetados tras sus porras, con cara de ningún amigo, de repente cargaron, a mí me dio tiempo a meterme en la boca del Cercanías, hubo gente que no. Supongo que una vez que cuelguen las porras y se vayan a sus casas serán personas maravillosas, que quieren de forma loca a sus familias, que tienen buenos sentimientos, que se estremecen contemplando los documentales de la 2. Pero, ¿qué tendrán las porras? No todos los antidisturbios son así por supuesto, pero yo por si acaso, prefiero no cruzarme con ninguno. Una vez en una sentada frente a la Consejería de Educación protestando por la nefasta politíca educativa de la señora Aguirre, cantábamos "menos maderos, más lapiceros", nos echaron a patadas, y teníamos permiso para manifestarnos. A ellos si les falta un poco de educación. Cuando vuelva a trabajar el martes al primer niño que me hinche las pelotas le parto la cara. Así todos con todo. Cada uno tiene su porra particular, ¿no?
Es lo que tiene ser poderoso, aunque tu parcelita de poder sea pequeña y dure poco, aunque tu potencia se manifieste en poquita cosa. ¿Ha tenido que morir ese hombre de un infarto para ver que aquello era un abuso de poder? Si no hubiera muerto, pues una agresión más y para de contar. Decía Frank Langella, magníficamente interpretando a Nixon, que cuando uno está en el poder, cuando uno es presidente de Estados Unidos tiene que utilizar todos los medios a su alcance, aunque sea atizar con la porra. Luego vino el Watergate y el mayor atentado a la democracia estadounidense, bueno, hasta que llegó Bush Jr. Y de ahí, a redes de espionaje, a tráficos de influencia, a recalificaciones urbanísticas, a sastres que hacen trajes a medidas, a los que putean al de abajo por que les putean desde arriba. La conclusión que yo saco de todo: la erótica del poder, o para que nos entendamos todos, lo que nos pone una buena porra.

En Barcelona, hace menos de un mes, me impactaba la imagen de un niño buscando cobijo debajo de las piernas de sus padres, mientras dos policías arremetían a porrazos limpios contra ellos. Era una manifestación estudiantil que se ve acabó convertida en una auténtica batalla. Aún así, ¿este niño estaría en contra del Plan Bolonia? No, sólo hacía turismo por la ciudad con sus padres.
Hace años, cuando las manifestaciones contra la invasión de Irak, me recuerdo en mitad del Paseo de Recoletos manifestándome (palabrita del Niño Jesús que de forma pacífica), a tu lado veías a los policías parapetados tras sus porras, con cara de ningún amigo, de repente cargaron, a mí me dio tiempo a meterme en la boca del Cercanías, hubo gente que no. Supongo que una vez que cuelguen las porras y se vayan a sus casas serán personas maravillosas, que quieren de forma loca a sus familias, que tienen buenos sentimientos, que se estremecen contemplando los documentales de la 2. Pero, ¿qué tendrán las porras? No todos los antidisturbios son así por supuesto, pero yo por si acaso, prefiero no cruzarme con ninguno. Una vez en una sentada frente a la Consejería de Educación protestando por la nefasta politíca educativa de la señora Aguirre, cantábamos "menos maderos, más lapiceros", nos echaron a patadas, y teníamos permiso para manifestarnos. A ellos si les falta un poco de educación. Cuando vuelva a trabajar el martes al primer niño que me hinche las pelotas le parto la cara. Así todos con todo. Cada uno tiene su porra particular, ¿no?
Es lo que tiene ser poderoso, aunque tu parcelita de poder sea pequeña y dure poco, aunque tu potencia se manifieste en poquita cosa. ¿Ha tenido que morir ese hombre de un infarto para ver que aquello era un abuso de poder? Si no hubiera muerto, pues una agresión más y para de contar. Decía Frank Langella, magníficamente interpretando a Nixon, que cuando uno está en el poder, cuando uno es presidente de Estados Unidos tiene que utilizar todos los medios a su alcance, aunque sea atizar con la porra. Luego vino el Watergate y el mayor atentado a la democracia estadounidense, bueno, hasta que llegó Bush Jr. Y de ahí, a redes de espionaje, a tráficos de influencia, a recalificaciones urbanísticas, a sastres que hacen trajes a medidas, a los que putean al de abajo por que les putean desde arriba. La conclusión que yo saco de todo: la erótica del poder, o para que nos entendamos todos, lo que nos pone una buena porra.

