Un tema can-diente

La primera vez que fui al dentista, lo recuerdo muy bien, tenía seis años fui a uno que estaba frente a mi casa quien con una habilidad más que discutible me sacó una muela de las de leche, que aún si hago memoria todavía me duele. No fue extraño que se me quitaran las ganas de volver en unos cuantos años, a pesar de que por lo "valiente" que había sido mi madre me compró un tebeo de Daniel el Travieso de aquellos de la editorial mexicana Novaro, tan habitual en la época.
En los últimos años también he tenido que visitar de vez en cuando al dentista, pero a pesar de lo molesto que siempre es, la forma de trabajar no tiene comparación con lo que tuve que pasar allá por los catorce años. En aquella época la familia numerosa de la que formaba parte no podía permitirse muchas habilidades económicas y había que mirar la peseta. Como el dentista nunca era barato mi madre prefería recorrer los 50 km que nos separaba de un pueblo cercano para llevarnos a uno que era de la familia y nos hacía un "precio familiar".
Recuerdo aquellos viajes madrugadores, había que levantarse a las siete de la mañana, el amanecer nos solía coger por la carretera. Aquel dentista no tenía cita previa. Esperábamos en la calle, ya en cola, a que abriera la puerta a las ocho de la mañana, para pacientemente esperar que la ayudante, más una chacha que una enfermera, nos hiciera pasar a aquel potro de tortura. El galeno era de tamaño reducido, su bata blanca casi lo ocultaba, y de aspecto vampiresco. Miraba los dientes a través de sus gruesas lentes y no se complicaba la vida., si la caries era grande muela para fuera y si era pequeña empaste. No sé que era peor porque al menos para sacar las muelas ponía anestesia, pero los empastes los hacía a pelo y cuando sentía el ruido del torno que se me acercaba, no sé por qué extraña asociación de ideas me venía a la cabeza en aquel momento la Inquisición. A veces pillaba el nervio con aquel cacharro y el dolor era terrible, allí no existía la palabra endodoncia.
No es por ello extraño que tenga tan malos recuerdos de aquella sala de dentista en aquel pueblo... lo paradójico de la vida es que hoy vivo en aquel pueblo y que todos los días desayuno en un bar que está pegado a la casa donde estaba aquella habitación.
Divagaciones quimica-gastronómicas

Cuando estudiaba Químicas en Salamanca, el mes de junio era un mes muy especial. Las clases y las prácticas habían terminado y era un mes que dedicábamos sólo a estudiar y a examinarnos. Esas tertulias del bar de la facultad se suspendían y se sustituían por reuniones vespertinas en casa de algun@ "para estudiar".
En aquellas reuniones aparte de pelear en grupo, la unión hacía la fuerza, con algunos problemas imposibles de resolver nos dedicábamos a placeres gastronómicos. Unas veces era la anfitriona la que sacaba un chorizo de su pueblo que servía de excusa para apagar las calculadoras e irnos a la cocina a dar buena cuenta del mismo. Otras veces era uno de los que llegaba que entre sus apuntes traía una morcilla de Burgos,que aceitábamos levemente por la sartén antes de deglutirla, ¡nunca volví a comer una morcilla como aquella!
Aquella jornada estudiantil la terminábamos, cuando ya hacía horas que el sol se había ocultado, comprando unos suculentos helados y dando un paseo por la Plaza Mayor a la luz de la Luna. Allí charlábamos de nuestras ilusiones y del futuro al que aspirábamos. Nunca pensé, en aquella época, que me dedicaría a escribir blog...
¿Qué por qué me he acordado de todo esto? Porque hoy encontré en el supermercado un chorizo de Guijuelo, pueblo a 16 km de Salamanca famosos por sus embutidos, y mientras me lo merendaba no pude evitar que mi mente volara con esos recuerdos antiguos pero siempre cercanos.
