Aurelia, la hija de C.
Si uno está solo, debe preguntarse por la soledad. Cuando estoy en el despacho siento que no estoy aquí, pero aún no sé dónde estoy. Hoy parecía que iba a llover en Madrid, pero no lo ha hecho. Cuando llueve, los ojos de algunas mujeres brillan de una manera especial, me gusta mirar esos ojos cuando me cruzo con ellas por la calle o, a su lado, miramos un escaparate. Yo busco en el reflejo del cristal sus ojos. A veces esos ojos buscan los míos en el cristal. Mirarse con una desconocida en un cristal de un escaparate es una sensación extraña. Tal vez en ese momento podría divagar sobre la mujer, pero prefiero no hacerlo, no pensar en nada, dejarme llevar. Esta mañana he bajado a tomar el café con C., nuestra secretaria. Antes de entrar en la cafetería he elaborado una pequeña argucia para que se detuviera delante de la cristalera, ha mirado al interior y yo he mirado sus ojos en el reflejo. Tal vez podría parecer una extraña composición, pero era bien simple: un hombre y una mujer frente a un cristal. ¿Qué he visto en sus ojos? Sólo sus ojos. Tal vez no he sabido ver más allá, pero el reflejo del vidrio me reflejaba también a mí. Por unos segundos no he pensado en nada. Hemos tomado el café casi en silencio, ella prefería que la iniciativa de la conversación la tomara yo. Yo esperaba que lo hiciera ella. Tal vez de lejos pareciéramos una pareja convencional. Convencional en el silencio, en los gestos medidos y repetidos, cortado, por favor, con poca leche, en mediana, gracias. Lo convencional da dolor, pero no siempre lo sentimos. C. sabe cómo van las cosas, pero preferimos no hablar de ello. ¿Realmente sé cómo van las cosas? A veces pienso que las cosas van por sí solas, con independencia de las personas. Estas Navidades apenas he pasado por el despacho, los moscosos, ya se sabe. La víspera de Reyes fui por la mañana a llevar uno de esos equipos de música portátiles, los patéticos altavocillos del ordenador me deprimen, aunque estén mudos, son apéndices patéticos de color gris que se suman con facilidad a la mediocridad ambiental. El equipo de música no es gran cosa, ciertamente, pero a mí me da la sensación de que la música se expande algo por el despacho. Cuando C. lo ha visto se ha sonreído. Le he dicho que puede utilizar los compactos que tengo en un cajón de la mesa. Sé que los cuidará. Con ella estaba una niña, su hija. Estaba enferma y no ha querido dejarla sola en casa. Tiene ocho años. Su hermano es mayor, pero C. parece que no se fía mucho de él. Le he preguntado qué tal estaba, me ha mirado y no ha abierto la boca. Tal vez tendría que haberle dicho que era guapa, y realmente lo era. He ido a por un café a la máquina y le he traído un zumo. ¿Cómo te llamas? Se llama Aurelia. Creo que ha dicho gracias, tal vez acias. Por si acaso he dicho de nada, Aurelia. La he mirado y se ha ido junto a su madre. Debería haber traído otro zumo para mí. El café de la máquina sabe a café de la máquina. C. le ha dicho a su hija que con este señor trabaja mamá, ¿y qué es lo que haces?, vaya, habló, Iba a decir que no lo sé exactamente. Pero le he dicho que trabajaba para una señora que es mi jefa, que iba a reuniones con otros señores y que despachaba en ocasiones con la gran jefa, que es mi jefa. Por la forma en que me ha mirado y luego ha mirado a su madre deduzco que no se ha enterado de nada. Tal vez tema por la integridad de su madre, postura sensata en una hija inteligente, y esta niña parece que lo es. Mira todo, su mirada no para, me escruta con fijeza, lo mira todo con profesionalidad. Creo que en el fondo desea contrastar lo que su madre le ha dicho que hacemos aquí. Le he dicho que se venga conmigo a mi despacho y se siente un sillón delante de mi mesa. Me ha mirado con una cara que quiero interpretar como inexpresiva. Le he dicho que tu mamá me conoce, seguro que te habrá hablado de mí, venga siéntate ahí, yo me voy a marchar y te dejo al cuidado del despacho. Se ha sentado tranquilamente. Le he explicado qué tecla debe pulsar en el teléfono para hablar con su mamá, y que ya me tenía que marchar. Me gustaría que volvieras cuando no estés enferma, y entonces te explicaré el trabajo que hacemos aquí, aunque ya te lo habrá explicado mamá, pues eso, tenemos reuniones, hacemos informes, nos traen papeles de otros sitios que tenemos que leer, hablamos mucho por teléfono, con muchas personas; unas veces nos llaman ellos, otras llamamos nosotros. Tu mamá me pasa las llamadas, busca los números de la gente que yo no me sé, tiene una agenda donde apunta las llamadas, las reuniones, hace fotocopias, bueno, ya te lo habrá explicado ella. Me he despedido de C. y les he deseado a las dos felices reyes. En el coche he decidido enfilar para Crisol de Juan Bravo, mi mujer me ha pedido que le compre una biografía de Felipe González, aprovecharé para echar un vistazo y comprar algo. Es un auténtico placer salir del tráfico de la Castellana y saber que en unos minutos estaré dando vueltas entre libros. He aparcado en Castelló y antes de salir del coche he llamado a mi despacho. El teléfono ha sonado unos instantes, lo ha cogido C. y le he dicho que me pase con Aurelia. ¿Sabes quién soy?, bien, ¿dónde estás?, ¿estás cómoda? Yo ahora estoy en una librería, me voy a comprar unos libros y voy a comprar uno para ti, ¿quieres elegirlo tú o lo elijo yo? Creo que no acaba de entenderme, está enferma, tal vez tenga fiebre. Bueno ya lo elegiré yo. Te puedes sentar en mi sillón, que te dé mamá folios de la impresora y pintas, y cuídame el despacho. Me ha colgado.
Comentario:
Ah, eso sí, eso sí era triste.
Comentario:
Bueno, claro, no todo en el relato es triste. Lo que pasa es que el melancólico que yo soy se queda siempre pegado a las pequeñas tristezas, deleitándose. Paradojas de la condición humana. Lo realmente triste, inmensamente triste, de una tristeza desazonante, inconsolable, era el silencio de "Ricardo Reis". Y, afortunadamente, eso ya pasó.
Comentario:
Joder, pues a mí no me ha parecido triste. ¡Pero nada triste!
A lo mejor no he entendido nada.
Me alegro de leerte de nuevo.
A lo mejor no he entendido nada.
Me alegro de leerte de nuevo.
Comentario:
Qué triste, sí, ese adulto que intenta acercarse no sólo a la hija de C., sino a la propia C. y, sin embargo, se limita a mirar el reflejo de sus ojos. Ese adulto-niño que no sabe cómo acercarse a nadie y está solo. Su vida convencional -"lo convencional da dolor"-. Qué triste y bien escrito. Y, al mismo tiempo, ¡qué alegría tan inmensa que hayas vuelto a escribir(nos)!. Lo he esperado tanto... Bienvenido a la blogocosa, que no era la misma sin ti. Un fortísimo abrazo.
Comentario:
Qué historia tan triste. Qué niña tan triste. Qué triste ese adulto intentando acercarse a una niña tan hermética.
Qué triste todo...
Qué triste todo...





