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Discurso de la osa
y tal
Sindicación
 
catarsis
Estos días he escuchado la palabra "crisis" tantas veces que parecía un himno, o la canción del (fin del) verano. Así que me fui al diccionario: "Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente". (...) "Mutación importante".
La palabra "crisis" siempre me trae la palabra "catarsis"; es posible que sea sólo por la fonética, pero voy a decir que no.
"Entre los antiguos griegos, purificación ritual de personas o cosas afectadas de alguna impureza". (más abajo) "Purificación, liberación o transformación interior suscitados por una experiencia vital profunda".
Así que me quedo con la crisis catárquica.
Esto tiene que ver (además de con la repetición de la palabra, con la epidemia extendida) con que dejé la casa de miña nena E sin encontrar las palabras para el libro de visitas. Y hay una palabra; catarsis. Porque en su casa (que no es sólo ésa que se paga, ya sabéis) siempre se me atraviesa algo en el pecho, siempre hace que me mueva; porque lo que acomodo para seguir la rutina, allí se desahoga y se ventila. Siempre me voy con ilusión y con miedo. Así que me lo traje todo; y bicos. Así que he convocado gabinete de crisis con mis tripas. O gabinete de catarsis.

¿Puedo saludar? Á miña nena E, ese bico, ese abrazo, preciosa; luz; esas gracias. A F, energía pura, otro (y gracias también por aguantarme el tiempo del silencio y el paso lento, aún sin conocerme; y gracias por cuidarme a la nena). A D; que tengo bicos atrasaos.
 
cordis
Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
-¡Ayúdame a mirar!
(La función del arte/1; Eduardo Galeano)
Meu neno me pidió un día que le contara un cuento, y yo, desde E, acababa de leer los abrazos de Galeano, y le hablé de éste. Meu neno no se quedó convencido con el cuento, porque -dijo- debería ser el padre quien pidiese al niño que le enseñase a mirar; y es cierto, ciertísimo. Como yo le pedía a meu neno que me enseñase a mirar.
Llevo varios días revolviendo todos los libros que me encuentro, buscando sabequiénqué, como cuando te revuelves buscando postura. A lo mejor buscando ojos.
Esta tarde caí en el Libro de los abrazos de Galeano y me rerederretí en la primera página: el tren de juguete, el velero sobre raíles y Recordar: Del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón. Recordé el cuento que reescribió meu neno, como lo reescribía todo; que el inicio de este blog es el principio del principio del cuento sobre trenes que le iba a regalar; que este libro llegó con E; que la música que suena la puso D. Cojo las pegatinas de colores para marcar las páginas de lo bonito y recuerdo que me las regaló meu neno, con un lapiz rojo pequeñín que acababa de encontrar en el parque. Y creo que ya encontré; arte puro. Y por eso sigo buscando. (gracias) (Eduardo Naranjo; por "el agua harapienta de los pies secos")
 
gracias
 
mi casa

mi neno R dice que ya no se ve la catedral desde nuestro alto del parque
purgo penas, porque -cursi- no me atreví a decirle lo que pensé. que hay cosas que se ven siempre, porque están
-sígovos vendo-
 
tríptico
Las tripas jamás compondrán silogismos, ni escribirán poesía ni abordarán el diálogo socrático, pero son un cerebro (lo dice el profesor Michael D. Gershon).
Dice que las tripas son el segundo cerebro –me lo explicaron ayer-. (Lo que entendí de la explicación científica: hay en ellas neurotransmisores, y contactan con el cerebro principal, el de arriba, a través de diferentes fibras nerviosas. De hecho, hay más mensajes barriga-cabeza que cabeza-barriga; nos pueden las tripas).
Quizá no escriban poesía, pero tengo la sensación de que nace en ellas. Probablemente no compongan la canción más triste, ésa de cuando te me fuiste, ni la de felicidad, ésa de sentirte, pero sé que fueron las primeras en saber tu presencia -y el mundo que me enseñaste a mirar- y tu ausencia, y entonces se contrayeron hasta ser una masa pequeña dolorida, tristes de vacío. No pude (no puedo) escribirlo, porque justo después se me apagaron tripas y cabeza. Ahora quizá la cabeza haya diseñado una estrategia de diario, y el sistema funciona algo, pero no me engaña las entrañas. Se me revuelve el estómago cuando me faltas tanto. No es una forma de hablar; es que se me revuelve el estómago.
Pero las tripas también me dan esperanza. Ahora también se me revuelven cuando me enfado, antes de que la cabeza sepa que me he enfadado. Y se me encogen latiendo cuando siento a mi gente, cuando beso.
Quizá no esté totalmente vacía; quizá conserve el corazón que pensé que había perdido, que quizá sea en realidad tripas. Creo que en el momento en el que la cabeza empiece a entender las tripas, y las tripas le cuenten, podré continuar nuestro camino, con la misma promesa, la de luchar ‘hasta la victoria, siempre’.

(Al final, y en realidad, lo que quería decir –lo que se puede compartir- es una propuesta de escuchar las tripas. Si hablan es que hay voces)
 
topo gigio
 
con cuántos dedos rellenamos un guante