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ECOS DE SILENCIOS
...PORQUE ES DEMASIADO ABURRIDO SEGUIR Y SEGUIR LA HUELLA...
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hanz polilla (en algún lugar, hace algun tiempo)
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Sindicación
 
¿PARA QUE, COÑO, SE ESCRIBE, AL FIN DE CUENTAS, UN POEMA?
por César Calvo





Se escribe un poema para sentirse el centro del mundo,
Se escribe un poema para hacer más fraternos a los hombres,
O sea para intentarlo,
O sea para que la poesía sirva para alguna cosa.
Se escribe un poema para no sentirnos el centro del mundo.
Se escribe un poema para ahuyentar a una muchacha.
Se escribe un poema para sacarle un par de libras a un amigo.
Se escribe un poema para ayudar a la Revolución.
Se escribe un poema para que los maridos nos odien mucho más.
Se escribe un poema para que el poema nos acompañe,
Para no estar tan inexplicablemente solos.
Se escribe un poema para duplicar el orgasmo
O al menos para ponerle un espejo delante.
Se escribe un poema para no tener tiempo de hacer otras cosas,
Como por ejemplo para no tener tiempo de sufrir.
Se escribe un poema para que nuestra tía más querida
Pueda decir a todos que tiene un sobrino que escribe un poema.
Se escribe un poema para rascarse la barriga en la playa,
Para emborracharse en Surquillo sin que a uno lo asalten los señores chaveteros,
Para darse un descanso entre polvo y polvo,
Para hablar de ello en el Instituto Italiano de Cultura,
Para que a uno le consientan todo,
Para que a uno no le consientan ni un comino.
Se escribe un poema para que los psiquiatras no nos cobren,
Y para que aquella rubia se sienta inmortalmente poseída,
Y para que hermanos como Ángel Avendaño no sientan tanto frío
En las prisiones,
Y para que el General Velasco lea estas líneas
Y sepa que Avendaño sigue preso
Por orden de una culebra disfrazada.
Y se escribe un poema para viajar a los congresos de escritores
Con todos los gastos pagados,
Y para ponerle el cascabel al gato,
Y para poder comer con la mano en los salones si nos viene en gana,
Y para morirse de hambre,
Y también para no morirse de hambre,
Y para quedar como un perfecto cojudo en todas partes,
Y para usar calzoncillos de colores sin que se nos acuse de maricas,
Y para que ciertos cadetes nos dejen a solas con sus novias
Creyendo que lo somos.

También se escribe un poema para no afeitarse nunca,
Para ir al baño sin remordimientos,
Para ir al comedor sin remordimientos,
Para ir al dormitorio sin remordimientos,
Y se escribe un poema para sentirse culpable de todo
Y con esos materiales llegar a escribir un poema.
Y también se escribe un poema para reírse a gritos
Y para vivir también se escribe un poema.
Y para tener un pretexto para no vivir,
Etcétera.
Y a propósito de etcétera:
Se escribe un poema para no escribir cosas peores,
Como cartas de amor, cartas financieras, facturas
por pagar, tratados de filosofía miraflorina,
y se escribe un poema por incapacidad,
cuando se ha fracasado como wing derecho en la
selección del colegio, cual es mi triste caso.
Y se escribe un poema para intensificar la vida,
Como dice Stéfano Varese.
Y se escribe un poema, finalmente, se escribe
Un poema
Para que en algún lugar del mundo, mañana o dentro
De veinte años la pareja que está por suicidarse
Alcance a leerlo, y desista, desista por lo menos
Unos días, y comprenda que la vida es
Siempre hermosa
A pesar de la vida... y a pesar del poema.
 
ECOS DE SILENCIOS
He tratado de subir todo el contenido del tercer numero de la revista Ecos De Sileniocs, aparecida en esta Lima maldita y horrible, hace 2 semanas.


hanz polilla
 
WILLIAM BURROuGHS: el método del Cut-up o el recorte literario
por Chinaski (revista eletrcónica Katarsis)




“Dicen por ahí que Tristan Tzara dijo
alguna vez: ‘La poesía es para todos'.
por esto, Bretón lo tildó de soplón
y lo expulsó del surrealismo.”



William Burroughs fue un heroinómano empedernido, todo el mundo lo sabe. Muchos de los pasajes de El Almuerzo Desnudo (1959), son producto de las visiones y delirios del estado de la droga. Pero más allá de eso, Burroughs introdujo una nueva forma de narración en la literatura que hizo de “El almuerzo...” una obra maestra tan caótica como experimental e innovadora: el concepto del cut-up o recorte literario.

De la misma forma que algunos artistas vienen haciendo uso del collage en sus cuadros desde hace más de 80 años, Burroughs también lo hace con su literatura. Y el método del cut-up resulta ser tan sencillo como eficaz. En sus propias palabras:
Tomen una hoja, divídanla en cuatro secciones iguales y enumérenlas. Luego cortan los fragmentos y alteran su orden: el fragmento 1 con el 4; el 3 con el 2. Pueden hacerlo con cualquier texto. Por ejemplo, un libro de poemas que hayan leído varias veces: Shakespeare, Rimbaud... el que más le guste. Las palabras van perdiendo su significado tras años y años de repetición. Seleccionen y extraigan varios fragmentos de los poemas y transcríbanlos a una nueva página. Finalmente recorten la hoja en tantas secciones como deseen: entonces se encontrarán con un nuevo poema. Tantos poemas como ustedes quieran. Tantos Shakespeares y Rimbauds como deseen. Shakespeare y Rimbaud viven en sus palabras. Los recortes invocan sus voces. Dicen por ahí que Tristan Tzara dijo alguna vez: ‘La poesía es para todos'. Por esto, Bretón lo tildó de soplón y lo expulsó del surrealismo.
Hasta ahí la 'teoría', el proceso descriptivo. Nada muy complejo de entender. Llendo a la práctica, aquí un recorte que acabo de hacer en base a varios poemas de Alejandra Pizarnik:
Debajo de mi vestido ardía el silencio. ¿En dónde estoy? Los jinetes que drenan y barren la medianoche. En mis ojos la forma mirando el agua. Lluvia sola, digo mis silencios dibujado en su cerebro. Desnuda como un cirio feroz sobre corceles negros. No puedo hablar en esto. Castillo frío, borraron el ramo de lilas. Hemos intentado lo que no hicimos, el mortuorio color en la habitación, un trepidar del mero estar donde se van los años en tiempo dormido. La soledad no es estar como un guante sobre el milagro, un proyectarse desesperado en mis aguas de la materia verbal.
La técnica del recorte está al alcance de todos. Encarna por ese entonces, el futuro espíritu del punk: “do it yourself right here right now” (‘hazlo tú mismo aquí y ahora').
Toda escritura se basa en recortes. Un collage de palabras leídas y escuchadas y recontraescuchadas. ¿Qué más? El uso de tijeras pone el proceso al descubierto, sujeto a extensión y variación. Recortar y reordenar una página introduce una nueva dimensión en la escritura, posibilitando al escritor la creación de nuevas imágenes en un proceso casi cinemático. Aquí es donde Rimbaud apuntaba con sus coloridas vocales y su ‘sistemático derroche de sentidos'. Algo similar a las alucinaciones de mezcalina: ver colores, saborear sonidos, oler formas.

El método del recorte facilita el collage a los escritores en un proceso similar al de las cámaras y filmadoras. De hecho, todas las tomas exteriores están sujetas a los hechos impredecibles de los transeúntes y la juxtaposición de recortes. Para los fotógrafos, usualmente sus mejores tomas son accidentales. Para los escritores también. Las mejores obras parecen ser escritas accidentalmente, pero hasta que el método de recorte no se hizo explícito, los escritores no tenían forma de producir el accidente de la espontaneidad. No puedes ser espontáneo, pero sin dudas puedes introducir el factor de la espontaneidad impredecible mediante un par de tijeras.




Tomado de la revista Ecos De Silencios, 3.
 
