Primer bocado
Wendeling, diga lo que diga la empresa unipersonal para la que trabaja y a pesar del cambio de nombrecito del oficio, es comercial. Lo ha sido toda su vida, cambio de denominaciones incluidos. Ha pateado establecimientos, exposiciones y calles varias en múltiples ciudades, a la busca y captura del pobre incauto que hasta su encuentro con ella, desconocía que necesitaba el producto que vende. Su defecto más notorio en su trabajo es la facilidad para empatizar con el cliente, pero después de tantos años, pueden más las tablas, aunque jamás se verá su imagen en un diploma del comercial del mes.
Su éxito más llamativo, fue vender una cortacesped a un señor que no disponía de cesped para cortar... al menos hasta dentro de varios años. Recibió su comisión por esa venta, así que sabe fehaciéntemente, que el pobre sujeto, pagó por una máquina que estaría encerrada y sin usar. Después de tantos años, todavía siente algo de vergüenza por esa venta.
Al menos en su último trabajo, vende cultura y eso es algo de lo que todos tenemos falta... presuntuosos varios aparte.
¿Y cuál es el colmo de un comercial?
Que al llamar a la puerta de una de sus mejores clientas, salga su perrito como una bala... directo al dedo gordo de tu pie derecho...
¡¡¡ñaca!!!
- ¡Joder! ¡Mi dedo!
- ¿Te ha mordido?
- Pues si...
Mientras Wendeling mira como la sangre que sale de su dedo, mancha su sandalia blanca.
- Pues es la primera vez que lo hace...
Y Wen se queda con ganas de cantarle las cuarenta a una de sus mejores clientas y recordarle que hace justo tres meses, ese mismo perrito ya le mordió con antelación otro dedo...
Si algo tiene claro, es que en el próximo encuentro con su jefe, piensa pedirle un plus de peligrosidad... o que le traspasen la clienta a otro comercial dispuesto a recibir "primeros bocados" del perrito en cuestión.
Su éxito más llamativo, fue vender una cortacesped a un señor que no disponía de cesped para cortar... al menos hasta dentro de varios años. Recibió su comisión por esa venta, así que sabe fehaciéntemente, que el pobre sujeto, pagó por una máquina que estaría encerrada y sin usar. Después de tantos años, todavía siente algo de vergüenza por esa venta.
Al menos en su último trabajo, vende cultura y eso es algo de lo que todos tenemos falta... presuntuosos varios aparte.
¿Y cuál es el colmo de un comercial?
Que al llamar a la puerta de una de sus mejores clientas, salga su perrito como una bala... directo al dedo gordo de tu pie derecho...
¡¡¡ñaca!!!
- ¡Joder! ¡Mi dedo!
- ¿Te ha mordido?
- Pues si...
Mientras Wendeling mira como la sangre que sale de su dedo, mancha su sandalia blanca.
- Pues es la primera vez que lo hace...
Y Wen se queda con ganas de cantarle las cuarenta a una de sus mejores clientas y recordarle que hace justo tres meses, ese mismo perrito ya le mordió con antelación otro dedo...
Si algo tiene claro, es que en el próximo encuentro con su jefe, piensa pedirle un plus de peligrosidad... o que le traspasen la clienta a otro comercial dispuesto a recibir "primeros bocados" del perrito en cuestión.
Mi vida por un sueño
Imagina por un momento, que tienes un sueño. Esto es fácil, todos tenemos un sueño que cumplir.
Imagina por un momento que puedes conseguirlo. Esto es algo más difícil, si pudiéramos, no sería un sueño.
Imagina por un momento que tienes un sueño y que puedes alcanzarlo.
¿Qué darías a cambio? ¿Dinero? ¿Seguridad? ¿Estima de la sociedad?
¿Tu vida?
Imagina por un momento que tienes un sueño, un caro sueño, un sueño que te pide todo de ti... pero los sueños están para compartirlos, para alcanzarlos y disfrutarlos en compañía.
Mi sueño solo tiene futuro contigo al lado.
Seguiré soñando, hasta que llegue ese momento.
Aunque no dudes que daría mi vida por conseguir mi sueño.
Imagina por un momento que puedes conseguirlo. Esto es algo más difícil, si pudiéramos, no sería un sueño.
Imagina por un momento que tienes un sueño y que puedes alcanzarlo.
¿Qué darías a cambio? ¿Dinero? ¿Seguridad? ¿Estima de la sociedad?
¿Tu vida?
Imagina por un momento que tienes un sueño, un caro sueño, un sueño que te pide todo de ti... pero los sueños están para compartirlos, para alcanzarlos y disfrutarlos en compañía.
Mi sueño solo tiene futuro contigo al lado.
Seguiré soñando, hasta que llegue ese momento.
Aunque no dudes que daría mi vida por conseguir mi sueño.
Crecer
Aunque tengas todas las pistas delante de tus ojos. Aunque las observes y sepas su significado. Aunque hables, preguntes y escuches... a pesar de todo ello... Un día descubres que tu hija ha crecido y ya no es una niña.
Y te sorprendes... y te asustas, porque que ya no puedes parar el tiempo, lo has hecho durante más de una década, pero ahora... ya no.
El tiempo vuela. Tu tiempo pasa... ahora llega el suyo. Por mucho que quieras protegerla, ahora es ella la que tiene que decidir por si misma. Afrontar su camino.
Espero seguir viéndola crecer como ser humano, porque su cuerpo ya ha decidido que es adulto.
Te quiero cariño.
Y te sorprendes... y te asustas, porque que ya no puedes parar el tiempo, lo has hecho durante más de una década, pero ahora... ya no.
