El mundo de dentro. Martes, 18 de octubre. Evocaciones.
Ha sido bastante violento. De pronto, por las caras que han puesto me he dado cuenta de que les traía completamente sin cuidado lo que R. estaba diciendo. Solamente J., una secretaria y yo escuchábamos.
He continuado callado y he esperado alguna réplica, algún comentario, alguna observación. En ese momento he tenido una curiosa experiencia. He recordado mis tiempos pasados y me he sentido el adolescente que fui un día, cuando era el aprendiz de algo, y no sabía bien de qué. Mientras iba cobrando conciencia de la situación por mi mente han pasado fugaces las imágenes de un momento de aquella época, en un colegio de una ciudad de provincias, en una gran sala, después de las clases. Era un momento terrible y el pánico se apoderaba de mí. Estaba esperando a mi padre, a quien habían llamado urgentemente, pues un profesor creyó escuchar que había insultado a otro y me querían expulsar del colegio. Yo juraba que no había hecho tal cosa, pero aquellas caras me intimidaban y se me exigía que callase. Cuando llegó mi padre le hicieron pasar directamente al despacho del director, después de unos minutos salió, se acercó a mí, me puso su mano sobre mi hombro y me dijo: vámonos, hijo, di hasta mañana. Y salí de aquella sensación de absoluta soledad empujado suavemente por la mano de mi padre. Nunca hablé con él de aquello, pero siempre lo imaginé diciéndole al director en voz baja, jamás elevaba el tono de voz, que confiaba y creía en mí.
Creo que esa sensación de soledad no me abandonará del todo el resto de mi vida, y de vez en cuando aflora de la manera más inesperada. Entonces me siento por unos momentos aquel otro que un día fui . Es una sensación fugaz, momentánea, pero muy intensa. Una amiga psicólogo con quien he hablado de esto en alguna ocasión me dice socarronamente que es una manifestación del abandono de la madurez y la primera incursión en el territorio subsiguiente. Qué raro, le digo, a mí me sucede todo lo contrario.
Cuando hemos salido del despacho aún tenía un regusto de aquellos recuerdos. En aquella sala de aquel colegio aprendí de mi padre que hay que hacer valer la verdad en voz baja.
He continuado callado y he esperado alguna réplica, algún comentario, alguna observación. En ese momento he tenido una curiosa experiencia. He recordado mis tiempos pasados y me he sentido el adolescente que fui un día, cuando era el aprendiz de algo, y no sabía bien de qué. Mientras iba cobrando conciencia de la situación por mi mente han pasado fugaces las imágenes de un momento de aquella época, en un colegio de una ciudad de provincias, en una gran sala, después de las clases. Era un momento terrible y el pánico se apoderaba de mí. Estaba esperando a mi padre, a quien habían llamado urgentemente, pues un profesor creyó escuchar que había insultado a otro y me querían expulsar del colegio. Yo juraba que no había hecho tal cosa, pero aquellas caras me intimidaban y se me exigía que callase. Cuando llegó mi padre le hicieron pasar directamente al despacho del director, después de unos minutos salió, se acercó a mí, me puso su mano sobre mi hombro y me dijo: vámonos, hijo, di hasta mañana. Y salí de aquella sensación de absoluta soledad empujado suavemente por la mano de mi padre. Nunca hablé con él de aquello, pero siempre lo imaginé diciéndole al director en voz baja, jamás elevaba el tono de voz, que confiaba y creía en mí.
Creo que esa sensación de soledad no me abandonará del todo el resto de mi vida, y de vez en cuando aflora de la manera más inesperada. Entonces me siento por unos momentos aquel otro que un día fui . Es una sensación fugaz, momentánea, pero muy intensa. Una amiga psicólogo con quien he hablado de esto en alguna ocasión me dice socarronamente que es una manifestación del abandono de la madurez y la primera incursión en el territorio subsiguiente. Qué raro, le digo, a mí me sucede todo lo contrario.
Cuando hemos salido del despacho aún tenía un regusto de aquellos recuerdos. En aquella sala de aquel colegio aprendí de mi padre que hay que hacer valer la verdad en voz baja.
Comentario:
Me ha parecido muy bueno, el texto. Encantado de haberme decidido a verte, después de leer tu nombre comentando en blogs.
Un saludo.
Un saludo.





