Viernes
El viernes es un día raro. Parece como si todo tuviera que impregnarse necesariamente de una pátina de ultimidad, de acabamiento, y casi todo se pospone para la semana próxima. Definitivamente, el viernes parece la antesala de no se sabe muy bien qué, como si en sí mismo no fuera apenas nada.
El viernes lo damos todo por acabado, hay una necesidad de que lo efímero se adueñe del espacio. Hablamos de lo que haremos esta noche, de lo que haremos mañana sábado o el fin de semana. Nos entusiasmamos con las cosas más simples, a veces incluso con aquellas que revelan una existencia anodina, insustancial, pero que este día adquieren un halo de singularidad del que carecen cualquier otro.
Los proyectos se sustancian el viernes sin saber que el lunes muchos de ellos no serán nada más que anotaciones en el olvido. O tal vez lo sepamos pero necesitemos ser fieles a la necesidad de entender el futuro como un tiempo que hay que llenar necesaria, imperiosamente.
Algunas de las personas con las que trabajo se dedican a esa tarea de recorrer el mapa del viernes de manera entusiasta, y los mensajes que se transmiten, como eslóganes identificadores de una extraña tribu funcionarial, son siempre los mismos. Su efectividad radica en que todos los entienden, los hacen suyos, los repiten disciplinadamente porque cohesionan al grupo, si estás dentro es que eres uno de los nuestros.
Otros contemplamos escépticos el ritual y ocasionalmente nos sumamos a él, impelidos por un extraño resorte que se activa con la compra del cuponazo de la ONCE, la bonoloto, la primitiva, la lotería..., en fin, todo aquello que nos va a cambiar la vida de un plumazo, te lo digo yo, no seas gafe, ya verás cuando vayamos el lunes al banco. Y el lunes otro ritual viene a sustituir al anterior. A veces la suerte nos depara alguna ganancia, los hechiceros más cualificados deciden invertirlo, “generar un bote” en la lengua de la tribu.
El viernes entiendo el mundo, como me ocurría de pequeño, cuando lo entendía todo, o al menos así lo creía. Mis dotes de observador se agudizan este día, incluso procuro moverme, salir a la calle a deambular, para registrarlo todo. Es una costumbre que tengo desde joven, salía a la calle y esperaba a que me sucediera algo para después contarlo o bien escribirlo.
Esta mañana he bajado tomar un café, no a la cafetería habitual, sino a otra, unos trescientos metros más allá. Suelo ir allí los viernes, el camarero me conoce y conoce mi rutina, saludo y no doy más explicaciones, me sirve un café cortado y leo El País. Siempre encuentro algo que traslada el amargor del café a mi cerebro.
He pagado el cortado y antes de irme he comprado un cupón para hoy y otro para el domingo. Es viernes.
El viernes lo damos todo por acabado, hay una necesidad de que lo efímero se adueñe del espacio. Hablamos de lo que haremos esta noche, de lo que haremos mañana sábado o el fin de semana. Nos entusiasmamos con las cosas más simples, a veces incluso con aquellas que revelan una existencia anodina, insustancial, pero que este día adquieren un halo de singularidad del que carecen cualquier otro.
Los proyectos se sustancian el viernes sin saber que el lunes muchos de ellos no serán nada más que anotaciones en el olvido. O tal vez lo sepamos pero necesitemos ser fieles a la necesidad de entender el futuro como un tiempo que hay que llenar necesaria, imperiosamente.
Algunas de las personas con las que trabajo se dedican a esa tarea de recorrer el mapa del viernes de manera entusiasta, y los mensajes que se transmiten, como eslóganes identificadores de una extraña tribu funcionarial, son siempre los mismos. Su efectividad radica en que todos los entienden, los hacen suyos, los repiten disciplinadamente porque cohesionan al grupo, si estás dentro es que eres uno de los nuestros.
Otros contemplamos escépticos el ritual y ocasionalmente nos sumamos a él, impelidos por un extraño resorte que se activa con la compra del cuponazo de la ONCE, la bonoloto, la primitiva, la lotería..., en fin, todo aquello que nos va a cambiar la vida de un plumazo, te lo digo yo, no seas gafe, ya verás cuando vayamos el lunes al banco. Y el lunes otro ritual viene a sustituir al anterior. A veces la suerte nos depara alguna ganancia, los hechiceros más cualificados deciden invertirlo, “generar un bote” en la lengua de la tribu.
El viernes entiendo el mundo, como me ocurría de pequeño, cuando lo entendía todo, o al menos así lo creía. Mis dotes de observador se agudizan este día, incluso procuro moverme, salir a la calle a deambular, para registrarlo todo. Es una costumbre que tengo desde joven, salía a la calle y esperaba a que me sucediera algo para después contarlo o bien escribirlo.
Esta mañana he bajado tomar un café, no a la cafetería habitual, sino a otra, unos trescientos metros más allá. Suelo ir allí los viernes, el camarero me conoce y conoce mi rutina, saludo y no doy más explicaciones, me sirve un café cortado y leo El País. Siempre encuentro algo que traslada el amargor del café a mi cerebro.
He pagado el cortado y antes de irme he comprado un cupón para hoy y otro para el domingo. Es viernes.
Comentario:
Los viernes vienen a ser, en muchos sentidos, una agria metáfora de tantas vidas: víspera de ilusiones, antesala de frustraciones, tropezón repetido en la misma piedra, lección que tercamente nos negamos a aprender (la que tan bien canta Sabina: la de que "todo sabe a casi nada"). Los viernes me causan una cierta melancolía, sin "serpiente helada", un cierto fastidio. Sé que soy raro.
Comentario:
los viernes aqui son llamados del dia internacional de la cerveza. Para mi, que no me gusta cerveza, son la vispera de la fiesta. Porque sabado es dia de bailar hasta que amanezca domingo. Y, si, la vispera de la fiesta és, muchas veces, mejor que la fiesta misma...
Comentario:
Casi todos los días son para mí iguales. Tercamente aprovechables, luminosos. Ya me empeño yo. Pero los viernes por la noche, cuando empiezan a pasar coches con la música bien alta camino de una noche (presuntamente y claro, vista desde aquí) divertida, me sube una serpiente helada por el espinazo que viene silbando "tú te lo pierdezzzzzz, tú te lo pierdezzzzzz".
O así.
O así.
Comentario:
No creo en eso de amar los viernes y odiar los lunes. Ni todo es posible porque haya dos dÃas libres por delante ni el mundo se acaba porque empieza la rutina y las obligaciones.
Será porque odio los juegos de azar por que que los viernes me parece un dÃa más, con buena fama, igual que el lunes, aunque éste tenga una fama pésima...
Será porque odio los juegos de azar por que que los viernes me parece un dÃa más, con buena fama, igual que el lunes, aunque éste tenga una fama pésima...