El tiempo vuela. Tu tiempo pasa... ahora llega el suyo. Por mucho que quieras protegerla, ahora es ella la que tiene que decidir por si misma. Afrontar su camino.
Espero seguir viéndola crecer como ser humano, porque su cuerpo ya ha decidido que es adulto.
Te quiero cariño.
Poco a poco
Un cepillo de dientes.
Un desodorante.
Un gel de baño.
Un cepillo del pelo.
Un autoinyector.
Un neceser.
Una medicación.
Una camiseta que huele a ti.
Un día, al igual que estas poquitas cosas, te quedarás tu también... solo espero que el tiempo pase pronto hasta ese día y que nunca te vuelvas a marchar.
Un desodorante.
Un gel de baño.
Un cepillo del pelo.
Un autoinyector.
Un neceser.
Una medicación.
Una camiseta que huele a ti.
Un día, al igual que estas poquitas cosas, te quedarás tu también... solo espero que el tiempo pase pronto hasta ese día y que nunca te vuelvas a marchar.
Geranios
La casa del fantasma original de Wendeling estaba compuesta por un dormitorio, una cocina, una sala, una cuadra y un patio, que hacía las veces de gallinero y de servicio para aguas mayores y menores de los habitantes de la casa. También tenía una planta alta que servía de pajar y trastero, de gran almacen para la familia. Con el tiempo, convirtieron la cuadra en un pequeño dormitorio y construyeron otro en la primera planta, restándole algo a ese enorme almacén.
Más adelante llegó la modernidad a la casa y un resto de patio se convirtió en un servicio con todos los adelantos: agua corriente, agua caliente, plato de ducha y taza. En su lugar desaparecieron gallos, gallinas y pollitos. Una escalera exterior y el techo del lavabo se transformó en una pequeña terraza en la que Wen le encantaba perderse leyendo, sintiendo el sol en su piel colándose entre los agujeros de una vieja cortina que hacía de quitasol.
Y que su abuela llenó de geranios. Decenas y decenas de macetas llenas de distintas variedades, de hojas más grandes y más pequeñas, de hojas más o menos dentadas, de verde más claro o verde oscuro. De flores blancas, rojas, rosas, de un solo color o bicolores... De pétalos más grandes o más pequeños, de geranios que olían si restregabas tus dedos en sus hojas y de geranios de flores minúsculas...
Wendeling no puede evitar unas lágrimas al recordar a su pequeña abuela, que no llegaba a los ciento cincuenta centímetros, de rodillas en la terraza, plantando una pequeña ramita de una nueva planta de geranio que había pedido a una vecina, contándole a una Wen niña que ese en particular tendría unas flores muy rojas, de pétalos muy grandes. Rodeada de todas sus macetas, en plena explosión primaveral. Para Wendeling los geranios serán siempre las flores de su abuela.
Más adelante llegó la modernidad a la casa y un resto de patio se convirtió en un servicio con todos los adelantos: agua corriente, agua caliente, plato de ducha y taza. En su lugar desaparecieron gallos, gallinas y pollitos. Una escalera exterior y el techo del lavabo se transformó en una pequeña terraza en la que Wen le encantaba perderse leyendo, sintiendo el sol en su piel colándose entre los agujeros de una vieja cortina que hacía de quitasol.
Y que su abuela llenó de geranios. Decenas y decenas de macetas llenas de distintas variedades, de hojas más grandes y más pequeñas, de hojas más o menos dentadas, de verde más claro o verde oscuro. De flores blancas, rojas, rosas, de un solo color o bicolores... De pétalos más grandes o más pequeños, de geranios que olían si restregabas tus dedos en sus hojas y de geranios de flores minúsculas...
Wendeling no puede evitar unas lágrimas al recordar a su pequeña abuela, que no llegaba a los ciento cincuenta centímetros, de rodillas en la terraza, plantando una pequeña ramita de una nueva planta de geranio que había pedido a una vecina, contándole a una Wen niña que ese en particular tendría unas flores muy rojas, de pétalos muy grandes. Rodeada de todas sus macetas, en plena explosión primaveral. Para Wendeling los geranios serán siempre las flores de su abuela.
Etiquetas: geranios
El hada pija
Para los curiosos que me pidieron ver el hada pija que pintó ithilien, a la izquierda.
Para los curiosos que quieren conocer la historia del hada pija, pasar por el blog de Ithilien: www.blogs.ya.com/ithilien7/, a ella le hará ilusión vuestros comentarios.
Y esperando la llegada del viernes.
Tocayas
Pepe estaba en la puerta de casa esperándola. No se había olvidado de ella, es más, venía a convencerla que se fuera con él a España y para ello sólo tenía diez días.
No hicieron falta. Unas horas más tarde, él ya le había contado que había aceptado seguir trabajando en el hotel, había alquilado un pequeño apartamento, seguiría estudiando por la noche y quería estar con ella, hasta el punto de quedarse en Finlandia si Moira no volvía a España con él.
Cuando pasaron los diez días, eran dos personas las que volvían, aunque con lágrimas de despedida de esos niños y de la familia a los que tanto había llegado a querer, pero si había viajado tantos kilómetros hasta el norte de Europa por un futuro, unos miles más por un amor ya no le suponían tanto esfuerzo.
En España las cosas no fueron fáciles al principio, bueno... ni después. La familia de él, especialmente su madre, no le gustó nada que dejara aparcada la carrera por ella. Le costó encontrar trabajo, porque Moira no tenía estudios... Y seis meses después se le había acabado su permiso de estancia por vacaciones ¿Qué hacer?
Tal vez volver a Chile y desde allí intentar conseguir documentación, pero eso supondría mucho dinero que ya no tenían y meses hasta la vuelta, así que se descartó automáticamente.
- ¿Por qué no nos casamos?
