
He venido tal y como me has pedido. Me ha costado mucho, pero al fin me he decidido.
No he querido dejar la oportunidad de pasar unos instantes a solas contigo.
Sé que dije que nunca más te volvería a ver. No quería sólo estar en tu cama amándote y verte luego marchar hasta que quisieras volver.
Sé que establecimos esto, que no te podía pedir más. Pero soy mujer... y de pronto, todos mis pensamientos se han vuelto tú.
Me despierto de madrugada angustiada preguntándome con quién estarás, dónde, a qué lugares irás.
Y recorro mentalmente cada rincón de tu casa, donde nuestros cuerpos se han unido y lloro de rabia al no saberte mío, al llenar con recuerdos mi soledad.
Cuando te conocí, ni siquiera quería saber de tí. Me pareciste prepotente y engreído, el rey de un nido de serpientes que se arrastraban ante tí. No, yo no quería acabar así.
Quizá mi esfuerzo por evitarte, te llevó hasta mí o mi cuerpo desprendía un salvaje aroma a gata en celo cada vez que distraidamente te sentabas cerca de mí.
Fue cuando la conocí. Vino a recogerte un día y todas las cobras que te rodeaban soltaron venenosos comentarios que te llegaron, no sé como, hasta a tí.
En cambio yo te alabé el gusto y en secreto envidié ese cuerpo que te esperaba por las noches, esos labios que te besaban sin reproches y esos regalos que lucía orgullosa a la menor ocasión. Soy mujer... ¿qué le puedo hacer?.
De repente, el obstáculo que ella suponía, fue mi puente hacia tí y primero por cosas vanas y después por rutina, comenzamos a coincidir al salir de la oficina.
Me llevábas, me traías y en cada viaje, caía en un abismo sin fin. En un carrusel de sentimientos que me llevaba a tí. Cuando hablabas sólo veía moverse tus labios carnosos, como emitiendo códigos secretos, señales de tí hacía mí. Y sucedió que un día, cuando te despedía con unos besos en las mejillas, tu comisura y la mía se rozaron en un segundo que para mí no tenía fin. Se detuvo el tiempo y se agitó mi aliento. Una descarga me recorrió el cuerpo y mi piel se erizó. Tuviste que sentirlo igual que lo sentí yo. Todo quedó ahí.
Esa noche, mientras me duchaba, pensé en tí, y mientras el agua me resbalaba, sentí unas enormes ganas de tí. De que me besaras, de que tu lengua se bebiera las gotas que me resbalaban por los senos, por mi cuello, por mi vientre, por mis muslos y entre ellos.
Me acaricié y gemí.
Al día siguiente al verte, mis ojos se bajaron vergonzosos, como si realmente tú hubieras estado allí. Me sentí sucia. Apenas te hablé.
Me preguntaste si algo me había molestado, si quería hablar. Y nos fuimos a aquel bar. La música, el ambiente, el tiempo que entonces no te pareció importar.
Me miraste y me dijiste que desde hacía algún tiempo no podías dejar de pensar en mí. Que sentías algo especial. ¡Ingenua de mí! Cai en tu red y me dejé atrapar.
Me sentía orgullosa de haber triunfado sobre las serpientes, y sobre la diosa que creía tenerte. ¡Qué engañada!. Mientras yo me enamoraba, mientras más deseaba, tú me conosolabas con bonitas palabras, con encuentros ardientes ... y por las noches una vacía cama.
Hoy vengo de nuevo, sin esperar nada, porque prefiero tenerte a medias, que no tener nada. Sé que no me quieres, pero dejé mi cabeza olvidada. Hoy sólo te traigo mi cuerpo, para que muera mi alma.