Carritos
Por la época en la que estrenaron Amelie lo leí en la prensa. Por lo que se ve a una ministra (con bastante mal gusto, por lo que se intuye) del país galo le habían robado de su jardín a un enano, y lo habían encontrado en un bosque cercano. Al año, en Francia, se encontraban cientos de enanos de jardín "abandonados" en los bosques. Los autores: una asociciación que se autodenominaba "Frente de liberación de los enanos de jardín". Su leit motiv: "Los enanos pertenecen a los bosques, devolvámonos allí".
Me pareció una idea digna de un genio.
Ahora, aquí en Los Angeles me pregunto si no existirá algo parecido. Pero no para la liberación de los enanos de jardín, sino de los carritos de supermercado. Puedes encontrarlos en el lugar más inesperado. Y no parecen abandonados a su suerte, ni perdidos, ni siquiera da la sensación que alguien se los ha traido para no arrastrar las bolsas andando (algo estúpido en una ciudad en la que se va en coche hasta a comprar la primitiva). Parecen puestos a propósito en entornos más apropiados para su supervivencia. En la puerta de una tienda de ropa, en un parque, en una parada de autobús, junto a las mesas de la terraza de una cafetería, a la entrada de una autopista, junto a los semáforos, en las gasolineras, junto a un parterre de flores, cualquier lugar es bueno. Y embellecen esta ciudad de por sí gris. Descubres rincones con gran lirismo y valor plástico gracias a su presencia. En realidad, otra forma de ver esta ciudad es a través de los ojos de los carritos de la compra.
Y me gusta imaginarme a grupos de enmascarados robándolos vacíos de los supermercados y corriendo por las calles con ellos. Del mismo modo que tiene que haber brigadas de empleados de los supermercados que se dedican a recobrarlos y a devolverlos a su ecosistema consumista. Tal vez alguno siente compasión por ellos y hace la vista gorda al pasar junto a un carrito que parece que nació para poblar ese rincón.

Me pareció una idea digna de un genio.
Ahora, aquí en Los Angeles me pregunto si no existirá algo parecido. Pero no para la liberación de los enanos de jardín, sino de los carritos de supermercado. Puedes encontrarlos en el lugar más inesperado. Y no parecen abandonados a su suerte, ni perdidos, ni siquiera da la sensación que alguien se los ha traido para no arrastrar las bolsas andando (algo estúpido en una ciudad en la que se va en coche hasta a comprar la primitiva). Parecen puestos a propósito en entornos más apropiados para su supervivencia. En la puerta de una tienda de ropa, en un parque, en una parada de autobús, junto a las mesas de la terraza de una cafetería, a la entrada de una autopista, junto a los semáforos, en las gasolineras, junto a un parterre de flores, cualquier lugar es bueno. Y embellecen esta ciudad de por sí gris. Descubres rincones con gran lirismo y valor plástico gracias a su presencia. En realidad, otra forma de ver esta ciudad es a través de los ojos de los carritos de la compra.
Y me gusta imaginarme a grupos de enmascarados robándolos vacíos de los supermercados y corriendo por las calles con ellos. Del mismo modo que tiene que haber brigadas de empleados de los supermercados que se dedican a recobrarlos y a devolverlos a su ecosistema consumista. Tal vez alguno siente compasión por ellos y hace la vista gorda al pasar junto a un carrito que parece que nació para poblar ese rincón.