La propuesta vino de Pepe y aunque Moira la tenía en la cabeza, no quería obligarlo, aceptó al escucharla.
Segundo problema importante, su suegra, su familia se opuso frontalmente a esa boda con una morena como ella, sin papeles, sin documentación, sin dinero, sin familia. Asumieron sin conocerla y sin prácticamente conocer a su hijo, que ella se casaba por interés, por conseguir su dinero y su legalidad en el país.
Pero la boda siguió adelante, a pesar de las palabras de la madre de él:
- Que sepas que mi hijo te está haciendo un favor, pero yo soy su madre y a ti te acaba de conocer. Me tienes que dar las gracias por permitir todo esto. El día que me diga que se acabó, haré todo lo posible porque te manden a tu país sin una mísera peseta de mi hijo.
Y se equivocó. Fue una boda por amor, aunque fuera el primer amor de ambos y tuvo sus frutos. Dos años después nació Laura, una preciosa niña de pelo negrísimo y los ojazos de su madre, aunque de piel clara. Cinco años más tarde llegó Paquito, moreno y claramente hijo de su madre, pero con la sonrisa pícara de su padre.
Moira había encontrado su destino, no donde ella pensó que estuviera, como suele ocurrir, pero como cualquier familia, con sus más y sus menos, eran felices... son felices.
- ¡¡Wen!! ¡¡Wen!!
- Ah, hola Moira. ¿Te vienes al parque conmigo?
Moira asiente mientras llega a la altura de Wendeling, empujando el cochecito con el pequeño y travieso Paquito que va tirando juguetes por el borde, como un Hansel moderno, para encontrar el camino de vuelta a casa. Laura detrás, saltando a la comba sigue el camino de su madre.
- Tengo que enseñarte algo.
Abre su monedero y saca un DNI, su propio DNI, con su fotografía y sus datos.
- Ya soy española.
Wendeling mira los ojos de su amiga. Es la primera vez que ve ilusión en unos ojos al decirse española y tienen que ser los ojos de alguien que no nació en el país. Ocho años viviendo en España, casada con un español y con dos hijos españoles, le ha costado conseguir la nacionalidad.
Pero Wendeling se sorprende al mirar el documento, al lado de nombre no aparece Moira, sino María Wendeling.
¡¡Son tocayas!!
- Oye, ¿no te llamas Moira? te llamas igual que yo ¿cómo no me lo has dicho nunca?
- Estoy tan acostumbrada en ser Moira, que realmente nunca pienso en mi con Wendeling.
- ¿De donde te viene Moira entonces?
- Mi madre se llamaba Moira, cuando yo nací, todo el mundo empezó a llamarme la pequeña Moira, porque me parecía muchísimo a ella, al final terminé por quedarme con ese nombre, no recuerdo nunca que alguien me llamara Wen, solo los profesores cuando entré en el colegio.
Moira y Wendeling se quedan en silencio, cada uno observando a sus respectivos retoños, como juegan en el parque.
- Nos iremos a Chile un mes, en vacaciones, para Navidad, allí es verano. Mi padre va a cumplir noventa y cuatro años y me gustaría que conociera a sus nietos españoles... aunque ya tiene tataranietos ¿sabes?
¿Continuará?
No hicieron falta. Unas horas más tarde, él ya le había contado que había aceptado seguir trabajando en el hotel, había alquilado un pequeño apartamento, seguiría estudiando por la noche y quería estar con ella, hasta el punto de quedarse en Finlandia si Moira no volvía a España con él.
Cuando pasaron los diez días, eran dos personas las que volvían, aunque con lágrimas de despedida de esos niños y de la familia a los que tanto había llegado a querer, pero si había viajado tantos kilómetros hasta el norte de Europa por un futuro, unos miles más por un amor ya no le suponían tanto esfuerzo.
En España las cosas no fueron fáciles al principio, bueno... ni después. La familia de él, especialmente su madre, no le gustó nada que dejara aparcada la carrera por ella. Le costó encontrar trabajo, porque Moira no tenía estudios... Y seis meses después se le había acabado su permiso de estancia por vacaciones ¿Qué hacer?
Tal vez volver a Chile y desde allí intentar conseguir documentación, pero eso supondría mucho dinero que ya no tenían y meses hasta la vuelta, así que se descartó automáticamente.
- ¿Por qué no nos casamos?
La propuesta vino de Pepe y aunque Moira la tenía en la cabeza, no quería obligarlo, aceptó al escucharla.
Segundo problema importante, su suegra, su familia se opuso frontalmente a esa boda con una morena como ella, sin papeles, sin documentación, sin dinero, sin familia. Asumieron sin conocerla y sin prácticamente conocer a su hijo, que ella se casaba por interés, por conseguir su dinero y su legalidad en el país.
Pero la boda siguió adelante, a pesar de las palabras de la madre de él:
- Que sepas que mi hijo te está haciendo un favor, pero yo soy su madre y a ti te acaba de conocer. Me tienes que dar las gracias por permitir todo esto. El día que me diga que se acabó, haré todo lo posible porque te manden a tu país sin una mísera peseta de mi hijo.
Y se equivocó. Fue una boda por amor, aunque fuera el primer amor de ambos y tuvo sus frutos. Dos años después nació Laura, una preciosa niña de pelo negrísimo y los ojazos de su madre, aunque de piel clara. Cinco años más tarde llegó Paquito, moreno y claramente hijo de su madre, pero con la sonrisa pícara de su padre.
Moira había encontrado su destino, no donde ella pensó que estuviera, como suele ocurrir, pero como cualquier familia, con sus más y sus menos, eran felices... son felices.
- ¡¡Wen!! ¡¡Wen!!
