Son-risas
De los infinitos gestos que puede trazar un rostro uno de los más característicos, y no todo lo habitual que debiera, es la sonrisa. Pero no todas las sonrisas son iguales, pueden ser muy diferentes unas de otras:
-La más agradecida: la del niño.
-La más hipócrita: la del político.
-La más inesperada: la del tipo etiquetadamente serio.
-La más maravillosa: la de quien estamos enamorad@s.
-La más grande: la del bocazas.
-La más amarilla: la del fumador empedernido.
-La más enigmática: la del encapuchado.
-La más espontánea: cuando tienes por primera vez a tu hijo en brazos.
-La más inolvidable: la de la madre.
-La más falsa: la forzada.
-La más increíble: la del condenado a muerte.
-La más invisible: la del desdentado.
-La más inquietante: la del examinador.
-La más orgullosa: tras alcanzar un objetivo muy buscado.
-La más blanca: la del anuncio del dentrífico.
-La más roja: la que se pone con los dientes manchados de carmín.
-La más olvidada: aquella de alguien que nos gustaría atrapar con la memoria y se nos escapa.
Seguramente podríamos seguir esta relación...
-La más agradecida: la del niño.
-La más hipócrita: la del político.
-La más inesperada: la del tipo etiquetadamente serio.
-La más maravillosa: la de quien estamos enamorad@s.
-La más grande: la del bocazas.
-La más amarilla: la del fumador empedernido.
-La más enigmática: la del encapuchado.
-La más espontánea: cuando tienes por primera vez a tu hijo en brazos.
-La más inolvidable: la de la madre.
-La más falsa: la forzada.
-La más increíble: la del condenado a muerte.
-La más invisible: la del desdentado.
-La más inquietante: la del examinador.
-La más orgullosa: tras alcanzar un objetivo muy buscado.
-La más blanca: la del anuncio del dentrífico.
-La más roja: la que se pone con los dientes manchados de carmín.
-La más olvidada: aquella de alguien que nos gustaría atrapar con la memoria y se nos escapa.
Seguramente podríamos seguir esta relación...
GENTE

Siempre me ha gustado este dibujo de José Luis Cortés. Hoy, al ponerlo en el blog, pensaba que qué gran acierto sería de la educación que damos a nuestros hijos, si un día al preguntarles que quieren ser el día de mañana, antes de decir astronautas o futbolistas o ingenieros, dijeran que quieren ser buena gente.
EL ANSIADO CARNET
Esta historia es un “remake”, escrito por mí, de una historia que leí hace muchísimos años en una de aquellas estupendas terceras páginas del TBO clásico con el guión de Carlos Bech:
“Alberto era un hombre normal, nada fuera de lo común, tan normal que, como todos, siempre que tomaba un transporte o asistía algún espectáculo pasaba por taquilla para pagar religiosamente. Dentro de aquella aparente simplicidad en su interior guardaba una secreta envidia. ¿A quién? A esas personas que enseñando el carnet al conductor pasaban hacia dentro del autobús sin pagar billete, o a los que con ese simple documento y tras un buenas tardes el portero les franqueaba la entrada a un buen partido de fútbol o a un espectáculo musical. ¿Dónde podría conseguir un carnet de esos?
Pero Alberto revestido de esa simplicidad que le caracterizaba no tenía ni idea de en dónde podría informarse. Ni siquiera aquellos conocimientos escuetos de Internet, que tenía, le sirvieron para mucho, porque al poner la palabra “carnet” en Google aparte de que le salieron 9 millones de entradas, que recorrió una por una con paciencia infinita, ninguna era la que a él podría interesarle.
Pasó el tiempo y de aquella enfermiza obsesión nunca más supimos. Ni siquiera cuando hubo aquel estreno en un cine de la Gran Vía tan importante al que acudió, incluso Tom Cruise que era el protagonista, pero en aquella cola para entrar estaba Alberto. Todo el mundo entregaba su entrada y pasaba al interior pero cuando llegó su turno entregó un carnet y un papel que guardaba cuidadosamente doblado en su bolsillo. ¡Adelante!, le indicó el portero devolviéndole aquel misterioso papel y el carnet. ¡Al fin lo había conseguido! Y se dispuso a disfrutar de la película.
Un guarda de seguridad que estaba junto al portero del cine, le preguntó curioso que era aquel papel que le había enseñado. No lo sé, repuso el portero, es un certificado firmado por el director de un centro siquiátrico, en el que indica que el portador de ese carnet es un paciente con crisis sicóticas y de reacciones imprevisibles al que, por ningún motivo, se le debe llevar la contraria; por eso le he dejado pasar."
“Alberto era un hombre normal, nada fuera de lo común, tan normal que, como todos, siempre que tomaba un transporte o asistía algún espectáculo pasaba por taquilla para pagar religiosamente. Dentro de aquella aparente simplicidad en su interior guardaba una secreta envidia. ¿A quién? A esas personas que enseñando el carnet al conductor pasaban hacia dentro del autobús sin pagar billete, o a los que con ese simple documento y tras un buenas tardes el portero les franqueaba la entrada a un buen partido de fútbol o a un espectáculo musical. ¿Dónde podría conseguir un carnet de esos?
Pero Alberto revestido de esa simplicidad que le caracterizaba no tenía ni idea de en dónde podría informarse. Ni siquiera aquellos conocimientos escuetos de Internet, que tenía, le sirvieron para mucho, porque al poner la palabra “carnet” en Google aparte de que le salieron 9 millones de entradas, que recorrió una por una con paciencia infinita, ninguna era la que a él podría interesarle.
Pasó el tiempo y de aquella enfermiza obsesión nunca más supimos. Ni siquiera cuando hubo aquel estreno en un cine de la Gran Vía tan importante al que acudió, incluso Tom Cruise que era el protagonista, pero en aquella cola para entrar estaba Alberto. Todo el mundo entregaba su entrada y pasaba al interior pero cuando llegó su turno entregó un carnet y un papel que guardaba cuidadosamente doblado en su bolsillo. ¡Adelante!, le indicó el portero devolviéndole aquel misterioso papel y el carnet. ¡Al fin lo había conseguido! Y se dispuso a disfrutar de la película.
Un guarda de seguridad que estaba junto al portero del cine, le preguntó curioso que era aquel papel que le había enseñado. No lo sé, repuso el portero, es un certificado firmado por el director de un centro siquiátrico, en el que indica que el portador de ese carnet es un paciente con crisis sicóticas y de reacciones imprevisibles al que, por ningún motivo, se le debe llevar la contraria; por eso le he dejado pasar."
CHARLA EN LA MADRUGADA
Ese rato que sigue al convite de una boda, cuando ya la medianoche ha dado paso al nuevo día y el punto de alcohol desenrolla la lengua da lugar a diálogos no habituales:
-Este fue con uno algo mayor que yo y que tiene un hijo e hija ya mayores. Me estuvo hablando sobre el tema de las hijas. Según su teoría, lo conveniente es que las hijas tengan novio cuanto antes. El hecho de tener novio le da una cierta “confianza” al padre, ya que cuando sale el novio está todo el tiempo con ella y luego le acompaña a casa. Es como un servicio de seguridad privada gratuita, me decía, eso sí, luego se lo cobra en carne. En cambio si no tiene novio, no sabes con quién anda y a la vuelta se viene sola a casa o anda con tres o cuatro, o con quien no sabes. Si luego se pelean y ha durado dos años, pues bueno está; ¡pero que no tarde en echarse uno nuevo! Según dice a su hija no le había ido mal, aunque iba por el cuarto novio.
¿Sabiduría alcohólica o reminiscencia machista?
-Este fue con uno algo mayor que yo y que tiene un hijo e hija ya mayores. Me estuvo hablando sobre el tema de las hijas. Según su teoría, lo conveniente es que las hijas tengan novio cuanto antes. El hecho de tener novio le da una cierta “confianza” al padre, ya que cuando sale el novio está todo el tiempo con ella y luego le acompaña a casa. Es como un servicio de seguridad privada gratuita, me decía, eso sí, luego se lo cobra en carne. En cambio si no tiene novio, no sabes con quién anda y a la vuelta se viene sola a casa o anda con tres o cuatro, o con quien no sabes. Si luego se pelean y ha durado dos años, pues bueno está; ¡pero que no tarde en echarse uno nuevo! Según dice a su hija no le había ido mal, aunque iba por el cuarto novio.
¿Sabiduría alcohólica o reminiscencia machista?
DE BODA
El año pasado cuando me dijo que se iba a casar, me dije que faltaba todavía más de un año, pero todo llega y a medida que se iba acercando la fecha me he ido “agobiando”. Nunca he sido amigo de grandes eventos y reuniones y menos de las bodas, esa “caracterización” con la que uno se pone para ir a ellas, no me hace estar cómodo.
Pero bueno, ya ha pasado y todo marchó bien. La boda se celebró en Cádiz, como no estaba dispuesto a buscar un complejo aparcamiento allí y estar a la vuelta pendiente de si habría superado el grado alcohólico, los desplazamientos optamos por hacerlos en taxi que siempre saldría más económico y cómodo, que buscarse allí un hotel como hicieron otros.
Luego, las bodas como todas. Todos hemos ido alguna vez a una. Los hombres encorbatados, la mayoría asfixiados de calor por la corbata al cuello y con la chaquetas con olor a naftalina. Los más fashions optaron por el chaqué, a lo que yo me negué, aparte de que pude, con unos mínimos arreglos aprovechar el traje de mi ya lejana boda. Las mujeres, tras eternas de peluquería y maquillajes, optan por telas de las más variadas formas, texturas y colores con las que intentan realzar su anatomía, cosas que algunas consiguen con algo más que dignidad y otras parecen haberse equivocado de lugar por la impresión que dan de ir a una fiesta de Carnaval.
La misa estuvo bien, no en vano el cura que casó a la novia, fue el mismo que le dio la primera comunión, hace ya más de veinte años, y fue profesor de seis hermanos de la novia por lo que conoce a la familia he hizo una sencilla y sentida celebración. A la salida de la misa empezó el primer problema, alguien me dijo que llevaba pegado algo en el talón del zapato. Al ir a despegarlo, me quedé en la mano con el tacón del zapato que era lo que se estaba desintegrando. El zapato estaba nuevo pero, al parecer, las suelas eran viejas. Desde entonces disimulé lo mejor que pude andando con un tacón menos.