Días
La primera sorpresa ha llegado al mirar el calendario de mi oficina. Día 16 de junio. Es una sorpresa, de esas que llegan sin avisar y de sopetón. Me gusta éste día. Desde hace un tiempo lo intento celebrar siempre, aunque a mi manera. Algunas veces me ha dado tiempo a pasar por un pub irlandés y tomarme una pinta a la salud del “gran mito”, y otras simplemente he buscado por internet el programa de actos y fantaseado con estar tal día como hoy por las calles de Dublín. Sí, me encanta el bloomsday, y me encantaría recorrer los rincones que describe Joyce a lo largo de ese 16 de junio de hace ya 100 años.
La segunda sorpresa ha llegado a media mañana. De repente, y sin aviso también, la calle se ha llenado de ruidos, gritos, banderas, colores, paralizando el tráfico y sacando a las gentes a las orillas de las aceras, preguntándose qué estaba pasando. Parecía que uno de esos circos hacía su pasacalles para anunciar su llegada a la ciudad. Luego la hemos visto llegar. La antorcha olímpica. Y las gentes gritaban y aplaudían emocionadas, movían las banderitas de los danaos y agitaban las manos en señal de saludo. ¿Quién me iba a decir que iba a ver aquí en Los Angeles el paso de la antorcha? ¿No está muy lejos de donde tiene que llegar? ¿Le dará tiempo?
Y en éste punto es donde ya se me ha emborronado todo en la cabeza. El señor Bloom recorre las calles de Dublín el 16 de junio y la antorcha las de Los Angeles, todo el día también. Me he imaginado al gran cornudo corriendo hacia el burdel de Circe, abanderando la antorcha de la paz, o comiendo aquellos hígados y vísceras mientras que el fuego olímpico descansaba a un lado en la mesa. Mientras en la cueva de los vientos, Eolo y sus compañeros periodistas intentan plasmar en la edición de la tarde el paso de la antorcha mientras que comentan las infidelidades de la mujer del portador.
Definitivamente, tengo que ir a tomarme una pinta a la salud del Señor Bloom.

La segunda sorpresa ha llegado a media mañana. De repente, y sin aviso también, la calle se ha llenado de ruidos, gritos, banderas, colores, paralizando el tráfico y sacando a las gentes a las orillas de las aceras, preguntándose qué estaba pasando. Parecía que uno de esos circos hacía su pasacalles para anunciar su llegada a la ciudad. Luego la hemos visto llegar. La antorcha olímpica. Y las gentes gritaban y aplaudían emocionadas, movían las banderitas de los danaos y agitaban las manos en señal de saludo. ¿Quién me iba a decir que iba a ver aquí en Los Angeles el paso de la antorcha? ¿No está muy lejos de donde tiene que llegar? ¿Le dará tiempo?
Y en éste punto es donde ya se me ha emborronado todo en la cabeza. El señor Bloom recorre las calles de Dublín el 16 de junio y la antorcha las de Los Angeles, todo el día también. Me he imaginado al gran cornudo corriendo hacia el burdel de Circe, abanderando la antorcha de la paz, o comiendo aquellos hígados y vísceras mientras que el fuego olímpico descansaba a un lado en la mesa. Mientras en la cueva de los vientos, Eolo y sus compañeros periodistas intentan plasmar en la edición de la tarde el paso de la antorcha mientras que comentan las infidelidades de la mujer del portador.
Definitivamente, tengo que ir a tomarme una pinta a la salud del Señor Bloom.