*************
por Fernando Laguna (Perú, 1975)



He conseguido algo que
que el dinero no puede comprar,
un poema,
una especie de estiércol,
un sentimiento ondulante,
cosas mágicas
en el momento de la desesperanza
en el paso final al abismo.

Busco mi voz entonces
en las mañanas sin sol
en ese instante de soledad absoluta...
casi veo tu rostro, desconocido
tu figura etérea,
cosas que engendran odio
y ganas de morir,
como ayer...
en cada sorbo,
en cada vaso,
en cada caminata nocturna,
de poste en poste
orinando las desventuras...
...esto es sólo una crónica
basada en ti
y en aquel demencial momento
...en aquella ilusión
la chica ojos de vidrio
mirando mi rostro,
mi interior
transparencia inevitable,
vergüenza putrefacta
sobre mis mejillas.../
momentos
pasos jóvenes de alguna vez
termino medio en cada día
actos y actitudes falsas
radicalidad perversa,
materia gris desperdiciada,
actos y actitudes/
...desvarío...
mentiras urgentes
pocas palabras para una ilusión
!!!miren al hombre andrajoso...
caminar cuesta abajo
repitiendo su nombre,
blasfemando a los vientos...
mírenme...
repito lo aprendido,
teorías obsoletas/
sin sentido,
actos y actitudes/
perversidad...
mírenme ahora...
bajando, bajando...



Tomado de la revista Ecos De Silencios
 
LOS VIUDOS DE SANTA CAROLINA
por Nicolas Grabowski (Chile)



“ella se acercó a nuestra mesa con la mejor
de sus maneras seductoras.”


carolina poseía un talento que rayaba en lo irracional. escribía, pintaba, sabía conversar y también escuchar. tenía nociones de fotografía y un cuerpo que dos hijos no habían logrado destruir.
carolina gustaba a los hombres y se entregaba a todos por igual. de a uno, de a dos o de a tres.
carolina también gustaba a las mujeres. era bisexual y ninfómana.
estando dentro de ella uno se sentía en comunión con el mundo entero.
yo la conocí en un bar y años después borrachos nos separamos para siempre. su padre la echó de la casa a los trece años cuando llegó de madrugada en estado lamentable luego de haberse entregado por completo a un equipo de fútbol. sobrevivió algunos años entre amigos y familiares. su madre le enviaba pequeñas cantidades de dinero donde quiera que se encontraba. abandonó la escuela a los quince años considerándola una estupidez demasiado larga. se fue a vivir con un vendedor de drogas junto a su mujer y sus hijos. allí conoció el amor a dos bandas. pudo juntar algún dinero del narcotráfico y cuando cumplió dieciocho se largó de ahí sin dejar ninguna nota, ningún televisor y ningún mueble. terminó la enseñanza media en la nocturna y se graduó con un hijo del profesor de castellano. conoció los deberes de madre y esposa al mismo tiempo que a hemingway, miller y norman mailer. el profesor de castellano también era poeta y buenísima persona. la educó con bondad y cariño. fueron tiempos cálidos y tranquilos. pronto comenzó a escribir superando en poco tiempo a su maestro. su poesía era jovial y salvaje. inteligente y atrevida.
el profesor al ver sus logros se resignó a la pedagogía y a publicarle un libro con sus textos titulado:
“nocturna vida salvaje de una virgen”
el cual tuvo poca repercusión en el ámbito de la academia pero que remeció al pequeño círculo de las lesbianas organizadas.
al tiempo, cansada de la tranquilidad abandonó las letras, al profesor y a su hijo de cinco años cerrando así el primer cuarto de siglo en este mundo. recorrió el país completo trabajando de garzona en distintos bares. pero se radicó en valparaíso cuando conoció a un marinero belga que ancló en el puerto después de navegar treinta años por el mundo. de esa relación nació roger su segundo hijo. un chico pelirrojo de profundos ojos negros. el marinero belga resultó ser un borracho despreciable que la celaba continuamente y que un par de veces la mandó, no sin razón, al hospital van buren. sin embargo, era ella la que mantenía la casa con su trabajo de mesera y ocasionales tratos con discretos desviados sexuales que pagaban bien por sus más locas extravagancias que incluían animales, penetraciones múltiples y fumar un cigarrillo por la vagina. al tiempo el marinero no pudo soportarlo muriendo de alcohol y sexo.
ella no lo lloró y entregó su cuerpo al departamento de anatomía de la facultad de medicina del puerto. recibiendo algún dinero por el trato. tomando a su hijo del brazo. cerró la puerta de la casa. tiró las llaves a la basura y mirando al océano le dijo a su crío:
“este mundo es una mierda y para sobrevivir sin dolor nunca debes mirar hacia atrás”
el chico la miró fijamente con ojos de pena. se trasladaron a santiago. cuando cumplía treinta años dio la p.a.a. y se matriculó sin problemas económicos con 750 puntos en la carrera de pedagogía en artes plásticas. se desilusionó tremendamente cuando conoció a quienes iban a ser sus compañeros por cinco años. era ella como dije al principio tremendamente atractiva y el tiempo solo lo había confirmado dándole unas maneras cadenciosas y sofisticadas que volvió rápidamente locos a sus compañeritos de 18 y 19 años. ella los ignoró a todos salvo dos o tres iniciados, a los que llevó a su casa en las afueras de la ciudad para enseñarles lo que valía una mujer. asistió al funeral de uno de ellos profundamente dolida. el chico no lo había comprendido y se tragó un balazo en su habitación dejando una nota escrita con sangre en la pared. mezcla de su propia autoría, mezcla de s. esenin. escritor que ella le había presentado:
“en este mundo vivir no es nada nuevo, vivir sin ti no vale la pena.”
el mundo ignoró la destinataria de la última misiva. pero había que seguir adelante, sorteó todos los ramos sin problemas. ganó los concursos de acuarela de valdivia y valparaíso asombrando a los jurados por su trazo firme y a la vez que delicado y preciso. pero ella no le dio más importancia que el dinero asignado.
nunca apareció en las premiaciones. la acuarela le parecía cosa de afectados, lo suyo era el grabado y la escultura en fierro. mientras, su hijo cada día crecía más, su pelo se hacía más rojo y sus ojos más tristes y negros. sólo en algo no adelantaba, tenía siete años y jamás había pronunciado una sola palabra. carolina lo había parido en su casa con la ayuda del marinero y mucho vodka. el belga había visto parir ballenas sobre la cubierta de un barco y eso, según él, bastaba. nunca lo inscribió en el registro y jamás pisó una escuela. era mudo.
en tanto carolina pintaba al óleo y criaba dos gatos. celine un gato que apareció un día cualquiera medio muerto de hambre con una herida en la oreja derecha y muy desconfiado y fedor que llegó de la misma manera y cuya mayor ocupación era perseguirse la cola durante todo el día. fedor y celine convivían de buenas maneras pero bastante alejados uno del otro. la conocí en un bar cerca de la plaza ñuñoa. estaba sentada junto a sus compañeros luego de la jornada de clases. vestía falda corta y botas altas.
yo bebía junto a un amigo. mi amigo tenía atractivo y labia. no faltó mucho tiempo para que sus miradas se cruzaran. nuestra relación se iniciaba. ella se acercó a nuestra mesa con la mejor de sus maneras seductoras.
— estos imbéciles –y miró dirigiéndose a sus compañeros— me tienen aburrida.
— siéntate con nosotros –dijo jorge.
me quedé observando la conversación.
— gracias –dijo ella.
— ¿qué haces? –preguntó ella.
— bebiendo –respondió jorge.
— ¿puedo probar?
— claro.
fui por un vaso más, bebimos tres botellas. de pronto ella se fijó en mí.
— ¿y tu amigo no habla?
— si, claro que habla –dijo jorge.
— parece raro.
— pregúntale algo.
— hola –dijo ella.
— hola –respondí.
— y tú, ¿qué haces?
— soy fotógrafo.
— si, mira tú ¿qué te gusta fotografiar?
— la mierda –le dije— me gusta fotografiar la mierda cuando cae de las mujeres cuando hacen el amor.
— ¡que tipo más delicado! por lo menos dice “hacer el amor” –dijo ella mirando a jorge.
— te dije que hablaba.
— sí, ¡y de qué manera!
— ¿y tú que? –dije yo.
— mi nombre es carolina castro. de nombre artístico k.k.
— ¿k.k.? —dije yo.
— si.
continuamos hablando de la caca y sus derivados de forma animada y continuada. jamás había visto yo una mujer con tanto desplante y desarrollo de ideas increíbles. era inteligente y sabía expresarse. noté lo bella que era y que podía serlo por mucho tiempo más. era una mujer con una garantía de por lo menos quince años. despertaba la admiración de los hombres y la envidia de sus colegas. pero era evidente que esa noche tenía dueño. compramos un vodka y partimos en taxi al taller de jorge que también pintaba. yo adelante, ellos atrás. el chofer miraba por el espejo entre calentón e inquieto. no hubiese sido raro que se la tirara sobre el asiento. pero no lo hizo. le faltó tiempo. continuaron en el taller. yo abrí la botella, fui por los vasos, serví y jorge apagó la luz desentendiéndose de mí que estaba sentado al frente de ellos. carolina comenzó a chupársela. pude ver entre penumbras cómo lo hacia.
no soy ningún moralista pero sentí nauseas. pudo ser la bebida.
— ¿y, marcos? –dijo jorge riéndose— ¿cuándo te unes a nosotros?
vomité. tomé la botella y los dejé solos me recosté en un rincón del segundo piso mientras los escuchaba.
ellos tenían una fiesta de la cual yo no participaría. tomé dos vasos más y me dormí soñando pesadillas extrañas. al otro día el ambiente se podía filetear con un cuchillo. era obvio que jorge se había aburrido de ella. pero para mí seguía estando buena. quedaba el vodka casi lleno. jorge con desgano sirvió el café.
nadie hablaba y nuestras miradas no se cruzaban.
carolina tomó la botella y la vertió sobre la taza.
— casi café irlandés –dijo soltando una carcajada que rompió en algo el hielo.
— yo también quiero uno –le dije.
— ¿jorge, tú? –peguntó carola.
— yo paso –dijo con cara de sueño.
jorge nunca podía tomar en la mañana. la verdad es que en las mañanas nunca lo había visto hacer nada que no fuera dormir hasta el medio día. nunca era el mismo que por las noches. era un tipo nocturno. un seductor nocturno. yo, en cambio, era capaz de beber de buen humor casi cualquier cosa en las mañanas. una vez bebí un vaso con orina pero esa es otra historia. me gustó el gesto de carola.
al verla bebiendo vodka con café y con jorge fuera de combate sentí que era mi oportunidad. carolina encendió el primer cigarrillo. ofreció.
¿jorge, un cigarro? —dijo ella con algo de malicia en su voz.
jorge se puso verde y corrió hacia un macetero.
— ¿un cigarrillo? –me ofreció.
— gracias.
— de nada, ¿un poco de vodka?
— bien.
chocamos los vasos. eran las siete de la mañana.
— ¿de verdad eres fotógrafo?
— si, por tres generaciones.
— ¿cómo?
— mi abuelo, mi padre y yo.
— ah, ya.
jorge seguía sin parecer.
— me gusta eso –dijo ella con la mirada fija en la taza de café.
— ¿el sexo, el alcohol o la fotografía?
— le gente piensa que estoy loca –volvió a decir sin escucharme.
— yo pienso que está bien, además tienes bonitas piernas.
— gracias –dijo volviendo en sí.
— no hay que ser mezquino.
— ¿qué quieres decir?
— que yo también podría disfrutar un poco de todo eso.
dejó la taza sobre la mesa sin dejar de mirarme.
— ¿quieres que te la chupe?
yo no esperaba eso y se me puso dura en un segundo.
se arrodilló, me bajó el cierre y la sacó. comenzó a chuparla. lo hacia bien. el problema era que yo de mañana y con resaca era incapaz de acabar.
lo intentó, largo reto. puse la mano sobre su cabeza presionando.
— déjame sola –protestó— yo tengo mi propio ritmo.
la dejé hacer.
siguió otro rato.
luego levantó la cabeza. pude ver una sustancia viscosa entre sus labios.
— métemela un ratito –suplicó.
pensé en jorge y cuatrocientos hombres más y no me importó. le abrí las piernas y se la metí. fue sorprendente. lo tenía estrecho. me fui enseguida.
— creo que me enamoré –dije sinceramente.
— yo siempre me enamoro –respondió.
terminamos la botella en silencio.
— es bonito tu amigo –dijo.
— así dicen.
— pero la tiene chica.
— no lo sabía, según él es un atleta del sexo.
— si, como un conejo, pero yo no sentí nada.
— eres dura.
— no soy normal —dijo en un susurro— ¿quieres saber cómo la tienes?
— no, —respondí— la tengo y ya esta, gracias.
— es corta.
— no lo sabía.
— pero gruesa.
— ¿eso es bueno?
— a mí me bastó.
— ¿es un halago?
— es más que suficiente, pero te falta control.
— he estado mucho tiempo solo.
— lo supe siempre.
— ¿cómo lo supiste?
— se te ve en la cara la tristeza.
— eres terrible.
— he hecho cosas terribles.
— por favor no me las cuentes.
bajó los ojos. luego buscó la cartera, sacó un monedero y lo volcó sobre la mesa. dejo caer algunas monedas y algunos billetes, en silencio empezamos a contar
— ¿tienes hambre? –preguntó.
— un poco.
— vamos, yo invito.
— ¿y jorge?
— ¿quién es jorge?
tomé mi chaqueta. abrí la puerta y salimos.
— ¿te gusta la fotografía?
— si, pero no sé nada todavía.
— yo te puedo enseñar, no me gusta comer gratis.
— quizás otro día.
la tomé de la mano.
caminamos.
la ciudad estaba en completo funcionamiento.
la gente desde los microbuses la miraba.
minifalda, botas altas, algún tropiezo al caminar.
el reloj daba las 10 am.
era de por sí un insulto a la decencia.
pero a mí me gustaba.