- Ah, hola Moira. ¿Te vienes al parque conmigo?
Moira asiente mientras llega a la altura de Wendeling, empujando el cochecito con el pequeño y travieso Paquito que va tirando juguetes por el borde, como un Hansel moderno, para encontrar el camino de vuelta a casa. Laura detrás, saltando a la comba sigue el camino de su madre.
- Tengo que enseñarte algo.
Abre su monedero y saca un DNI, su propio DNI, con su fotografía y sus datos.
- Ya soy española.
Wendeling mira los ojos de su amiga. Es la primera vez que ve ilusión en unos ojos al decirse española y tienen que ser los ojos de alguien que no nació en el país. Ocho años viviendo en España, casada con un español y con dos hijos españoles, le ha costado conseguir la nacionalidad.
Pero Wendeling se sorprende al mirar el documento, al lado de nombre no aparece Moira, sino María Wendeling.
¡¡Son tocayas!!
- Oye, ¿no te llamas Moira? te llamas igual que yo ¿cómo no me lo has dicho nunca?
- Estoy tan acostumbrada en ser Moira, que realmente nunca pienso en mi con Wendeling.
- ¿De donde te viene Moira entonces?
- Mi madre se llamaba Moira, cuando yo nací, todo el mundo empezó a llamarme la pequeña Moira, porque me parecía muchísimo a ella, al final terminé por quedarme con ese nombre, no recuerdo nunca que alguien me llamara Wen, solo los profesores cuando entré en el colegio.
Moira y Wendeling se quedan en silencio, cada uno observando a sus respectivos retoños, como juegan en el parque.
- Nos iremos a Chile un mes, en vacaciones, para Navidad, allí es verano. Mi padre va a cumplir noventa y cuatro años y me gustaría que conociera a sus nietos españoles... aunque ya tiene tataranietos ¿sabes?
¿Continuará?
De vacaciones
"¡¡Un mes!! ¿Qué voy a hacer con tres semanas más por delante si en una ya estoy aburrida?"
Moira estaba arrepentida. Ya estaba harta de playa, de excursiones a los blancos pueblos andaluces, de ver cine doblado y hasta de los moscones que se le acercaban en cualquier lugar cuando descubrían a una mujer sola. España le resultaba de un aburrimiento extremo, no debería haberle hecho caso a la señora y haber escogido el crucero por las islas griegas... Aunque las horchatas estaban muy buenas... el descubrimiento conseguía que cada tarde fuera a una heladería a tomarse una. Y ahí estaba, sentada en una terraza, intentando imaginar que hacer esa noche para que las horas pasaran más rápido.
- Hola.
El saludo la sobresaltó, miró a ver si se lo decían a ella y sí, un chico algo regordete y rubiales le estaba hablando, instantes después recordó que era uno de los camareros del hotel. Estaba acompañado de dos niños muy rubios, de unos cinco o seis años, que tiraban de él hacia el interior de la heladería.
- Hola - contestó algo avergonzada, pero no dio tiempo a nada más...
- Y hasta ahora, a ver que quieren los trogloditas estos.
Minutos después salían, cada uno con un helado en la mano, miradas y sonrisas entre ellos.
- ¿Te importa que me siente un ratito contigo? La conversación con mis sobrinos no es que sea muy interesante.
A Moira le extrañó mucho la familiaridad de él, pero la verdad, estaba aburrida, así que asintió. Y se convirtió en una de las tardes más divertidas que había pasado en los últimos años.
Se enteró que era su día libre, que solo llevaba trabajando un mes en el hotel y estaría otros dos más, porque en invierno estudiaba. Los niños eran los hijos de su hermana, y él ocasionalmente se quedaba con ellos, sobre todo para dar unas horas de libertad a la madre, que terminaba agotada por la energía que se gastaban los pequeños.
Se enteró que no tenía novia, ni pareja, ni nada por el estilo, que tenían los dos la misma edad y que él vivía en Málaga. Era su hermana quien le había encontrado el trabajo eventual en Fuengirola y que le había prestado una habitación de su casa.
Se enteró que también él se aburría en la ciudad, porque sus amigos vivían en la capital y aunque estaba a pocos kilómetros, pocas veces se encontraban con él.
Se enteró que le gustaba el cine de aventuras aunque no desdeñaba una buena película romántica si tenía una buena compañía al lado.
En definitiva, se enteró que a él le gustaban morenas porque le resultaba interesante el contraste con su propia piel.
Al final las vacaciones pasaron más rápidamente de lo que le hubiera gustado a ella. Llegó el día de la despedida, con promesas de escribirse, de volver al año siguiente y porqué no decirlo, con lágrimas también.
- ¿Qué tal las vacaciones por España Moira?
Una sonrisa y unos mofletes colorados respondieron a la pregunta.
- Volveré en las próximas vacaciones.
Entró en su habitación y antes de deshacer maletas, escribió una carta.
Pasaron los días, las semanas y Moira empezó a desesperar, no había respuesta a esa carta... ni a la siguiente que escribió creyendo que la primera no había llegado.
Era su primer amor, porque en Chile solo había tonteado, nunca se había enamorado de verdad y en Finlandía... pocos chicos hablaban castellano como para mantener una conversación con ella, así que mucho menos para salir.
Era su primer desengaño. Los días pasaban oscuros y tristes, acompañados de lágrimas cuando los niños no la veían.
Pasaron dos meses y tres cartas de ella... nada, silencio. Era viernes y había decidido que ya no habría más cartas, ni más viajes a España.
- Moira, alguien a venido preguntando por ti. Dice que se llama Pepe y que le estás esperando.
- ¿¿¡¡Qué!!?? ¿Pepe? ¿Al teléfono?
- No, en la puerta.
