SU NOMBRE ESCRITO
Juan Fernández Olaite nació blanco, lo que tampoco era muy extraño ya que tenía muchas posibilidades de serlo, al ser sus padres del mismo color. Mantuvo ese color mientras fue creciendo, quitando algunos comienzos de verano en que se ponía rojo y se achicharraba o una vez en un cumpleaños que se puso morado y de la indigestión creyó morirse. Pero aquel recién nacido menudo se convirtió, con el tiempo, en un hombre con toda la barba que fue consciente de que había cambiado de color, ahora el tono que había cogido era el gris.
Sí, porque así se sentía Juan, no una eminencia gris, sino un hombre gris que caminaba por la vida sin que los demás fueran consciente de su invisible presencia. Incluso, a veces, echaba de menos que lo pusieran verde a insultos por cambiar esa monotonía tonal. Odiaba decir su nombre Juan Fernández, cada vez que se lo preguntaban, uno más entre miles, por eso mimaba el apellido materno como signo de distinción y como si procediera de un linaje de color azul fuerte. Hasta tal punto llegó esto, que a partir de un determinado momento empezó a firmar como J.F. Olaíte. Esa americanización de su nombre le hizo parecer que su tono grisáceo había bajado algún matiz y cuando lo pronunciaba le ponía una esforzada tilde a la i para que resonara más.
Pero no, no era feliz. Tenía su trabajo y sus amigos, pero nunca tuvo novia porque, como esos partidos de fútbol en que se va eligiendo un jugador para cada equipo, cuando le llegó su turno no había ninguna que lo eligiera y es que nadie parecía verle. El soñaba con ser algo grande, vamos convertirse en una especie de arco iris que destellara a los de su alrededor y esto le obsesionaba. Esa obsesión creció con los años y llegó a pensar que aquel reflejo turbio y desvaído, consecuencia de la presbicia, que le devolvía el espejo, era consecuencia de que su cuerpo se difuminaba. Y como el que se agarra a una última esperanza le dio por pensar que una forma de perpetuarse en el tiempo era el ver su nombre escrito. Él, al leer, se aseguraba así de su existencia, los otros podrían leerlo y se percatarían de que él vivía. Quería que su nombre saliera en algún sitio: en una noticia del periódico que todos leyeran, en una placa en la puerta de su casa, en una lápida meritoria… pero nunca nadie lo escribió. Entró en Google, puso el nombre de algunos de sus amigos y de todos salía alguna referencia: uno que tenía una página de canarios cantores, otro que anunciaba cursos a distancia de confección de pajaritas de papel, otro en el listado de aprobados de una empresa e incluso otro, al que como los demás envidió, por la publicación del embargo de una deuda. Su nombre no apareció por ningún lado. Llegó a pensar que la combinación de letras de su nombre era inexistente y que aquel gris nebuloso que le cubría cada vez parecía teñirse más de negro.
Aquella monocorde existencia, un día, instantáneamente cambió de color y su rostro sacudido por causas internas pasó a convertirse en blanco. No supo cómo, si fruto de sus enfermizos deseos o del puro azar, leyó un periódico donde con letras claras destacaba su nombre: JUAN FERNÁNDEZ OLAITE, ¡al fin lo había conseguido! Allí estaba su nombre, destacando, para que todos lo leyeran. Pasada la sorpresa inicial, lo que no le gustó era que lo hubieran escrito así y no como J.F. OLAÍTE. Pero no se le ocurría el modo de “volver” para protestar a quien había encargado escribir, de aquella forma, su esquela.
Sí, porque así se sentía Juan, no una eminencia gris, sino un hombre gris que caminaba por la vida sin que los demás fueran consciente de su invisible presencia. Incluso, a veces, echaba de menos que lo pusieran verde a insultos por cambiar esa monotonía tonal. Odiaba decir su nombre Juan Fernández, cada vez que se lo preguntaban, uno más entre miles, por eso mimaba el apellido materno como signo de distinción y como si procediera de un linaje de color azul fuerte. Hasta tal punto llegó esto, que a partir de un determinado momento empezó a firmar como J.F. Olaíte. Esa americanización de su nombre le hizo parecer que su tono grisáceo había bajado algún matiz y cuando lo pronunciaba le ponía una esforzada tilde a la i para que resonara más.
Pero no, no era feliz. Tenía su trabajo y sus amigos, pero nunca tuvo novia porque, como esos partidos de fútbol en que se va eligiendo un jugador para cada equipo, cuando le llegó su turno no había ninguna que lo eligiera y es que nadie parecía verle. El soñaba con ser algo grande, vamos convertirse en una especie de arco iris que destellara a los de su alrededor y esto le obsesionaba. Esa obsesión creció con los años y llegó a pensar que aquel reflejo turbio y desvaído, consecuencia de la presbicia, que le devolvía el espejo, era consecuencia de que su cuerpo se difuminaba. Y como el que se agarra a una última esperanza le dio por pensar que una forma de perpetuarse en el tiempo era el ver su nombre escrito. Él, al leer, se aseguraba así de su existencia, los otros podrían leerlo y se percatarían de que él vivía. Quería que su nombre saliera en algún sitio: en una noticia del periódico que todos leyeran, en una placa en la puerta de su casa, en una lápida meritoria… pero nunca nadie lo escribió. Entró en Google, puso el nombre de algunos de sus amigos y de todos salía alguna referencia: uno que tenía una página de canarios cantores, otro que anunciaba cursos a distancia de confección de pajaritas de papel, otro en el listado de aprobados de una empresa e incluso otro, al que como los demás envidió, por la publicación del embargo de una deuda. Su nombre no apareció por ningún lado. Llegó a pensar que la combinación de letras de su nombre era inexistente y que aquel gris nebuloso que le cubría cada vez parecía teñirse más de negro.
Aquella monocorde existencia, un día, instantáneamente cambió de color y su rostro sacudido por causas internas pasó a convertirse en blanco. No supo cómo, si fruto de sus enfermizos deseos o del puro azar, leyó un periódico donde con letras claras destacaba su nombre: JUAN FERNÁNDEZ OLAITE, ¡al fin lo había conseguido! Allí estaba su nombre, destacando, para que todos lo leyeran. Pasada la sorpresa inicial, lo que no le gustó era que lo hubieran escrito así y no como J.F. OLAÍTE. Pero no se le ocurría el modo de “volver” para protestar a quien había encargado escribir, de aquella forma, su esquela.
Comentario:
El anterior comentario era mío , se me olvidó poner el nombre y apareció como "invitado" .Saludos y disculpa
Comentario:
Un relato muy original utilizando los colores para expresar los estados de ánimo del personaje , sus deseos y su final impactante.
Como siempre, un placer leerte
Como siempre, un placer leerte
Comentario:
Volver del sitio es complicado, pero ya son ganas de volver y encima para protestar.Besos