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¡Ojú, qué barbaridad!
Acerca de
Ignacio Díaz Pérez es periodista. Trabaja en la sección local de El Mundo en Sevilla desde 1998, donde también realiza labores de cierre. Ha trabajado en Diario 16 Andalucía, Canal Sur Radio, Radio Guadaíra, Radio Utrera y la agencia Mencheta, entre otros medios.
Sindicación
 
Antonio
He escrito muchas veces sobre su problema. Un problema sin solución. Antonio vaga dejado de la mano de las administraciones públicas, que miran para otro lado con vergüenza por su proceder. Antonio, socialista y sindicalista de UGT de toda la vida, no cree ya en nada. Ni en el partido, que le ha dado la espalda, ni en el sindicato, ni en las instituciones, ni en la justicia... ni en la democracia siquiera. Convencido de tener razón en su pelea con las administraciones, hasta el último momento pensó que su problema tendría solución. "La vivienda está en garantía", se decía. "La Junta tendrá que repararme la casa", se ilusionaba. Se la entregaron defectuosa, el TSJA dictó una sentencia dándole la razón... Pero nadie hizo nunca nada por reparar la vivienda.

18 años después, Antonio está en la calle. El banco subastó la vivienda que dejó de pagar. Él lo entiende. "El banco tiene que cobrar lo suyo", se repite a sí mismo.

La que han cometido contra él es una de las mayores injusticias que he conocido nunca. Y se hubiera evitado simplemente con que la Junta hubiera reparado la arqueta de la casa. ¿De cuánto dinero hablamos? ¿Un millón de pesetas, medio millón... dos millones? De vergüenza.
 
Rosario
Rosario va camino de los noventa. Muy niña, se quedó sin padre y sin hermano. Les dieron el paseíllo. El médico no cobraba a la gente pobre que atendía. Rosario tiene los ojos velados por la edad y por el llanto. Pronto tuvo que abandonar El Puerto de Santa María. Cosas de la guerra, que separa familias. Vive en Sevilla. Madre de once hijos. Viuda desde hace 22 años. Toda la vida trabajando. La artrosis la tiene convertida desde hace mucho tiempo en un dolor andante. Pero no son sus huesos lo que más le duele. En el televisor ha salido el presidente. Dice que van a exhumar los restos mortales de no se sabe cuántas tumbas anónimas, que van a aplicarles técnicas del CSI y que van a averiguar quiénes fueron las personas a las que esos restos pertenecieron alguna vez. Rosario llora y llora sin consuelo. "¿Para qué?", se pregunta entre sollozos. "Yo no quiero saber dónde están mi padre y mi hermano, me los quitaron y nadie me los va a devolver. ¿Por qué tienen que seguir removiendo esas cosas? La guerra pasó y Franco ya murió".

Como Rosario hay muchos en este país. Y nadie les ha preguntado a ellos.
 
Dylan (II)
B.B. King en Córdoba, y Víctor Manuel y Ana Belén (es verdad que están pelín pasaíllos, pero bueno), han tocado en Guillena. Me gustan los espectáculos del Real Alcázar. Pero no todos (algunos son infumables). Y no sólo. Hay otras cosas, pero no aquí.
 
Memoria
"Hemos renunciado a los ajustes de cuentas que debimos hacer en su momento". La frase no es mía. Se ha escuchado en el último pleno del Ayuntamiento de Sevilla. Se debatía una propuesta sobre la recuperación de la memoria histórica, esa obsesión (se ha convertido, ciertamente, en una obsesión) por recuperar la infamia para echarla en cara. No hay muertos buenos y malos. Las simpatías por un bando u otro son legítimas e irrenunciables. No podemos evitarlo. Cada uno por un bando, que para eso hubo dos. Pero la guerra civil terminó. Aunque sus fantasmas sigan recorriendo los pasillos de la mediocridad. No se puede convertir en una nueva guerra el debate en un pleno municipal, en julio de 2006, sobre lo que ocurrió en la España de un pasado no olvidado pero sí superado. No se pueden dedicar esos esfuerzos para sacar adelante una propuesta que no afectará en lo más mínimo a los ciudadanos de esta Sevilla que quieren vendérnosla como de la Segunda Modernización, teniendo las puertas del Ayuntamiento cerradas a los problemas de hoy. En el pleno se leyeron palabras de Queipo de Llano. Un fascista, sí. Pero habría que preguntarle a los trabajadores de Izar que se han quedado en el siglo XXI sin trabajo o a los bomberos que se juegan la vida dejados de la mano del gobierno local, si la actitud municipal no les parece igualmente fascista.
 
Obligaciones
Las obras traen de cabeza a más de uno. Es normal. Las obras siempre causan molestias y quien no es capaz de inventarse un modo de superar éstas, las sufre dos veces. Ahora bien, de ahí a que "los ciudadanos resultan obligados a soportar las molestias", como, por escrito, afirma el concejal de Gobernación, Francisco Fernández (el señor Fran para los taxistas), hay un abismo. Los ciudadanos estamos obligados, por ejemplo, a pagar los impuestos. O a aceptar el resultado de unas elecciones, incluso en la hipótesis de que éstas pudieran colocarnos al frente del gobierno municipal al equipo más ineficaz de cuantos imaginarse puedan. Estamos obligados a bajar la basura a determinadas horas y no a otras, o a aparcar nuestro coche en los espacios destinados específicamente a ello. Incluso a pagar la maldita zona azul, el nuevo invento de recaudación de los gastosos señores munícipes que prometieron "tolerancia cero" contra la doble fila que nos invade. Y estamos obligados a guardar cola en la administración (aunque sea para pagar), y a respetar las normas de tráfico, la prohibición de fumar en el trabajo, o a abonar el coste de los servicios públicos o privados que recibamos. Pero no estamos obligados a comulgar con ruedas de molinos, a creernos las promesas de los políticos, a pensar que las obras nos van a traer beneficios, a considerar buena la gestión del gobierno local o a aplaudir los exabruptos, como este último, de quienes se creen que un cargo público les confiere patente de corso. Pues no, oiga. La calle no era de Fraga, pero tampoco suya.
 