No se había olvidado de ella, es más, venía a convencerla que se fuera con él a España y para ello sólo tenía diez días.
Continuará...
Nota: Para los impacientes, lo siento, la historia continuará el lunes, aunque no prometo que sea el final.
Moira estaba arrepentida. Ya estaba harta de playa, de excursiones a los blancos pueblos andaluces, de ver cine doblado y hasta de los moscones que se le acercaban en cualquier lugar cuando descubrían a una mujer sola. España le resultaba de un aburrimiento extremo, no debería haberle hecho caso a la señora y haber escogido el crucero por las islas griegas... Aunque las horchatas estaban muy buenas... el descubrimiento conseguía que cada tarde fuera a una heladería a tomarse una. Y ahí estaba, sentada en una terraza, intentando imaginar que hacer esa noche para que las horas pasaran más rápido.
- Hola.
El saludo la sobresaltó, miró a ver si se lo decían a ella y sí, un chico algo regordete y rubiales le estaba hablando, instantes después recordó que era uno de los camareros del hotel. Estaba acompañado de dos niños muy rubios, de unos cinco o seis años, que tiraban de él hacia el interior de la heladería.
- Hola - contestó algo avergonzada, pero no dio tiempo a nada más...
- Y hasta ahora, a ver que quieren los trogloditas estos.
Minutos después salían, cada uno con un helado en la mano, miradas y sonrisas entre ellos.
- ¿Te importa que me siente un ratito contigo? La conversación con mis sobrinos no es que sea muy interesante.
A Moira le extrañó mucho la familiaridad de él, pero la verdad, estaba aburrida, así que asintió. Y se convirtió en una de las tardes más divertidas que había pasado en los últimos años.
Se enteró que era su día libre, que solo llevaba trabajando un mes en el hotel y estaría otros dos más, porque en invierno estudiaba. Los niños eran los hijos de su hermana, y él ocasionalmente se quedaba con ellos, sobre todo para dar unas horas de libertad a la madre, que terminaba agotada por la energía que se gastaban los pequeños.
Se enteró que no tenía novia, ni pareja, ni nada por el estilo, que tenían los dos la misma edad y que él vivía en Málaga. Era su hermana quien le había encontrado el trabajo eventual en Fuengirola y que le había prestado una habitación de su casa.
Se enteró que también él se aburría en la ciudad, porque sus amigos vivían en la capital y aunque estaba a pocos kilómetros, pocas veces se encontraban con él.
Se enteró que le gustaba el cine de aventuras aunque no desdeñaba una buena película romántica si tenía una buena compañía al lado.
En definitiva, se enteró que a él le gustaban morenas porque le resultaba interesante el contraste con su propia piel.
Al final las vacaciones pasaron más rápidamente de lo que le hubiera gustado a ella. Llegó el día de la despedida, con promesas de escribirse, de volver al año siguiente y porqué no decirlo, con lágrimas también.
- ¿Qué tal las vacaciones por España Moira?
Una sonrisa y unos mofletes colorados respondieron a la pregunta.
- Volveré en las próximas vacaciones.
Entró en su habitación y antes de deshacer maletas, escribió una carta.
Pasaron los días, las semanas y Moira empezó a desesperar, no había respuesta a esa carta... ni a la siguiente que escribió creyendo que la primera no había llegado.
Era su primer amor, porque en Chile solo había tonteado, nunca se había enamorado de verdad y en Finlandía... pocos chicos hablaban castellano como para mantener una conversación con ella, así que mucho menos para salir.
Era su primer desengaño. Los días pasaban oscuros y tristes, acompañados de lágrimas cuando los niños no la veían.
Pasaron dos meses y tres cartas de ella... nada, silencio. Era viernes y había decidido que ya no habría más cartas, ni más viajes a España.
- Moira, alguien a venido preguntando por ti. Dice que se llama Pepe y que le estás esperando.
- ¿¿¡¡Qué!!?? ¿Pepe? ¿Al teléfono?
- No, en la puerta.
No se había olvidado de ella, es más, venía a convencerla que se fuera con él a España y para ello sólo tenía diez días.
Continuará...
Nota: Para los impacientes, lo siento, la historia continuará el lunes, aunque no prometo que sea el final.
Unas vacaciones
La familia finlandesa se había marchado ya, pero Moira tuvo que esperar un mes más, arreglar la documentación conlleva pelearse con más de un funcionario. Así que decidió ir al pueblo a despedirse de su padre, que a sus ochenta y cuatro años seguía tan activo como siempre.
Aunque fue una sorpresa descubrir donde estaba realmente Finlandia, siguió con su idea de irse. Lo único que realmente sentía es que seguramente aquella visita al pueblo, a sus raíces, tal vez fuera la última. Sonrió ante los consejos de su padre, de que se buscara un buen marido y se quedara cuidándole, pero no cedió.
Quería descubrir mundo... Iba tras de su sueño a punto de cumplirse. Pero la gran mayoría de las veces los sueños no son tal y como imaginamos. Finlandia no era Chile.
Un año más tarde, no es que fuera infeliz, pero vivir en una ciudad de la que desconoce idioma y costumbres... en la que solo dos meses son primavera y el resto duro invierno, no ayudó precisamente a sentirse realizada. Sus jefes la trataban muy bien, incluso le pagaban clases para aprender el idioma, pero después de las primeras semanas en las que recorrió la ciudad, sus días libres los pasaba encerrada en su habitación, intentando encontrar un canal en la televisión en que se hablara castellano o mirando catálogos de vestidos que no se decidía a comprar.
- Moira, llevas ya un año aquí y te corresponde un mes de vacaciones.
- ¿Un mes? ¿Y qué hago yo durante un mes?
