Ceremonias (II)
En Broadway, el otro Broadway, el de la costa Oeste, casi en frente del Bradbury building, existe un local muy extraño para nosotros, los europeos, y tristemente normal por estas tierras. A su entrada un enorme cartel anuncia: Bodas legales. Y justo debajo, otro que termina de definir la razón social: Divorcios instantaneos.
La primera vez que tropezamos con él, durante aquellos días en los que todavía estabamos descubriendo esta ciudad, no pudimos más que reirnos. Una foto ante semejante descubrimiento inmortalizó el momento.
Podía imaginarme a mucha gente que acudiría allí para consumar su divorcio. Algo rápido, efectivo, indoloro, aunque no creo que muy limpio, dado el aspecto del local. Sin embargo, no me entraba en la cabeza nadie que quisiera casarse allí, aunque la música que, como un mantra, saliera del local fuera la marcha nupcial en un bucle infinito. Tampoco hemos tardado mucho en desvelar el secreto.
Hace unos días volvíamos a Broadway haciendo de cicerones para la única visita patria que hemos tenido en todo este tiempo. Perdidos entre los negocios de tiendas de segunda mano, bazares y decomisos, después de comer unos tamales en Central market, recalamos otra vez en la puerta de las bodas y los divorcios instantáneos.
La marcha nupcial seguía bramando desde los altavoces de dentro. Sin embargo, esta vez, tal vez por el día, sábado, algo cambió. Mientras contemplabamos con ironía e, incluso, puede que con cierto desprecio, el paradójico cartel, una algarabía proveniente del interior nos sorprendió. Unas treinta personas riendo y gritando (en castellano, claro, aquí solo se grita en castellano), irrumpieron en la calle. Mejicanos todos. Y entre ellos, de blanco ella, con corbata él, los novios, radiantes, sonrientes, felices, sin lugar a dudas.
No había ningún exceso en aquella estampa. Era patente la humildad de la nueva pareja y de la ceremonia, humildad que se veía reflejada tanto en novios como invitados.
Ni siquiera hubo arroz, costumbre también común en este continente.
Unos cuantos vivas los novios y llegó lo que nos resultó más llamativo de toda la escena. Aquel que parecía el padrino, como por arte de birlibirloque, hizo aparecer varias bolsas con el logotipo del K-Mart y comenzó a repartir su contenido (latas refrescos de todos los pelajes) entre todos los invitados.
Los novios terminaron de saludar. Abrieron cada uno una cocacola (la de ella light, así de coqueta), brindaron, allí en medio de la calle, con sus invitados y se fueron seguidos del estruendo de cuatro latas en un coche que el mismo novio conducía.
Se nos heló la sonrisa en los labios cuando comprendimos que ese había sido todo el banqueta de aquella ceremonia.
También fuimos testigos. Entre una y otra ceremonia a penas si pasaron 20 horas.

La primera vez que tropezamos con él, durante aquellos días en los que todavía estabamos descubriendo esta ciudad, no pudimos más que reirnos. Una foto ante semejante descubrimiento inmortalizó el momento.
Podía imaginarme a mucha gente que acudiría allí para consumar su divorcio. Algo rápido, efectivo, indoloro, aunque no creo que muy limpio, dado el aspecto del local. Sin embargo, no me entraba en la cabeza nadie que quisiera casarse allí, aunque la música que, como un mantra, saliera del local fuera la marcha nupcial en un bucle infinito. Tampoco hemos tardado mucho en desvelar el secreto.
Hace unos días volvíamos a Broadway haciendo de cicerones para la única visita patria que hemos tenido en todo este tiempo. Perdidos entre los negocios de tiendas de segunda mano, bazares y decomisos, después de comer unos tamales en Central market, recalamos otra vez en la puerta de las bodas y los divorcios instantáneos.
La marcha nupcial seguía bramando desde los altavoces de dentro. Sin embargo, esta vez, tal vez por el día, sábado, algo cambió. Mientras contemplabamos con ironía e, incluso, puede que con cierto desprecio, el paradójico cartel, una algarabía proveniente del interior nos sorprendió. Unas treinta personas riendo y gritando (en castellano, claro, aquí solo se grita en castellano), irrumpieron en la calle. Mejicanos todos. Y entre ellos, de blanco ella, con corbata él, los novios, radiantes, sonrientes, felices, sin lugar a dudas.
No había ningún exceso en aquella estampa. Era patente la humildad de la nueva pareja y de la ceremonia, humildad que se veía reflejada tanto en novios como invitados.
Ni siquiera hubo arroz, costumbre también común en este continente.
Unos cuantos vivas los novios y llegó lo que nos resultó más llamativo de toda la escena. Aquel que parecía el padrino, como por arte de birlibirloque, hizo aparecer varias bolsas con el logotipo del K-Mart y comenzó a repartir su contenido (latas refrescos de todos los pelajes) entre todos los invitados.
Los novios terminaron de saludar. Abrieron cada uno una cocacola (la de ella light, así de coqueta), brindaron, allí en medio de la calle, con sus invitados y se fueron seguidos del estruendo de cuatro latas en un coche que el mismo novio conducía.
Se nos heló la sonrisa en los labios cuando comprendimos que ese había sido todo el banqueta de aquella ceremonia.
También fuimos testigos. Entre una y otra ceremonia a penas si pasaron 20 horas.

