El mundo de fuera: soledad
El lunes de esta semana que muere hoy domingo reparé, cuando tomaba café, en la presencia de una mujer que hacía lo mismo al principio de la barra, junto al ventanal. Estaba un poco girada, en una postura que le permitía indistintamente ver la calle y el interior de la cafetería. Había depositado su bolso encima del mostrador y sacaba de él a intervalos regulares un teléfono móvil que volvía a guardar después de una breve mirada. Parecía estar esperando una llamada y dejaba que el café se enfriase en su taza sin tomárselo. Me resultó una visión interesante.
La observé detenidamente, tal vez debería decir analíticamente, pero me parece presuntuoso por mi parte. La curiosidad era lo único que me movía a mirarla. Dejó que se enfriara el café. Sacó el teléfono una vez más, lo depositó sobre la superficie metálica de la barra y cerró la cremallera del bolso. Miraba el teléfono de manera inexpresiva, como si este fuera un objeto cualquiera carente de todo significado para ella.
No sé por qué en aquel momento pensé que era una mujer sola. Tal vez debería decir que estaba sola, pues mi cualidad de mero observador no me permitía ir más allá de esa simple conjetura, pero lo cierto es que en aquellos momentos parecía la imagen de la soledad o una representación muy próxima. Era una mujer sola.
Al salir de la cafetería y pasamos junto a ella pude observarla más de cerca por unos instantes, apenas unos segundos. Cuando subíamos en el ascensor, C. me ha preguntado por qué miraba a esa mujer, si creía conocerla. Le he dicho que no, que no la conocía. Es evidente que mi gesto no ha pasado inadvertido, ni para C. ni para los demás. Ciertamente me quedé ensimismado, me suele pasar con cierta frecuencia cuando veo a alguien que por alguna razón que se me escapa recaba mi atención; entonces, es como si pretendiera ir con mi mirada más allá de lo que la propia mirada ve, y me interrogo sobre la persona y lo que de ella me ha llamado la atención o ha excitado mi imaginación.
La imagen de aquella mujer permaneció en mi memoria el resto de la mañana, como una de esas fotos sepias con contornos poco definidos. No soy suspicaz, pero temía que alguien más me hiciese la misma pregunta, me hubiera resultado estúpidamente insoportable. Pero nadie me comentó nada más. Tal vez en el mundo de dentro creen conocerme, o, al menos conocen la imagen que de mí proyecto aquí, nada diferente, por cierto, a la real, suponiendo que ello sea así, cosa que a veces dudo, pero en fin.
Los días siguientes colocaron a la mujer de la cafetería en el olvido hasta el viernes, en que la volví a ver en el mismo lugar. Para no sentirme incómodo fingí no haberla visto. Era ella sin duda. Esta vez me pareció definitivamente una mujer sola en un escenario geográfico en el que discurren una buena parte de los dramas contemporáneos: la barra de un bar. Es un escenario en que resulta fácil paliar la soledad rodeado de gente, o, al menos, creer ilusoriamente que es así. La soledad en compañía, el mundo ilusorio de las apariencias, en donde la existencia acompañada de ruido parece más llevadera, donde el dolor se amortigua en las conversaciones de los demás, en la posibilidad, incluso, de encontrar a alguien en una situación similar y compartir o creer compartir el naufragio personal, ése que nos parece exclusivo, sentido como propio, cuando es un mal contemporáneo extendido, abarcador.
La soledad implica una ausencia, tal vez la falta del otro. Suele ser frecuentemente ocasional y muchas veces relativa. Pero siempre causa daño, acaso porque nos hace vulnerables al no poder refugiarnos o encontrar consuelo en ese otro. Nos debilita, aun a pesar de que tenemos tendencia a creer que nos fortalece. La vida se convierte entonces es un desconcierto, en gestos repetidos que se interpretan como las señales de un modo de vida que a uno le ha tocado vivir. Sentirse atrapado en la soledad es una manifestación de ese destino que ha deparado la falta de afecto. Uno, entonces, se siente carente de algo sin saber reconocer bien de qué y eso lo condiciona en la relación con los demás, el único lugar posible de la otredad. Uno, además, teme no pertenecer a nada porque no pertenece a nadie, quizás ni a uno mismo. Uno, también, se mueve entre el deseo y el temor. Pocos encuentran en ello algo que les haga fuertes. Demasiados, algo que les debilita.
Esa sensación de soledad, tan extendida en el mundo urbano actual, es la que me pareció ver el lunes y el viernes en aquella mujer acodada en la barra, rumiando sus pensamientos mientras se enfriaba el café. Esa soledad que a uno le aleja de sí mismo después de haberlo hecho de los demás, hasta que un día dejas de preguntarte qué sucedería si abrieras tu corazón.
La observé detenidamente, tal vez debería decir analíticamente, pero me parece presuntuoso por mi parte. La curiosidad era lo único que me movía a mirarla. Dejó que se enfriara el café. Sacó el teléfono una vez más, lo depositó sobre la superficie metálica de la barra y cerró la cremallera del bolso. Miraba el teléfono de manera inexpresiva, como si este fuera un objeto cualquiera carente de todo significado para ella.
