Andurrea mi diminuta ratita
entre los umbrales del aprendizaje,
balanceándose sobre las maderas de su hogar.
Mi pequeño caramelito de fresa,
entre caídas primerizas y topes contra todo,
solivianta su llanto cuando sus peluches preferidos
toman vida en la pantalla del televisor.
Levanta pasiones cuando pide agua,
cuando le encienden la luz se sorprende
y se encoge cuando le preguntan por su primo.
Puede sonreír sin importarle lo que le digan,
saborear pan, icha o tata
sintiéndose la más afortunada del mundo.
Pobre ilusa, pues los más afortunados del mundo
somos nosotros de tenerla a nuestro lado.
Cuando cantamos gol,
su felicidad vuela por los aires;
si le pedimos un beso,
ella nos convierte en príncipes.
La sencilla, coloreada de rosas claros
y amarillos nítidos,
bailotea las canciones de los Lunnis
y sopla todas las velas imaginarias
cuando le tarareamos el cumpleaños feliz.
Le encanta beber agua y apropiarse de todo
con sus encantadores mío y mía,
caminar de la mano si el terreno no le resulta familiar,
tirarse al suelo si no consigue lo que quiere
o dejar sin paella a toda su familia
por probar qué sucede si tiras algo que se puede romper
sobre la sartén de granitos amarillentos.
Pero sobretodo le encanta hacernos feliz
y por lo que parece sabe cómo conseguirlo.