El farmaceútico juerguista
Una noticia sobre un suceso que ocurrió en Cádiz hace un par de semanas:
Una farmacia de guardia, un sábado por la noche, donde en un determinado momento esa gente que necesita algo, suele ser cosa urgente, se encuentra con la farmacia cerrada a cal y canto. Poco a poco se va agrupando más gente y a pesar de las llamadas a la puerta allí no abre nadie. Alguien da aviso a la policía que acude. La policía llama, siguen sin abrir, y dando una vuelta descubre a través de una ventana al farmaceútico tomando copas con una chica sobre sus rodillas. Al fin este se entera y abre, por la forma de hablar y el trabuqueo de las palabras se nota que no está todo lo lúcido que debería. Vista la situación etílica del farmaceútico la policía optó por ordenar el cierre de la farmacia ante el peligro de que alguien en esa situación dispensara medicamentos.
La noticia no decía nada de los que esperaban para comprar en la farmacia. ¿Qué historias habría después? El que fue a comprar un chupete para su hijo llorón y apareciera tras dos horas por casa ¿no se habría desesperado su mujer? Y al que estaba comprando una caja de preservativos ¿les seguirían esperando cuando volvió a casa?
Una farmacia de guardia, un sábado por la noche, donde en un determinado momento esa gente que necesita algo, suele ser cosa urgente, se encuentra con la farmacia cerrada a cal y canto. Poco a poco se va agrupando más gente y a pesar de las llamadas a la puerta allí no abre nadie. Alguien da aviso a la policía que acude. La policía llama, siguen sin abrir, y dando una vuelta descubre a través de una ventana al farmaceútico tomando copas con una chica sobre sus rodillas. Al fin este se entera y abre, por la forma de hablar y el trabuqueo de las palabras se nota que no está todo lo lúcido que debería. Vista la situación etílica del farmaceútico la policía optó por ordenar el cierre de la farmacia ante el peligro de que alguien en esa situación dispensara medicamentos.
La noticia no decía nada de los que esperaban para comprar en la farmacia. ¿Qué historias habría después? El que fue a comprar un chupete para su hijo llorón y apareciera tras dos horas por casa ¿no se habría desesperado su mujer? Y al que estaba comprando una caja de preservativos ¿les seguirían esperando cuando volvió a casa?
La carta
Ayer al abrir el buzón me sorprendió un sobre grande. Cuando vi el remite me dio una gran alegría, era de una vieja amiga de quien, sin haber perdido el contacto, hacía años que no recibía carta. Me vinieron a la memoria aquellos recuerdos de cómo nos conocimos telefónicamente por razones laborales. Aunque vivimos a 250 Km ella me sacó de muchos atolladeros en aquellos momentos en que yo me iniciaba en mi puesto de trabajo. De aquello surgió una mutua confianza y una gran amistad. Coincidió con momentos muy malos para ella en los que pasó por un doloroso divorcio.
Pero la vida continuó y poco a poco aquellos renglones torcidos que había vivido se fueron enderezando.Yo seguí aquella evolución porque nuestro contacto nunca se ha perdido. Y eso ha culminado en esta carta en la que me cuenta que está sumamente feliz y me manda unas fotos en la que aparece con su hija recién nacida y el hombre con quien comparte su vida hace ya unos años.
Después de recordar todo lo que ha sufrido me llena de alegría verla así ahora y es que, no tengo remedio, siempre me gustan las historias con final feliz.
Pero la vida continuó y poco a poco aquellos renglones torcidos que había vivido se fueron enderezando.Yo seguí aquella evolución porque nuestro contacto nunca se ha perdido. Y eso ha culminado en esta carta en la que me cuenta que está sumamente feliz y me manda unas fotos en la que aparece con su hija recién nacida y el hombre con quien comparte su vida hace ya unos años.
Después de recordar todo lo que ha sufrido me llena de alegría verla así ahora y es que, no tengo remedio, siempre me gustan las historias con final feliz.
La batalla de Madrid

He terminado de leer el libro LA BATALLA DE MADRID de Jorge M. Reverte. Un libro extenso, de algo más de seiscientas páginas que supone un acercamiento a cómo transcurrieron en Madrid los siete primeros meses de la guerra civil. Una ciudad que resistió a la entrada de las tropas de Franco mucho más tiempo de lo que éste suponía inicialmente.
Está escrito en plan reportaje, lo que hace amena su lectura. Por sus páginas circulan multitud de nombres unos más conocidos que otros e incluso aparece algún personaje que todavía vive. Un buen trabajo de documentación y gran número de notas, desarrolladas en un apéndice final junto a la bibliografía y un índice alfabético, acompañan a su lectura y se nota que muchos de los datos provienen de testimonios directos de sus protagonistas.