Tomado de la Revista Ecos De Silencios, 3.
 
TIC TAC AHOGADO DE RELOJ
por Eric Leunam (México, 1983)




Tic tac ahogado de reloj
zumbido de lámpara en la pared
ronronear de gatos sobre la azotea
(lanzando maldiciones)
el rugido de un motor que pasa
a 150 km/h directo al suicidio
el boom de la última bomba
y luego el silencio...

Me gustan mis manos
y la manera en que
empuñan mejor las plumas
que las armas

y me gusta la manera
en que varias mujeres
han intentado convencerme
de que me aman.

Albatros joven y ebrio
he librado grandes peligros;

la soledad
el dolor de muelas
las cartas de amor
las lágrimas

las noches de insomnio
las mujeres
y el mismo amor.

Pero sé lo que ha de pasar
igual como lo supe
cuando vi morir
a mi primera
y única mascota.

Mi corazón padece vértigo
lloran mis dedos sus nostalgias

y cuando miro a las alturas
mis ojos se envenenan.

Y de pronto me entra
una tristeza metafísica

y me retuerzo

y a veces todas las miradas
parecer dirigirse hacia mí
y no logro hallar un solo
lugar donde esconderme

y sonrío entonces
y defiendo mi soledad
con mis espantos

y mientras tanto
camino bajo el sol
casi existo

pensando en mujeres
la mayor parte del tiempo

y sigo buscando
en todos los cuerpos
y en todos los lugares
a alguien que pueda
salvarme de mí...




