Invisibles
Cuando me lo contó mi madre, una tarde cualquiera, hace ya un par de años, me invadió una terrible tristeza. Puede que fuera uno de los relatos reales más tristes que haya oído en mi vida. Y recuerdo que me alegré, me alegré de no conocer a aquella pareja, de no saberla identificar entre mis recuerdos, de no distinguirla entre la gente que te cruzas en el supermercado, de no poderle poner un rostro a la desesperación y al olvido.
La historia era así: una pareja de ancianos, como todos los domingos, a las 11 menos cuarto de la mañana se dirigía achacosamente a la iglesia, cogidos del brazo con paso parsimonioso, para oír la misa de media mañana. Tal y como habían hecho durante los últimos 20 años. Cerca de la iglesia, la mujer se dio cuenta de que se le había olvidado el bolso en casa. La cabeza le fallaba, se le olvidaban las cosas, cada vez estaba más torpe. Las señoras mayores para esto son muy miradas y, claro, ella tenía que echar algunas monedas de calderilla en el cepillo, monedas que por otro lado había ido arañando de su exigua pensión a lo largo de la semana. Por lo tanto necesitaba el monedero que estaba dentro de su bolso. La única solución posible era que el marido se acercara a casa, que tampoco estaba muy lejos, y en diez minutos estuviera de vuelta con el bolso. Ella lo esperaría sentada en uno de los bancos de la plaza, posiblemente uno de esos bancos donde habrían pasado sus primeras tardes como novios en una juventud ya olvidada. Él se fue y ella esperó. Lo que nunca supo fue que camino a casa, con las prisas, su marido sufrió un infarto que le fulminó la vida como un rayo. Pasaron las horas en aquel banco y nadie se percató de su presencia. Vecinos y familia empezaron a buscarla pero no se les ocurrió que pudiera estar a tan sólo dos calles de su casa. Se hizo de noche y empezó a llover. Pero ella seguía sentada en el banco, esperando a su marido, invisible a los demás. Sólo entonces, entre la lluvia, la vio un policía municipal. Ella dijo que tenía que esperar a su marido.
Hay momentos en nuestra vida en que todos somos invisibles. Nos cruzamos a tantas personas por la calle, pero, ¿a cuantas vemos realmente? Nuestras miradas traspasan sin detenerse a la mayoría de personas que nos rodean. Hasta que un día alguien te cuenta una historia como ésta y te preguntas si pasaste tú por esa plaza aquel día, si viste a aquella anciana sentada en un banco. Nuestro consuelo es que nunca lo recordarás.

La historia era así: una pareja de ancianos, como todos los domingos, a las 11 menos cuarto de la mañana se dirigía achacosamente a la iglesia, cogidos del brazo con paso parsimonioso, para oír la misa de media mañana. Tal y como habían hecho durante los últimos 20 años. Cerca de la iglesia, la mujer se dio cuenta de que se le había olvidado el bolso en casa. La cabeza le fallaba, se le olvidaban las cosas, cada vez estaba más torpe. Las señoras mayores para esto son muy miradas y, claro, ella tenía que echar algunas monedas de calderilla en el cepillo, monedas que por otro lado había ido arañando de su exigua pensión a lo largo de la semana. Por lo tanto necesitaba el monedero que estaba dentro de su bolso. La única solución posible era que el marido se acercara a casa, que tampoco estaba muy lejos, y en diez minutos estuviera de vuelta con el bolso. Ella lo esperaría sentada en uno de los bancos de la plaza, posiblemente uno de esos bancos donde habrían pasado sus primeras tardes como novios en una juventud ya olvidada. Él se fue y ella esperó. Lo que nunca supo fue que camino a casa, con las prisas, su marido sufrió un infarto que le fulminó la vida como un rayo. Pasaron las horas en aquel banco y nadie se percató de su presencia. Vecinos y familia empezaron a buscarla pero no se les ocurrió que pudiera estar a tan sólo dos calles de su casa. Se hizo de noche y empezó a llover. Pero ella seguía sentada en el banco, esperando a su marido, invisible a los demás. Sólo entonces, entre la lluvia, la vio un policía municipal. Ella dijo que tenía que esperar a su marido.
Hay momentos en nuestra vida en que todos somos invisibles. Nos cruzamos a tantas personas por la calle, pero, ¿a cuantas vemos realmente? Nuestras miradas traspasan sin detenerse a la mayoría de personas que nos rodean. Hasta que un día alguien te cuenta una historia como ésta y te preguntas si pasaste tú por esa plaza aquel día, si viste a aquella anciana sentada en un banco. Nuestro consuelo es que nunca lo recordarás.

Comentario:
Vaya, mira tú por donde quién ha venido a ver éste blog, jeje. Confieso que no soy muy asiduo a éste tipo de cosas (odio cuando todo el mundo le da por hacer lo mismo, y ahora toca que todos tengamos un blog), aunque leyendo el de Mayhem recordé el tuyo y aquí estoy leyendo de nuevo.