De allí aprovechando la amabilidad de uno de esos que no les importa el alcohol postboda nos fuimos en coche hasta el convite en una bodega de El Puerto. Noche calurosa, aperitivos variados de pie y quejas de las señoras que no sabían donde descansar los tacones en un suelo tachonado de “chinos”. Momento de saludos y besos variopintos, de conocer a gente a quien nunca más verás y de reencontrarte, tras años, con familiares a quien la vida y circunstancias separan cotidianamente. Todos más viejos, sin duda, pero nadie lo decía y lo soslayábamos diciendo: ¡cuánto han crecido tus hijos! La última vez que vi a éste estaba en el coche de capota… ( y el niño y su novia con cara de póker pensando en quién sera ese carroza que habla con su padre).
Las mesas con los sitios cuidadosamente elegidos para hacer que el ambiente, mientras se masticaba, funcionara. Terminada la cena, una sorpresa. Uno de los hermanos de la novia famoso chirigotero, había llamado a sus compañeros de chirigota y allí acudieron a actuar vestidos con sus traje de toreros, lo que no optó que el hermano con chaqué y todo se subiera al escenario para cantar con ellos. Un rato muy divertido y que le sirvió a los sevillanos asistentes, aproximadamente un cincuenta por ciento de los asistentes, a conocer el Carnaval de Cádiz on-line. Luego un rato de bailoteo y las primeras deserciones del personal que iba siendo vencido por la hora. Despedidas y buenas intenciones para vernos pronto, llamé al taxista que llegó puntualmente. Cuando llegué a casa me di cuenta que iba dejando trozos negros detrás de mí, como Pulgarcito, ya no sólo eran los tacones, sino toda la suela de los zapatos la que se me había desintegrado. No me dio tiempo de poner la cabeza en la almohada cuando ya emití mi primer ronquido. Hoy me he despertado ¿habré soñado? De todas formas….uf ¡menos mal que ya pasó!
Pero bueno, ya ha pasado y todo marchó bien. La boda se celebró en Cádiz, como no estaba dispuesto a buscar un complejo aparcamiento allí y estar a la vuelta pendiente de si habría superado el grado alcohólico, los desplazamientos optamos por hacerlos en taxi que siempre saldría más económico y cómodo, que buscarse allí un hotel como hicieron otros.
Luego, las bodas como todas. Todos hemos ido alguna vez a una. Los hombres encorbatados, la mayoría asfixiados de calor por la corbata al cuello y con la chaquetas con olor a naftalina. Los más fashions optaron por el chaqué, a lo que yo me negué, aparte de que pude, con unos mínimos arreglos aprovechar el traje de mi ya lejana boda. Las mujeres, tras eternas de peluquería y maquillajes, optan por telas de las más variadas formas, texturas y colores con las que intentan realzar su anatomía, cosas que algunas consiguen con algo más que dignidad y otras parecen haberse equivocado de lugar por la impresión que dan de ir a una fiesta de Carnaval.
La misa estuvo bien, no en vano el cura que casó a la novia, fue el mismo que le dio la primera comunión, hace ya más de veinte años, y fue profesor de seis hermanos de la novia por lo que conoce a la familia he hizo una sencilla y sentida celebración. A la salida de la misa empezó el primer problema, alguien me dijo que llevaba pegado algo en el talón del zapato. Al ir a despegarlo, me quedé en la mano con el tacón del zapato que era lo que se estaba desintegrando. El zapato estaba nuevo pero, al parecer, las suelas eran viejas. Desde entonces disimulé lo mejor que pude andando con un tacón menos.
De allí aprovechando la amabilidad de uno de esos que no les importa el alcohol postboda nos fuimos en coche hasta el convite en una bodega de El Puerto. Noche calurosa, aperitivos variados de pie y quejas de las señoras que no sabían donde descansar los tacones en un suelo tachonado de “chinos”. Momento de saludos y besos variopintos, de conocer a gente a quien nunca más verás y de reencontrarte, tras años, con familiares a quien la vida y circunstancias separan cotidianamente. Todos más viejos, sin duda, pero nadie lo decía y lo soslayábamos diciendo: ¡cuánto han crecido tus hijos! La última vez que vi a éste estaba en el coche de capota… ( y el niño y su novia con cara de póker pensando en quién sera ese carroza que habla con su padre).
Las mesas con los sitios cuidadosamente elegidos para hacer que el ambiente, mientras se masticaba, funcionara. Terminada la cena, una sorpresa. Uno de los hermanos de la novia famoso chirigotero, había llamado a sus compañeros de chirigota y allí acudieron a actuar vestidos con sus traje de toreros, lo que no optó que el hermano con chaqué y todo se subiera al escenario para cantar con ellos. Un rato muy divertido y que le sirvió a los sevillanos asistentes, aproximadamente un cincuenta por ciento de los asistentes, a conocer el Carnaval de Cádiz on-line. Luego un rato de bailoteo y las primeras deserciones del personal que iba siendo vencido por la hora. Despedidas y buenas intenciones para vernos pronto, llamé al taxista que llegó puntualmente. Cuando llegué a casa me di cuenta que iba dejando trozos negros detrás de mí, como Pulgarcito, ya no sólo eran los tacones, sino toda la suela de los zapatos la que se me había desintegrado. No me dio tiempo de poner la cabeza en la almohada cuando ya emití mi primer ronquido. Hoy me he despertado ¿habré soñado? De todas formas….uf ¡menos mal que ya pasó!
LA ESTRELLA

A mi puerta llamó ella
en una oscura noche
y su luz radiante
me impidió reconocerla
en aquella estrella.
Como una ola
mi casa la espumó
y sus blancas estelas
en sus brazos me enternecieron.
Mi sueño larvado
se metarmorfoseó en cintas de colores
que oscilaron a los vientos
de mi corazón.
Mis ideas
surcaron los espacios,
locas y expandidas,
mientras una música se extendió
como eterna sinfonía.
Y mi espíritu,
durante horas,
a su ritmo sinuoso
bailó con ella
en una perfecta eufonía.
Cuando las campanadas
sonaron en el reloj
el tiempo había menguado
tanto, que casi desapareció.
En cuanto a la estrella,
quise decirle muchas cosas
antes que se diera la vuelta,
me había traído tanto gozo e ilusión,
pero mis palabras
en el aire estallaron.
Y sólo pude exclamar:
¡Adiós!
EL AGUJERO NEGRO
Desde que nacemos todos tenemos tendencia a crearnos ilusiones, a aderezarlas, crecerlas y mimarlas. Si bien hay algunas que guardamos en nuestro interior, como si estuvieran en un cofre bajo siete llaves, las otras necesitamos compartirlas más allá de los límites que nos impone nuestro cuerpo y buscamos la forma de que emerjan de nosotros.Todos recordamos aquellas cartas a los Reyes Magos o Papá Noel en que sacábamos aquellos deseos que pretendíamos conseguir, para enterarnos, con los años, que los reyes hace tiempo que dejaron de cabalgar en los camellos y que el traje de Papá Noel fue un invento de Coca-cola. Pero ¿a dónde iban esas miles de cartas cargadas de ilusiones? ¿Quiénes son capaces de destruirlas sabiendo que encerraban dentro tanta vida en su interior? Y aunque fueran pasto de las cenizas sus efluvios seguro que saldrían al aire.
Aún hoy, en que nuestra nariz se ha alejado mucho del suelo, desde aquel tiempo en que escribíamos a los reyes, seguimos compartiendo ilusiones con seres a los que no conocemos. Un instrumento que fomenta esto es Internet. A veces al leer una página, un blog, se nos enciende una lucecita y pensamos que la persona, que está al otro lado y ha escrito eso, se ha hecho partícipe involuntaria para que le transmitamos algo de nosotros. Damos a un botón y enviamos un correo. Hay veces que ese correo despierta en la otra persona el deseo también de compartir algo de sí y de esa manera, tan simple y azarosa, surge una buena amistad. Otros de esos correos, a veces cargados de lazos de tonalidades variadas y como ansiando guiños, llegan al destinatario que los abre, los lee y simplemente, sin darle mayor importancia, los elimina directamente sin darse cuenta que, con ello, está enterrando, quizás, más de un sueño.
Y esos millones de correos ilusionados, una vez eliminados, circulan por Internet hacia no se sabe dónde. Me imagino que desaparecen devorados por un gran agujero negro en el que se adormecen, esperando, tal vez, un enorme estallido para derramar sobre el cosmos una luminosa lluvia de colores.
SACIANDO SU APETITO
El iba paseando cuando la vio y se sintió cautivado por Ella. Sus formas redondeadas y su piel sonrosada y brillante actuaron de imán irrefrenable a su deseo.
El se acercó a Ella, despacio, como siempre lo hacía y tras admirarla una vez más, sin pedir siquiera permiso, la envolvió con su cuerpo. El se sintió embriagado por el aroma que ella desprendía y no pudo reprimirse un instante más. Invadido por una súbita locura, primero con cierta suavidad, pero luego sin ningún miramiento, la penetró con esa parte del cuerpo con que El disfrutaba horadando.
El no supo el tiempo en el que formó parte de Ella, pero sí fue consciente de que Ella no parecía disfrutar de aquel contacto piel a piel. Cuando sintió que sus apetitos más primarios habían sido saciados, El se separó de Ella y sin mirar hacia atrás se alejó a reposar los frutos de aquel encuentro.
No muchas horas más tarde, El siguió su camino, deslizándose rama abajo a la búsqueda de otra apetitosa manzana, como Ella, que agujerear con sus minúsculos dientes de gusano.
El se acercó a Ella, despacio, como siempre lo hacía y tras admirarla una vez más, sin pedir siquiera permiso, la envolvió con su cuerpo. El se sintió embriagado por el aroma que ella desprendía y no pudo reprimirse un instante más. Invadido por una súbita locura, primero con cierta suavidad, pero luego sin ningún miramiento, la penetró con esa parte del cuerpo con que El disfrutaba horadando.
