¡Ojú, qué barbaridad!
Acerca de
Ignacio Díaz Pérez es periodista. Trabaja en la sección local de El Mundo en Sevilla desde 1998, donde también realiza labores de cierre. Ha trabajado en Diario 16 Andalucía, Canal Sur Radio, Radio Guadaíra, Radio Utrera y la agencia Mencheta, entre otros medios.
Sindicación
 
Empezando, que es gerundio...
Poco a poco, los primeros pasos son los más complicados. En cuanto eche a andar del todo ya veréis como no hay quien me pare.

A modo únicamente de prueba, y como humilde homenaje al más grande, ahí va eso:

La balada del hombre delgado

El hombre delgado de Minnessota tocó como nunca y encandiló con su voz rota, más rota aún, como sólo lo hacen quienes alcanzan a estar por encima de lo humano. Huraño, genial, esquivo, se metió en el bolsillo a un público dispuesto a entrar por el aro, con los primeros acordes de su «Rainy Day Women#12&35» (Blonde on Blonde, 1966) con que abrió el concierto.
Bob Dylan, de negro riguroso, sombrero tejano, escondido tras un piano, tiene hoy, 63 años cumplidos, la misma fuerza que lo llevó a ser considerado el heredero de Woody Guthrie hace más de cuarenta años. Sobre el escenario, uno de los últimos mitos vivos, excéntrico, camaleónico, ave fénix de sí mismo, se transforma de nuevo en el bluesman blanco que se convirtió en leyenda.
Su aspecto es el de un anciano de rostro enjuto y cuerpo escuchimizado.Pero no es verdad. Bob Dylan tiene la fuerza de un león. Su voz ruge canciones como uno no es capaz de imaginar que aún pueda hacerlo. Se atreve con todo. El concierto empieza con tintes psicodélicos y termina -antes de deleitar al público con tres magníficos bises- con el rock and roll de su último disco (Love and Theft, 2001), «Summer days».
Y entre una y otra canción, Bob Dylan convierte su concierto en una fiesta con aires countries, a lo que contribuye y de qué manera su banda. Una banda de rock al estilo más clásico -cuatro músicos, un bajo, un batería y dos guitarras, para qué más- que no es sólo que lleve el blues en sus venas, ni es sólo que sea capaz de entenderse con el críptico Dylan, que guarda para sí el repertorio del concierto hasta el mismo momento de desgranarlo en el escenario y no deja ni por un momento de hacerle indicaciones...Es que hace bailar -¡con los temas de Dylan!- a las piedras.
Bob Dylan es como Dios y él lo sabe. Puede hacer lo que quiera sobre las tablas, que a los incondicionales de su religión les va a gustar. Pero es que, además, lo hace bien. Mejor que bien.Si en sus dos últimos discos (Time Out of Mind, 1997; y Love and Theft) demostró que sus clásicos no estaban todos escritos aún, sobre las tablas demuestra que en sus pulmones queda aún aire de sobra para hacer sonar su armónica y para romper la noche con su voz desgarrada.
Ha renunciado a tocar la guitarra. En esta gira al menos. Dylan es aquel que parece protegerse tras un teclado, a la izquierda del escenario, y sólo sale de su refugio entre canción y canción para indicar a los músicos de su banda -los carteles anuncian a «Bob Dylan and his band»- cuál será el siguiente tema del concierto.
Es el reproche que se le puede hacer. El público le grita «play the guitar» de manera insistente. «Play the guitar and let us see you». Pero nada, no había forma. No entraba en sus planes y el mago ni tomó entre sus manos la guitarra acústica que permaneció junto a él durante todo el concierto -por si se le antojaba, se supone, tocarla en algún momento- ni se aproximó al frente del escenario más que al final, durante un instante, para presentar uno a uno a sus músicos -Tony Garnier, bajo; Larry Campbell y Stu Kimball, guitarras; y George Recelli, batería- y agradecer al público su presencia: «Tengo muchas gracias».
El público de Córdoba hubiera agradecido una pantalla gigante de vídeo que hubiera permitido a los incondicionales ver primeros planos del autor de «Blowin' in the wind». Pero, claro, eso hubiera obligado a meter cámaras en el recinto, y Dylan no es amigo de ello.
Más bien todo lo contrario. Un concierto de Bob Dylan es algo genuino, único, irrepetible, casi una relación íntima entre el artista y su público, sólo al alcance de los que pagan la entrada.Las grabaciones son un sucedáneo, el arte reproducido no es arte.Y, por ello, el de Minnessota le tiene declarada la guerra a las cámaras. Aún así, algunas se colaron.
Bob Dylan cantó en Córdoba diecisiete temas en casi dos horas de reloj. No está mal. Calidad y cantidad. La mayoría de los temas eran de sus dos últimos trabajos discográficos. Pero no faltaron clásicos de siempre como la mencionada «Rainy Day Women#12&35», «I shall be released» -nunca grabada en estudio, salvo en los recopilatorios desde 1971, y siempre presente en los repertorios de sus conciertos-, «Forever Young» (Planet Waves, 1974), «Lay, Lady, Lay» (Nashville Skyline, 1969), o los tres temas con que cerró la noche: una casi irreconocible versión de «Mr. Tambourine Man» (Bringing it all back home, 1965), «Like a rolling stone» (Highway 61 Revisited, 1965) y «All along the watchtower» (John Wesley Harding, 1967).
En Motril, el día antes, había interpretado otros temas como «Knockin' on heaven's door» o «The times they're a-changing».Algunos en el público pedían esos y otros temas en Córdoba. Pero no se le puede pedir más a alguien que en cada disco -y van ya 57, entre grabaciones de estudio, recopilatorios oficiales y directos- crea clásicos.

(Publicado en El Mundo, el 13 de julio de 2004)
No