A los que hemos estudiado en nuestra etapa escolar la guerra civil como algo tamizado, por la opinión del régimen imperante en aquel entonces, donde unos “buenísimos” se alzaron en armas contra otros “malísimos”, nos resulta culturalmente provechoso leer un documento de este tipo. Aquí se habla de situaciones y vivencias ocurridas en ambos bandos. Efectivamente en ambos sitios se ven cosas de todos los colores y cómo, si bien hubo gente que luchaba por unos ideales, hubo otros muchos que estaban en un determinado bando por puro azar y sólo luchaban por salvar su pellejo.
Como en cualquier guerra, especialmente cuando es civil, la conclusión final que saco tras su lectura es que, tras el rastro de dolor y desgracias que dejó en nuestro país, al final, independientemente de quien venciera con las armas, a ninguno de los dos bandos se le podría considerar vencedor.
Mis vacaciones soñadas
Aunque mis vacaciones de este año ya han pasado a formar parte de mis recuerdos y me encuentro incorporado a mis obligaciones laborales, me voy a permitir, aprovechando este tiempo veraniego, imaginarme lo que serían para mí unas vacaciones ideales en este momento.
Serían lejos del bullicio de un pueblo veraniego y a kilómetros de bares de copas. No iría a un gran hotel con animaciones nocturnas y grandes y atestadas piscinas. Tampoco iría acompañado de un grupo de turistas que pasan por muchos sitios velozmente y controlados por el reloj. No sería en un crucero donde lo más lejos que pudiera andar sería de proa a popa. Procuraría no ir a un aeropuerto para evitar las colas, ya sea para entregar mi tarjeta de embarque o para mirar hipnotizadamente la cinta rodante con maletas en espera de que llegue la mía.
Sería en un rincón semi perdido a varios kilómetros del pueblo más cercano. Un sitio que no sea de paso para ningún sitio, sino al que haya que ir expresamente. Un lugar donde los móviles carezcan de cobertura y los canales de televisión no lleguen, donde la ausencia de Internet me haga, incluso, descansar de ella. Que al abrir las ventanas se escuche el sonido del mar rompiendo contra las olas y que cerca haya un lugar desde el que pueda contemplarlo. Que alrededor haya campos y caminos por los que pueda andar en esos momentos previos al atardecer y en los que pueda envolverme de su magia y seducción. Que en torno a ello haya árboles que donen graciosamente sus sombras. Que mi despertador sean los trinos de los pájaros al amanecer. Que me pongan la comida por delante y que haya pan caliente para desayunar y gazpacho fresco en el frigorífico. Donde los días sean soleados y las noches frescas. Que permita en la noche mirar al cielo sin nada que lo oculte.
Que la habitación tenga aparte de la cama, con una almohada que no se hunda, un sillón cómodo y una mesa grande y espaciosa. Sobre ésta pondría esa serie de libros que tengo pendiente de leer, un paquete de folios, mis bolígrafos, mis rotuladores y los lápices de colores; el ordenador portátil. También metería en mi maleta mi colección de escritos inacabados y que necesitan corrección.
Me dedicaría a leer, escribir, dibujar, pasear, contemplar, soñar, escuchar el silencio, agrandar mi corazón, reencontrarme conmigo mismo, y de noche…a cazar estrellas fugaces con mis ojos.
Este año no tiene remedio, pero para el próximo llevaré este post a la agencia de viajes a ver si me encuentra algo con estas características, aunque lo veo complicado…
Serían lejos del bullicio de un pueblo veraniego y a kilómetros de bares de copas. No iría a un gran hotel con animaciones nocturnas y grandes y atestadas piscinas. Tampoco iría acompañado de un grupo de turistas que pasan por muchos sitios velozmente y controlados por el reloj. No sería en un crucero donde lo más lejos que pudiera andar sería de proa a popa. Procuraría no ir a un aeropuerto para evitar las colas, ya sea para entregar mi tarjeta de embarque o para mirar hipnotizadamente la cinta rodante con maletas en espera de que llegue la mía.