El no supo el tiempo en el que formó parte de Ella, pero sí fue consciente de que Ella no parecía disfrutar de aquel contacto piel a piel. Cuando sintió que sus apetitos más primarios habían sido saciados, El se separó de Ella y sin mirar hacia atrás se alejó a reposar los frutos de aquel encuentro.
No muchas horas más tarde, El siguió su camino, deslizándose rama abajo a la búsqueda de otra apetitosa manzana, como Ella, que agujerear con sus minúsculos dientes de gusano.
NO ME LLAMES
No me llames Rosa
porque sufrieras de mis espinas tortura,
llámame así
porque hayas gustado mi hermosura.
No me llames Esperanza
porque tengas la de perderme,
llámame así
porque tengas la de tenerme.
No me llames Luz
porque estés deslumbrado,
llámame así
porque te sientas iluminado.
No me llames Remedios
porque lo nuestro no tenga solución,
llámame así
porque te sirva de consolación.
No me llames Camino
porque nuestra vida sea tortuosa,
llámame así
porque vamos por uno de rosas.
No me llames Soledad
porque te sientas solo,
llámame así
porque juntos lo tenemos todo.
No me llames Mujer
porque quieras sentir distinción,
llámame así
porque sea objeto de tu pasión.
No me llames de tantas maneras,
sólo mírame y coge mi mano.
Lo que me importa es que me quieras
y tenerte siempre a mi lado.
O si tanto en llamarme insistieras
hazlo sólo por mi nombre: Charo.
(Para alguien, a quien tras haberlo pasado mal le deseo que siga levantándose día a día y escalando sonrisas).
porque sufrieras de mis espinas tortura,
llámame así
porque hayas gustado mi hermosura.
No me llames Esperanza
porque tengas la de perderme,
llámame así
porque tengas la de tenerme.
No me llames Luz
porque estés deslumbrado,
llámame así
porque te sientas iluminado.
No me llames Remedios
porque lo nuestro no tenga solución,
llámame así
porque te sirva de consolación.
No me llames Camino
porque nuestra vida sea tortuosa,
llámame así
porque vamos por uno de rosas.
No me llames Soledad
porque te sientas solo,
llámame así
porque juntos lo tenemos todo.
No me llames Mujer
porque quieras sentir distinción,
llámame así
porque sea objeto de tu pasión.
No me llames de tantas maneras,
sólo mírame y coge mi mano.
Lo que me importa es que me quieras
y tenerte siempre a mi lado.
O si tanto en llamarme insistieras
hazlo sólo por mi nombre: Charo.
(Para alguien, a quien tras haberlo pasado mal le deseo que siga levantándose día a día y escalando sonrisas).
COMO SI FUERA EL PRIMER DÍA
Desde el momento en que nacemos comenzamos a envejecer y eso, que se manifiesta de manera clara en lo físico, también lo hace más subrepticiamente en nuestro espíritu. Vemos que muchas ilusiones con el transcurso de los años se endurecen, dejan de alimentarse y se desprenden de nosotros.
Al igual que sucede con la vida, muchos de los actos repetitivos que realizamos habitualmente se van desprendiendo de esa ilusión inicial con que lo enfrenta el principiante, para con la experiencia convertirse en un hábito y desgajarse del estímulo necesario. Es verdad que la experiencia es un grado pero no podemos dejar que ella entierre a esas ilusiones porque eso hace que la vida se “grisee”. León Felipe en ese hermoso poema "Romero solo"entre otras cosas nos dice:
“No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero”
¿Qué pasaría si muchas cosas repetitivas la hiciéramos con el cuidado, el primor y el entusiasmo del primer día?
-Si el conductor condujera con el mismo cuidado que el día en que se sentó frente al volante habría menos accidentes.
-Si el maestro enseñara con el mismo entusiasmo que el primer día, habría menos fracaso escolar.
-Si el amante sintiera por su amada lo mismo que el primer día, les sería más fácil progresar en el amor.
-Si el médico atendiera a los pacientes como el día en que por primera vez se puso el fonendoscopio al oído, tal vez no curase más, pero seguro que los pacientes saldrían más contentos de la consulta.
-Si el sacerdote celebrara las misas como su primera misa, acudiría más gente a ellas.
-Si el funcionario atendiera al público como el primer día contribuiría a hacer una burocracia más humana.
-Si los padres miraran a sus hijos con la mirada que se encendió en ellos al verlos por primera vez, seguro que los hijos los entenderían.
-Si sintiéramos siempre que vemos mar lo que sentimos la primera vez que lo vimos, sin duda el mundo iría mejor cada día.
Al igual que sucede con la vida, muchos de los actos repetitivos que realizamos habitualmente se van desprendiendo de esa ilusión inicial con que lo enfrenta el principiante, para con la experiencia convertirse en un hábito y desgajarse del estímulo necesario. Es verdad que la experiencia es un grado pero no podemos dejar que ella entierre a esas ilusiones porque eso hace que la vida se “grisee”. León Felipe en ese hermoso poema "Romero solo"entre otras cosas nos dice:
“No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero”
¿Qué pasaría si muchas cosas repetitivas la hiciéramos con el cuidado, el primor y el entusiasmo del primer día?
-Si el conductor condujera con el mismo cuidado que el día en que se sentó frente al volante habría menos accidentes.
-Si el maestro enseñara con el mismo entusiasmo que el primer día, habría menos fracaso escolar.
-Si el amante sintiera por su amada lo mismo que el primer día, les sería más fácil progresar en el amor.
-Si el médico atendiera a los pacientes como el día en que por primera vez se puso el fonendoscopio al oído, tal vez no curase más, pero seguro que los pacientes saldrían más contentos de la consulta.
-Si el sacerdote celebrara las misas como su primera misa, acudiría más gente a ellas.
-Si el funcionario atendiera al público como el primer día contribuiría a hacer una burocracia más humana.
-Si los padres miraran a sus hijos con la mirada que se encendió en ellos al verlos por primera vez, seguro que los hijos los entenderían.
-Si sintiéramos siempre que vemos mar lo que sentimos la primera vez que lo vimos, sin duda el mundo iría mejor cada día.
ENTRE BLOGS
Como consecuencia de esa cordial relación que se establece entre los que poblamos este mundillo de los blogs, le he cedido a Amanda, para la publicación en su blog, el único relato que he escrito en mi lenguaje natal.
Sé que, a veces, se puede perder uno en determinadas expresiones porque es un lenguaje sin reglas y que carece de una real academia. Las expresiones se confeccionan en la cotidianeidad de la calle y en la intimidad del hogar; por si ayuda y como curiosidad, a la que vale la pena echar un vistazo, enlazo el siguiente Diccionario.
Sé que, a veces, se puede perder uno en determinadas expresiones porque es un lenguaje sin reglas y que carece de una real academia. Las expresiones se confeccionan en la cotidianeidad de la calle y en la intimidad del hogar; por si ayuda y como curiosidad, a la que vale la pena echar un vistazo, enlazo el siguiente Diccionario.
COMO UNA NOVELA

Acabo de releer este gustoso libro del escritor francés Daniel Pennac, me ha vuelto a entusiasmar ese acercamiento que hace a la lectura. Va presentando de manera original y amena cómo se va transmitiendo esa afición y cómo puede surgir hasta de las maneras más insospechadas. A continuación transcribo el capítulo número once completo:
"La intimidad perdida...
Visto ahora en este comienzo del insomnio, aquel ritual de la lectura, cada noche, al pie de su cama, cuando él era pequeño -hora fija y gestos inmutables-, se parecía un poco a la oración. Aquel armisticio que seguía al estruendo del día, aquel reencuentro al margen de cualquier contingencia, aquel momento de silencio recogido antes de las primeras palabras del relato, nuestra voz al fin semejante a sí misma, la liturgia de los episodios... Sí, la historia leída cada noche cumplía la más bella función de la oración, la más desinteresada, la menos especulativa, y que sólo afecta a los hombres: el perdón de las ofensas. Allí no se confesaba ningún pecado, ni se buscaba conseguir un pedazo de eternidad, era un momento de comunión, entre nosotros, la absolución del texto, un regreso al único paraíso que vale la pena: la intimidad. Sin saberlo, descubríamos una de las funciones esenciales del cuento, y, más ampliamente, del arte en general, que consiste en imponer una tregua al combate de los hombres.
El amor adquiría allí una piel nueva.
Era gratuito."
UNA NEGRA MUY RUBIA
El lugar estaba frío, pero ella aún se sentía muy caliente por dentro. Aunque estaba en compañía de otras, ello no le impedía sentirse totalmente única. Se gustaba demasiado y sabía que su piel, brillante y oscurecida, y su belleza rubia no dejarían de seducir a alguien.
Entonces fue cuando lo vio. El venía con su carro, como allá le llaman. El dejó el carro a un lado y Ella le vio como se iba acercando distraídamente hacia donde se encontraba. Ella observó los ojos negros de El que parecían destellar deseo. Aquel cuerpo de andares lentos y seguros se le fue aproximando, Ella lo notó musculado y fuerte y observó unas manchas húmedas que se oscurecían la camiseta que El llevaba, bajo unas axilas bien pobladas de vello oscuro. El estaba ya muy próximo a Ella, tanto que Ella no pudo reprimir que un ligero escalofrío recorriera toda su superficie. Ella se imaginaba en la soledad de la noche a solas con El, como la atraía hacia sus labios, haciéndose toda de El y calmando la pasión y el calor que sin duda El encerraba.
El se fijó en Ella. El contacto era inminente. El quedó como hipnotizado a verla y tomándola por el cuello tiró de Ella. Ella se sintió eufórica y deseada como nunca se había sentido. Pero la mala fortuna hizo que al depositarla a Ella en el carro, sonara un golpe seco en el borde y se quebró aquella brillante envoltura que tenía, mientras el líquido dorado de su interior se desparramó por todo el suelo.
