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ALTAS HORAS DE LA MADRUGADA

Su rostro era desolador. Desgarrada la piel, poco era el tejido que le había faltado al criminal para solventar sus ansias de cólera. Las lágrimas se habían convertido en telas insípidas lanzadas al piso; el carmín, besos olvidados a la luz de la luna en pleno cambio del hombre a bestia. La noche hacía sombra del brutal asesinato, el silencio marcaba un homicidio a las puertas del amanecer.

Su agresor, un ser de colmillos tan penetrantes como la precisión de un arquero, una fuerza tan descomunal como la de una hormiga en proporción a su tamaño y una belleza tal a la de un Dios, se escondió al amanecer entre las sombras de un ataúd tan pulcro como el trono de un rey.

Durante el post mortem sufrido por la víctima, las ambulancias se sucedían una tras otra en direcciones dispersas por la ciudad y ninguna hacia el lugar del tan atroz crimen forjado.

Los muertos en el incendio, las víctimas de maltratos de género o los acuchillados en alguna pelea callejera esa misma noche no habían sufrido tanto como la torturada por aquel ser tan tenebroso.

- ¿Quieres huir? - le preguntó mientras la sujetaba entre sus brazos.
- ¿Para qué?, si no me restan fuerzas ni para dar dos pasos seguidos.
- Podrías caminar durante cinco minutos seguidos y después desfallecer en medio de la calle o podrías acercarte a otro ser humano como tú y beber de su cuello la sangre que te falta para completar la energía que te he arrebatado.
- ¡Jamás le haría daño a ningún inocente para auto-beneficiarme!

Y estas fueron sus últimas palabras con el rostro maquillado en carne y la boca acompañada de sus labios. El misterioso asesino se transformó en un murciélago diminuto y atravesó la ciudad volando hasta llegar a su mansión apartada del mundanal ruido de la noche y de la corrupción que existía a esas altas horas de la madrugada.


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