Tomado de la revista Ecos De Silencios, 3
 
LA VENTANA SE DESPRENDE
por Eric Leunam (México, 1983)




Sólo yo puedo bailar
desnudo frente a la ventana
aunque la ventana
se desprende

y la música de Beethoven
flota por entre
las telarañas
mientras las paredes lloran

El sol es
el anuncio luminoso
de un motel barato

el olor
a solvente
impregna
el aire

mientras dialogo
con un poeta muerto
acerca de la locura

y me sigo sorprendiendo
por lo bien
que se conserva
la mía


Extraño alguna
que otra biblioteca
por no decir
que sólo una

y aún hay demasiadas
cosas que hacer;

como escribir
el próximo poema
o como beber
la próxima botella
y claro comer
o prenderle fuego a las
cortinas
o ver crecer a mi hijo
(mientras sigo vivo de muchas
y diminutas maneras)
y claro dormir
mientras el mundo arde

o simplemente se derrumba

y mientras la humanidad
se expande
y se destruye

y mientras todos
tratan de dar
y encontrar
explicaciones...



Tomado de la revista Ecos De Silencios, 3.
 
FRANCIA: nacida para sufrir
por Jane Rodriguez Rumrrill (Perú, 1985)



“…en un rincón de su casa, con las luces apagadas y con esa
triste canción que parecía ser la única que la comprendía.”


Era de madrugada, ella había salido a caminar, sobre la vereda iba pensando, con los ojos llorosos, vestida completamente de negro, a pesar de su gran hermosura estaba completamente vacía, como sus bolsillos llenos de soledad. Caminaba sin rumbo, apretando los puños, se sentía demasiado deprimida y sola, como la madrugada tan nostálgica, como el ruido del viento.
Ella se encontraba en su departamento, pero necesitaba relajarse, sentía que las cuatro paredes la ahogaban y más aún la torturaban con viejos recuerdos. Ella era muy feliz, todo lo que tenía lo había ganado con su esfuerzo, su casa, su trabajo de periodista y también era vocalista de un grupo que empezaba a tener fama. Su padre no la apoyaba, y a su madre nunca la conoció; era la mayor de 4 hermanos, y aún sin tener nada consiguió hacer lo que más adoraba: la música.
Vivía en Madrid, pero alejada del ruido de la ciudad, en un departamento ó en “la casa de Francia” como decían algunos, ahí convivía con Mary su pareja, quien también se llevaba bien con la música. Mary era guitarrista del grupo y al igual que Francia, componía. Se conocieron en el grupo que Francia formaba con un par de amigos de la escuela.
Llevaban 5 años de relación y todo marchaba súper, como decía Francia; Mary admiraba mucho a su novia ya que Francia había sufrido demasiado pero a pesar de todo, siempre se levantaba con una gran sonrisa. Mary, menor por 2 años, recién comenzaba a vivir…
Pero luego todo dio un giro repentinamente y, como decía Francia, todo tiene final cuando las fuerzas se agotan. Hacia un año atrás Mary había cambiado con Francia.
Un día como cualquiera, Francia y Mary, después de un concierto, se fueron a casa, Francia le quitó la chaqueta y comenzó a besarla como la primera vez, sin imaginarse que era realmente la última.
Siguió besando a Mary, pero ella no reaccionaba, o al menos no lo hacía como antes, Francia continuaba con sus besos y caricias, metió su mano por debajo de la polera de Mary, para acariciarle la espalda y Mary seguía parada como una estatua, Francia la miró a los ojos y le dijo ¿Qué pasa, no tienes ganas?, Mary esquivando la tierna mirada de Francia, no sabía qué responder, pero le contesto, estoy cansada, y Francia sintió un dolor repentino en el pecho luego de escuchar lo que había dicho su novia y es que Mary nunca había estado cansada al momento de hacer el amor, siempre lo disfrutaba; Francia dijo como reprochando ¿Estás cansada? Pero Mary escondía la mirada y no sabía qué responder. Francia volvió a preguntarle agarrándole la quijada tiernamente, ¿Qué te pasa?, Mary quitó su quijada bruscamente y con un aire sarcástico explotaron sus palabras hirientes, ya no te amo, se me acabaron las caricias, se me acabó el placer de hacer el amor contigo, se me acabó el amor, se me acabó el gusto, ya no te quiero, Francia sintió el peor dolor del mundo, como si una daga atravesara su alma una y mil veces por segundo, quería morirse, Mary era lo que más amaba, era su alegría, era su más grande tesoro, y con voz entrecortada y los ojos rojos respondió ¿Cómo que no me amas?, ¿Desde cuándo?, ¿Qué fue lo que paso?, ¿Qué hice?, Mary sin ninguna pena agarró su chaqueta la miró y respondió, todo termina aquí, ya no te amo, vendré mañana a recoger mis cosas, adiós. Cerró la puerta mientras Francia derramaba lágrima tras lágrima. Prendió la radio y colocó la más triste canción de su disco. Lloraba desconsoladamente, se sirvió una copa de vodka, lloraba y tomaba sin parar, no comprendía absolutamente nada, lo único que hacía era llorar y beber en un rincón de su casa, con las luces apagadas y con esa triste canción que parecía ser la única que la comprendía.
Ha pasado un año desde entonces, el grupo se desintegró, perdió el trabajo, se alejó de los amigos y sólo tomaba. Mary, después de recoger sus cosas, aquella mañana, se retiró del grupo y formó un grupo a los pocos días con su nueva pareja también vocalista.
Francia a sus 28 años dejó de sonreír. Sólo espera olvidar ó simplemente morir. Cada vez que se desespera entre los recuerdos sale sola a caminar en plena madrugada, con los ojos llorosos y los bolsillos llenos de nada.



Tomado de la revista Ecos De Silencios, 3
 
MI OBJETIVO VA MÁS ALLA DE UN DÍA
por Eduardo Espinoza Lecca (Perú, 19XX)




I



Asumir la teoría de mi propio orgasmo,
Hacerlo en la luna,
Quebrar las reglas,
Caminar solo...

Buscar pedazos de odio en cada rostro,
En cada esquina tomarme un vino,
Vomitar letras en mi almohada,
Escribir solo...

Arrastrar una pena hacia mi refugio,
Gastar mis últimas armas en un poema sin sentido,
Pensar solo...

Y
Volcar todos mis miedos,
Ponerlos camino de tu casa,
En cada cuadro de cemento
Poner un poco de nostalgia

Y
Con todo eso
Dormir solo...




II




Yo no soy este ser que ahora ves
Porque tengo por dentro sabor a vino dulce
Que se siente en mis labios,
Soy la fuerza de la pasión
Que sientes
En soledad,
Aún no hago canciones,
Pero soy músico, lo revela
La manera de amarte.
Soy el poema intenso
Que mueve tu boca
Y calienta tu cuerpo
Y aunque no me sueñes
Sé que soy
El dueño de tu sueño,
Soy la tibieza del ambiente
Donde tu cuerpo respira
Y el amante incansable
Que aún no pruebas.

Soy todo lo que sé que soy
Y soy todo lo que no ves...

Aún no lo ves?




Tomado de la revista Ecos De Silencios
 
BOLIVIAN BONDAGE
por María García (Argentina, 1974)



"Y entonces fatalmente la verdad se descubrió a mis ojos.”