Diarios
Nunca pude imaginar, cuando conocí a Eloisa que todo fuera a terminar como ha terminado. Todos conocemos el procedimiento. Al principio la emoción del momento. Esas declaraciones de amor desesperadas y nada sensatas. Volver a sentirte como un adolescente, aunque tu barriga cervecera y tu historial de fracasos no sean tan juveniles. Sin darme cuenta en menos de un mes ya me había mudado a su casa y estabamos viviendo juntos. Todo fue muy rápido. Después, claro, llega la rutina, el aburrimiento. Normal en toda relación de pareja. Y también en este caso fue muy rápido. Empecé a sentir la asfixia y claustrofobia que producen los lugares cerrados. No veía oportunidad para desaparecer. Es tan difícil decir ciertas cosas. Pero también esta sensación desapareció. El día en el que empecé con mi pequeña afición, toda esta necesidad de evadirme de aquella casa se disipó. Fue el día que encontré su diario. No voy a argumentar en mi defensa que en principio intentara por todos los medios no leerlo, que intenté doblegar mi voluntad para no ser desleal con la persona con la que estaba durmiendo. No, eso sería demasiado mezquino. Tan sólo estaba buscando un par de calcetines que ella necesitaba y lo encontré oculto bajo su ropa interior. Nada más ver aquella tapa roja, limpia, sin nigún tipo de señal o título, supe que se trataba de un diario, y lo abrí, mientras podía oír su voz preguntándome si los encontraba.
Es imposible describir con palabras la sensación que sentí aquella primera vez. Podría compararse tal vez con el primer orgasmo o con esa sensación infantil que produce el descubrimiento de un nuevo juego. Sin embargo, a pesar de recordar con todo detalle aquella sensación, soy incapaz de traer a mi memoria lo primero que leí.
Me dije que necesitaba leerlo con más calma. Lo guardé donde lo había encontrado y actué como si no se me hubiera revelado uno de los mayores secretos de ella.
Nunca sentí ningún tipo de remordimiento por leerlo. Ella me había ocultado su escritura, yo le ocultaba su lectura. Era así de simple. En mi vida había conocido a nadie como conocí a Eloisa. Aquellos escritos suyos me desvelaban cada recodo en su cabeza, cada manera de actuar, de sentir, de pensar. Y sin embargo, continuaba sorprendiéndome. Pronto abandoné aquella estúpida intención de abandonarla. Es más, me mortificaba la idea de la distancia. Ahora me había convertido en el mejor de los amantes. Odiaba separarme de ella, aunque fuera por viajes de trabajo. En realidad odiaba separarme de sus diarios, o que fuera ella la que se alejaba de ellos. Durante esos días no tenía aquella dosis de lectura que mi cuerpo necesitaba e, incluso, notaba cómo mi carácter cambiaba y se volvía más agrio. El día que conoció a Guillermo fue un día especial para ambos. Para ella por enamorarse al instante, como confesaba. Para mi por darme cuenta de que no me importaba lo más mínimo que se hubiera enamorado de otra persona. Aquellos días fueron los mejores de todo el tiempo que he vivido con ella. Me encantaba repasar las confidencias que se hacían a escondidas, lo que le contaba de mi, la manera en que se citaban a escondidas. El día que hicieron el amor por primera vez quise hacérselo yo también, con la única finalidad de leer al día siguiente si se lo había dicho a él o no. Pero la angustia volvió pronto. Sus reflexiones pronto abandonaron a Guillermo y se centraban en cómo iba a decirme que quería dejarme, que quería irse a vivir con su nuevo amante, que quería que abandonara su vida. Hasta hoy.
Cuando he vuelto de trabajar, como todos los días he buscado en su cajón, y como todos los días ahí estaba lo que había escrito en mi ausencia. Hoy era más escueto que otras veces, tan sólo decía: "Adiós, nunca volveré. Puedes quedarte mi diario porque, en realidad, es lo único que quieres de mi". Todavía la estoy esperando aquí sentado. No creo que sea capaz de irse sin su libreta de tapas rojas.