Ceremonias (I)
Mullholland Drive. Junto al Castillo de la Luna. Ante el letrero que antaño anunciaba la urbanización Hollywoodland y que ahora se identifica como la enseña de esta ciudad. Justo por encima de Hollywood Lake. Con toda esta humeante ciudad a sus pies. Allí.
Él espera. Intenta identificar los lugares conocidos desde las alturas. Consulta el reloj a menudo. Nervios. Retraso. El sol empieza a retirarse, poco a poco, y la contaminación siembra un manto de colores irreales, tejido por los rayos oblicuos del atardecer.
Llega un coche. No es ése. Bajan cuatro turistas y empiezan a hacer fotos. Son los terceros en el último cuarto de hora. Cada minuto es un abismo de eternidad. La cabeza fría. En blanco. Sólo cabe esperar.
Otro coche. Ahora sí. Ahí llega. Como habían quedado. Una sorpresa. Eso es lo primero que dice ella cuando lo vé. Qué sorpresa, ¿qué haces tú aquí? A lo mejor ya se lo imagina. Los padres se hacen los remolones en el coche. Todo planeado hasta el último milímetro. Ella corre hacia él y le abraza. Sabías que iba a venir aquí con mis padres hoy. La madre los mira de reojo. También está nerviosa.
De repente, él se da cuenta de que no ha sacado su mano del bolsillo desde hace más de un cuarto de hora. Los nervios. Pero sí, está ahí, no lo ha perdido, ni se le ha caído. Lo tiene agarrado con fuerza.
Ella ríe. Venga, dime qué estás haciendo aquí. ¿No habrás quedado con la otra? Ya no puede disimular más. Desde donde está él puede ver toda la ciudad hasta el mar. Parece que pueda tocar con la mano las torres del downtown. El sonríe malicioso. La mira a los ojos. Coge su mano. Se arrodilla. Y no dice ni una palabra.
Ella comprende. Se le saltan las lágrimas. No puede decir nada. Durante unos segundos nadie dice nada. Ni siquiera los cuatro turistas que ya no hacen fotos. Él saca el anillo del bolsillo. Se lo ofrece. Ella está callada. Sólo llora. No puede hablar.
Por unos segundos la cara de él se tiñe de preocupación. Pero di algo. Ella llora. Y mueve la cabeza afirmativamente. ¿Sí? Claro.
Los padres, desde la cercana lejanía del coche donde han venido, aplauden con ilusión e ingenuidad. Los turistas también. Ellos dos se besan sin importarles nada ni nadie.
Fuimos testigos, el 20 de enero de 2005.

Él espera. Intenta identificar los lugares conocidos desde las alturas. Consulta el reloj a menudo. Nervios. Retraso. El sol empieza a retirarse, poco a poco, y la contaminación siembra un manto de colores irreales, tejido por los rayos oblicuos del atardecer.
Llega un coche. No es ése. Bajan cuatro turistas y empiezan a hacer fotos. Son los terceros en el último cuarto de hora. Cada minuto es un abismo de eternidad. La cabeza fría. En blanco. Sólo cabe esperar.
Otro coche. Ahora sí. Ahí llega. Como habían quedado. Una sorpresa. Eso es lo primero que dice ella cuando lo vé. Qué sorpresa, ¿qué haces tú aquí? A lo mejor ya se lo imagina. Los padres se hacen los remolones en el coche. Todo planeado hasta el último milímetro. Ella corre hacia él y le abraza. Sabías que iba a venir aquí con mis padres hoy. La madre los mira de reojo. También está nerviosa.
De repente, él se da cuenta de que no ha sacado su mano del bolsillo desde hace más de un cuarto de hora. Los nervios. Pero sí, está ahí, no lo ha perdido, ni se le ha caído. Lo tiene agarrado con fuerza.
Ella ríe. Venga, dime qué estás haciendo aquí. ¿No habrás quedado con la otra? Ya no puede disimular más. Desde donde está él puede ver toda la ciudad hasta el mar. Parece que pueda tocar con la mano las torres del downtown. El sonríe malicioso. La mira a los ojos. Coge su mano. Se arrodilla. Y no dice ni una palabra.
Ella comprende. Se le saltan las lágrimas. No puede decir nada. Durante unos segundos nadie dice nada. Ni siquiera los cuatro turistas que ya no hacen fotos. Él saca el anillo del bolsillo. Se lo ofrece. Ella está callada. Sólo llora. No puede hablar.
Por unos segundos la cara de él se tiñe de preocupación. Pero di algo. Ella llora. Y mueve la cabeza afirmativamente. ¿Sí? Claro.
Los padres, desde la cercana lejanía del coche donde han venido, aplauden con ilusión e ingenuidad. Los turistas también. Ellos dos se besan sin importarles nada ni nadie.
Fuimos testigos, el 20 de enero de 2005.
