Niños de ahora y sentimientos de antes
Estoy ahora disfrutando por unos días de una visita en mi reducida casa. Se trata de un matrimonio con sus dos hijos pequeños, de esos que se comportan como los niños de ahora. Sí, de esos que se niegan a lavarse y sus padres lo aceptan, que exigen comer una chuchería y sus padres se la dan, que se portan mal y sus padres les premian. Es decir, unos niños que tienen unos padres de los de ahora. Sí, esos padres que se sorprenden 20 años después de que a su hijo le dijo la novia que no y él le asestó cuarenta cuchilladas.Así pues, estaba yo el otro día ya a punto de pedir hora para hacerme la vasectomía cuando me llama la Chica del Este. Sin casi saludar me empieza a contar sus cuitas amorosas, cosa que no me apasiona pero que sobrellevo con estoicismo. Más raro me encuentro cuando me pide consejo sobre los mensajes a escribir a sus ligues. Ya le he dicho que en ese caso parezco el Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand, y no solo por la nariz. Pero creo que esa obra no solía aparecer en los programas de estudio de su país y, en todo caso, no lo pilla.
Pues el caso es que ya llevaba yo varias sesiones sufriendo su palpitar por cierto compañero de trabajo cuando ahora me dice casi llorando que está enamoradísima de un cliente de la empresa. Y luego se enfada si le canto esa famosa aria de Rigoletto, quizá porque canto muy mal, pero le viene al pelo.Sin embargo, yo la escucho y la animo. Me repite cómo se le sale el corazón por la boca cada vez que ve a ese tipo... pero no la compadezco: la envidio, porque yo no he vuelto a sentir esas cosas.