Sería en un rincón semi perdido a varios kilómetros del pueblo más cercano. Un sitio que no sea de paso para ningún sitio, sino al que haya que ir expresamente. Un lugar donde los móviles carezcan de cobertura y los canales de televisión no lleguen, donde la ausencia de Internet me haga, incluso, descansar de ella. Que al abrir las ventanas se escuche el sonido del mar rompiendo contra las olas y que cerca haya un lugar desde el que pueda contemplarlo. Que alrededor haya campos y caminos por los que pueda andar en esos momentos previos al atardecer y en los que pueda envolverme de su magia y seducción. Que en torno a ello haya árboles que donen graciosamente sus sombras. Que mi despertador sean los trinos de los pájaros al amanecer. Que me pongan la comida por delante y que haya pan caliente para desayunar y gazpacho fresco en el frigorífico. Donde los días sean soleados y las noches frescas. Que permita en la noche mirar al cielo sin nada que lo oculte.
Que la habitación tenga aparte de la cama, con una almohada que no se hunda, un sillón cómodo y una mesa grande y espaciosa. Sobre ésta pondría esa serie de libros que tengo pendiente de leer, un paquete de folios, mis bolígrafos, mis rotuladores y los lápices de colores; el ordenador portátil. También metería en mi maleta mi colección de escritos inacabados y que necesitan corrección.
Me dedicaría a leer, escribir, dibujar, pasear, contemplar, soñar, escuchar el silencio, agrandar mi corazón, reencontrarme conmigo mismo, y de noche…a cazar estrellas fugaces con mis ojos.
Este año no tiene remedio, pero para el próximo llevaré este post a la agencia de viajes a ver si me encuentra algo con estas características, aunque lo veo complicado…
Más allá de lo cotidiano
Siempre he pensado que el hecho de escribir un blog es una forma de ir más allá de lo cotidiano. Hay momentos en que la vida cotidiana se me hace cuesta arriba y me apetece volar más allá. Eso lo consigo con la lectura, el revestirme de la piel del protagonista y vivir aventuras y emociones dificiles de sentir.
Los blogs también ayudan a eso. En ellos derramo las palabras que surgen de mi interior y, en este caso, soy yo el que creo emociones o ideas que afloran y me gusta compartir. Me gusta este mundillo y toda la gente que he conocido de la que por aquí pulula. Gente que va más allá de la rutina y que intenta elaborar frases que como pajaritas de papel vuelen hasta lugares recónditos e inesperados.
Los blogs también ayudan a eso. En ellos derramo las palabras que surgen de mi interior y, en este caso, soy yo el que creo emociones o ideas que afloran y me gusta compartir. Me gusta este mundillo y toda la gente que he conocido de la que por aquí pulula. Gente que va más allá de la rutina y que intenta elaborar frases que como pajaritas de papel vuelen hasta lugares recónditos e inesperados.
De libros por Madrid
He estado unos días haciendo de forastero por Madrid. Siempre que voy a algún lugar me gusta compaginar las visitas turísticas, con la visita a los amigos que viven allí y con un acercamiento a los libros y librerías, mi gran vicio.
He tenido varios encuentros con los libros en esos días. El primero fue al pasar, justamente, por la puerta del Sol en que vi que se formó una cola, me puse en ella y al final me entregaron una bolsa de plástico con cuatro libros, dos de ellos eran más bien malos, pero los otros dos fueron dos novelas, una de Nadine Gordimer y otra de Ryszard Kapuscisnki, que tienen pinta de estar interesante.
Un segundo encuentro fue en una librería céntrica a la que me gusta acudir siempre que voy por Madrid. Allí pasamos un buen rato mirando títulos y pasando hojas; aunque la única que se compró uno fue mi hija mayor a quien un título que prometía fantasía y el hecho de que fuera juvenil le atrajo. Más tarde en el hotel, tras hojearlo, me dijo que lo dejaría para cuando fuera más mayor que había cosas que no entendía. A mí me sorprendió y esta vez fui yo quien lo estuvo hojeando y en una de las primeras hojas vi una escena de carácter marcadamente erótico que podría estar muy bien en cualquier otro libro pero no en uno etiquetado como juvenil. Al llegar a casa se lo hice saber por mail a la librería, no echándole la culpa a ellos sino a la editorial.