No sé por qué en aquel momento pensé que era una mujer sola. Tal vez debería decir que estaba sola, pues mi cualidad de mero observador no me permitía ir más allá de esa simple conjetura, pero lo cierto es que en aquellos momentos parecía la imagen de la soledad o una representación muy próxima. Era una mujer sola.
Al salir de la cafetería y pasamos junto a ella pude observarla más de cerca por unos instantes, apenas unos segundos. Cuando subíamos en el ascensor, C. me ha preguntado por qué miraba a esa mujer, si creía conocerla. Le he dicho que no, que no la conocía. Es evidente que mi gesto no ha pasado inadvertido, ni para C. ni para los demás. Ciertamente me quedé ensimismado, me suele pasar con cierta frecuencia cuando veo a alguien que por alguna razón que se me escapa recaba mi atención; entonces, es como si pretendiera ir con mi mirada más allá de lo que la propia mirada ve, y me interrogo sobre la persona y lo que de ella me ha llamado la atención o ha excitado mi imaginación.
La imagen de aquella mujer permaneció en mi memoria el resto de la mañana, como una de esas fotos sepias con contornos poco definidos. No soy suspicaz, pero temía que alguien más me hiciese la misma pregunta, me hubiera resultado estúpidamente insoportable. Pero nadie me comentó nada más. Tal vez en el mundo de dentro creen conocerme, o, al menos conocen la imagen que de mí proyecto aquí, nada diferente, por cierto, a la real, suponiendo que ello sea así, cosa que a veces dudo, pero en fin.
Los días siguientes colocaron a la mujer de la cafetería en el olvido hasta el viernes, en que la volví a ver en el mismo lugar. Para no sentirme incómodo fingí no haberla visto. Era ella sin duda. Esta vez me pareció definitivamente una mujer sola en un escenario geográfico en el que discurren una buena parte de los dramas contemporáneos: la barra de un bar. Es un escenario en que resulta fácil paliar la soledad rodeado de gente, o, al menos, creer ilusoriamente que es así. La soledad en compañía, el mundo ilusorio de las apariencias, en donde la existencia acompañada de ruido parece más llevadera, donde el dolor se amortigua en las conversaciones de los demás, en la posibilidad, incluso, de encontrar a alguien en una situación similar y compartir o creer compartir el naufragio personal, ése que nos parece exclusivo, sentido como propio, cuando es un mal contemporáneo extendido, abarcador.
La soledad implica una ausencia, tal vez la falta del otro. Suele ser frecuentemente ocasional y muchas veces relativa. Pero siempre causa daño, acaso porque nos hace vulnerables al no poder refugiarnos o encontrar consuelo en ese otro. Nos debilita, aun a pesar de que tenemos tendencia a creer que nos fortalece. La vida se convierte entonces es un desconcierto, en gestos repetidos que se interpretan como las señales de un modo de vida que a uno le ha tocado vivir. Sentirse atrapado en la soledad es una manifestación de ese destino que ha deparado la falta de afecto. Uno, entonces, se siente carente de algo sin saber reconocer bien de qué y eso lo condiciona en la relación con los demás, el único lugar posible de la otredad. Uno, además, teme no pertenecer a nada porque no pertenece a nadie, quizás ni a uno mismo. Uno, también, se mueve entre el deseo y el temor. Pocos encuentran en ello algo que les haga fuertes. Demasiados, algo que les debilita.
Esa sensación de soledad, tan extendida en el mundo urbano actual, es la que me pareció ver el lunes y el viernes en aquella mujer acodada en la barra, rumiando sus pensamientos mientras se enfriaba el café. Esa soledad que a uno le aleja de sí mismo después de haberlo hecho de los demás, hasta que un día dejas de preguntarte qué sucedería si abrieras tu corazón.
Comentario:
Buenos días Indeciso. Sólo venía (de paso me he vuelto a leer tu genial soledad) para decirte que no soy yo. Ayer no estuve por Callao. Pero si quieres, para a esa mujer y dile "¡Calamity!". A lo mejor no te mira con cara de jueves y es una chica maja y yo qué sé... A mí me encontrarás más fácilmente entre Argumosa y el Panteón de los Hombres Ilustres (trabajo en Atocha). Un beso. C (la otra C.).
Comentario:
Precioso, destemplante y bien escrito. Pero, también, reconfortante: la soledad no está tan sola, si hay alguien mirándola con esa mirada tuya (el mundo no es tan duro). Agridulce. La vida misma.
Comentario:
¡No te puedes hacer a la idea de la cantidad de soledades que se arriman a la barra de un bar, y la cantidad de camareros psicólogos frustrados que hay detrás de las mismas barras! Psicología de andar por casa, de ésta que está bañada de sentido común y años de dimes y diretes mientras se friegan las tacillas de café...
Qué horrible soledad a la que todos llegamos en cualquier momento y sin darnos cuenta. Ni abriendo tu corazón se marcha la muy pendeja.
Besos, Ricardo. Calamity.
Qué horrible soledad a la que todos llegamos en cualquier momento y sin darnos cuenta. Ni abriendo tu corazón se marcha la muy pendeja.
Besos, Ricardo. Calamity.