- Pues no sé, si quieres, viaja por Europa, hay muchos sitios que visitar.
- ¿Y Chile? ¿Cuánto cuesta el billete?
Y a pesar de que prácticamente todo su sueldo lo ahorraba, salvo una pequeña parte que transfería a sus hermanos para el cuidado de su padre, el viaje de ida y vuelta a su país costaba demasiado. Pero la idea de descubrir otros lugares le atraía... tal vez un crucero por el Egeo...
- ¿Por qué no te vas a España? Más que nada por el idioma, tendrías menos problemas para comunicarte y allí hace calor, la Costa del Sol tiene muy buenas playas...
Moira terminó por decidirse, pasaría un mes en España, un pequeñito Hotel de Fuengirola, un montón de excursiones por hacer y días de sol por disfrutar le esperaban.
Y aunque ella no lo sabía, también le esperaba una persona muy especial...
Continuará...
Aunque fue una sorpresa descubrir donde estaba realmente Finlandia, siguió con su idea de irse. Lo único que realmente sentía es que seguramente aquella visita al pueblo, a sus raíces, tal vez fuera la última. Sonrió ante los consejos de su padre, de que se buscara un buen marido y se quedara cuidándole, pero no cedió.
Quería descubrir mundo... Iba tras de su sueño a punto de cumplirse. Pero la gran mayoría de las veces los sueños no son tal y como imaginamos. Finlandia no era Chile.
Un año más tarde, no es que fuera infeliz, pero vivir en una ciudad de la que desconoce idioma y costumbres... en la que solo dos meses son primavera y el resto duro invierno, no ayudó precisamente a sentirse realizada. Sus jefes la trataban muy bien, incluso le pagaban clases para aprender el idioma, pero después de las primeras semanas en las que recorrió la ciudad, sus días libres los pasaba encerrada en su habitación, intentando encontrar un canal en la televisión en que se hablara castellano o mirando catálogos de vestidos que no se decidía a comprar.
- Moira, llevas ya un año aquí y te corresponde un mes de vacaciones.
- ¿Un mes? ¿Y qué hago yo durante un mes?
- Pues no sé, si quieres, viaja por Europa, hay muchos sitios que visitar.
- ¿Y Chile? ¿Cuánto cuesta el billete?
Y a pesar de que prácticamente todo su sueldo lo ahorraba, salvo una pequeña parte que transfería a sus hermanos para el cuidado de su padre, el viaje de ida y vuelta a su país costaba demasiado. Pero la idea de descubrir otros lugares le atraía... tal vez un crucero por el Egeo...
- ¿Por qué no te vas a España? Más que nada por el idioma, tendrías menos problemas para comunicarte y allí hace calor, la Costa del Sol tiene muy buenas playas...
Moira terminó por decidirse, pasaría un mes en España, un pequeñito Hotel de Fuengirola, un montón de excursiones por hacer y días de sol por disfrutar le esperaban.
Y aunque ella no lo sabía, también le esperaba una persona muy especial...
Continuará...
Una ilusión
Cuando Moira nació, se convirtió en la hija menor de un venerable anciano. Su padre había tenido ya catorce hijos de sus tres esposas, consecutivas, y a los sesenta y cuatro años volvía a ser padre, así que imaginó que sería esta última hija la encargada de cuidarle, junto con la madre de la pequeña, treinta años menor que él, en su jubilación a punto de llegar.
En el momento de abrir sus ojos, Moira ya era tía, con un montón de sobrinos bastante mayores que ella. Una de sus hermanastras estaba a punto de ser abuela y entre toda esta enorme familia constituía la mayor parte de la población de un pequeño pueblo perdido en los Andes chilenos.
Pero como lo lógico y natural pocas veces es lo que sucede, fue la madre de Moira la que falleció cuando ésta tenía cinco años. Ella y sus dos hermanos más pequeños terminaron viviendo con su hermana mayor y sus hijos.
A los doce años Moira, junto con su cuñado y hermana y sus hijos se marchan a vivir a Santiago. Allí encontrarían mejor trabajo y un futuro para los pequeños. Por primera vez acude a un colegio en el que aprendería algo más que las cuatro reglas que le habían enseñado sus hermanos mayores.
A los dieciséis años es una jovencita pequeña, morena y con los rasgos característicos del pueblo de donde procede... como tantos otros... Unos enormes ojos negros envueltos en una impresionante melena de pelo lacio. Su cuñado no dispone de un buen sueldo para darle una educación a sus hijas y a su cuñada, así que finalmente termina trabajando en casa de un diplomático finés, cuidando a sus dos hijos pequeños, rubios, de pelo blanco, ojos azules y piel cuasi transparente.
Cuatro años después, el diplomático se vuelve a su país. Los niños se han adaptado a Moira y le tienen mucho cariño, así que su madre habla con su marido. Le pedirán que se marche con ellos a Finlandia.
- Carmen, Carmen.
- Lo sé, lo sé, tus señores se marchan. Pero te he encontrado otra buena casa.
- No... no es eso, me han pedido que me vaya con ellos y les he dicho que si.
- ¿Irte? ¿A dónde?
- Pues a su país, a Finlandia. Los pequeños les ha hecho mucha ilusión que diga que si. No te puedes imaginar como estaban sus caritas cuando dije que me marchaba con ellos.
- Pero Moira, ¿tú sabes donde está Finlandia?
- Pues la verdad, es que no estoy segura, pero en norteamérica. No es tan lejos.
Carmen mira a su hermana pequeña. No se ha dado cuenta realmente de la decisión tan rápida que ha tomado. La quiere como a su hija, ella ha sido realmente su madre aunque solo fuera su hermanastra. Busca un viejo atlas de cuando los niños iban al colegio.
