Kafka se pasea con levita amarilla por el Mundo de dentro
Soledad. La soledad del corredor de fondo. Todo va demasiado rápido. Lo dicen hasta los periódicos en sus informaciones sobre gente que comparece ante gente. Quedan en libertad, y otros desean que no suceda así. Es difícil analizar la realidad, emitir juicios de valor. Hay gente que necesita mis juicios de valor. Pero en ocasiones se llega a un punto en el que presiento que no tengo valor para emitir juicios. Me pagan por ello. Estoy instalándome en la paradoja.
Leo documentos. Subrayo. Tomo notas. Pero la pantalla en blanco de Word me agobia. ¿Podrá esperar? No. Esto no espera. Pero lo que se espera de mí es un informe. ¿Dónde acaban mis informes? ¿Quién los lee? ¿A qué otros informes acaban sumándose?
En las reuniones se nos exige una visión, que pongamos sobre la mesa una explicación del mundo. Pero los visionarios no aciertan, ¿o sí? Todos sabemos que ciertas cosas tienen que suceder antes del verano. Lo damos por hecho. Son las reglas. No están escritas, pero todos las conocemos. Están ahí, en carpetas amarillas sobre las que se van pegando esas notas adhesivas también amarillas.
En la reunión de hoy no he dicho nada. ¿No tienes nada que decir? No. No tengo nada que decir. Se nos ha recordado que los papeles no circulen por los despachos. Todos en el armario blindado. He pensado en las señoras de la limpieza, limpiando el polvo y echando un vistazo a las carpetas amarillas. Me gustaría preguntarle ¿y usted cómo lo ve, señora? ¿Qué le parece si usted y yo nos sentamos a diseñar una estrategia, a prever respuestas a corto plazo en el plano político? ¿Trazamos las líneas? Sí, ya sabe, una línea. Lo importante es delimitar esa línea. Nítida. Precisa y a la vez vulnerable y flexible.
Esa línea cambia cada día. Lo he comentado con C., me hacen falta un par de asesores, estoy en un momento kafkiano, totalmente: El proceso, Franz Kafka, y el proceso. Las carpetas amarillas son materia gris, contienen extrañas circunvoluciones por las que circula la información, densa y pastosa. Como grumos de una sustancia que se acaba pegando a las paredes y acaba solidificándose.
Cuando me iba he echado una última mirada al despacho de la jefa. Al fondo el armario robusto de color gris, donde están las carpetas amarillas. Parecía un extraño animal que estuviese en un rincón, agotado. Por un momento me lo he imaginado respirando, trasudando, agotado por la digestión de su interior. Un interior vivo sobre el que planea el fracaso.
Leo documentos. Subrayo. Tomo notas. Pero la pantalla en blanco de Word me agobia. ¿Podrá esperar? No. Esto no espera. Pero lo que se espera de mí es un informe. ¿Dónde acaban mis informes? ¿Quién los lee? ¿A qué otros informes acaban sumándose?
En las reuniones se nos exige una visión, que pongamos sobre la mesa una explicación del mundo. Pero los visionarios no aciertan, ¿o sí? Todos sabemos que ciertas cosas tienen que suceder antes del verano. Lo damos por hecho. Son las reglas. No están escritas, pero todos las conocemos. Están ahí, en carpetas amarillas sobre las que se van pegando esas notas adhesivas también amarillas.
En la reunión de hoy no he dicho nada. ¿No tienes nada que decir? No. No tengo nada que decir. Se nos ha recordado que los papeles no circulen por los despachos. Todos en el armario blindado. He pensado en las señoras de la limpieza, limpiando el polvo y echando un vistazo a las carpetas amarillas. Me gustaría preguntarle ¿y usted cómo lo ve, señora? ¿Qué le parece si usted y yo nos sentamos a diseñar una estrategia, a prever respuestas a corto plazo en el plano político? ¿Trazamos las líneas? Sí, ya sabe, una línea. Lo importante es delimitar esa línea. Nítida. Precisa y a la vez vulnerable y flexible.
Esa línea cambia cada día. Lo he comentado con C., me hacen falta un par de asesores, estoy en un momento kafkiano, totalmente: El proceso, Franz Kafka, y el proceso. Las carpetas amarillas son materia gris, contienen extrañas circunvoluciones por las que circula la información, densa y pastosa. Como grumos de una sustancia que se acaba pegando a las paredes y acaba solidificándose.
Cuando me iba he echado una última mirada al despacho de la jefa. Al fondo el armario robusto de color gris, donde están las carpetas amarillas. Parecía un extraño animal que estuviese en un rincón, agotado. Por un momento me lo he imaginado respirando, trasudando, agotado por la digestión de su interior. Un interior vivo sobre el que planea el fracaso.





