Íllar (I)
Todo comenzó en una conversación con mi padre hace un mes. Hace ya muchos años que dejé de indagar en el pasado de mi familia. No existe en el mundo persona más hermética que mi padre. Imposible sonsacarle cualquier dato, cualquier fecha, incluso nombre, a veces porque no los quiere decir, otras porque, inexplicablemente, los ha olvidado. Y contra el olvido es imposible luchar.
Esto hace ya tiempo que lo comprendí, pero a L. todavía no le entra en la cabeza. No concibe a una persona que ni sabe ni se preocupa de su pasado, que lo ha borrado todo de su cabeza por la falta de uso que conlleva la soledad, o por la voluntad de no querer recordar más. Y se empeña en preguntar una y otra vez con insistencia encomiable. Y lo más curioso es que a veces consigue resultados, y algún dato aparece entre la neblina del olvido. Pero son casi espejismos en el desierto.
Como decía todo empezó con una conversación inofensiva. Hablábamos de planes para el puente y, al decir que pensábamos ir a Almería, a mi padre se le escapó: “Pues tu abuela era de Íllar”. Aquello fue toda una sorpresa. Y decía que se le escapó a mi padre ya que después no dio ni un solo dato más. Ni si quiera ante la insistencia de L. No recordaba.
Lo primero fue localizar Íllar en un mapa. No me extrañó que mi padre no lo supiera. ¿Dónde está Íllar? “En Almería, no tengo ni idea de dónde exactamente”. Más claro el agua. Conocer a alguien conlleva predecir sus respuestas, y está la sabía antes incluso de que se hiciera la pregunta.
Íllar es un pequeño pueblo de la Alpujarra, encaramado a la Sierra de Gádor, a unos treinta kilómetros de la capital. Eso es lo que se entiende al encontrarlo en un mapa. ¡Qué poca información dan los mapas! Por más que pongas a trabajar tu imaginación, nunca puedes imaginar los sitios.
La segunda idea que me pude hacer acerca de Íllar, provino de la recepción del parador de Mojácar. Cuando pregunté cómo llegar hasta allí, la respuesta también fue contundente. Ni siquiera habían oído hablar nunca de ese pueblo. Cada vez estaba más intrigado.
Porque, ¿qué sabía yo de mi abuela? Nada. No la conocí. Murió en Granada, en brazos de mi padre, cuando éste todavía estaba en la universidad. Había dado a luz a mi padre, su único hijo, en Linares y había emigrado hasta allí desde Íllar, imagino que después de la guerra. Su nombre era María y sus padres Blas y Encarnación. Conoció a mi abuelo en Linares donde se casaron. De Íllar sólo quedaba el nombre. Ni una foto, ni una carta. Nada.
Hacer este repaso me dio miedo. Muerte y olvido, terrible conjunción. ¿Qué sabrán mis nietos de mí? ¿Sabrán de dónde vengo, dónde me crié, las calles que recorrí tantas veces durante mi infancia, todas las cosas que fueron importantes para mí y que ahí siguen? Nunca me había planteado esas cosas. De hecho siempre había dado por sentado que todo eso se transmite, como la familia de mi madre me lo transmitió a mí. Pero nunca había pensado en la familia de mi padre.
El día de difuntos siempre intento ir a Granada a visitar la tumba de mi abuela. Nunca vamos durante todo el año, pero es curioso que siempre, en esas fechas, la tumba tiene flores. Alguien la cuida. Quién puede ser, es un misterio; no le dio tiempo a conocer a mucha gente en Granada, y de aquello hace más de treinta años. Un misterio como tantos otros que rodean a la figura de mi abuela.
La primera vez que fui a Inglaterra yo sólo tenía trece años. Yo estaba encantado, pero en mi familia sí que había cierta preocupación. Supongo que como la habrá en todas las familias con pocos niños. Un día, al volver a casa, alguien de la familia que me acogía me dijo que me había llamado mi abuela. Me extrañó. Mi abuela Amparo, la única que he conocido, no tenía ni idea de inglés. La respuesta a este argumento fue aún más extraña: “Pues la señora que ha llamado hablaba un inglés estupendo”. ¿Algo más? “Hemos hablado un rato, me ha preguntado por ti y por cómo estabas”. Llamé a mis abuelos. Ellos nunca me habían llamado. Hasta hoy, nunca he sabido quien era aquella señora que dijo ser mi abuela.
Esto hace ya tiempo que lo comprendí, pero a L. todavía no le entra en la cabeza. No concibe a una persona que ni sabe ni se preocupa de su pasado, que lo ha borrado todo de su cabeza por la falta de uso que conlleva la soledad, o por la voluntad de no querer recordar más. Y se empeña en preguntar una y otra vez con insistencia encomiable. Y lo más curioso es que a veces consigue resultados, y algún dato aparece entre la neblina del olvido. Pero son casi espejismos en el desierto.
