
Acabo de llegar al aeropuerto. Tras recoger el equipaje me dispongo a tomar un taxi que me lleve al hotel donde estaré alojada este fin de semana. El conductor se ha pasado mirándome por el espejo interior prácticamente todo el trayecto obligándome a subirme el cuello de la gabardina hasta cubrirme por encima de la garganta y a mirar con repugnancia hacia las atestadas calles llenas de gente. He sentido el lascivo brillo de sus ojos posarse sobre mis rodillas descubiertas. Creo que intuye que bajo esta gabardina, no llevo nada. Me siento asustada. Deseo llegar cuanto antes. Resulta un trayecto violento.
Al llegar a mi destino y pagarle, me ha retenido brévemente la muñeca mientras miraba hacia mis pechos cuyos pezones erectos se notaban bajo la tela beige.
He retirado violentamente la mano y al salir la abertura de la gabardina me ha jugado una mala pasada y el muy cerdo ha visto mis nalgas. He caminado precipitadamente y de forma inestable sobre los tacones hasta llegar a la recepción. Noto las mejillas encendidas por el sofocón y apenas acierto a pedir la llave reservada a mi nombre.
- Tiene un mensaje - me dice el recepcionista mientras su sonrisa sin dobleces me invita a calmarme. Me entrega un sobre que tiene este mensaje:
"Al entrar, encontrarás sobre la cama, la ropa que quiero que te pongas para recibirme". Suspiro profundamente mientras le doy las gracias al recepcionista y le dejo una pequeña propina sobre el mostrador. Tomo el ascensor y cuando llego a mi planta, recupero la confianza en mi misma. Abro la puerta y entro en la habitación en penumbra. Voy directamente hacia la cama y desenvuelvo el paquete cuidadosamente anhelando descubrir su contenido: ropa interior de organza negra y encaje con tirantes de brillante terciopelo negro.
Dejo caer a mis pies la gabardina y con ella cualquier resto de verguenza mientras comienzo a vestirme con esta ropa breve. Abro mi bolso y saco unas medias de seda negra con liga de tul negro y las deslizo con suavidad sobre mis piernas. Me invade una oleada de calor y embriagada de deseo deposito unas gotas de perfume sobre mi pulso, en mi nuca, tras mis rodillas, en mis tobillos sin olvidarme de unas gotas sobre las bragas que cubren mi sexo.
Suenan unos golpes en la puerta. Un escalofrío me recorre y se contraen los músculos de mis muslos y noto como se humedece mi pubis. El corazón me late rápido haciendo que emita breves jadeos mientras mis pechos pugnan por salir hacia fuera con sus subidas y bajada sobre la tela del sujetador. Me tumbo sobre las inmaculadas sábanas y siento abrise la puerta y tus pisadas sobre la moqueta.
Depositas un ramo de rosas a mis pies mientras comienzas a lamerme la piernas sobre la seda de las medias y vas subiendo tus manos hacia arriba en un ávido recorrido hasta depositar tus dedos entre mis labios. Los chupo golosamente y te siento sobre mí.
¡Qué se muera de envidia el taxista! Esto es sólo para tí.