Es imposible describir con palabras la sensación que sentí aquella primera vez. Podría compararse tal vez con el primer orgasmo o con esa sensación infantil que produce el descubrimiento de un nuevo juego. Sin embargo, a pesar de recordar con todo detalle aquella sensación, soy incapaz de traer a mi memoria lo primero que leí.
Me dije que necesitaba leerlo con más calma. Lo guardé donde lo había encontrado y actué como si no se me hubiera revelado uno de los mayores secretos de ella.
Nunca sentí ningún tipo de remordimiento por leerlo. Ella me había ocultado su escritura, yo le ocultaba su lectura. Era así de simple. En mi vida había conocido a nadie como conocí a Eloisa. Aquellos escritos suyos me desvelaban cada recodo en su cabeza, cada manera de actuar, de sentir, de pensar. Y sin embargo, continuaba sorprendiéndome. Pronto abandoné aquella estúpida intención de abandonarla. Es más, me mortificaba la idea de la distancia. Ahora me había convertido en el mejor de los amantes. Odiaba separarme de ella, aunque fuera por viajes de trabajo. En realidad odiaba separarme de sus diarios, o que fuera ella la que se alejaba de ellos. Durante esos días no tenía aquella dosis de lectura que mi cuerpo necesitaba e, incluso, notaba cómo mi carácter cambiaba y se volvía más agrio. El día que conoció a Guillermo fue un día especial para ambos. Para ella por enamorarse al instante, como confesaba. Para mi por darme cuenta de que no me importaba lo más mínimo que se hubiera enamorado de otra persona. Aquellos días fueron los mejores de todo el tiempo que he vivido con ella. Me encantaba repasar las confidencias que se hacían a escondidas, lo que le contaba de mi, la manera en que se citaban a escondidas. El día que hicieron el amor por primera vez quise hacérselo yo también, con la única finalidad de leer al día siguiente si se lo había dicho a él o no. Pero la angustia volvió pronto. Sus reflexiones pronto abandonaron a Guillermo y se centraban en cómo iba a decirme que quería dejarme, que quería irse a vivir con su nuevo amante, que quería que abandonara su vida. Hasta hoy.
Cuando he vuelto de trabajar, como todos los días he buscado en su cajón, y como todos los días ahí estaba lo que había escrito en mi ausencia. Hoy era más escueto que otras veces, tan sólo decía: "Adiós, nunca volveré. Puedes quedarte mi diario porque, en realidad, es lo único que quieres de mi". Todavía la estoy esperando aquí sentado. No creo que sea capaz de irse sin su libreta de tapas rojas.

Presiones
A veces la presión nos puede. Conmigo siempre ha sido así. También con la gente que me rodea. Ahora mismo he dejado a L. en casa, bloqueada, desilusionada, agotada, descentrada, extenuada, asustada, agobiada, además de irascible, susceptible, sensible, incontenible... y así podría continuar durante más de una hora, pero no voy a provocaros un derrame cerebral, tranquilos.
L. se sube por las paredes y yo no puedo hacer otra cosa más que mirarla. La verdad es que tampoco es un espectáculo que agrade, pero tampoco se puede hacer nada más. Le queda una semana para su examen y no duerme, no come, no sale, apenas si habla y se lava porque no hay más remedio. ¿Quién dijo que las oposiciones son indoloras?
Y lo peor es que cuando por las noches la veo dar vueltas en la cama sin conciliar el sueño, me veo a mí mismo hace un año, sin ir más lejos, y todavía un escalofrío recorre mi cuerpo, y noto como mi espalda empieza a cubrirse del sudor frío. La presión de la última semana, la certeza de haber estado perdiendo el tiempo durante los últimos meses (si no años) de tu vida, eso es lo que en realidad hace que te replantees tu vida, no la rutina diaria de estudio. Y dejas de darle vueltas a todo y coges la primera ventana que te sirve de escapatoria y saltas en busca de una vida nueva.
La presión nos puede, y si no observad a alguien que está bajo ella, sus cambios de comportamiento, su forma de actuar, su mirada, sus ojos, ella.

[Poco tiene que ver la imagen, pero es que me ha encantado]
L. se sube por las paredes y yo no puedo hacer otra cosa más que mirarla. La verdad es que tampoco es un espectáculo que agrade, pero tampoco se puede hacer nada más. Le queda una semana para su examen y no duerme, no come, no sale, apenas si habla y se lava porque no hay más remedio. ¿Quién dijo que las oposiciones son indoloras?
Y lo peor es que cuando por las noches la veo dar vueltas en la cama sin conciliar el sueño, me veo a mí mismo hace un año, sin ir más lejos, y todavía un escalofrío recorre mi cuerpo, y noto como mi espalda empieza a cubrirse del sudor frío. La presión de la última semana, la certeza de haber estado perdiendo el tiempo durante los últimos meses (si no años) de tu vida, eso es lo que en realidad hace que te replantees tu vida, no la rutina diaria de estudio. Y dejas de darle vueltas a todo y coges la primera ventana que te sirve de escapatoria y saltas en busca de una vida nueva.
La presión nos puede, y si no observad a alguien que está bajo ella, sus cambios de comportamiento, su forma de actuar, su mirada, sus ojos, ella.

[Poco tiene que ver la imagen, pero es que me ha encantado]