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Donde viven los camiones de basura
Diletancias de un neurasténico en el exilio
Acerca de
Y te enseñaré algo diferente:/ tanto de tu sombra por la mañana yendo detrás de ti,/ como de tu sombra en el ocaso saliendo a tu encuentro,/ te enseñaré el miedo en un puñado de polvo. T.S. Eliot, La tierra baldía
Sindicación
 
Memorias II
Pero lo peor de estar allí encerrado era la ciudad. Esa puta mierda de ciudad. Tan lejos y tan cerca al mismo tiempo. Desde el patio podían verse sus calles empinadas y los tranvías recorriéndolas. Veías a la gente vivir, y eso te quemaba por dentro. Por eso me encantaban los días de niebla, porque entonces no estaba allí, no había nada, sólo un telón blanco y San Francisco desaparecía para darnos un descanso y no recordarnos como era la libertad. No restregarnos nuestra mierda en la cara.
Todas las noches maldecía a esos cabrones que vivían en la bahía, ajenos a la mierda de la isla que tenían delante. Pero nosotros no eramos ajenos a sus vidas. Las anhelabamos todas. Siempre había alguien con la mirada perdida en el skyline franciscano. Y esos eran los peores. Acababan ahorcados en sus celdas o intentando abrirse la cabeza en las duchas porque el encierro les podía. Ese era el tipo de preso más imbécil de todos los que había aquí dentro. Los que no dejaban de pensar en la vida fuera.
Para ellos las fiestas eran las peores fechas. Siempre me recordaban a sus viejos que ya no son capaces ni de ir a mear solos que siempre se ponen a llorar el día de Navidad y no dejan de repetir todos los años que ésta es la última que van a vivir. Pero ellos no eran viejos. Eran unos niños. Los más jóvenes de esta puta carcel. Y no dejaban de llorar en todas la Navidades, pensando en los pasteles de sus madres y de cómo habían llorado sus hermanas cuando se enteraron de que fueron ellos los que le habían metido cinco tiros en la cabeza al dueño de la licorería de su pueblo.
Y luego venía el día de año nuevo y entonces te daban ganas de meterles los cinco tiros en la cabeza a todos ellos. El día de año nuevo era uno de los más duros en Alcatraz. No sé por qué, pero año tras año, éste era el único día en el que llegaba hasta allí el ruido de la ciudad. Daba igual que fuera el día de la independencia o Thanksgiving, nunca se oía una mierda. Pero el uno de enero, desde la mañana temprana, los ruidos de la gente divirtiéndose, de las fiestas que se organizaban por toda la ciudad, se colaban por las ventanas de Broadway. Entiendo que entraran ganas de ahorcarse. Yo también las tuve.