Como decía todo empezó con una conversación inofensiva. Hablábamos de planes para el puente y, al decir que pensábamos ir a Almería, a mi padre se le escapó: “Pues tu abuela era de Íllar”. Aquello fue toda una sorpresa. Y decía que se le escapó a mi padre ya que después no dio ni un solo dato más. Ni si quiera ante la insistencia de L. No recordaba.
Lo primero fue localizar Íllar en un mapa. No me extrañó que mi padre no lo supiera. ¿Dónde está Íllar? “En Almería, no tengo ni idea de dónde exactamente”. Más claro el agua. Conocer a alguien conlleva predecir sus respuestas, y está la sabía antes incluso de que se hiciera la pregunta.
Íllar es un pequeño pueblo de la Alpujarra, encaramado a la Sierra de Gádor, a unos treinta kilómetros de la capital. Eso es lo que se entiende al encontrarlo en un mapa. ¡Qué poca información dan los mapas! Por más que pongas a trabajar tu imaginación, nunca puedes imaginar los sitios.
La segunda idea que me pude hacer acerca de Íllar, provino de la recepción del parador de Mojácar. Cuando pregunté cómo llegar hasta allí, la respuesta también fue contundente. Ni siquiera habían oído hablar nunca de ese pueblo. Cada vez estaba más intrigado.
Porque, ¿qué sabía yo de mi abuela? Nada. No la conocí. Murió en Granada, en brazos de mi padre, cuando éste todavía estaba en la universidad. Había dado a luz a mi padre, su único hijo, en Linares y había emigrado hasta allí desde Íllar, imagino que después de la guerra. Su nombre era María y sus padres Blas y Encarnación. Conoció a mi abuelo en Linares donde se casaron. De Íllar sólo quedaba el nombre. Ni una foto, ni una carta. Nada.
Hacer este repaso me dio miedo. Muerte y olvido, terrible conjunción. ¿Qué sabrán mis nietos de mí? ¿Sabrán de dónde vengo, dónde me crié, las calles que recorrí tantas veces durante mi infancia, todas las cosas que fueron importantes para mí y que ahí siguen? Nunca me había planteado esas cosas. De hecho siempre había dado por sentado que todo eso se transmite, como la familia de mi madre me lo transmitió a mí. Pero nunca había pensado en la familia de mi padre.
El día de difuntos siempre intento ir a Granada a visitar la tumba de mi abuela. Nunca vamos durante todo el año, pero es curioso que siempre, en esas fechas, la tumba tiene flores. Alguien la cuida. Quién puede ser, es un misterio; no le dio tiempo a conocer a mucha gente en Granada, y de aquello hace más de treinta años. Un misterio como tantos otros que rodean a la figura de mi abuela.
La primera vez que fui a Inglaterra yo sólo tenía trece años. Yo estaba encantado, pero en mi familia sí que había cierta preocupación. Supongo que como la habrá en todas las familias con pocos niños. Un día, al volver a casa, alguien de la familia que me acogía me dijo que me había llamado mi abuela. Me extrañó. Mi abuela Amparo, la única que he conocido, no tenía ni idea de inglés. La respuesta a este argumento fue aún más extraña: “Pues la señora que ha llamado hablaba un inglés estupendo”. ¿Algo más? “Hemos hablado un rato, me ha preguntado por ti y por cómo estabas”. Llamé a mis abuelos. Ellos nunca me habían llamado. Hasta hoy, nunca he sabido quien era aquella señora que dijo ser mi abuela.
Comentario:
El pasado es tan irreal, en algunos casos, que pudiera no existir. Tengo una excelente memoria para unas cosas, y para otras, he de utilizar mi credulidad con lo que me cuentan, porque no queda ni rastro en mi cerebro de lo que pasó. Lo decía Antonio Machado, la verdad también se inventa, y yo he tenido la experiencia de contar una trola de dimensiones considerables sobre mi pasado, como mero divertimento, y al cabo del tiempo enterarme que fue así exactamente, que lo que yo creía fruto de la imaginación era un recuerdo. Y otras veces, surge de pronto nitidamente un hecho que ha estado sepultado durante decenas de años. Es así como funciona la memoria de los que no permanecimos en el mismi sitio, donde los vecinos y los allegados refrescan constantemente los recuerdos.
Un abrazo tiernísimo
Un abrazo tiernísimo
Comentario:
Ésto me recuerda a aquel otro de bigote que se desgañitaba en decir que se decía "programa" y no "popgrama".
Por alguna razón, parece que tenemos tanta necesidad de hacer saber o dejar huella en nuestros sucesores como de conocer de nuestros antecesores... ¡Misterios!
Por alguna razón, parece que tenemos tanta necesidad de hacer saber o dejar huella en nuestros sucesores como de conocer de nuestros antecesores... ¡Misterios!