En estas últimas décimas de segundo Ella, botella de cerveza, vio como sus ilusiones se evaporaron más rápidas que sus vapores. El con la cara sonrojada y a paso acelerado, desapareció tras un pasillo, mientras las manchas húmedas de sudor se extendían, ahora, hasta cubrir toda su camiseta.
Entonces fue cuando lo vio. El venía con su carro, como allá le llaman. El dejó el carro a un lado y Ella le vio como se iba acercando distraídamente hacia donde se encontraba. Ella observó los ojos negros de El que parecían destellar deseo. Aquel cuerpo de andares lentos y seguros se le fue aproximando, Ella lo notó musculado y fuerte y observó unas manchas húmedas que se oscurecían la camiseta que El llevaba, bajo unas axilas bien pobladas de vello oscuro. El estaba ya muy próximo a Ella, tanto que Ella no pudo reprimir que un ligero escalofrío recorriera toda su superficie. Ella se imaginaba en la soledad de la noche a solas con El, como la atraía hacia sus labios, haciéndose toda de El y calmando la pasión y el calor que sin duda El encerraba.
El se fijó en Ella. El contacto era inminente. El quedó como hipnotizado a verla y tomándola por el cuello tiró de Ella. Ella se sintió eufórica y deseada como nunca se había sentido. Pero la mala fortuna hizo que al depositarla a Ella en el carro, sonara un golpe seco en el borde y se quebró aquella brillante envoltura que tenía, mientras el líquido dorado de su interior se desparramó por todo el suelo.
En estas últimas décimas de segundo Ella, botella de cerveza, vio como sus ilusiones se evaporaron más rápidas que sus vapores. El con la cara sonrojada y a paso acelerado, desapareció tras un pasillo, mientras las manchas húmedas de sudor se extendían, ahora, hasta cubrir toda su camiseta.
MIÉRCOLES GASTRONÓMICO
Hacía tiempo que no iba un miércoles por la tarde a Cádiz. Ayer volví a ir pero esta vez el motivo, en vez de literario, era gastronómico.
El aperitivo: Fue en un restaurante donde nos reunimos, en plan aperitivos, cerca de doscientas personas de mi trabajo, en una mezcla de celebración festiva y tristona. Festiva por la posibilidad de compartir, con gente que hacía años que no veía, ese rato y tristona porque, a la vez, era la despedida de más del cincuenta por ciento de los asistentes que han sido transferidos a otra administración pública. Los aperitivos aunque exquisitos, no fueron demasiado abundantes y lo que en unos originaron quejas en otros, más preocupados por mantener la línea, se suplió con el calor humano.
El almuerzo: Fue un paseo que me di por el paseo marítimo gaditano. El sol arrancaba destellos a las olas y, a pesar del viento de levante, “alimenté” la vista y el espíritu con las mil sensaciones de aquel escenario. Sentí una sana envidia por los que, en ese momento, se bañaban en aquel mar único.
El postre: Lo más dulce de la tarde, a la sombra de un café y regado con agua mineral, no precisamente porque tuviera mucha azúcar, sino por un agradable encuentro que tuve. Es de esos ratos en que te sientes tan a gusto que te gustaría ser capaz de detener el tiempo, pero desgraciadamente no es posible. El tiempo fluyó y con él las palabras, las sonrisas y el sentirme afortunado por estar alli.
La digestión: Entrando en una librería y pasear entre sus estanterías. Llevarme una revista literaria gratuita. Pasear por las calles del centro viendo múltiples rostros, muchas caras conocidas de hace años y todas un poco más avejentadas que entonces.
La cena: Muy gastronómico el día, pero lo acabé con hambre, porque lo que es comer, más bien poco. Así que mientras esperaba el autobús de vuelta en un banco de una plaza deglutí un bocadillo de tortilla de patatas. Me lo comí casi todo, salvo los trozos que el viento de levante se llevó para regocijo de las palomas. Pero ¿las palomas comen tortilla de patatas?
¿SABER VIVIR?
Si el mundo es tristeza
no quiero sentirme cuerdo,
que quiero ser pintor de amaneceres,
reirme de la vida y de sus preocupaciones,
y no vender mi alma a mis ocupaciones.
Quiero conocer de mil mentes los saberes
y si no lo sé no importa, no me acuerdo,
y sentir de una mujer la belleza,
y no comportarme con ella como un cerdo.
Ser feliz, sin causa, en mil ocasiones,
buscar de alegría mil situaciones,
no preocuparme de agobios ni de haberes
y decir, alguna vez, que mi alma reza.
(Miguel de Asen)
no quiero sentirme cuerdo,
que quiero ser pintor de amaneceres,
reirme de la vida y de sus preocupaciones,
y no vender mi alma a mis ocupaciones.
Quiero conocer de mil mentes los saberes
y si no lo sé no importa, no me acuerdo,
y sentir de una mujer la belleza,
y no comportarme con ella como un cerdo.
Ser feliz, sin causa, en mil ocasiones,
buscar de alegría mil situaciones,
no preocuparme de agobios ni de haberes
y decir, alguna vez, que mi alma reza.
(Miguel de Asen)
A UNA VIEJA AMIGA
No sé si te parecerá bien que publique este post sobre la especial relación que durante años hemos mantenido. ¿Desde cuando te conozco? Creo que, desde que recuerdo, siempre estuviste de una u otra manera ahí. Una vez que te conocí, ya no me resultaba sencillo separarme de ti. Sin que te llamara, sin que necesitara de tus formas seductoras e irresistibles, hacías acto de presencia y cuando esto ocurría no dejabas de turbarme.
Te recuerdo en mis años de Facultad, que cuando menos lo esperaba aparecías por una esquina y me envolvías en tus abrazos y carantoñas. Hubo momentos en que te hiciste tan insistente que en más de una ocasión influiste en mis grandes decisiones. Te hiciste especialmente presente en los años que pasé en Madrid, durante la semana con el trabajo y el estudio no teníamos tiempo para reencontrarnos, pero el fin de semana en que mis compañeros de piso se iban, hacías puntualmente acto de presencia. En aquellas largas tardes-noches de sábado en que me sentía especialmente perdido en la vorágine de la gran ciudad, nunca faltabas. Recuerdo cuando yo transitaba entre el bullicio de los paseantes y en otras ocasiones cuando lo hacía a la sombra amiga de los árboles del Retiro, siempre me acompañabas en aquellos paseos. Mientras caminábamos entre gente desconocida, tú no te separabas de mí. Y cuando llegaba la noche y me iba a la cama, hubiera querido dejarte en la calle, pero me resultaba imposible, no sabía como hacerlo, y allí también te venías conmigo y compartíamos aquellas horas.
Con el tiempo, hubo un momento en que desapareciste prácticamente de mi vida y tus apariciones se hicieron cada vez más esporádicas. De todas formas, sé que siempre sigues estando cerca, esperando el instante adecuado para recibirme en tus brazos. Hay momentos, incluso, en que, si bien no tengo buenos recuerdos de nuestra antigua convivencia, te echo de menos y me gustaría compartir mi tiempo contigo. Pero eso sólo porque yo lo elija voluntariamente y no porque tú lo fuerces con tu presencia. Yo sé que a veces, pero sólo a veces, soledad eres necesaria en mi vida.
Te recuerdo en mis años de Facultad, que cuando menos lo esperaba aparecías por una esquina y me envolvías en tus abrazos y carantoñas. Hubo momentos en que te hiciste tan insistente que en más de una ocasión influiste en mis grandes decisiones. Te hiciste especialmente presente en los años que pasé en Madrid, durante la semana con el trabajo y el estudio no teníamos tiempo para reencontrarnos, pero el fin de semana en que mis compañeros de piso se iban, hacías puntualmente acto de presencia. En aquellas largas tardes-noches de sábado en que me sentía especialmente perdido en la vorágine de la gran ciudad, nunca faltabas. Recuerdo cuando yo transitaba entre el bullicio de los paseantes y en otras ocasiones cuando lo hacía a la sombra amiga de los árboles del Retiro, siempre me acompañabas en aquellos paseos. Mientras caminábamos entre gente desconocida, tú no te separabas de mí. Y cuando llegaba la noche y me iba a la cama, hubiera querido dejarte en la calle, pero me resultaba imposible, no sabía como hacerlo, y allí también te venías conmigo y compartíamos aquellas horas.
Con el tiempo, hubo un momento en que desapareciste prácticamente de mi vida y tus apariciones se hicieron cada vez más esporádicas. De todas formas, sé que siempre sigues estando cerca, esperando el instante adecuado para recibirme en tus brazos. Hay momentos, incluso, en que, si bien no tengo buenos recuerdos de nuestra antigua convivencia, te echo de menos y me gustaría compartir mi tiempo contigo. Pero eso sólo porque yo lo elija voluntariamente y no porque tú lo fuerces con tu presencia. Yo sé que a veces, pero sólo a veces, soledad eres necesaria en mi vida.
ESTOS DÍAS AZULES
El otoño está punto de hacer su entrada y el aire fresco de la mañana fusionado con el color único, brillante y tamizado, de estos días nos lo anuncia. El comienzo de esta estación está unido al inicio del curso escolar con el que toda mi vida, directa o indirectamente he tenido relación.
Son unos días a la par evocadores y nostálgicos en que me viene a la memoria aquellos comienzos de curso, ya del siglo pasado, pero aún nítidos. La preparación nerviosa de los últimos días de unas larguísimas vacaciones de verano. El reencontrarme con el colegio para comprar los libros. El disfrutarlos al llegar a casa, el olor a papel nuevo, sus dibujos, aquellos temas que aún me sonaban a chino y que no imaginaba que me diera tiempo de aprenderlos y luego el arduo trabajo de forrarlos en papel marrón o azul. Sacar el estuche de los lápices de colores y sacarles punta embriagándome de su aroma a madera, conservado durante el verano. Comprar un recambio para el bolígrafo bic en el estanco disfrutando del olor tan característico e incluso apetecible del tabaco sin quemar.
