El mundo de dentro. Sábado 29 de octubre de 2005. Lecturas (y III).
En la calma del mundo de fuera analizo y evalúo los datos recabados en la encuesta. En esta parcela del mundo de dentro en la que me muevo, en este momento se está leyendo lo siguiente:
1. El código da Vinci. Novela. (Dos asesores y una secretaria)
2. Expiación. Novela. (El conserje del Gabinete de Prensa y una secretaria de Prensa)
3. Últimas noticias de nuestro mundo. Novela. C., mi secretaria compartida.
4. La inteligencia fracasada. Ensayo. Un asesor.
5. Estaciones de paso. Relatos. J.
6. Cuentos completos. Cuentos. El indeciso que suscribe.
La prevalencia de la narrativa es más que evidente. Sorprende un poco la convivencia de dos novelas tan distintas y tan distantes como Expiación y El código (tengo que echar alguna parrafada con ese conserje). Ausencia total de poesía, este mundo de dentro es demasiado prosaico, y un ensayo divulgativo. No está nada mal. No incluyo a Serafín, el camarero, pues el libro que se trae entre manos es una colección de sudokus.
El viernes aparecí en el despacho veinte minutos antes (el metro no tiene atascos) con mi libro bajo el brazo, sin forrar, vistoso (Anagrama tiene las tapas en color amarillo paja), este gesto me ha permitido terminar mi pequeña encuesta fácilmente. Tal y como tenía previsto, interés general por el libro: te lo piden, lo miran, parecen sopesarlo, miran la portada, la contraportada, y te lanzan la pregunta tópica: “¿Qué tal está?”, como si te preguntaran por tu hija con gripe desde hace dos días, o por la tarta del postre. Respuesta general (y tópica): “Bien, me está gustando”. Y ahí queda todo, el interlocutor se da por satisfecho, te devuelve el libro sonriente (esto no falla), te comentan lo que están leyendo ellos, sin que medie pregunta alguna por mi parte, y aquí no ha pasado nada. Deben ser las reglas del mundo de dentro.
La conversación con C. ha sido mucho más productiva (ya nada me sorprende): hemos hablado de Capote, de su novela A sangre fría, de otras lecturas, me ha dicho que es licenciada en Historia del Arte y una apasionada de la Literatura, que subraya los libros con lápiz, que hace anotaciones en esas notas amarillas que se pegan y las coloca en las páginas que llamaron su atención (a C. estas notas le deben encantar, su mesa y el ordenador están repletas de ellas, y las renueva periódicamente), en fin, una buena parrafada.
Hemos bajado a media mañana a tomar café y hemos hablado de la costumbre de subrayar los libros y de las notas amarillas, me ha dicho que por esa razón no le gusta prestar los libros que lee, pues contienen algo de ella que le avergüenza que los demás conozcan. Le recuerdo que a mí me ofreció prestarme la novela de Gándara que estaba leyendo. ¿Cuando la termine y me la deje, qué hará con las notas amarillas, las dejará o las despegará? La he puesto en un buen aprieto y me he divertido (un poco). Venga, me ha dicho, vámonos, que se nos hace tarde. Pero no sin comprar antes el cupón del viernes, uno cada uno y a medias, incluido Serafín, que se apunta a un bombardeo con esto de las loterías, cupones y demás. Al que le toque la serie reparte con los otros dos. Seamos respetuosos con las costumbres, ¿por qué no?
1. El código da Vinci. Novela. (Dos asesores y una secretaria)
2. Expiación. Novela. (El conserje del Gabinete de Prensa y una secretaria de Prensa)
3. Últimas noticias de nuestro mundo. Novela. C., mi secretaria compartida.
4. La inteligencia fracasada. Ensayo. Un asesor.
5. Estaciones de paso. Relatos. J.
6. Cuentos completos. Cuentos. El indeciso que suscribe.
La prevalencia de la narrativa es más que evidente. Sorprende un poco la convivencia de dos novelas tan distintas y tan distantes como Expiación y El código (tengo que echar alguna parrafada con ese conserje). Ausencia total de poesía, este mundo de dentro es demasiado prosaico, y un ensayo divulgativo. No está nada mal. No incluyo a Serafín, el camarero, pues el libro que se trae entre manos es una colección de sudokus.
El viernes aparecí en el despacho veinte minutos antes (el metro no tiene atascos) con mi libro bajo el brazo, sin forrar, vistoso (Anagrama tiene las tapas en color amarillo paja), este gesto me ha permitido terminar mi pequeña encuesta fácilmente. Tal y como tenía previsto, interés general por el libro: te lo piden, lo miran, parecen sopesarlo, miran la portada, la contraportada, y te lanzan la pregunta tópica: “¿Qué tal está?”, como si te preguntaran por tu hija con gripe desde hace dos días, o por la tarta del postre. Respuesta general (y tópica): “Bien, me está gustando”. Y ahí queda todo, el interlocutor se da por satisfecho, te devuelve el libro sonriente (esto no falla), te comentan lo que están leyendo ellos, sin que medie pregunta alguna por mi parte, y aquí no ha pasado nada. Deben ser las reglas del mundo de dentro.
La conversación con C. ha sido mucho más productiva (ya nada me sorprende): hemos hablado de Capote, de su novela A sangre fría, de otras lecturas, me ha dicho que es licenciada en Historia del Arte y una apasionada de la Literatura, que subraya los libros con lápiz, que hace anotaciones en esas notas amarillas que se pegan y las coloca en las páginas que llamaron su atención (a C. estas notas le deben encantar, su mesa y el ordenador están repletas de ellas, y las renueva periódicamente), en fin, una buena parrafada.
Hemos bajado a media mañana a tomar café y hemos hablado de la costumbre de subrayar los libros y de las notas amarillas, me ha dicho que por esa razón no le gusta prestar los libros que lee, pues contienen algo de ella que le avergüenza que los demás conozcan. Le recuerdo que a mí me ofreció prestarme la novela de Gándara que estaba leyendo. ¿Cuando la termine y me la deje, qué hará con las notas amarillas, las dejará o las despegará? La he puesto en un buen aprieto y me he divertido (un poco). Venga, me ha dicho, vámonos, que se nos hace tarde. Pero no sin comprar antes el cupón del viernes, uno cada uno y a medias, incluido Serafín, que se apunta a un bombardeo con esto de las loterías, cupones y demás. Al que le toque la serie reparte con los otros dos. Seamos respetuosos con las costumbres, ¿por qué no?
Comentario:
Comentario:
Uf, "El código Da Vinci". Para mi es infumable. No puedo, no puedo. Me quedo con Capote. Debe de ser agradable tener a alguien en el trabajo con el que hablar de cosas que no sean el tiempo, el trabajo, la casa, los niños, la lotería...
Un saludo. C.
Un saludo. C.