“Conozco a mi mamá desde el día que nací y no está loca”, solía repetirle a mis compañeros de clase como una gran verdad a la que ellos jamás podrían haber arribado cuando me hostigaban con falsas acusaciones de mi madre. Acto seguido me reía burlonamente en sus narices y los asustaba con un pequeño alicate del cual sacaba la inútil lima amenazándolos con clavársela en el corazón si no me dejaban tranquilo.
Claro, en aquel entonces yo no sabía que nunca podría haber alcanzado su corazón con una punta de cinco centímetros y también que carecía de la fuerza para incrustarlo incluso ese largo.
También debo admitir que desconocía a mi madre, y que sólo pude llegar a conocerla bien el día que dejé de verla como madre para verla sólo como una persona.
Bien luego superé el estadio de culpa y como conceptos relacionantes nos necesitábamos uno al otro para existir.
Era tan fuerte el vínculo que nos unía y sus invariables torturas diarias, sus azotes e ingeniosos y siempre sorprendentes dolores que me causaba me hacían tan feliz, porque era yo, sólo yo el único objeto de sus ataques, y era mío, sólo mío, el inmenso placer que sentía al ver sus ojos brillantes y desvariados.
Ella me enseñó que el umbral del dolor es mucho más distante, más inalcanzable, y su camino más rico y diverso que el umbral del placer.
Cuando la mayoría de las personas no puede soportar la picadura de una abeja o un dolor de muelas, yo me enfrenté estoicamente a agujas de coser, aceite caliente, cacerolas candentes, comida en mal estado, y aún más, a la insoportable omisión, al negativo, al menos que cero de permanecer atado a la cama durante días sin ser merecedor siquiera de su mirada, a la privación de luz y alimento, a la incertidumbre de quedar solo en casa sin saber si volvería entera o completamente pasada, como la última que regresó para no regresar más.
Entre los matices de la omisión de la tortura física conocí las incluso más sutiles, infinitas y tormentosas variantes de la manipulación psicológica. La tortura psicológica se convirtió en mi deseo obsesivo, la más acuciante de mis necesidades casi diría biológicas. Mi madre me enseñó todo lo que precisaba saber, pero yo la adelanté rápidamente, como buen alumno y fue cuando empecé a verla como la pobre mujer que era, alcohólica, sola, abandonada por mi padre... enferma.
Puedo decir con orgullo que reconozco todo intento de control en cualquier persona que se me acerque diez metros a la redonda, por el mismo hecho soy capaz de ejercerlo en casi todo ser humano, sé reconocer la debilidad y la templanza y me introduzco como cuña desapercibida para tejer por dentro las redes de mi antojo.
Pero, como soy una persona, aún para mi sorpresa, tremendamente fuerte, he reconocido en estas artimañas sólo terreno fértil para la psicosis y decidí sublimar todo mi potencial en el arte. Bella y versátil creación humana si las hay, antipragmática, manipuladora, tan orgánica.
Me dediqué tras largas reflexiones a algo que consideré muy original, y, sin querer sonar pedante, genial.
Siempre había admirado las delicadas imágenes, las innumeras variantes pero de fuerza erótica constante de las fotos del bondage japonés. Esas dulces criaturas, tan indefensas en su desnudez, tan poderosas en su entrega, no hacían sino despertar en mí los más intensos anhelos de amarlas y protegerlas. Tan pequeñas, lisas, tenues, pulidas, tan gradualmente variadas. Todo lo opuesto a lo sublime. Un compendio de hermosura.
Los estándares de belleza occidentales son tan aparatosos y desproporcionados. Son tan necrófilos los ideales que la propaganda propone y el público compra, tan... imbéciles.
Desde entonces comencé una búsqueda infructuosa en tratar de primero, encontrarlas, y en segundo lugar, fotografiar sus cuerpos amordazados. Pero, como anticipé, mi búsqueda fue infructuosa, no había muchas japonesas dispuestas a posar para mí, ni siquiera había muchas. Coreanas, chinas, hasta me topé con unas filipinas. Continuas frustraciones que podrían haber sido espléndidas experiencias de no ser porque el objeto de mi busca era otro. Con razón dice el Tao que es feliz el que nada desea.
Muy alterado volví a mi casa, mi razón pendiente de un hilo, y ahí la vi, con su piel aceitunada, sus maneras dulces, la lindura de sus rasgos resumidos en esos ojos rasgados tan llenos de arcano y sigilo. Su breve estatura... Todo me hacía acordar a las orientales que había estado buscando.
Tan iluminado como estaba me acerqué con una sonrisa resplandeciente a la boliviana que vendía ropa interior a la entrada de un mercado. Ciertamente su piel era dura y curtida, ¡ya podía imaginar las fotos que le haría!
Le hice todo tipo de nudos, marineros, de alpinismo. Para empezar un nudo margarita atado a sus tobillos, lo que se convertiría casi en un ritual en mis posteriores sesiones de bondage, seguían hermosos nudos y lazos y vueltas y más vueltas sobre el cuero tirante en cintura, entrepierna, axilas, muñecas. Sus pieles contrastaban con suaves cuerdas blancas o con otras moteadas.
A veces empezaba haciendo un nudo chino que taparía su ombligo y remataba con cuatro nudos de aferrar en brazos y piernas. Así andaban caminando un rato por la casa luego de las fotos hasta que se adormecían sus miembros y debía sacárselos. Una vez simulé una tela de araña y otra dibujé con sogas sobre el cuerpo de una particularmente alta una cadena de ácido nucleico, o por lo menos así me lo pareció.
Aprendí con maestría a atarlas a sillas, escaleras, postes, árboles y columnas.
También le hice a una, sólo una ocasión, un nudo corredizo y confieso que sentí tremendas ganas de ser el verdugo. Pero yo estaba ya más allá de todo eso.
Estaba satisfecho. Era una persona socialmente adaptada y artísticamente disfrutaba de alguna notoriedad en publicaciones europeas especializadas. La página ABCduBondage había hecho un especial con mi trabajo.
Todo iba tan bien. Yo estaba curado. Todos contentos. Yo sacaba mis fotos y ellas no sólo cobraban muy bien sino que siempre las traté con cariño y respeto.
¡Tanto afecto desperdiciado! ¡Tan en mi cara se habían burlado de mí!
Fue una tarde muy fría de otoño que descubrí por casualidad el complot del que tal vez toda la raza humana éramos víctimas... y al que yo debía poner remedio.
Estaba sacando unas fotos con una nueva modelo cuando una sustancia pastosa, purulenta y verdosa empezó a fluir de su ombligo manchando mis cuerdas, mi alfombra y dejándome perplejo por entero. La mujer simplemente se levantó corriendo, se vistió y salió sin dar explicaciones.
Yo había quedado petrificado esos cinco o seis minutos que ella había tardado en vestirse y salir por mi puerta, uniendo cabos sueltos, razonando los motivos de este acontecimiento.
Y entonces fatalmente la verdad se descubrió a mis ojos.
Su pretendida actitud sumisa tan bien estudiada, sus camarillas, sus bailes demoníacos, su música lastimera, su tolerancia al dolor, no eran más que una pantalla para encubrir sus auténticos planes. Sin duda eran una poderosa raza intraterrestre que pretendía colonizarnos, dominar a la raza humana y finalmente destruirnos para imperar sobre la faz del planeta. Primero empezarían con nuestro país, al cual accedían tan libremente, después con seguridad seguirían por toda América y de ahí invadirían los otros continentes. Pero nos habían elegido a nosotros para empezar a estudiarnos.
Esa sustancia viscosa que había salido del ombligo de una de las de su especie debería ser de lo que estaban hechos, algún material incandescente del magma de la Tierra. Todo encajaba a la perfección.
Tenía que poner fin a sus malévolos planes. Debía destruir a cuanto espécimen tuviera a mi alcance y para eso estaba en una posición privilegiada. Debía destruir a todas las hembras que pudiera de esa especie macabra.
Era una solitaria tarea a la que me enfrentaba, pero no podía contárselo a nadie, temía que me creyeran un desquiciado. Mi historia clínica, mi madre, heridas que había causado a otros niños en la escuela, las mascotas de mis vecinos degolladas que había encontrado la policía al registrar mi casa en busca de evidencias de que mi madre era un dealer.
Fue entonces que decidí con premeditación, en silencio y sistemáticamente, comenzar a ahorcarlas.



Tomado de la revista Ecos De Silencios, 3.
 
PERDÓNEME USTED
por Arturo Accio (México, 1975)




Perdóneme usted,
no le conozco,
no sé de doctorados,
de pedigríes,
de honorabilidades bien ganadas.

Perdóneme usted,
anciano,
joven,
profesor,
golfo,
patán,
maniaco,
farmacodependiente,
cura,
madre soltera.

Perdóneme usted,
soy un estorbo insignificante,
nada de qué preocuparse,
siga con su vida,

hágame el favor de tirar esto que está leyendo
no le va a gustar se lo anticipo.

Perdóneme usted,
por qué escribir con dolor afea el panorama,
nos recuerda que existe la mierda,
los limpia botas,
cadáveres en las alcantarillas,
desaparecidos,
injusticias sin perseguirse,
hígados en la calle casi reventados
sin mucha justificación.