Y el día antes de empezar, no tenía forma de dormirme con los nervios. Al día siguiente estrenaba pantalón largo, tras todo el verano con el corto, y los zapatos gorila. Y luego mi madre trazaba con maestría una raya en mi pelo, que por más que intento repetirla nunca he podido volver a recrearla, probablemente se me perdería en aquellas aulas. De la mano segura de ella acudía al colegio. Allí me dejaba en las manos de quien sería mi profesor durante todo ese año, a quien miraba con esa cara de cierto temor, mientras me reencontraba en la fila con aquellos individuos de mi altura. Nueva escalera y rincones para aterrizar en una nueva aula que miraba con estudiada curiosidad. Pupitres de madera con tapas grandes, en las que vaciamos el contenido de nuestra maleta, y unos agujeros, decían que para poner el tintero que nunca llegué a usar. Pupitres de dos plazas, que compartíamos por afinidades, hasta el momento en que la excesiva charla provocada por dicha afinidad obligaba al profesor a separarnos. Y ya preparados para empezar a copiar el horario que nos escribían en la pizarra, estudiar, soñar y, en definitiva, aprender en aquellos meses a dejar poco a poco de ser niños. Cuando evoco aquellas imágenes, no sé por qué, me vienen a la memoria los últimos versos de Antonio Machado, aquellos que le descubrieron en el bolsillo de su chaqueta cuando le fueron a enterrar:
“Estos días azules y este sol de la infancia”.
Son unos días a la par evocadores y nostálgicos en que me viene a la memoria aquellos comienzos de curso, ya del siglo pasado, pero aún nítidos. La preparación nerviosa de los últimos días de unas larguísimas vacaciones de verano. El reencontrarme con el colegio para comprar los libros. El disfrutarlos al llegar a casa, el olor a papel nuevo, sus dibujos, aquellos temas que aún me sonaban a chino y que no imaginaba que me diera tiempo de aprenderlos y luego el arduo trabajo de forrarlos en papel marrón o azul. Sacar el estuche de los lápices de colores y sacarles punta embriagándome de su aroma a madera, conservado durante el verano. Comprar un recambio para el bolígrafo bic en el estanco disfrutando del olor tan característico e incluso apetecible del tabaco sin quemar.
Y el día antes de empezar, no tenía forma de dormirme con los nervios. Al día siguiente estrenaba pantalón largo, tras todo el verano con el corto, y los zapatos gorila. Y luego mi madre trazaba con maestría una raya en mi pelo, que por más que intento repetirla nunca he podido volver a recrearla, probablemente se me perdería en aquellas aulas. De la mano segura de ella acudía al colegio. Allí me dejaba en las manos de quien sería mi profesor durante todo ese año, a quien miraba con esa cara de cierto temor, mientras me reencontraba en la fila con aquellos individuos de mi altura. Nueva escalera y rincones para aterrizar en una nueva aula que miraba con estudiada curiosidad. Pupitres de madera con tapas grandes, en las que vaciamos el contenido de nuestra maleta, y unos agujeros, decían que para poner el tintero que nunca llegué a usar. Pupitres de dos plazas, que compartíamos por afinidades, hasta el momento en que la excesiva charla provocada por dicha afinidad obligaba al profesor a separarnos. Y ya preparados para empezar a copiar el horario que nos escribían en la pizarra, estudiar, soñar y, en definitiva, aprender en aquellos meses a dejar poco a poco de ser niños. Cuando evoco aquellas imágenes, no sé por qué, me vienen a la memoria los últimos versos de Antonio Machado, aquellos que le descubrieron en el bolsillo de su chaqueta cuando le fueron a enterrar:
“Estos días azules y este sol de la infancia”.
ATARDECER PEDESTRE

En estas tardes de verano disfruto especialmente de ese renovado matiz que tiene la playa ya vacía de turistas pero llena de incondicionales. La brisa de poniente suave acariciaba quitando los restos de sudor. Las olas rompiendo contra la playa dejaban a su paso mil tonos de azul: fuertes, vivos, brillantes, sensuales, sonoros,… Y los niños ejecutan juegos de siempre con arenas, juegos siempre nuevos que le hacen estrenar nuevas aventuras, ante las miradas regocijantes o cansadas de los adultos, que leen, sestean o simplemente miran con ese descaro que permite las playas.
Si hay algo que no paran junto a la orilla son los pies. Hay pies que andan, que intentan en su rápido caminar bombear sangre hasta el corazón. Hay pies que nadan que sacudiéndose rítmicamente bajo el agua imprimen al cuerpo un impulso para que se desplace por el mar. Hay pies doloridos que se arrepienten de haber venido y no haber ido antes al callista. Hay pies pegajosos, que se enguajan con agua antes de marchar, pero la arena adherida a ellos se niega a marcharse. Hay pies cuidados, que se miman y cuyas uñas esculpidas están coloreadas milimétricamente. Hay pies de secano, que van a la playa casi temerosos y arropados por unos calcetines. Hay pies ortopédicos esos del que llegando a la arena se da cuenta que los ha olvidado dentro del coche. Hay pies ruidosos que incluso descalzos suenan y horadan la arena como si tuvieran tacones. Hay pies negros de tribu india u otro más castizos que sólo aprovechan para lavarlos cuando vienen a la playa. Hay pies que algun@s convierten en llamativos para que no les miren más arriba. Hay pies que se entierran en la arena para alegría de los niños o para que los mayores imaginen que tal se verían sin ellos.
De estas meditaciones pedestres me sacó el movimiento, precisamente, vivo, juguetón y gratuito de tus pies, estaba tan imbuido en ellas que no me di cuenta que el sol se había escondido. Pero algo extraño ocurría, a pesar de su ocultamiento, su resplandor seguía vivo sobre la playa. Entonces me di cuenta de la razón, ¡tu pícara sonrisa y tus ojos brillantes eran en realidad los que estaban iluminando la playa desde que llegaste!
SU NOMBRE ESCRITO
Juan Fernández Olaite nació blanco, lo que tampoco era muy extraño ya que tenía muchas posibilidades de serlo, al ser sus padres del mismo color. Mantuvo ese color mientras fue creciendo, quitando algunos comienzos de verano en que se ponía rojo y se achicharraba o una vez en un cumpleaños que se puso morado y de la indigestión creyó morirse. Pero aquel recién nacido menudo se convirtió, con el tiempo, en un hombre con toda la barba que fue consciente de que había cambiado de color, ahora el tono que había cogido era el gris.
Sí, porque así se sentía Juan, no una eminencia gris, sino un hombre gris que caminaba por la vida sin que los demás fueran consciente de su invisible presencia. Incluso, a veces, echaba de menos que lo pusieran verde a insultos por cambiar esa monotonía tonal. Odiaba decir su nombre Juan Fernández, cada vez que se lo preguntaban, uno más entre miles, por eso mimaba el apellido materno como signo de distinción y como si procediera de un linaje de color azul fuerte. Hasta tal punto llegó esto, que a partir de un determinado momento empezó a firmar como J.F. Olaíte. Esa americanización de su nombre le hizo parecer que su tono grisáceo había bajado algún matiz y cuando lo pronunciaba le ponía una esforzada tilde a la i para que resonara más.
Pero no, no era feliz. Tenía su trabajo y sus amigos, pero nunca tuvo novia porque, como esos partidos de fútbol en que se va eligiendo un jugador para cada equipo, cuando le llegó su turno no había ninguna que lo eligiera y es que nadie parecía verle. El soñaba con ser algo grande, vamos convertirse en una especie de arco iris que destellara a los de su alrededor y esto le obsesionaba. Esa obsesión creció con los años y llegó a pensar que aquel reflejo turbio y desvaído, consecuencia de la presbicia, que le devolvía el espejo, era consecuencia de que su cuerpo se difuminaba. Y como el que se agarra a una última esperanza le dio por pensar que una forma de perpetuarse en el tiempo era el ver su nombre escrito. Él, al leer, se aseguraba así de su existencia, los otros podrían leerlo y se percatarían de que él vivía. Quería que su nombre saliera en algún sitio: en una noticia del periódico que todos leyeran, en una placa en la puerta de su casa, en una lápida meritoria… pero nunca nadie lo escribió. Entró en Google, puso el nombre de algunos de sus amigos y de todos salía alguna referencia: uno que tenía una página de canarios cantores, otro que anunciaba cursos a distancia de confección de pajaritas de papel, otro en el listado de aprobados de una empresa e incluso otro, al que como los demás envidió, por la publicación del embargo de una deuda. Su nombre no apareció por ningún lado. Llegó a pensar que la combinación de letras de su nombre era inexistente y que aquel gris nebuloso que le cubría cada vez parecía teñirse más de negro.
Aquella monocorde existencia, un día, instantáneamente cambió de color y su rostro sacudido por causas internas pasó a convertirse en blanco. No supo cómo, si fruto de sus enfermizos deseos o del puro azar, leyó un periódico donde con letras claras destacaba su nombre: JUAN FERNÁNDEZ OLAITE, ¡al fin lo había conseguido! Allí estaba su nombre, destacando, para que todos lo leyeran. Pasada la sorpresa inicial, lo que no le gustó era que lo hubieran escrito así y no como J.F. OLAÍTE. Pero no se le ocurría el modo de “volver” para protestar a quien había encargado escribir, de aquella forma, su esquela.
Sí, porque así se sentía Juan, no una eminencia gris, sino un hombre gris que caminaba por la vida sin que los demás fueran consciente de su invisible presencia. Incluso, a veces, echaba de menos que lo pusieran verde a insultos por cambiar esa monotonía tonal. Odiaba decir su nombre Juan Fernández, cada vez que se lo preguntaban, uno más entre miles, por eso mimaba el apellido materno como signo de distinción y como si procediera de un linaje de color azul fuerte. Hasta tal punto llegó esto, que a partir de un determinado momento empezó a firmar como J.F. Olaíte. Esa americanización de su nombre le hizo parecer que su tono grisáceo había bajado algún matiz y cuando lo pronunciaba le ponía una esforzada tilde a la i para que resonara más.
