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Donde viven los camiones de basura
Diletancias de un neurasténico en el exilio
Acerca de
Y te enseñaré algo diferente:/ tanto de tu sombra por la mañana yendo detrás de ti,/ como de tu sombra en el ocaso saliendo a tu encuentro,/ te enseñaré el miedo en un puñado de polvo. T.S. Eliot, La tierra baldía
Sindicación
 
Ceremonias (I)
Mullholland Drive. Junto al Castillo de la Luna. Ante el letrero que antaño anunciaba la urbanización Hollywoodland y que ahora se identifica como la enseña de esta ciudad. Justo por encima de Hollywood Lake. Con toda esta humeante ciudad a sus pies. Allí.
Él espera. Intenta identificar los lugares conocidos desde las alturas. Consulta el reloj a menudo. Nervios. Retraso. El sol empieza a retirarse, poco a poco, y la contaminación siembra un manto de colores irreales, tejido por los rayos oblicuos del atardecer.
Llega un coche. No es ése. Bajan cuatro turistas y empiezan a hacer fotos. Son los terceros en el último cuarto de hora. Cada minuto es un abismo de eternidad. La cabeza fría. En blanco. Sólo cabe esperar.
Otro coche. Ahora sí. Ahí llega. Como habían quedado. Una sorpresa. Eso es lo primero que dice ella cuando lo vé. Qué sorpresa, ¿qué haces tú aquí? A lo mejor ya se lo imagina. Los padres se hacen los remolones en el coche. Todo planeado hasta el último milímetro. Ella corre hacia él y le abraza. Sabías que iba a venir aquí con mis padres hoy. La madre los mira de reojo. También está nerviosa.
De repente, él se da cuenta de que no ha sacado su mano del bolsillo desde hace más de un cuarto de hora. Los nervios. Pero sí, está ahí, no lo ha perdido, ni se le ha caído. Lo tiene agarrado con fuerza.
Ella ríe. Venga, dime qué estás haciendo aquí. ¿No habrás quedado con la otra? Ya no puede disimular más. Desde donde está él puede ver toda la ciudad hasta el mar. Parece que pueda tocar con la mano las torres del downtown. El sonríe malicioso. La mira a los ojos. Coge su mano. Se arrodilla. Y no dice ni una palabra.
Ella comprende. Se le saltan las lágrimas. No puede decir nada. Durante unos segundos nadie dice nada. Ni siquiera los cuatro turistas que ya no hacen fotos. Él saca el anillo del bolsillo. Se lo ofrece. Ella está callada. Sólo llora. No puede hablar.
Por unos segundos la cara de él se tiñe de preocupación. Pero di algo. Ella llora. Y mueve la cabeza afirmativamente. ¿Sí? Claro.
Los padres, desde la cercana lejanía del coche donde han venido, aplauden con ilusión e ingenuidad. Los turistas también. Ellos dos se besan sin importarles nada ni nadie.

Fuimos testigos, el 20 de enero de 2005.

 
Comentario:
qué curioso, seguramente eso que ellos presentían como el principio de la felicidad sea el momento más feliz de todos los momentos. Suerte para tí haberlo visto/vivido.
No