El tercer encuentro fue en el edificio del FNAC, menos romántico y familiar que una librería de barrio, pero donde disfruté inmerso entre tanto libro. Allí hubo una escena que no me pasó desapercibido. Un chico con marcado acento catalán le dijo a su madre que le comprara un libro que tenía entre las manos. La respuesta de ésta fue: "Ya sabes que un libro ocupa un espacio en un piso, así que te vas a leerlo a la biblioteca". Me quedé triste con aquella respuesta, pensando que probablemente en el espacio que ocupaba su televisor cabrían unos provechosos veinte libros.
He tenido varios encuentros con los libros en esos días. El primero fue al pasar, justamente, por la puerta del Sol en que vi que se formó una cola, me puse en ella y al final me entregaron una bolsa de plástico con cuatro libros, dos de ellos eran más bien malos, pero los otros dos fueron dos novelas, una de Nadine Gordimer y otra de Ryszard Kapuscisnki, que tienen pinta de estar interesante.
Un segundo encuentro fue en una librería céntrica a la que me gusta acudir siempre que voy por Madrid. Allí pasamos un buen rato mirando títulos y pasando hojas; aunque la única que se compró uno fue mi hija mayor a quien un título que prometía fantasía y el hecho de que fuera juvenil le atrajo. Más tarde en el hotel, tras hojearlo, me dijo que lo dejaría para cuando fuera más mayor que había cosas que no entendía. A mí me sorprendió y esta vez fui yo quien lo estuvo hojeando y en una de las primeras hojas vi una escena de carácter marcadamente erótico que podría estar muy bien en cualquier otro libro pero no en uno etiquetado como juvenil. Al llegar a casa se lo hice saber por mail a la librería, no echándole la culpa a ellos sino a la editorial.
El tercer encuentro fue en el edificio del FNAC, menos romántico y familiar que una librería de barrio, pero donde disfruté inmerso entre tanto libro. Allí hubo una escena que no me pasó desapercibido. Un chico con marcado acento catalán le dijo a su madre que le comprara un libro que tenía entre las manos. La respuesta de ésta fue: "Ya sabes que un libro ocupa un espacio en un piso, así que te vas a leerlo a la biblioteca". Me quedé triste con aquella respuesta, pensando que probablemente en el espacio que ocupaba su televisor cabrían unos provechosos veinte libros.
Escribir entre líneas
Cuando me pongo a escribir siempre me queda el temor de que mis palabras lleguen a reflejar verdaderamente lo que quiero expresar. La palabra, oral o escrita, con toda la expresividad de la que puede estar dotada, tiene sus limitaciones comunicativas.
Hay un dicho que dice: "una imagen vale más que mil palabras". No tenemos que ir lejos para confirmarlo, simplemente tenemos que detenernos ante una obra de arte e intentar hacer una descripción dirigida a alguien que no la ve. Por muchas líneas que dediquemos a esta explicación del cuadro, difícilmente llegaremos a despertar una sensibilidad semejante a la que arranca su comtemplación.
Para actuar como un "artista" de la escritura pienso que hay que proceder de una manera similar a como lo hace un pintor. Primero tener la idea de lo que se quiere transmitir. Luego, esbozar con simples trazos y hacer el boceto. Cuando éste ya tiene formas. sumergirnos en la esencia de la obra hasta terminarla. Y aún después de ello, dar esas pinceladas finales, tal vez apenas imperceptibles pero que la convertirán en eso que queríamos crear.
Las palabras surgen de nuestro interior en ocasiones torpes y a trompicones, en otras como una catarata empujándose atropelladamente unas contra otras. Y sólo de nosotros depende el conseguir ese difícil equilibrio entre palabras y silencios. El exceso de palabras lleva a la palabrería por eso hay que saber compartirlas con los acertados silencios. Silencios que sugieran, que ayuden a tamizar las ideas y que inciten a esforzarse al que lee.
Lo escrito nunca lo dice todo, por eso la habilidad de escribir conjuntada con los silencios deben hacer que el escritor se perfeccione en esa práctica tan compleja, como necesaria, de escribir entre líneas.
Hay un dicho que dice: "una imagen vale más que mil palabras". No tenemos que ir lejos para confirmarlo, simplemente tenemos que detenernos ante una obra de arte e intentar hacer una descripción dirigida a alguien que no la ve. Por muchas líneas que dediquemos a esta explicación del cuadro, difícilmente llegaremos a despertar una sensibilidad semejante a la que arranca su comtemplación.