Perdóneme usted,
de corazón lo digo,
como el canto de los perros que me arrulla,
sepa usted ser más gentil que este yo,
mis días han sido horribles
he odiado la genialidad
sin tener derecho a hacerlo,
mis días mejoran por lo regular después de media noche.

Perdóneme usted,
tengo demasiado miedo,
la ciudad está muda, nadie habla y eso es espantoso;
no pasa nada importante;
sólo mi hundimiento normal,
mi bostezo de seguridad antes de mirar al piso.

Perdóneme usted,
soy demasiado propenso al alcohol barato
y a quedarme ciego,
nadie meterá las manos al fuego por mí;
de vez en cuando consigo tener mis orgasmos prudentes,
con alguna nadie,
le aseguro que no son nada ruidosos,
justos para quitarme las ganas.

Perdóneme usted,
no le encuentro sabor al té de medio día,
a beber de una copa degustando,
a mirar el tenis con cuidado;
el tiempo de las bestias ha regresado a mí
y he perdido la brújula de mi existencia.

Perdóneme usted,
el humo de los holocaustos no me deja ver bien,
esa constante tiniebla llena de fetidez mi existencia;
me divierte quebrar las cosas,
maldecir cuando pierdo el control;
mi dicha consiste en no pensarlo mucho.

Perdóneme usted,
productor de cine,
ama de llaves,
gerente de sucursal,
mesero reprobado,
ilustre humanista,
sepan ustedes excusarme,
ni yo entiendo lo que escribo.



Tomado de la Revista Ecos De Silencios, 3
 
HUMANIDAD
Yorka Andrea Sepúlveda Labbé (Chile, 1986)



La ternura, aquello que te abraza dulcemente
La rabia y la indiferencia
Que deja pasos de dolor
Aquel dolor tan hermoso
Tan triste, tan humano
Tan tuyo y tan mío…
Las bellas sinceras palabras
Y las sádicas palabras indiferentes
Llevan la felicidad y el dolor a los extremos
Recordándonos que somos humanos
Llenos de emociones, que no dejaremos de sentir,
Un arma de doble filo
Que nos hace estar en las nubes
O en la agonía
Y el brillo de la vida es ese
Las emociones simplemente
Excitantes de cualquier forma
Y aunque quieras hacer posible lo imposible
Nunca podrás congelarlas
La esperanza de la felicidad
Y la hermosura de la tristeza
Siempre estarán presentes…



Tomado de la revista Ecos De Silencios, 3.
 
RESACA
por Ernesto Salinas Cepeda (Mexico, 1950)


“Se levantó, ocultando tras su espalda la mano con el cuchillo…”




Como era su costumbre, lo despertó a sabiendas de que era su día de descanso. Lo hizo a propósito.
Le molestaba su presencia en la cama, su cara espantosa, su carencia de pelo, su aspecto triposo.
Bien le había dicho su madre que no se casara con él, porque nunca la iba a poder llevar a comer a un lugar decente.
La flácida y mofletuda faz —con sus bolsudos ojos llenos de chinguiñas—, asomó entre amodorrada, sorprendida y angustiada, por sobre la cobija.
— Sí, mi vida..., ¿qué pasa?
— Nada. ¡Quiero que te levantes, haragán! Necesito dinero y no lo encuentro en tus jodidos pantalones. Tengo una resaca terrible. ¿Dónde, maldita sea, lo has escondido, miserable?
Tocando el metal del cuchillo de carnicero que tenía debajo de la almohada y sintiendo su cálida y pulida superficie, contestó acongojado:
— ¡Pero si anoche, antes de dormirnos, te dije que el dinero te lo dejaba en tu cómoda, mi vida! ¿Ya no te acuerdas?
— No. ¡Claro que no me acuerdo, sino no te estaría preguntando..., estúpido! El maldito licor que trajiste es de lo más jodidamente barato que haya tomado jamás. ¿Cómo te atreviste a invitarme una copa de esa marranilla, imbécil?
— Perdón, mi cielo —contestó él, acariciando, y después empuñando fuerte y con gran furia oculta, el mango del cuchillo—, me lo vendió Víctor, el de la oficina, y me dijo que era un ron jamaiquino importado muy bueno.
— Como siempre, te vieron la cara de tonto. Nunca haces las cosas bien, torpe. Todo el tiempo te hacen idiota.
Su peso era de ciento treinta kilos. Alguna vez había sido delgada... cuando tenía quince años.
La noche que les precedió, después de cenar —un horrible guiso de sobrantes de comida que había hecho ella— y beberse entre ambos la botella, él había tomado la siniestra decisión.
Cuando ella —bastante embriagada— se fue a la cama, él sacó el cuchillo del mueble de la cocina y colocándolo bajo la almohada se acostó apacible a su lado, esperando a que se durmiese profundamente.
Para su mala suerte, se había quedado dormido también.
Ahora ya no quedaba mucho tiempo, sabía que lo tenía que hacer en este momento o no se atrevería a hacerlo jamás. La resaca lo tenía un poco aturdido todavía, pero el monstruoso deseo continuaba persistente en su cerebro.
Se levantó, ocultando tras su espalda la mano con el cuchillo, en tanto ella hurgaba dentro de la cómoda. Se acercó por detrás. Al sentirlo, ella se volvió corajuda, espetándole:
— ¿Qué vienes a babosear, zoquete?
Entonces se dio cuenta de que él tenía la mano alzada y con el cuchillo empuñado en lo alto. Se quedó paralizada esperando el golpe.
La mano bajó veloz descargando el envión mortal.
Sorprendida, lo vio desplomarse con la garganta cercenada y sanguinolenta.
— ¡Bah! —expresó despectiva— ¡Ya era hora! Mi madre siempre dijo que eras un cretino, un vago y un cobarde que no valía maldita la cosa. —y tomando el dinero salió a comprar algo para la resaca.



Tomado de la revista Ecos De Silencios, 3.
 
Y QUE VIVA LA MADRE QUE ME PARIO
por hanz polilla


yo escribo sobre el perro envenenado
casi muerto al lado de la pista, salivando y temblando.
yo escribo sobre los niños a los que sus padres los obligan
a estudiar, bailar, jugar,
porque yo fui uno de esos.
yo escribo sobre los chicos marginados,
los que no están a la moda
los impopulares.
yo escribo sobre los ociosos que duermen hasta las 9 a eme
mientras el reloj despertador del mundo
tiene pisoteados a la humanidad entera.
yo escribo sobre los gatos juguetones,
sobre las madres prostitutas
que venden sus caricias y te amos por una lata de leche o un pañal.
yo escribo sobre los estudiantes universitarios
que joden sus cerebros
con el conocimiento universal.
yo escribo sobre los tipos que quieren a una chica
y nunca hacen nada, sobre esos cobardes escribo.

también escribo sobre los millonarios
que tragan carne y sobre los pobres roen huesos,
porque, al fin de cuentas, todos somos dueños de algo,
ya que inclusive el más pobre, tiene una moneda de
hambre, preocupación, decepción, esperanza y desesperanza.

escribo sobre el joven de 18 años, loco,
que canta en los mercados,
y sobre los niños de uno o dos años, que
se inventan como héroes en sus fantasías.

escribo, obviamente,
sobre la chica que observo dormir,
por las noches, con la luz prendida
porque temo a la oscuridad,
y claro, también escribo sobre eso.

escribo sobre lo que he hecho
sobre lo que haré y lo que hago.
escribo versos de otros,
pues soy producto de algo y alguien.
escribo sobre los muertos mutilados y bombardeados,
sobre los militares hipócritas que intentan curar a niños huérfanos
después de matar a los padres de uno o dos balazos,
y escribo también, sobre los terrucos imbéciles que quieren lo que quieren
sin comprender que no viven solos en el mundo, sino
que conviven con moscas, perros,
gatos, culebras, tigres y, algunas veces, con humanos.

escribo sobre los que estudian, beben y cogen,
y por qué no, escribo también sobre el sexo con y sin amor.
escribo sobre los esposos que golpean a sus mujeres
y sobre los que no las golpean también escribo,
escribo las mentiras que se me ocurren, y en donde soy,
como el niño en su fábula, un héroe invencible,
cosa opuesta a lo que ocurre de verdad.

escribo hasta aburrirme, y cuando me aburro,
escribo sobre eso.

y con la mayor de mis desavenencias digo que escribo para que algún idiota,
como yo,
lea estos versos
y reaccione
y se dé cuenta de que el mundo fue, es y será siendo una verdadera tontería,
que la muerte nos quita días, horas, minutos, años a cada instante
y nosotros nos dejamos llevar como niñas vírgenes alcoholizadas
prestas a hacer el amor,
aunque ese amor no exista
y este poema, no sea nada más que la confusión y el desahogo
contra ese mundo, contra ese amor,
y en realidad, contra todo
inclusive contra sí mismo
porque dentro de poco,
el fuego y la pasión que se encendió en un comienzo,
habrá desaparecido,
como este mundo,
y como la niña virgen alcoholizada
si es que todavía es virgen
y si es que todavía es niña.