Pero no, no era feliz. Tenía su trabajo y sus amigos, pero nunca tuvo novia porque, como esos partidos de fútbol en que se va eligiendo un jugador para cada equipo, cuando le llegó su turno no había ninguna que lo eligiera y es que nadie parecía verle. El soñaba con ser algo grande, vamos convertirse en una especie de arco iris que destellara a los de su alrededor y esto le obsesionaba. Esa obsesión creció con los años y llegó a pensar que aquel reflejo turbio y desvaído, consecuencia de la presbicia, que le devolvía el espejo, era consecuencia de que su cuerpo se difuminaba. Y como el que se agarra a una última esperanza le dio por pensar que una forma de perpetuarse en el tiempo era el ver su nombre escrito. Él, al leer, se aseguraba así de su existencia, los otros podrían leerlo y se percatarían de que él vivía. Quería que su nombre saliera en algún sitio: en una noticia del periódico que todos leyeran, en una placa en la puerta de su casa, en una lápida meritoria… pero nunca nadie lo escribió. Entró en Google, puso el nombre de algunos de sus amigos y de todos salía alguna referencia: uno que tenía una página de canarios cantores, otro que anunciaba cursos a distancia de confección de pajaritas de papel, otro en el listado de aprobados de una empresa e incluso otro, al que como los demás envidió, por la publicación del embargo de una deuda. Su nombre no apareció por ningún lado. Llegó a pensar que la combinación de letras de su nombre era inexistente y que aquel gris nebuloso que le cubría cada vez parecía teñirse más de negro.
Aquella monocorde existencia, un día, instantáneamente cambió de color y su rostro sacudido por causas internas pasó a convertirse en blanco. No supo cómo, si fruto de sus enfermizos deseos o del puro azar, leyó un periódico donde con letras claras destacaba su nombre: JUAN FERNÁNDEZ OLAITE, ¡al fin lo había conseguido! Allí estaba su nombre, destacando, para que todos lo leyeran. Pasada la sorpresa inicial, lo que no le gustó era que lo hubieran escrito así y no como J.F. OLAÍTE. Pero no se le ocurría el modo de “volver” para protestar a quien había encargado escribir, de aquella forma, su esquela.
EL ESCRITOR DE BLOGS
Siguiendo con el tema de los blogs, me voy a permitir un atrevido “experimento literario”, a partir de un libro de Andrés Trapiello, experto diarista, que se llama EL ESCRITOR DE DIARIOS, me he dedicado a entresacar algunas ideas y aplicarlas, para teorizar sobre ello, al escritor de blogs:
En algún momento de la historia de la escritura al escritor le resultan insuficientes los géneros literarios conocidos y recurre a los blogs. El blog es un instrumento útil de análisis y auto análisis, algo así como una manera de ir haciéndose un yo. Una de las características comunes a la mayor parte de los blogs es la pesadumbre de no poder ser otro, el dolor que le produce al bloguero no hallarse en otro lugar, no ser otra persona. ¿Por qué, para qué y para quien escribe el escritor de blogs?
¿Por qué?
-Escribimos un blog porque no somos personas enteramente felices. El escritor no puede creer que en su blog hallará la respuesta a todas sus preguntas, ni la curación de sus heridas. Éstas están muy lejos de él, en tierra firme.
-Escribimos también porque estamos demasiado solos y recurriendo al blog llegamos a creer la ficción del desdoblamiento, a creer que “él” es otro distinto de nosotros.
-Se escribe también como un desahogo. El blogero es una mezcla de seductor y transeúnte. Por un lado quiere contar de sí mismo al lector las cosas que la realidad le ha contado de otra manera, o se las ha omitido. Por otro es un ser desplazado que sólo llega puntual a la cita con su blog. A todo lo demás ha llegado tarde o demasiado pronto. El blog es un esfuerzo por sintonizar realidad interior e intimidad. El blog, en la dosis conveniente, opera benefactoramente sobre el escritor, le proporciona un confidente fiel y en él la vida se reconstruye lentamente.
¿Para qué se escribe?
-A menudo el bloguero lleva el blog para objetivar el ámbito de su intimidad, para fabricarse un lugar físico donde poder quedarse, algo que le haga a él real como persona. Preferirá realidad a verdad en caso de que éstas sean excluyentes.
¿Para quién escribe?
-En principio para nosotros mismos, pero nadie que lleva un blog renuncia a ser leído por los otros. Los blogs son una desesperada declaración de amor a la búsqueda de alguien a compartir nuestros secretos, porque siempre se escribe para alguien. Cuando uno escribe, incluso, para sí mismo, escribe para él mismo que al cabo de unos años, cuando lo relea, será muy diferente al que lo escribió.
En algún momento de la historia de la escritura al escritor le resultan insuficientes los géneros literarios conocidos y recurre a los blogs. El blog es un instrumento útil de análisis y auto análisis, algo así como una manera de ir haciéndose un yo. Una de las características comunes a la mayor parte de los blogs es la pesadumbre de no poder ser otro, el dolor que le produce al bloguero no hallarse en otro lugar, no ser otra persona. ¿Por qué, para qué y para quien escribe el escritor de blogs?
¿Por qué?
-Escribimos un blog porque no somos personas enteramente felices. El escritor no puede creer que en su blog hallará la respuesta a todas sus preguntas, ni la curación de sus heridas. Éstas están muy lejos de él, en tierra firme.
-Escribimos también porque estamos demasiado solos y recurriendo al blog llegamos a creer la ficción del desdoblamiento, a creer que “él” es otro distinto de nosotros.
-Se escribe también como un desahogo. El blogero es una mezcla de seductor y transeúnte. Por un lado quiere contar de sí mismo al lector las cosas que la realidad le ha contado de otra manera, o se las ha omitido. Por otro es un ser desplazado que sólo llega puntual a la cita con su blog. A todo lo demás ha llegado tarde o demasiado pronto. El blog es un esfuerzo por sintonizar realidad interior e intimidad. El blog, en la dosis conveniente, opera benefactoramente sobre el escritor, le proporciona un confidente fiel y en él la vida se reconstruye lentamente.
¿Para qué se escribe?
-A menudo el bloguero lleva el blog para objetivar el ámbito de su intimidad, para fabricarse un lugar físico donde poder quedarse, algo que le haga a él real como persona. Preferirá realidad a verdad en caso de que éstas sean excluyentes.
¿Para quién escribe?
-En principio para nosotros mismos, pero nadie que lleva un blog renuncia a ser leído por los otros. Los blogs son una desesperada declaración de amor a la búsqueda de alguien a compartir nuestros secretos, porque siempre se escribe para alguien. Cuando uno escribe, incluso, para sí mismo, escribe para él mismo que al cabo de unos años, cuando lo relea, será muy diferente al que lo escribió.
BLOGSLECTURAS
Dos de mis grandes adicciones son el gazpacho y, desde que los descubrí, la lectura de los blogs. Si el primero refresca la garganta los segundos me sirven para refrescar la mente. Hoy voy a seguir hablando de blogs, pero no del mío sino de “los otros”.
Desde que recuerdo, siempre he tenido una especial atracción por la palabra escrita. Primero con la lectura de tebeos, la palabra comics fue posterior, más tarde la lectura de libros, periódicos y revistas, cartas (estas menos porque raramente me llegan), emails e incluso las lápidas que cuelgan por las paredes. La palabra escrita supera, incluso en muchas ocasiones, a lo que se puede decir oralmente, ya que el plasmarla obliga a concretar las ideas y darles un cierto orden si es que se pretende algún tipo de comunicación. Tras la escritura, en los libros y, a escala más reducida, en los blogs, se va descubriendo al “escritor”, su personalidad se va expresando, desarrollando y comunicándonos a través de sus palabras. No hace falta que nos hable de él simplemente que escriba sobre lo que se le ocurra o elija algo de otro autor, ya el hecho de elegir un texto y no otro es muy revelador.
Blogs hay de todas las clases y variedades. Algunos más íntimos y otros más superficiales, unos con faltas de ortografía y otros con una estructura esmerada, algunos llenos de letras y otros aderezados con gráficos, los hay eróticos y otros que son puro lamento, algunos que no entiendo a qué se refieren y otros que cuando los leo me hubiera gustado escribir, hay blogs llenos de visitas y otros como un islote solitario se mantienen en el océano de Internet… De todos voy conociendo, por algunos nunca más vuelvo, pero hay otros que al leerlos algo me va envolviendo y me siento atraído hacia él, por lo que procuro volver de vez en cuando, y otros, en que esa envoltura es más atractiva, en los que entro cotidianamente.
Esos últimos son aquellos en cuyas palabras encuentro un rincón acogedor que me obliga a volver y donde me siento como en casa. Cuando termino el post y llega el autor al punto final es cuando mi excitación lectora queda esperando más, feliz de lo que he leído y deseoso de que el bloguero siga escribiendo que quiero seguir “sabiendo” más de él. Es algo parecido a cuando un libro nos ha apasionado q ue al terminarlo nos quedamos como faltos de algo nuestro y procuramos conseguir otros libros del autor, para que sigan expresándose a través de sus palabras. Por eso uno de los momentos más tristes de la aventura internáutica es cuando entramos en uno de esos blogs habituales y vemos que ha desaparecido, preguntándonos, entonces, qué habra ocurrido para que esas palabras que nos acompañaban se hayan desintegrado, con ellas desaparece el autor y, como siempre que desaparece alguien a quien tenemos afecto, algo de nosotros.
Desde que recuerdo, siempre he tenido una especial atracción por la palabra escrita. Primero con la lectura de tebeos, la palabra comics fue posterior, más tarde la lectura de libros, periódicos y revistas, cartas (estas menos porque raramente me llegan), emails e incluso las lápidas que cuelgan por las paredes. La palabra escrita supera, incluso en muchas ocasiones, a lo que se puede decir oralmente, ya que el plasmarla obliga a concretar las ideas y darles un cierto orden si es que se pretende algún tipo de comunicación. Tras la escritura, en los libros y, a escala más reducida, en los blogs, se va descubriendo al “escritor”, su personalidad se va expresando, desarrollando y comunicándonos a través de sus palabras. No hace falta que nos hable de él simplemente que escriba sobre lo que se le ocurra o elija algo de otro autor, ya el hecho de elegir un texto y no otro es muy revelador.