- Moira mira. Nosotros vivimos aquí...
Su dedo marca Santiago de Chile.
- ... Finlandia está aquí.
Y Moira descubre que se va justo a la otra parte del mundo.
Continuará...
En el momento de abrir sus ojos, Moira ya era tía, con un montón de sobrinos bastante mayores que ella. Una de sus hermanastras estaba a punto de ser abuela y entre toda esta enorme familia constituía la mayor parte de la población de un pequeño pueblo perdido en los Andes chilenos.
Pero como lo lógico y natural pocas veces es lo que sucede, fue la madre de Moira la que falleció cuando ésta tenía cinco años. Ella y sus dos hermanos más pequeños terminaron viviendo con su hermana mayor y sus hijos.
A los doce años Moira, junto con su cuñado y hermana y sus hijos se marchan a vivir a Santiago. Allí encontrarían mejor trabajo y un futuro para los pequeños. Por primera vez acude a un colegio en el que aprendería algo más que las cuatro reglas que le habían enseñado sus hermanos mayores.
A los dieciséis años es una jovencita pequeña, morena y con los rasgos característicos del pueblo de donde procede... como tantos otros... Unos enormes ojos negros envueltos en una impresionante melena de pelo lacio. Su cuñado no dispone de un buen sueldo para darle una educación a sus hijas y a su cuñada, así que finalmente termina trabajando en casa de un diplomático finés, cuidando a sus dos hijos pequeños, rubios, de pelo blanco, ojos azules y piel cuasi transparente.
Cuatro años después, el diplomático se vuelve a su país. Los niños se han adaptado a Moira y le tienen mucho cariño, así que su madre habla con su marido. Le pedirán que se marche con ellos a Finlandia.
- Carmen, Carmen.
- Lo sé, lo sé, tus señores se marchan. Pero te he encontrado otra buena casa.
- No... no es eso, me han pedido que me vaya con ellos y les he dicho que si.
- ¿Irte? ¿A dónde?
- Pues a su país, a Finlandia. Los pequeños les ha hecho mucha ilusión que diga que si. No te puedes imaginar como estaban sus caritas cuando dije que me marchaba con ellos.
- Pero Moira, ¿tú sabes donde está Finlandia?
- Pues la verdad, es que no estoy segura, pero en norteamérica. No es tan lejos.
Carmen mira a su hermana pequeña. No se ha dado cuenta realmente de la decisión tan rápida que ha tomado. La quiere como a su hija, ella ha sido realmente su madre aunque solo fuera su hermanastra. Busca un viejo atlas de cuando los niños iban al colegio.
- Moira mira. Nosotros vivimos aquí...
Su dedo marca Santiago de Chile.
- ... Finlandia está aquí.
Y Moira descubre que se va justo a la otra parte del mundo.
Continuará...
Que nos hace distintos
¿Qué nos hace distintos unos de otros?
Porque si hay algo claro, es que cada persona es única e inimitable y siendo más de seis mil millones de humanos en este mundo, más los que han existido anteriormente... tienen que haber muchas variables para hacernos distintos.
Nuestra personalidad, nuestras experiencias, la manera de enfrentarnos a los problemas... o de escondernos de ellos... nos hacen distintos. Si algo he aprendido de toda mi experiencia anterior, es que mi manera de enfrentarme a mis problemas no es mejor ni peor que la de mis semejantes, solo es personal. Lo más seguro es que haya un camino que me resulte extraño, pero acepto que otra persona lo tome, siempre y cuando sea su propia decisión y no obligue a otra persona.
Hoy en día mis decisiones se sienten obligadas porque no dispongo de mi propia vida, sino de otras dos más que dependen de mi. Acepté que ocurriera eso el día que decidí ser madre con todas las consecuencias, principalmente esa: mi vida dejaba de pertenecerme por derecho propio para convertirse en la guía de mis hijas. Cualquier padre que se sienta tal, lo reconocerá. Tu vida deja de ser tuya para convertirse en la suya.
Es la primera lección que aprende una persona al convertirse en padre o madre... lástima que en esta sociedad nuestra, tantas personas no acudieron a clase el día que se dió ese tema.
Nota: esto no quiere decir que los padres se conviertan en esclavos de los hijos. No se es mejor padre por dar a tu hijo todo lo que pide. Nuestra obligación como tales es enseñarles a saber caminar por esta vida, con sus alegrías y sus penas, pero sobre todo, con el respeto a los demás.
Porque si hay algo claro, es que cada persona es única e inimitable y siendo más de seis mil millones de humanos en este mundo, más los que han existido anteriormente... tienen que haber muchas variables para hacernos distintos.
Nuestra personalidad, nuestras experiencias, la manera de enfrentarnos a los problemas... o de escondernos de ellos... nos hacen distintos. Si algo he aprendido de toda mi experiencia anterior, es que mi manera de enfrentarme a mis problemas no es mejor ni peor que la de mis semejantes, solo es personal. Lo más seguro es que haya un camino que me resulte extraño, pero acepto que otra persona lo tome, siempre y cuando sea su propia decisión y no obligue a otra persona.
Hoy en día mis decisiones se sienten obligadas porque no dispongo de mi propia vida, sino de otras dos más que dependen de mi. Acepté que ocurriera eso el día que decidí ser madre con todas las consecuencias, principalmente esa: mi vida dejaba de pertenecerme por derecho propio para convertirse en la guía de mis hijas. Cualquier padre que se sienta tal, lo reconocerá. Tu vida deja de ser tuya para convertirse en la suya.
Es la primera lección que aprende una persona al convertirse en padre o madre... lástima que en esta sociedad nuestra, tantas personas no acudieron a clase el día que se dió ese tema.