Tomado de la revista Ecos de Silencios, 3

 
LOS POETAS MUEREN JOVENES
Articulo publicado en la revista ECOS DE SILENCIOS, 3



La poesía, actividad sin resignación y sin remedio, es generalmente cruel e insana, casi como la vida. Y así como en ésta, llega un momento en el que no queda más remedio que voltear la vista y poner el punto final. Después nacerán los mitos y fantasías, pero en el momento justo, nada de eso tiene importancia. Tres ejemplos, bastarán para ejemplificar esto del punto final, de la poesía y del mito y la fantasía: Sylvia Plath, Dylan Thomas y Alejandra Pizarnik.


Sylvia Plath (EE UU, 1932 – Inglaterra, 1963)

Fría mañana. 11 de febrero de 1963. Sylvia Plath levanta sus 30 años de existencia. Es muy temprano. Lleva al cuarto de sus hijos, Frieda de 3 años y Nicholas de 13 meses, dos jarritas de leche, pan y mantequilla. Se encierra en la cocina, escribe una nota que deja sobre la mesa. Luego, abre la llave del gas y mete la cabeza en el horno. Punto final.
La poeta de cabellos recogidos, con una mirada triste, que ahora sabemos apuntaba a la fama póstuma, apoya su cabeza en las sombras de una pared, sombras que amortajan esa semisonrisa de Gioconda trágica.
Con tan sólo 9 años, Sylvia envía al director del periódico Boston Sunday Herald un pequeño poema. En 1952 aparece editada en la revista Mademoiselle su primera narración que había ganado un concurso y coincide con su primer intento de suicidio. Deja una nota a su madre diciendo que se va de excursión. Se esconde en el sótano e ingiere una gran cantidad de píldoras para dormir. La encuentran al tercer día: le ha salvado la vida el exceso de píldoras que le han forzado a vomitar.
Un duro tratamiento psiquiátrico le devuelve a la vida y a la literatura. Conoce en 1956 en Londres al ya reconocido poeta Ted Hughes y se casan el 16 de junio haciendo coincidir la boda con el Bloomsday, el día que Joyce hace transcurrir la acción del Ulises.
Su marido, su "semidiós" como lo llamó pronto pasa a ser "un desaliñado que se hurga la nariz". Pero no puede vivir si él y su salvación está en la poesía.
En 1960 publica el Colossus and other poems y nace su primera hija Frieda. Un año más tarde se estrena en la BBC con un programa de poemas dramáticos, y conoce la relación amorosa de su marido con una editora de libros.
Escribe y escribe. En 10 días se agolpan gran cantidad de poemas que se publicarán en Ariel (1966). El nacimiento de su segundo hijo no salva su matrimonio.
Cuando finalmente se separa de su marido escribe compulsivamente sus mejores poemas y publica su novela The Bell Jar (1963).
En su diario se agolpa las referencias: "Morir es un arte... Lo hago excepcionalmente bien". A su personaje –en la que se representa–, la describe como "...era tan meticulosa para suicidarse como para la limpieza de su casa".
Antes de abrir la llave del gas y terminar todo dejó una nota: "Debería haber un ritual para nacer dos veces: remendada, reparada y con el visto bueno para volver a la carretera"

SOY VERTICAL

Pero preferiría ser horizontal.
No soy un árbol con las raíces en la tierra
absorbiendo minerales y amor maternal
para que cada marzo pueda llenarme de hojas,
ni soy la belleza de una cama jardín
que atrae espectaculares exclamaciones de admiración
y que ignora que pronto perderá sus pétalos.
Comparado conmigo, un árbol es inmortal
y una flor, aunque no tan alta, es más llamativa,
y quiero la longevidad de uno y la valentía de la otra.

Esta noche, bajo la luz infinitesimal de las estrellas,
los árboles y las flores han regado sus frescos olores.
Camino entre ellos, pero no se dan cuenta.
A veces pienso que cuando estoy durmiendo
me debo parecer a ellos a la perfección-
con los pensamientos oscurecidos.
Para mí es más natural estar tendida.
Es entonces cuando el cielo y yo hablamos libremente,
y así seré útil cuando finalmente me acueste:
entonces los árboles podrán tocarme por una vez, y las flores tendrán tiempo para mí.

(Escrito el 28 de marzo de 1961, publicado en Ariel, 1966)


Dylan Thomas (Inglaterra, 1914 – EE UU, 1953)

Se le consideró el poeta lírico más grande del S. XX en lengua inglesa. Alguien no visto desde los tiempos de Byron. Murió en el Hospital Clínico de Nueva York a causa de un shock producido por la bebida. Era un bebedor compulsivo. Llegaba a Estados Unidos y se transformaba. El tranquilo poeta que vivía en Gales, devoto con su padre y su madre, y cuidadoso y tierno con sus hijos, se transformaba en América.
Hizo cuatro viajes a América, todos triunfales. En las universidades daba conferencias y recitales de sus poesías. Sus aptitudes de actor, en mezcla con sus singlares habilidades de bardo, hacían de él un personaje público atractivo, que no le importaba retratarse en los tentáculos de la bebida, como lo hacía en la encrucijada de su poesía.
Su bellísima esposa irlandesa Caitlin Macnamara, de la que tuvo tres hijos, soportaba las tempestuosas relaciones y traiciones. Pero Dylan Thomas, poeta, actor y guionista, escribía también su vida a su manera. Estimaba a los hombres que son capaces de amar generosamente, y para ellos escribía aunque algunos no pudieran entender su obra y acaso ni leerla. En cambio, profesaba desenvuelto desprecio por los pedantes y odiaba ferozmente a los ingratos.
También es un poeta precoz. A los 20 años sorprendió a la crítica con Eigthteen Poems. Cuando en 1952, un año antes de su trágica muerte, se publicó el volumen de Collected Poems: 1934-1952 se le reconocía como un poeta que "...había conseguido la admiración de todos los poetas contemporáneos" cosa por demás difícil en un mundo de celos.
Una de sus obras más conocidas A Portrait of the Artist as a Young Dog (1940) colección de cuentos en prosa poética que retrata la vida en Gales, como lo hiciera Joyce de Dublín.
En el otoño de 1953, su alcoholismo crónico le llevó a que los médicos le proporcionaran fármacos, con instrucciones precisas de su consumo, que nunca llegó a cumplirlas. La última noche de su vida bebió en proporciones incontrolables luego de un recital. Se le recuerda diciendo “Me he tomado 18 Whiskys seguidos, creo que es un buen récord”. Le llevaron a un centro de salud en estado de coma. Tenía 39 años. Mientras expiraba, sus amigos seguían bebiendo a su salud en el hall del Hospital de Nueva York. Dylan Thomas, fallece tres días después, el 9 de noviembre de 1953.