Blogs hay de todas las clases y variedades. Algunos más íntimos y otros más superficiales, unos con faltas de ortografía y otros con una estructura esmerada, algunos llenos de letras y otros aderezados con gráficos, los hay eróticos y otros que son puro lamento, algunos que no entiendo a qué se refieren y otros que cuando los leo me hubiera gustado escribir, hay blogs llenos de visitas y otros como un islote solitario se mantienen en el océano de Internet… De todos voy conociendo, por algunos nunca más vuelvo, pero hay otros que al leerlos algo me va envolviendo y me siento atraído hacia él, por lo que procuro volver de vez en cuando, y otros, en que esa envoltura es más atractiva, en los que entro cotidianamente.
Esos últimos son aquellos en cuyas palabras encuentro un rincón acogedor que me obliga a volver y donde me siento como en casa. Cuando termino el post y llega el autor al punto final es cuando mi excitación lectora queda esperando más, feliz de lo que he leído y deseoso de que el bloguero siga escribiendo que quiero seguir “sabiendo” más de él. Es algo parecido a cuando un libro nos ha apasionado q ue al terminarlo nos quedamos como faltos de algo nuestro y procuramos conseguir otros libros del autor, para que sigan expresándose a través de sus palabras. Por eso uno de los momentos más tristes de la aventura internáutica es cuando entramos en uno de esos blogs habituales y vemos que ha desaparecido, preguntándonos, entonces, qué habra ocurrido para que esas palabras que nos acompañaban se hayan desintegrado, con ellas desaparece el autor y, como siempre que desaparece alguien a quien tenemos afecto, algo de nosotros.
MIRANDO EL OMBLIGO DEL BLOG

Hoy voy a mirarme el ombligo del blog. Alguna vez me pregunto de si este ejercicio cotidiano de escritura lo lee poca o mucha gente. La finalidad de este blog es dar salida a mis ganas de escribir, pero no oculto que me gusta saber quien me lee. Cuando miro las estadísticas, observo cosas extrañas como que alguien de Estados Unidos o Paraguay se ha dado una vuelta por aquí, por lo demás difícilmente se puede saber quien ha entrado a no ser que deje un comentario.
Quiero agradecer las visitas, azarosas o finalistas, de los que me leéis, especialmente de aquellos que sé que habitualmente lo hacen:
-A quien me lee tras salir del Banco, tras inundarse del olor de azahar de las calles.
-A quien me leía desde un trabajo en el que yo no está.
-A quien me lee desde lo alto de un ático con olor todavía a nuevo.
-A quien lo hace a pocos kilómetros de un gran puente de hierro y en otro idioma.
-A quien lo hace con una niña sentada en cada pierna.
-A quien aprovecha entre la lectura de libro y libro para leerme mientras ronronea.
-A quien entra en un ciber para poder pasearse por aquí.
-A quien mientras se peina los rizos hojea los posts.
-A quien me lee y escribe con los nervios de una grata espera.
-A quien me lee hasta con las botas de montar.
-A quien me lee pensando que callo tanto como digo.
-A quien me lee tras haberse citado muchas veces bajo el reloj de la plaza.
-A quien lo hace no lejos de unos estudios de televisión.
-A quien me lee poco antes de cambiar de ciudad y trabajo.
-A quien alguna vez no le ha gustado lo que he escrito y así me lo ha dicho.
-A quien lo hace tras haber visto muchas patatas.
-A quien me lee tras volver de esa ciudad tan fea de grandes cuestas.
-A quien lee sin parar de trabajar en casa, en la calle y sin dejar de pensar en su hijo y en el amor.
-A quien no me lee porque dice que no tiene tiempo.
-A los que entran por pura casualidad.
EL RAYO VERDE

Si hay un momento lleno de magia en el día, ese es el atardecer cuando la fuerza del sol declina y nos permite acompañarlo con la mirada hasta su ocultamiento. El cielo, entretanto, acompaña ese viaje con toda una alegre sinfonía de colores.
Durante la puesta de sol hay un color diferente y que se puede apreciar en sólo un instante es el rayo verde, a quien Julio Verne le dedicó el título de uno de sus libros y el director de cine Eric Rohmer una de sus películas, concretamente la quinta entrega de la serie comedias y proverbios.
Este curioso fenómeno es difícil observarlo, para ello hay que buscar un horizonte de gran visibilidad, como el mar o una llanura. Si el sol enrojece muy pronto antes de desaparecer, no lo habrá debido a la gran dispersión de luz. Si por el contrario permanece mucho tiempo clara y amarilla, puede ser un buen momento para observar ese color verde en el borde del sol, debido a la menor dispersión de luz. En los atardeceres de otoño e invierno el sol no aparece muy enrojecido al atardecer por lo que estas fechas son ideales para contemplarlo.
Esa franja superior del sol coloreada de verde en el último momento está envuelta de una romántica leyendo que dice que dos personas que la vean juntas quedan enamoradas automáticamente.
VISION DE RAYOS X
Aquel cura cuarentón había dejado los mejores años de su vida en el servicio de la parroquia del pueblo y de sus feligreses. Era bien considerado y parroquianos y autoridades siempre contaron con su ponderada opinión para los más variados temas. Un cúmulo de circunstancias internas, que no se saben de donde brotan, y que fueron creciendo con los años minaron de dudas su vocación. El desgarro interior, provocado por la incertidumbre de si se habría equivocado en orientar su vida, amargó su carácter y su vida. Honrado consigo mismo dedicó largas horas de oración y de charla con su obispo hasta que tomó la decisión de secularizarse. En ese momento, y a pesar de su futuro inseguro, se sintió bien al estar convencido de que había tomado la decisión adecuada.
Siguiendo los consejos que le dieron, cogió su maleta con sus escasas pertenencias y se fue a su lejana tierra natal. Pronto, cuando se tuvo que enfrentar a la selva cotidiana, se dio cuenta de lo mucho que su tipo de vida le había protegido y para resistir no tuvo más remedio que curtirse. Sobrevivió como pudo, no le importó trabajar de lo que fuera, y aquellas manos finas y suaves en pocos meses se tornaron en callosas. Pero, aunque abandonada su vocación, sus principios no cambiaron y el cariño, por aquel pueblo al que tanto debía, seguía vivo. Al cabo de un año decidió volver por allí, tenía ganas de volver a ver a sus amigos y de saborear de nuevo aquellos lugares.
Nada más llegar se encontró con el alcalde, que sorprendido por la visita le saludó fríamente. Preguntado si sabía de algún trabajo por allí, le dijo que probara a apuntarse en las listas del INEM que ya lo llamarían. Por la calle encontró a alguno de aquellos parroquianos con los que había colaborado horas en su antigua etapa, hablaron pero captó en ellos esa actitud del que está incómodo y tiene prisa. Hasta sus mejores “amigos” estaban muy ocupados y le decían que les llamara “un día” por teléfono a ver si se veían. Poco a poco se dio cuenta de la cruda realidad, de que aquellas amistades no pasaban de ser meras “amistades profesionales” y que en ellas no podría encontrar ni comprensión ni afecto. Se sintió hundido por su ingenuidad y entró en su antigua parroquia, donde, en la penumbra, frente al Cristo crucificado del altar, al que sí le unía una verdadera amistad de las de toda la vida, lloró con esa amargura tan especial de los que lloran sin lágrimas. No escuchó que alguien se le acercaba por detrás, era Lucía, una anciana viuda que, al verlo allí sentado, se le había acercado. Él la reconoció, era una parroquiana habitual de esas que no se escuchaban pero que siempre estaban, había luchado mucho en la vida para sacar adelante, ella sola, a sus tres hijas. Y entonces vio en los ojos de la anciana la alegría que le había producido aquel reencuentro. Ella no dijo nada, sólo le dio un par de besos y lo abrazó, con un abrazo extraordinariamente fuerte para una persona tan frágil, y se marchó despacio hacia la salida.
Entonces le sonrió al Cristo, pensando que al menos había una superheroína en el pueblo dotada de visión de Rayos X. Una mujer que había sido capaz de descubrir, a través de su sotana, al ser humano que encerraba dentro.
Siguiendo los consejos que le dieron, cogió su maleta con sus escasas pertenencias y se fue a su lejana tierra natal. Pronto, cuando se tuvo que enfrentar a la selva cotidiana, se dio cuenta de lo mucho que su tipo de vida le había protegido y para resistir no tuvo más remedio que curtirse. Sobrevivió como pudo, no le importó trabajar de lo que fuera, y aquellas manos finas y suaves en pocos meses se tornaron en callosas. Pero, aunque abandonada su vocación, sus principios no cambiaron y el cariño, por aquel pueblo al que tanto debía, seguía vivo. Al cabo de un año decidió volver por allí, tenía ganas de volver a ver a sus amigos y de saborear de nuevo aquellos lugares.
Nada más llegar se encontró con el alcalde, que sorprendido por la visita le saludó fríamente. Preguntado si sabía de algún trabajo por allí, le dijo que probara a apuntarse en las listas del INEM que ya lo llamarían. Por la calle encontró a alguno de aquellos parroquianos con los que había colaborado horas en su antigua etapa, hablaron pero captó en ellos esa actitud del que está incómodo y tiene prisa. Hasta sus mejores “amigos” estaban muy ocupados y le decían que les llamara “un día” por teléfono a ver si se veían. Poco a poco se dio cuenta de la cruda realidad, de que aquellas amistades no pasaban de ser meras “amistades profesionales” y que en ellas no podría encontrar ni comprensión ni afecto. Se sintió hundido por su ingenuidad y entró en su antigua parroquia, donde, en la penumbra, frente al Cristo crucificado del altar, al que sí le unía una verdadera amistad de las de toda la vida, lloró con esa amargura tan especial de los que lloran sin lágrimas. No escuchó que alguien se le acercaba por detrás, era Lucía, una anciana viuda que, al verlo allí sentado, se le había acercado. Él la reconoció, era una parroquiana habitual de esas que no se escuchaban pero que siempre estaban, había luchado mucho en la vida para sacar adelante, ella sola, a sus tres hijas. Y entonces vio en los ojos de la anciana la alegría que le había producido aquel reencuentro. Ella no dijo nada, sólo le dio un par de besos y lo abrazó, con un abrazo extraordinariamente fuerte para una persona tan frágil, y se marchó despacio hacia la salida.