Nota: esto no quiere decir que los padres se conviertan en esclavos de los hijos. No se es mejor padre por dar a tu hijo todo lo que pide. Nuestra obligación como tales es enseñarles a saber caminar por esta vida, con sus alegrías y sus penas, pero sobre todo, con el respeto a los demás.
Algo nuevo
Algo usado: la mochila del curso anterior.
Algo azul: bolígrafos, rotuladores y colores.
Algo prestado: los libros de texto por obra y gracia de la Junta de Andalucía. Espero que lleguen en tan buen estado como mis hijas entregaron los suyos al final de curso.
Algo nuevo: material escolar y cuadernillos de ejercicios.
Y la ilusión que se gastan los niños cuando se les compra algo nuevo. Aunque ese algo sean los libros y material escolar para el nuevo curso...
Nota: Por ahora, sólo 130 € más pobre, pero aumentará...
Algo azul: bolígrafos, rotuladores y colores.
Algo prestado: los libros de texto por obra y gracia de la Junta de Andalucía. Espero que lleguen en tan buen estado como mis hijas entregaron los suyos al final de curso.
Algo nuevo: material escolar y cuadernillos de ejercicios.
Y la ilusión que se gastan los niños cuando se les compra algo nuevo. Aunque ese algo sean los libros y material escolar para el nuevo curso...
Nota: Por ahora, sólo 130 € más pobre, pero aumentará...
Etiquetas: material-escolar nuevo-curso
El cuento de Ithilien
El gigante
El gigante es más grande que el monte.
Como es más grande, el monte es como una piedra y tropieza el gigante con ella y se cae al suelo.
Ahora el gigante tiene miedo de los montes, y de las montañas.
FIN
Nota: Y a pesar de lo que pensemos los mayores, la vida es tan simple como la ven los niños.
El gigante es más grande que el monte.
Como es más grande, el monte es como una piedra y tropieza el gigante con ella y se cae al suelo.
Ahora el gigante tiene miedo de los montes, y de las montañas.
FIN
Nota: Y a pesar de lo que pensemos los mayores, la vida es tan simple como la ven los niños.
Abuelo
Cuatro y media de la tarde.
"blu...blu... blu... blu... blu..."
- ¿Mami? el pavo* ¿contesto?
- No hace falta, ya voy yo...
Al teléfono
- ¿Si?
- ¿Wen?, hola, soy Arturo, quedamos esta tarde para hacerte el pedido, pero es que ha surgido un problema.
- Bueno, no pasa nada, puedo ir mañana.
- No... no... es que no voy a hacerte pedido, ha surgido un problema...
"Eso ya me lo ha dicho... este hombre ser repite"
- ¿Si? de todas formas puedo ir mañana y hablar, para ver...
- ... No, no... este problema no se soluciona pronto, creo que va a tardar bastante, es más... va a durar toda la vida...
Arturo se queda en silencio. Wendeling no sabe si esperar a que añada algo más o hablar ella... al final él se decide.
- Mi hijo me va a hacer abuelo... y sólo tengo 36 años...
Y cuelga, sin un adios, sin un hasta pronto, sin nada más que añadir, mientras Wen recuerda que el hijo de Arturo tiene 14 años.
* pavo = teléfono
"blu...blu... blu... blu... blu..."
- ¿Mami? el pavo* ¿contesto?
- No hace falta, ya voy yo...
Al teléfono
- ¿Si?
- ¿Wen?, hola, soy Arturo, quedamos esta tarde para hacerte el pedido, pero es que ha surgido un problema.
- Bueno, no pasa nada, puedo ir mañana.
- No... no... es que no voy a hacerte pedido, ha surgido un problema...
"Eso ya me lo ha dicho... este hombre ser repite"
- ¿Si? de todas formas puedo ir mañana y hablar, para ver...
- ... No, no... este problema no se soluciona pronto, creo que va a tardar bastante, es más... va a durar toda la vida...
Arturo se queda en silencio. Wendeling no sabe si esperar a que añada algo más o hablar ella... al final él se decide.
- Mi hijo me va a hacer abuelo... y sólo tengo 36 años...
Y cuelga, sin un adios, sin un hasta pronto, sin nada más que añadir, mientras Wen recuerda que el hijo de Arturo tiene 14 años.
* pavo = teléfono
Solo es amor
Ya no puedo quedarme al filo del camino, esperando que la felicidad venga a buscarme. Si quiero ser feliz, he de darme prisa y confiar ese calor que pasa de tu mano a la mía.
Ese horizonte que vislumbré, en la distancia, tan lejos, es sólo un espejismo de aquello que tengo al lado.
¿Y qué hago yo aquí? me pregunté cientos de veces no hace tantos años. ¿Qué hago? y nadie me respondía... sólo a tu llegada ha sido cuando lo he sabido.
Ya no puedo quedarme muda y callada, esperando que la felicidad venga a buscarme. Si quiero llegar al mañana, he de darme prisa y confiar en el calor que me da tu abrazo y en la certeza que me anuncia tu nombre.
Te amo.
Nota: gracias a A. Quero, por ayudarme a encontrar las palabras.
Ese horizonte que vislumbré, en la distancia, tan lejos, es sólo un espejismo de aquello que tengo al lado.
¿Y qué hago yo aquí? me pregunté cientos de veces no hace tantos años. ¿Qué hago? y nadie me respondía... sólo a tu llegada ha sido cuando lo he sabido.
Ya no puedo quedarme muda y callada, esperando que la felicidad venga a buscarme. Si quiero llegar al mañana, he de darme prisa y confiar en el calor que me da tu abrazo y en la certeza que me anuncia tu nombre.
Te amo.
Nota: gracias a A. Quero, por ayudarme a encontrar las palabras.