Inspiración
Hace mucho, demasiado, tiempo que no escribo nada. Cuando empecé el blog me dejé claro que no era un diario, que no quería contar lo que me pasaba cada día, aunque lo haya hecho en muchas ocasiones. Pero antes mis días eran turbulentos, con emociones efervescentes, buscando un sitio que no llegaba, o que una vez acariciado se disipaba. Entonces me merecía la pena escribir, porque hacerlo era un exorcismo. Quizá el tono melancólico estuviera siempre presente porque he tenido necesidad de algo más que no llegaba nunca. Pero de un tiempo para acá siento que las musas me han abandonado, que no tenía nada que decir, y ante eso (ojalá muchos se aplicaran el cuento) lo mejor es callar.
Me ha faltado inspiración, y no porque no haya visto películas que me hayan dejado boquiabierto, y no porque todo en este tiempo haya estado todo bien. No, simplemente porque no me apetecía contar. A veces he tenido la página abierta, los dedos sobre las teclas, pero no la motivación suficiente. He tenido una crisis de palabras, una más de estos tiempos críticos que corren.
Convocaré a las musas, las llamaré a gritos. Pediré a los santos la inspiración necesaria. Me siento un poco como el Hank Moody de Californication, incapaz de teclear, con un estreñemiento literario. ¿Cómo superar la falta de inspiración? ¿Cómo dejar de tenerle miedo a las palabras?
Cuando empecé a escribir el blog no buscaba que nadie me leyera, sino volcarme en la escritura (por otra parte un acto de exhibicionismo tremendo), pero luego se estableció una comunicación. Lo importante es contar, aunque no siempre se digan cosas inteligentes, y a veces uno cuenta mucho ahorrándose las palabras.

Me ha faltado inspiración, y no porque no haya visto películas que me hayan dejado boquiabierto, y no porque todo en este tiempo haya estado todo bien. No, simplemente porque no me apetecía contar. A veces he tenido la página abierta, los dedos sobre las teclas, pero no la motivación suficiente. He tenido una crisis de palabras, una más de estos tiempos críticos que corren.
Convocaré a las musas, las llamaré a gritos. Pediré a los santos la inspiración necesaria. Me siento un poco como el Hank Moody de Californication, incapaz de teclear, con un estreñemiento literario. ¿Cómo superar la falta de inspiración? ¿Cómo dejar de tenerle miedo a las palabras?
Cuando empecé a escribir el blog no buscaba que nadie me leyera, sino volcarme en la escritura (por otra parte un acto de exhibicionismo tremendo), pero luego se estableció una comunicación. Lo importante es contar, aunque no siempre se digan cosas inteligentes, y a veces uno cuenta mucho ahorrándose las palabras.

Sensacional
La ciudad, como las uñas de Sally Bowles, tiene algo de sensacional. Berlín, como el personaje, está ajado. Es curioso pasear por las calles e ir comprobando como existe un pacto tácito, una voluntad magnífica, un intento titánico por reconstruirse, reinvertarse. Cada rincón es un guiño, al pasado (triste), al futuro. Los edificios se llenan de cristales, de luz, no sólo para combatir la noche que llega a las cuatro de la tarde en diciembre, sino para mostrarse y convencernos de que todo es posible en aquella ciudad. Edificios modernos, suntuosos, poéticos, coloristas, se suceden unos a otros, ruido y luces.
A veces hay que fijarse bien para comprobar que hubo heridas abiertas, que manaban sangre, y que la sangre no discrimina. Casi 3000 bloques de cemento enfrente del Tiergarten componen un bosque cruel que más allá de la emoción estética hace que un poco se te encoja el corazón. Un itinerario por las fotografías del horror y un Palacio de las Lágrimas (actualmente en obras) son breves recuerdos para el turista, atracciones tristes. Un muro lleno de pintadas del que sólo quedan restos. Una cicatriz que se puede observar en los planos de la ciudad.
Berlín, como la díscola vida de la cabaretera, es sensacional. Es un paseo por tantas películas, por aquellas historias de espías, de hombres horribles con bigotes ridículos. Pero de esas imágenes poco queda, se sustituyen por rascacielos, por cúpulas abiertas que no se sujetan al suelo, por cientos de puestos y mercadillos navideños, por tiendas y restaurantes de diseño para los bohemios burgueses (o viceversa).
Berlín, como el número final de Sally Bowles, es un (sensacional) cabaret. Aunque por más que los bailarines, y las luces y el cristal,se empeñen, a veces es difícil olvidar.

A veces hay que fijarse bien para comprobar que hubo heridas abiertas, que manaban sangre, y que la sangre no discrimina. Casi 3000 bloques de cemento enfrente del Tiergarten componen un bosque cruel que más allá de la emoción estética hace que un poco se te encoja el corazón. Un itinerario por las fotografías del horror y un Palacio de las Lágrimas (actualmente en obras) son breves recuerdos para el turista, atracciones tristes. Un muro lleno de pintadas del que sólo quedan restos. Una cicatriz que se puede observar en los planos de la ciudad.
Berlín, como la díscola vida de la cabaretera, es sensacional. Es un paseo por tantas películas, por aquellas historias de espías, de hombres horribles con bigotes ridículos. Pero de esas imágenes poco queda, se sustituyen por rascacielos, por cúpulas abiertas que no se sujetan al suelo, por cientos de puestos y mercadillos navideños, por tiendas y restaurantes de diseño para los bohemios burgueses (o viceversa).
Berlín, como el número final de Sally Bowles, es un (sensacional) cabaret. Aunque por más que los bailarines, y las luces y el cristal,se empeñen, a veces es difícil olvidar.