EN MI OFICIO O ARTE SOMBRÍO

En mi oficio o arte sombrío
ejercido en la noche silenciosa
cuando sólo la luna se enfurece
y los amantes yacen en el lecho
con todas sus tristezas en los brazos,
junto a la luz que canta yo trabajo
no por ambición ni por el pan
ni por ostentación ni por el tráfico de encantos
en escenarios de marfil,
sino por ese mínimo salario
de sus más escondidos corazones.

No para el hombre altivo
que se aparta de la luna colérica
escribo yo estas páginas de efímeras espumas,
ni para los muertos encumbrados
entre sus salmos y ruiseñores,
sino para los amantes, para sus brazos
que rodean las penas de los siglos,
que no pagan con salarios ni elogios
y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte.

(Del libro Collected Poems, 1952)


Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936 – Argentina, 1972)

Niña. Muñeca de huesos, de alma. Tenía, todo lo que un poeta o escritor común y corriente, o cualquier común y corriente –relacionado o no con las letras– desearía: genio poético, padres compresivos, amigos y amantes que besaban el suelo que pisaba, y reconocimiento en vida. Pero, una sobredosis voluntaria de somníferos puso fin a su vida a los 36 años. Era su tercer intento, se había vuelto casi una rutina o un refugio a la otra rutina a la que nunca se volvió adicta –a diferencia de muchos, o casi todos–.
Su imagen con un cigarrillo desafiante en sus labios, en esa cara de juvenil desamparo era la consumación del personaje que fabricó: "el Alejandrino" mezcla de poeta maldito, chica mala, huerfanita y sonámbula en las cornisas de la locura.
Hasta los 24 años fue "estudiante" en Buenos Aires: Filosofía, Literatura, Periodismo, Arte. Nunca fue capaz de dar un examen en ninguna de las carreras que emprendió, pero publicó tres libros de poemas y con ellos se ganó un espacio en las letras argentinas. Con ese equipaje se fue al París de la posguerra. Cuatro años de espléndida creación intelectual, con sus mejores libros de poemas: El Árbol de Diana (1962) y Los Trabajos y las Noches (1965).
Regresó en 1964 convertida en lo que más o menos es hoy, una figura legendaria, la poeta, un modelo. Su casa elegante estaba abierta y una corte extensa de admiradores pasaba por ella de día y de noche. Su obra no crece como antes y vuelve a París en 1969, pero la Ciudad Luz no brilla por la fatiga del "tiempo de los turistas". Regresa inesperadamente a Buenos Aires y pronto viene la primera intoxicación. Desde muy joven había consumido una asombrosa cantidad de pastillas, anfetaminas, analgésicos, antidepresivos y sobre todo somníferos, pues el insomnio fue su mal favorito, entre otros ficticios y reales, incluyendo la angustia que los abarcaba a todos.
La juventud era el rasgo que caracterizaba al personaje que inventó, el escudo con que se protegía del mito que le perseguía. Cuando este elixir se agotó tenía que cambiar de registro, pero necesitaba un cinismo y una estabilidad mental de los que no disponía.
La muerte de Alejandra no hizo más que aumentar el mito, seguir ese río de fantasía en torno al poeta. Pero no la de ese poeta casi divino, sino la del poeta de carne y hueso, divino en alma, atormentado por el mundo, por su mundo.

A LA ESPERA DE LA OSCURIDAD

Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos

(Del libro La última inocencia, 1956)





Nota:
La versión original de este articulo es de Oscar Jara Albán (Ecuador, 1959) y aparece en el Nª 08, mayo 2001, de la revista electrónica BABAB y fue corregido y aumentado para esta edición de Ecos de Silencios por hanz polilla.

 
HOJA DE VIDA
por hanz polilla

(yo no tengo la culpa de que esto haya salido dulzón)




detesto a la gente que se autodefine,
así que hablaré de mí
como si yo, fuera otro
–advierto que esto
no tiene nada que ver con mi baja autoestima
ni nada por el estilo–:

nació a la edad de nueve meses
después de combatir con millones de cometas
(sin cordón/tan libres como piedras)
no lo conozco mucho
pero me puedo arriesgar a decir que
si lo ven por la calle
no lo saluden, es tímido,
si se enamoran de él
deben estar locos
o quizá tengan un talento especial

ha huido,
–con todo conocimiento–,
del manicomio
llamado sociedad,
y vive casi solo,
y no le tiene miedo a la soledad

continúa su vida
sin molestar a casi nadie,
salvo a él mismo,
comprende los lenguajes más conocidos de la calle,
sabe ganarse el mundo con una sonrisa,
sabe enamorar a una mujer
(inconscientemente claro)
al punto de convertirla en su esposa,
sabe amarse y odiarse también,
sabe llorar
(hace poco aprendió)

dice que le encanta la poesía
y algunas veces
escribe unos buenos versos
pero a pesar de todo
no se considera un poeta,
(no le pregunten por qué,
ya que es muy complicado entenderlo)

le gustan los cuentos y las novelas
y a veces es escritor
aunque la mayor parte del tiempo finge ser hombre,
y cuando nadie lo ve, es humano

le encanta encender la radio y escuchar a Calamaro/Sabina/Dylan
y discutir con el espejo sobre su belleza

le gusta mucho enamorarse
(a veces de mujeres)

le gusta comprar un helado de chocolate
y comerlo lenta o rápidamente
según el lugar/la compañía/y la hora

y también, le gusta caminar de la mano de alguien,
(aunque ese “alguien” que suena tan ambiguo,
es siempre la misma persona)

corre cuando tiene miedo
y casi siempre porque no es puntual

odia los relojes
prefiere los poemas,
y si son de moro... ¡que maravilla!
es admirador de bukowski
(una vez soñó con él, y dice que hasta le habló)
pero es más admirador de íngrimo josshua
ese extraño
que aparece algunas noches
en el espejo.

algunas veces habla de política
y después se deprime

la primera vez que tomó
escupió el trago
jurando nunca volver a tomar

nunca cumple sus promesas

nunca le dijo a su mamá cuánto la quiere
y tampoco a su hermana, ni a su papá
nunca les ha regalado algo
ni por su cumpleaños ni por una fecha especial
–y se siento orgulloso de eso–

no se cortó el pelo
cuando ingreso a la universidad
–como presagio, talvez, que todo no duraría mucho–
se consideró socialista/comunista/y últimamente anarquista
(e inclusive algunas veces piensa que es revolucionario)
tanto que fundó con un amigo de colegio
(del cual, ahora, no sabe nada)
un movimiento rebelde
que de seguro, hoy, habita en las calles de la amnesia

le encanta levantarse temprano
y empezar el día leyendo un libro

se enamoró del chico que le enseñó a leer
y lo ama en silencio a pesar de la decepción que tuvo una vez

no le preocupa ser homosexual o heterosexual
no cree en el amor–sexo
prefiere rayar hojas en blanco
creyendo que dibuja

no fue con sus amigos de colegio a ver una película porno
sólo para que piensen que había madurado
prefirió ahorrar la entrada
y comprase revista erótico–pornográficas al salir de clases

golpeó a su suegro
o mejor dicho, al papá de su compañera
porque se parecía a Ribeyro
y no lo merecía

una noche se levantó angustiado
buscando un cigarrillo
y se consoló con un mango helado
que encontró en la refrigeradora
después de recordar que no fumaba
y que la única vez que lo hizo se trago el humo diez veces

le encantan las faldas, y si son largas, mejor todavía
se sintió vivo con un beso
se desvaneció con una lágrima
encontró el amor, donde menos creía
y obviamente, en quien menos sospechaba
explotó una madrugada de julio
y se sintió orgulloso de nunca haber “hecho el amor”
(inclusive hoy)

sonríe cuando se levanta temprano
y casi siempre está triste a la hora de dormir

le gusta saltar y gritar cuando está solo
(o cuando está con su hermana)

tiene miedo a la oscuridad
y casi siempre se mete debajo de la frazada y almohada
al escuchar un ruido

va a ser papá
(si la naturaleza se lo permite)
y créanme que tiene miedo

va a ser hombre
y no le importa

ayer hablé con él
y me dijo que había escrito un gran poema
y, creo que éste no es.