J-Rock o Jey Er como lo conocían sus más allegados, prefería hacer un balance de su vida, minutos antes de que sus ojos se cerraran y su cuerpo entrara en el trance de la somnolencia. Cada noche llegaba al hotel, sacaba su pluma de nácar y le contaba a su viejo diario de hojas amarillentas, todo lo que había sucedido a lo largo del día.
La noche de cada concierto sabía que, con su primer grito, una joven de desmayaría en medio de la multitud. Así daban comienzo sus conciertos desde que se reconoció su timbre de voz como un arma destructiva de corazones de enamoradas.
Ocurrió durante dos años seguidos dando conciertos por todo el mundo hasta la noche del seis de Octubre del 2.005.
Desde hacía dos meses, una muchacha había presenciado cada uno de los conciertos que había dado el grupo. No bailaba, no saltaba, incluso no tarareaba ninguna de las canciones. Únicamente miraba a Jey Er con sus penetrantes ojos grises y emitía una leve mueca de satisfacción cuando éste la encontraba entre el público. Instantes después, la muchacha levantaba su brazo derecho mostrando así la muñequera negra con el símbolo del buitre que llevaba cosido.
Aquella noche J-Rock abrió las ventanas de la habitación que hospedaba en Puertollano. En frente, en lo alto del tejado de una heladería se encontraba la silueta de un ave de cerca de dos metros de envergadura con el cuello alargado. No cabía duda, era un buitre como el del símbolo de su grupo de música. El buitre lo miró fijamente hasta que Jey Er tuvo que apartar la mirada. Cuando volvió a mirar sobre el tejado la silueta ya no permanecía allí.
El espectáculo tardó en comenzar más de lo habitual. Jey Er no se encontraba del todo bien. Se tomó una pastilla que le ofreció el batería del grupo, alegando que le vendría bien para mejorarse y salieron al escenario diez minutos después. Cuando J-Rock dio su grito fatídico ninguna mujer desfalleció. Jey Er sabía que algo no iba bien. Quizás su voz había dejado de ser la de antes, quizás su estado no lo dejaba llegar hasta la frecuencia con la que derribaba cualquier muro femenino que se le antojara. Algo en su interior le señaló que aquella noche ninguna mujer se desmayaría con su grito ni con cualquier otra canción. Y así fue. Para desgracia de aquella muchacha, le esperaba un destino peor.
A la mañana siguiente la foto de lo sucedido acribilló la portada de todos los periódicos locales y comarcales. Descubrieron los huesos de una joven al lado de una camisa gris, unas botas negras y una muñequera azabache con un buitre dibujado.
J-Rock o Jey Er no era el típico roquero de chaqueta de cuero y botines. Tampoco era Dios para saber qué había sucedido con aquella muchacha; porqué en su siguientes conciertos siguió apareciendo levantando el brazo y mirándolo con sus afligidos ojos grises, ni porqué las siguientes noches tuvo la necesidad de abrir las ventanas de las habitaciones donde se hospedaban y mirar el rostro de la joven que se le seguía apareciendo en la cara del buitre que lo siguió por todas las ciudades.