Diversiones
Una de las primeras lecciones en las facultades de economía distingue entre el ocio y el "neg-ocio", o la negación de éste.
Uno de los paradigmas de nuestra sociedad postindustrial, postmodernista y postcivilizada es la conversión del ocio en negocio.
Con estas premisas y, como si se tratara de la multiplicación de los panes y peces, los yankees, en medio de tres desiertos, en un lugar donde ni de madrugada se baja de los 40 grados, en menos de 100 años (el año que viene será su centenario), han construido Las Vegas, la ciudad que posee todo lo que un americanito de Oklahoma puede desear.
Sus luces deslumbran tanto que es difícil establecer la frontera entre la realidad y la mentira. Cualquier cosa que se diga o que se escriba sobre Las Vegas se debe multiplicar por cuatro o por cinco, porque es imposible hacerse una idea de la exageración a la que se puede llegar dentro de este espejismo. Ese bigger than life de Hollywood se queda en pequeño parque temático para niños aquí, en anecdota que hace recordar con una sonrisa aquella sonrojante simplicidad antigua que desvela la novedad.
Imagino que cuando aquellos provincianos del Imperio Romano hacían un viaje a través de media Europa para ir a la capital del mundo, al llegar al foro, deberían sentir algo parecido a lo que cualquier persona puede sentir ante lo apabullante de este oasis de neón. Sus construcciones masivas, su lujo abigarrado, su estridente banda sonora, sus excesivos espectáculos, su indecente derroche, todo produce una sensación difícilmente repetible en cualquier otra parte del mundo, que se enrosca y retuerce de la misma forma que las montañas rusas se encaraman a las fachadas de los casinos.
Todo en Las Vegas es rápido: la estancia, la diversión, la ganancia, el gasto. Las modas y los lujos se suceden a una velocidad vertiginosa, y es raro que un casino llegue a los cincuenta años de edad. El derroche y el malgusto se dan la mano en una perfecta simbiosis.
Y sin embargo es todo tan vacío, tan frío, tan agrio. Porque los ciudadanos del Imperio, cuando llegaban a Roma, encontraban también algo más allá de los oropeles y el acanto, algo que en Las Vegas nadie podrá encontrar.

Uno de los paradigmas de nuestra sociedad postindustrial, postmodernista y postcivilizada es la conversión del ocio en negocio.
Con estas premisas y, como si se tratara de la multiplicación de los panes y peces, los yankees, en medio de tres desiertos, en un lugar donde ni de madrugada se baja de los 40 grados, en menos de 100 años (el año que viene será su centenario), han construido Las Vegas, la ciudad que posee todo lo que un americanito de Oklahoma puede desear.
Sus luces deslumbran tanto que es difícil establecer la frontera entre la realidad y la mentira. Cualquier cosa que se diga o que se escriba sobre Las Vegas se debe multiplicar por cuatro o por cinco, porque es imposible hacerse una idea de la exageración a la que se puede llegar dentro de este espejismo. Ese bigger than life de Hollywood se queda en pequeño parque temático para niños aquí, en anecdota que hace recordar con una sonrisa aquella sonrojante simplicidad antigua que desvela la novedad.
Imagino que cuando aquellos provincianos del Imperio Romano hacían un viaje a través de media Europa para ir a la capital del mundo, al llegar al foro, deberían sentir algo parecido a lo que cualquier persona puede sentir ante lo apabullante de este oasis de neón. Sus construcciones masivas, su lujo abigarrado, su estridente banda sonora, sus excesivos espectáculos, su indecente derroche, todo produce una sensación difícilmente repetible en cualquier otra parte del mundo, que se enrosca y retuerce de la misma forma que las montañas rusas se encaraman a las fachadas de los casinos.
Todo en Las Vegas es rápido: la estancia, la diversión, la ganancia, el gasto. Las modas y los lujos se suceden a una velocidad vertiginosa, y es raro que un casino llegue a los cincuenta años de edad. El derroche y el malgusto se dan la mano en una perfecta simbiosis.
Y sin embargo es todo tan vacío, tan frío, tan agrio. Porque los ciudadanos del Imperio, cuando llegaban a Roma, encontraban también algo más allá de los oropeles y el acanto, algo que en Las Vegas nadie podrá encontrar.

Viajes
Me agobian los viajes. Cuando alguno se acerca no puedo pensar en otra cosa que no sea el viaje. No tengo tiempo para nada más que para buscar hotel, alquilar un coche, leer información acerca de lo que voy a ver, lo que no voy a ver y lo que me gustaría ver y, con casi toda seguridad, nunca veré porque no me va a dar tiempo. Y no quiero que se entienda que no me gusta viajar. Me encanta. Pero no me gusta prepararlos. Si tuviera el dinero necesario, todos mis viajes los haría con una agencia. Que alguien me reservara los hoteles, me comprara los billetes, me viniera a recoger... incluso pagaría poque alguien me hiciera la maleta y no darme cuenta de que el bañador para ir a la playa se ha quedado a 500 kilómetros de la costa más cercana o el móvil para anular una reserva de un hotel se ha quedado en otro a varios cientos de kilómetros de distancia.
Odio los viajes, o mejor dicho, odio los días que preceden a los viajes, porque me ponen nervioso, porque me bloquean y no me dejan hacer nada que no sea preocuparme por ellos, porque siempre tengo ganas de estar ya viajando y perder de vista toda la rutina.
Porque, en realidad, me encantan los viajes, aunque no lo parezca. Siempre se aprende algo nuevo, se ven cosas nuevas, se conoce gente nueva. Y con esto no quiero hacer pensar a nadie en El alquimista, de Paulo Coelho, porque siempre me pareció una soberana estupidez todo aquello del viaje interior, propio de niñitos del instituto, o de hippies frustrados, o de auténticas víctimas del "buenrollismo" que pretenden pasarse por intelectuales.
Mañana toca enfrentarme a la autopista, ese es el viaje, y no creo que me lleve a nada que no conozca sobre mí.

Odio los viajes, o mejor dicho, odio los días que preceden a los viajes, porque me ponen nervioso, porque me bloquean y no me dejan hacer nada que no sea preocuparme por ellos, porque siempre tengo ganas de estar ya viajando y perder de vista toda la rutina.
Porque, en realidad, me encantan los viajes, aunque no lo parezca. Siempre se aprende algo nuevo, se ven cosas nuevas, se conoce gente nueva. Y con esto no quiero hacer pensar a nadie en El alquimista, de Paulo Coelho, porque siempre me pareció una soberana estupidez todo aquello del viaje interior, propio de niñitos del instituto, o de hippies frustrados, o de auténticas víctimas del "buenrollismo" que pretenden pasarse por intelectuales.
Mañana toca enfrentarme a la autopista, ese es el viaje, y no creo que me lleve a nada que no conozca sobre mí.