Para actuar como un "artista" de la escritura pienso que hay que proceder de una manera similar a como lo hace un pintor. Primero tener la idea de lo que se quiere transmitir. Luego, esbozar con simples trazos y hacer el boceto. Cuando éste ya tiene formas. sumergirnos en la esencia de la obra hasta terminarla. Y aún después de ello, dar esas pinceladas finales, tal vez apenas imperceptibles pero que la convertirán en eso que queríamos crear.
Las palabras surgen de nuestro interior en ocasiones torpes y a trompicones, en otras como una catarata empujándose atropelladamente unas contra otras. Y sólo de nosotros depende el conseguir ese difícil equilibrio entre palabras y silencios. El exceso de palabras lleva a la palabrería por eso hay que saber compartirlas con los acertados silencios. Silencios que sugieran, que ayuden a tamizar las ideas y que inciten a esforzarse al que lee.
Lo escrito nunca lo dice todo, por eso la habilidad de escribir conjuntada con los silencios deben hacer que el escritor se perfeccione en esa práctica tan compleja, como necesaria, de escribir entre líneas.
Una variedad de estados de ánimos
Lo conocí hace diez años por razones profesionales y el transcurso de todo este tiempo lo he visto, por épocas, atravesar por distintos estados de ánimo:
-Equilibrado.
-Indiferente.
-Nervioso.
-Triste.
-Amargado.
-Desesperado.
-Irascible.
-Solitario.
-Eufórico.
-Enamorado.
Hoy está feliz y con cincuenta y cuatro años me ha comunicado que va a volverse a casar. ¡Cómo influye, esencialmente, en el ánimo el hecho de cómo nos sintamos con la persona que tenemos al lado...o que tal vez no tengamos!
-Equilibrado.
-Indiferente.
-Nervioso.
-Triste.
-Amargado.
-Desesperado.
-Irascible.
-Solitario.
-Eufórico.
-Enamorado.
Hoy está feliz y con cincuenta y cuatro años me ha comunicado que va a volverse a casar. ¡Cómo influye, esencialmente, en el ánimo el hecho de cómo nos sintamos con la persona que tenemos al lado...o que tal vez no tengamos!
¿Los libros son para el verano?

En estos días son frecuentes los artículos en periódicos y revistas aconsejando determinados tipo de libros para el ocio veraniego, indicando que es el tiempo en que existe más tiempo para leer. Hay artículos que se centran en los más vendidos, es decir en esos libros que compran hasta los que no leen, porque si tanta gente los han comprado por algo será, piensan, lo compran y lo dejan sobre la librería. Otros artículos recomiendan autores de culto, quizás poco conocidos, pero cuyos lectores son fieles hasta la muerte y esperan con ansia que publique cualquier cosa, hasta el más pequeño opúsculo, para devorar sus letras. En fin, hay otros, que como queriendo ahorrar algo del dineral que nos gastamos en veranear aconsejan libros de bolsillo, más económicos y, que dice, que dan menos peso a la bolsa de la playa. Esa bolsa pesaría menos cuando hicieran las sandías de bolsillo.
Cierto es que en el verano es cuando hay más tiempo para leer, pero no creo que sea el más adecuado. El verano invita a salir, a pasear, a mirar al cielo en la noche tras esos días tan largos. El calor, las moscas, el levante...no ayudan a leer. Sin embargo esas tardes de otoño de silencios externos, cuando el cielo se grisea y crepitan las brasas en la chimenea, sí que animan a sentarse en un sillón y a vivir grandes aventuras sumergidos entre sus páginas. Y cuando levantamos la vista del libro...las gotas de lluvia que acarician la superficie de la ventana parecen estimular el vuelo de nuestros sueños.
Iniciando el camino
Hoy inicio un camino nuevo por el mundo de los blogs. Llevaba ya un año y medio escribiendo y, por razones que no vienen al caso, he tenido que cambiar de lugar. Y este mundo engancha. Lo he notado en estos días en que no tenía blog y en que me parecía que algo me faltaba. Espero pronto reubicarme en este mi nuevo hogar en el que espero gozar, vivir y soñar con las palabras.