Entonces le sonrió al Cristo, pensando que al menos había una superheroína en el pueblo dotada de visión de Rayos X. Una mujer que había sido capaz de descubrir, a través de su sotana, al ser humano que encerraba dentro.
UN DESENCUENTRO LINGUO-LITERARIO
El era gijonés, pero vivía en Madrid, donde trabajaba desde hacía seis meses. Ella era sevillana y trabajaba en Madrid donde vivía desde hacía dos años.
Un choque inesperado y sorpresivo de los traseros de El y Ella, en los pasillos de la sección de librería del Corte Inglés de Goya, hizo que los libros que llevaban en sus manos, tanto El como Ella, cayeran al suelo. El y Ella se agacharon a la vez, mientras dudaban cual de los dos ejemplares de “Fortunata y Jacinta” que estaban en el suelo, era el de cada uno. Se observaron hasta cruzar sus miradas, regocijándose al detectar un gusto literario tan idéntico. El le habló de que le encantaba Galdós y quería leer el libro por cuarta vez. Ella le dijo que era su libro preferido y que siempre encontraba algo nuevo entre sus páginas, era la novena vez que lo iba a leer.
El y Ella sin parar de hablar salieron de la tienda en animada conversación. Y sin apenas darse cuenta sus pasos le condujeron desde el alegre bullicio de la calle Goya hasta la serena placidez de un sombreado rincón junto al estanque del Retiro. A Ella se le notaba feliz. El se esforzaba en disimular el entusiasmo que le embargaba. Ella le habló con deleite del Madrid galdosiano, con la ayuda de un libro, que tenía, había seguido la ruta de sus novelas a través del arco de Cuchilleros y alrededores, y le preguntó si lo conocía. El confesó que no, pero que le gustaría conocerlo con Ella como guía, a cuya propuesta aceptó Ella encantada. Se citaron al día siguiente, domingo, a las diez de la mañana para iniciar el recorrido literario y…¿quién sabe? cualquier otro recorrido común (pensaron, al unísono, pero cada uno por su lado). El punto de encuentro lo eligió Ella, aduciendo que era un lugar nítidamente galdosiano. A El le pareció bien.
Ella, nerviosa, no pegó ojo en toda la noche. El, intranquilo, puso tres despertadores a las siete de la mañana por miedo a quedarse dormido. Con un vestido vaporoso y la mejor de sus sonrisas, tras hacer tiempo por los alrededores, a las diez menos cinco, se encontraba Ella bajo el reloj de la Puerta del Sol. El llegó en un taxi a las nueve y veinte de la mañana, pero no encontró ningún reloj bajo el que colocarse y eso que por ver, vio hasta ardillas subidas a los árboles que allí se encontraban.
Ella a las once se fue triste, sintiéndose enormemente desgraciada con su vestido vaporoso, ahora además sudoroso, debido al sofocón. El a las doce se marchó cabizbajo, andando muy despacio hacia su casa. Y durante todo el camino, no dejaba de preguntarse por la ausencia de Ella, y qué tendría de literarias aquellas verjas de “la puerta der Zó”, escogida por Ella para la cita. Mientras se alejaba le pareció escuchar la risa tragicómica de una hiena que salía del interior del recinto.
Un choque inesperado y sorpresivo de los traseros de El y Ella, en los pasillos de la sección de librería del Corte Inglés de Goya, hizo que los libros que llevaban en sus manos, tanto El como Ella, cayeran al suelo. El y Ella se agacharon a la vez, mientras dudaban cual de los dos ejemplares de “Fortunata y Jacinta” que estaban en el suelo, era el de cada uno. Se observaron hasta cruzar sus miradas, regocijándose al detectar un gusto literario tan idéntico. El le habló de que le encantaba Galdós y quería leer el libro por cuarta vez. Ella le dijo que era su libro preferido y que siempre encontraba algo nuevo entre sus páginas, era la novena vez que lo iba a leer.
El y Ella sin parar de hablar salieron de la tienda en animada conversación. Y sin apenas darse cuenta sus pasos le condujeron desde el alegre bullicio de la calle Goya hasta la serena placidez de un sombreado rincón junto al estanque del Retiro. A Ella se le notaba feliz. El se esforzaba en disimular el entusiasmo que le embargaba. Ella le habló con deleite del Madrid galdosiano, con la ayuda de un libro, que tenía, había seguido la ruta de sus novelas a través del arco de Cuchilleros y alrededores, y le preguntó si lo conocía. El confesó que no, pero que le gustaría conocerlo con Ella como guía, a cuya propuesta aceptó Ella encantada. Se citaron al día siguiente, domingo, a las diez de la mañana para iniciar el recorrido literario y…¿quién sabe? cualquier otro recorrido común (pensaron, al unísono, pero cada uno por su lado). El punto de encuentro lo eligió Ella, aduciendo que era un lugar nítidamente galdosiano. A El le pareció bien.
Ella, nerviosa, no pegó ojo en toda la noche. El, intranquilo, puso tres despertadores a las siete de la mañana por miedo a quedarse dormido. Con un vestido vaporoso y la mejor de sus sonrisas, tras hacer tiempo por los alrededores, a las diez menos cinco, se encontraba Ella bajo el reloj de la Puerta del Sol. El llegó en un taxi a las nueve y veinte de la mañana, pero no encontró ningún reloj bajo el que colocarse y eso que por ver, vio hasta ardillas subidas a los árboles que allí se encontraban.
Ella a las once se fue triste, sintiéndose enormemente desgraciada con su vestido vaporoso, ahora además sudoroso, debido al sofocón. El a las doce se marchó cabizbajo, andando muy despacio hacia su casa. Y durante todo el camino, no dejaba de preguntarse por la ausencia de Ella, y qué tendría de literarias aquellas verjas de “la puerta der Zó”, escogida por Ella para la cita. Mientras se alejaba le pareció escuchar la risa tragicómica de una hiena que salía del interior del recinto.
PUERTA DE INDIAS-ARTAFI Y EL MISTERIO DE LOS PRIMEROS CONQUISTADORES
Si algo de malo, o mejor de bueno, tiene comentar que un libro me ha gustado es, que cuando tienen que hacerte un regalo, buscan otro parecido o del mismo autor. Eso me ha pasado con este libro. En el post del ocho de agosto comenté que había leído "La ruta de las caravanas" de Manuel Pimentel y que me había gustado mucho, consecuencia de aquello fue el regalo de este libro.En "Puerta de Indias", sale de nuevo Artafi la intrépida arqueóloga que se sumerge en peligrosas aventuras. Ella es, de nuevo, la narradora. En este caso las aventuras se desarrollan en tierra de los mayas donde dos grupos de investigadores pugnan por descifrar unos signos que les llevará hasta el descubrimiento de un tesoro maya. Un libro muy agradable de leer y ameno, he tardado sólo dos días en leerlo. De nuevo el autor nos envuelve en una aventura, sin olvidar ese fondo único de la ciudad de Sevilla y haciendo que aprendamos interesantes datos de la cultura maya. El tono, de andar por casa, que emplea la arqueóloga lo hace cercano al lector. A veces, las situaciones son un tanto increíbles, pero se perdonan en el tono general del relato. Se nota que es anterior al de "La ruta de las caravanas" que se nota más elaborado y la mayor veteranía del autor.
ALAS Y NO RAÍCES
Alas y no raíces
para mi quiero.
Alas abiertas siempre
a ras de sueño.
No quiero las raíces
del árbol quieto
que clama hacia lo alto
siempre en silencio.
Que clama por ser libre
en vano esfuerzo.
Yo prefiero ser ala,
cruzar el cielo,
no conocer fronteras...
Estar no quiero
como barco averiado,
siempre en el puerto.
Quiero tender las alas
como dos remos.
No quedarme clavado.
Ir a tu encuentro.
(M. Sánchez)
para mi quiero.
Alas abiertas siempre
a ras de sueño.
No quiero las raíces
del árbol quieto
que clama hacia lo alto
siempre en silencio.
Que clama por ser libre
en vano esfuerzo.
Yo prefiero ser ala,
cruzar el cielo,
no conocer fronteras...
Estar no quiero
como barco averiado,
siempre en el puerto.
Quiero tender las alas
como dos remos.
No quedarme clavado.
Ir a tu encuentro.
(M. Sánchez)
NAVEGANDO SIN INTERNET
Ella siempre recordaría la primera vez que le vio a El en aquel crucero por el Mediterráneo. Ella paseaba por la cubierta cuando vio a El delante suya y su porte no le pasó inadvertido. Cada vez que ella pasaba por allí le lanzaba a El una mirada descarada, le gustaba contemplar su imagen, recortada contra el horizonte. Una noche, en medio de un fuerte temporal, Ella no podía dormir y salió a cubierta. Un fuerte golpe de mar la lanzó al agua. Mientras observaba como el buque se alejaba Ella observó que un bulto negro caía, también, al agua. Nadando con esfuerzo, se acercó y vio que era El. Entonces Ella se sintió más segura y cruzando, como pudo, los pocos metros que le separaban se abrazó fuertemente a El. Ella se relajó. A los pocos minutos, por alguna extraña razón que Ella no entendió, El comenzó a precipitarse hacia el fondo, acompañándolo Ella en aquella inmersión húmeda y oscura.
-También es mala suerte que el bote, que se soltó y cayó al agua con la tormenta, tuviera un agujero en el fondo.- dijo el capitán del buque al segundo oficial mientras sacaban del agua el cadáver de Ella y el bote agujereado.
-Y peor suerte todavía es que a la chica se le enganchara en El su vestido y no pudiera soltarse –repuso el oficial.
-También es mala suerte que el bote, que se soltó y cayó al agua con la tormenta, tuviera un agujero en el fondo.- dijo el capitán del buque al segundo oficial mientras sacaban del agua el cadáver de Ella y el bote agujereado.
-Y peor suerte todavía es que a la chica se le enganchara en El su vestido y no pudiera soltarse –repuso el oficial.