Dylan
He estado este fin de semana en Madrid viendo a Bob Dylan. Hace dos años fui a verlo a Córdoba. En esta ocasión, tocaba en Collado Villalba, cuarenta kilómetros al norte de Madrid por la A-6. Collado Villalba, 57.889 habitantes, tiene el tamaño de capitales como Cuenca o Soria y un campo de fútbol municipal en el que no caben más de mil o mil doscientas personas. Pero tiene un festival de jazz, por el que en cuatro días han pasado artistas de la talla de B.B. King, Al Jarreau y Bob Dylan, entre otros.

No puedo evitar pensar (y lamentarme) sobre por qué a Sevilla no vienen artistas de este calibre. Aún recuerdo aquellos eventos organizados bajo el nombre genérico de Cita en Sevilla (era alcalde Manuel del Valle) o Sevilla en Otoño (Rojas Marcos). ¿Será por falta de escenarios? Parece que no: tres estadios (uno de ellos, con pretensiones de olímpico), un auditorio al aire libre... ¿Por falta de demanda? Con un millón de habitantes en el área metropolitana, tampoco parece que ésta sea la causa...

Dylan, hasta que se muera, seguirá viniendo a tocar a ciudades como Gijón, Córdoba, Granada, Valencia, San Sebastián, Girona, Getafe, Collado Villalba... Y yo, mientras pueda, no tendré más remedio que ir hasta allí si quiero verlo tocar.
 
Muertos
Tendrá que morir alguien, se decía hasta hace no mucho, para que las cosas cambien. Pero no es cierto. Ha muerto gente, muertes que se podían haber evitado, y nada ha cambiado. La vida empieza a no valer nada también aquí, en nuestro primer mundo de segundas modernizaciones, un precio que se paga para garantizar el pan de quienes se supone que son servidores públicos. Falso. Murió acribillado Gaspar García por los disparos de un delincuente al que el Ayuntamiento escondía para protegerlo. No pasó nada. Murió Raúl Casado, se topó contra el muro de la indiferencia, la dictadura de quien decide que la calle es suya y construye una barricada de escombros que resultó fatal. No pasó nada. La Policía Local lo sabía y lo advirtió. Pero nadie quitó una sola piedra. El PSOE mira para otro lado. ¿A quién le intenta salvar la cara? Los escombros procedían de una obra de la Junta. Dentro de unos días, a cincuenta metros del lugar donde dejó su vida Raúl, ellos inaugurarán el Museo de la Autonomía Andaluza, un monumento a la mayor gloria de Chaves. Vendrá Zapatero, incluso.

Manuel Casado aún llora por que nadie le ha pedido perdón por el error (los escombros nunca debieron estar allí, no estaban señalizados, las farolas no funcionaban aquella noche, nadie retiró las piedras pese a haberse denunciado su existencia desde hacía doce días...) que le robó a un hijo.
 
Periodistas
Giménez Alemán llama la atención, hoy en El Correo de Andalucía, sobre un fenómeno que se ha asentado de manera alarmante en las relaciones actuales entre prensa y poder político. Consentida, que todo hay que decirlo, pero no por ello menos preocupante. Se convocan ruedas de prensa para las estupideces más variopintas (¡qué tiempos aquéllos en los que las ruedas de prensa eran todo un acontecimiento de trascendencia real!), pero ni siquiera se permite a los informadores hacer preguntas. "La comparecencia de hoy no es para tratar ese asunto". Pues no comparezca usted y no me haga perder el tiempo, oiga, que mi tiempo vale tanto o más que el suyo.

PD. La profesión debe repensarse a sí misma. Igual habría que dejar tirados a los políticos alguna vez... del mismo modo que ellos dejan tirados a los periodistas (pocos, muy pocos, con nombres y apellidos) que osan preguntarles en las ruedas de prensa. Los lectores (oyentes, televidentes...) no iban a perderse tanto por no contar las miles de pamplinas que se les ocurren a unos cuantos, que además son mentira.
 
Seguridad
Dicen las autoridades en Sevilla, a propósito de la tragedia del metro de Valencia: "Esto nos hace insistir en la necesidad de garantizar la seguridad, incluso por encima de los plazos". ¿A quién toman el pelo? ¿Qué tiene que ver la seguridad de las obras con la seguridad del transporte? ¿El vagón que descarriló en Valencia segando 41 vidas lo hizo por un problema de las obras? Sean ustedes serios, por una vez. Oportunidades han tenido y las siguen desperdiciando. Terminen el metro o entiérrenlo. Pero no sigan tomándonos por imbéciles... ni siquiera aunque los votemos.
 
Montaje
Un destacado socialista, dirigente de la federal por más señas, llegó a decirme durante una cena que el escándalo del espionaje es un montaje urdido entre dos periodistas y alguien de la dirección del PP en un despacho. Juran y perjuran (la opinión de este socialista es doctrina que comparte con el resto, de ahí el plural) por sus niños que eso fue así. Pero, por supuesto, no aportan una sola prueba. No existen pruebas que avalen tal afirmación, sencillamente por que tal afirmación es falsa. Sin embargo, sí existe una grabación en la que un supuesto espía afirma recibir órdenes de los máximos responsables del PSOE para espiar a López Benjumea. Y yo sí puedo jurar por mis niños que en el despacho del que hablan no hay ninguna mesa de montaje.