Y este texto en particular me ha gustado bastante, como alguien lo ha dicho antes, me transmitió bastante. Quizás sea porque nos vemos reflejados en cosas como ésta. Tan sólo que a veces además de ser invisible, siento que el resto de la gente también lo es. Como si fuese yo el único que está en escena, y el resto del mundo meros extras, un simple ruido o imagen de fondo.
En fin, tan sólo quería felicitarte por este texto y mandarte un saludo. Vete calentando motores para el posting que pronto empezamos.
Un saludo,
Jordison
Y este texto en particular me ha gustado bastante, como alguien lo ha dicho antes, me transmitió bastante. Quizás sea porque nos vemos reflejados en cosas como ésta. Tan sólo que a veces además de ser invisible, siento que el resto de la gente también lo es. Como si fuese yo el único que está en escena, y el resto del mundo meros extras, un simple ruido o imagen de fondo.
En fin, tan sólo quería felicitarte por este texto y mandarte un saludo. Vete calentando motores para el posting que pronto empezamos.
Un saludo,
Jordison
Comentario:
Por favor no más de estas historias :),demasiado tristes.
Comentario:
Os quiero dar a todos las gracias por vuestros comentarios. Juntos hacemos de este espacio un sitio más interesante y personal.
Babel, tienes razón, la gente que te rodea no quiere decir que te acompañe. Sólo tienes que pensar en las grandes ciudades: allí, aunque rodeados de gente, la soledad es más brutal que en cualquier otra parte.
Miss Shangay Lily, ¿te has propuesto sacarme los colores? Pues lo has conseguido, en serio. Muchas gracias por el cumplido, te lo digo de todo corazón.
Bruno, como siempre vuelves a dar en el centro de la diana (por lo menos en mi forma de pensar). Me ha chocado mucho que utilizas un adjetivo que yo siempre he usado y que en este texto no puso: transparente. En otros sitios lo he escrito, más que invisibles, muchas veces somos transparentes, las miradas de la gente nos traspasan sin detenerse en nosotros.
María, muchas gracias. Me alegro mucho de que haber conseguido contigo lo que me propuse al escribir esta entrada. Es otro cumplido que me halaga.
mmm, tienes razón, con la espalda muy estirada, muy recta, porque ella también sería muy coqueta, y nunca se sabe quien puede estar mirando, la mirada perdida, muy lejana...
Babel, tienes razón, la gente que te rodea no quiere decir que te acompañe. Sólo tienes que pensar en las grandes ciudades: allí, aunque rodeados de gente, la soledad es más brutal que en cualquier otra parte.
Miss Shangay Lily, ¿te has propuesto sacarme los colores? Pues lo has conseguido, en serio. Muchas gracias por el cumplido, te lo digo de todo corazón.
Bruno, como siempre vuelves a dar en el centro de la diana (por lo menos en mi forma de pensar). Me ha chocado mucho que utilizas un adjetivo que yo siempre he usado y que en este texto no puso: transparente. En otros sitios lo he escrito, más que invisibles, muchas veces somos transparentes, las miradas de la gente nos traspasan sin detenerse en nosotros.
María, muchas gracias. Me alegro mucho de que haber conseguido contigo lo que me propuse al escribir esta entrada. Es otro cumplido que me halaga.
mmm, tienes razón, con la espalda muy estirada, muy recta, porque ella también sería muy coqueta, y nunca se sabe quien puede estar mirando, la mirada perdida, muy lejana...
Comentario:
Me la imaginé: redondita y pequeña, sentada con las manitos juntas y la cara fría mojada por la lluvia.
Comentario:
Me has hecho pensar, creo q es a lo más que se puede aspirar con esto de los blogs
Comentario:
Durante toda la infancia soñamos con ser invisibles. Colarnos en los cines, en la alcoba de alguna compañera o compañero de clase, en los vestuarios, en las heladerías. Ir por la calle levantando faldas, cogiendo chucherías, tirando piedras a las farolas y todo sin que nadie pueda vernos ni obrar en consecuencia.
Luego, con los años, es otra invisibilidad la que se apodera de nosotros, la que nos hace seres impersonales en un mar de seres de nuestra misma especie. De esa invisibilidad huimos, sin conseguirlo, maldiciendo las veces que deseamos serlo mientras merendábamos de pie para poder irnos antes a la calle, a practicar, para llegar a ser transparentes a los ojos de los demás.
Lo conseguimos, vaya putada.
Luego, con los años, es otra invisibilidad la que se apodera de nosotros, la que nos hace seres impersonales en un mar de seres de nuestra misma especie. De esa invisibilidad huimos, sin conseguirlo, maldiciendo las veces que deseamos serlo mientras merendábamos de pie para poder irnos antes a la calle, a practicar, para llegar a ser transparentes a los ojos de los demás.
Lo conseguimos, vaya putada.
Comentario:
Querido Puagh, definitivamente eres un ser hermoso. En el más amplio sentido posible. Me tocas el alma con tu escritura y eso, te lo aseguro, no es facil. Quédate con dos besos de amor... ya me los devolverás un día de estos...
kissitos radicalmente feministas.
kissitos radicalmente feministas.
Comentario:
Nunca me he sentido más solo que cuando estoy rodeado de gente :-(





