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Diario de un indeciso (supongo)
Acerca de
Todavía no sé muy bien quién soy, pero estoy en ello.
Sindicación
 
Tomar partido
Esta semana he asistido involuntariamente a una situación de la que he intentado distanciarme, lo que no he logrado del todo. La visión de lo contemplado me ha perseguido durante unos días y me ha obligado a tomar una determinada posición.
Los alineamientos personales en las relaciones laborales siempre significan ponerse a favor de alguien colocándose enfrente de otro alguien, inevitablemente. Tomar partido es una acción compleja, que puede desencadenar a su vez otras acciones, es decir, tomas de posición, que incidirán de manea precisa en el funcionamiento del engranaje laboral, bien para engrasarlo, bien para corromperlo. Parece que el azar no funciona aquí, sí el método y el control, o al menos eso suponen determinadas personas, ésas que a sí mismas se consideran como bienpensantes —otros les calificarían de manipuladores—, y que están persuadidas de que el mundo en cierta manera les pertenece porque creen tener todo bajo control, ésas que tratan de atraerte hacia sí antes de que lo haga otro, pues a veces están en juego demasiados intereses y conviene tener a punto el juego de alianzas
Conseguir una reflexión productiva sobre el mundo de dentro desde dentro es una empresa condenada al fracaso, y la contemplación de miradas cargadas de sentido, de sentido rastrero y miserable, nos habla del precio que hay que pagar en ocasiones por la quimera.
En determinados ambientes la reducción simplista de las relaciones personales funciona perfectamente engrasada y nunca, o casi nunca, tiene nadie nada que objetar. Hacer causa común con alguien implica frecuentemente desgastarse, ciertamente, aunque tal vez redunde en la previsión respecto al futuro; y quién no alberga una pequeña dosis de mezquindad, sobredosis en algunos casos.
Cuando aterricé aquí tenía asumido la provisionalidad de este trabajo: ya dije que un dedo me puso, y otro (o tal vez el mismo) me quitará. Muy bien: como regla de juego es muy simple y funcional, tenerla clara ahorra problemas y yo la recuerdo a diario (o casi). Pero el mundo de dentro, es decir, este trabajo y su entorno laboral, es sinuoso, y la peor cara del monstruo puede aflorar con facilidad. Para poder tener cumplida noticia del asunto, se me hace necesario relatarlo, o, al menos, relatar cómo lo viví, ya que como sujeto reconozco la parte de subjetividad que me ha tocado y la entiendo como una limitación en la percepción de la realidad. Sería deplorable no asumir la existencia de un punto de vista personal aferrándose patéticamente a la objetividad. El caso, tal y como lo viví, sucintamente es como sigue.
Mi jefa tiene tres secretarias, de las tres una es la jefa de la secretaría (cargo de confianza, o sea: dedo), y las otras dos son funcionarias, aunque esas plazas son de designación directa y no salen a concurso. De estas dos secretarias, una trabaja por la mañana y la otra tiene el turno de tarde. La jefa de la secretaría trabaja toda la mañana y algunas horas por la tarde, o algunas tardes. Mi jefa se trajo a P., su jefa de secretaría y a M., ambas ya trabajaban con ella en otro destino. Del anterior equipo sólo quedó la secretaria de la tarde. Con ellas hablo frecuentemente por teléfono y me ponen con mi jefa. Con las tres tengo una buena relación, es decir: una relación normal.
Una mañana de esta semana postnavideña bajé al despacho para ver con mi jefa unos papeles, estaba ocupada y P. me dijo que esperase allí con ellas. Estaban de animada charla con un asesor de otra área y me puse a leer El País. Estaban hablando del funcionamiento de la secretaría, y el asesor les decía que el despacho sólo funcionaba bien por las mañanas, cuando estaban ellas. Algunas tardes, decía, “esto suele ser un desastre, esa mujer no se entera de nada, es una estúpida y una incompetente, yo ya he tenido algún problema con ella”; las otras asentían y añadían más comentarios en la misma línea en los que se apreciaba claramente una intención, muy superficial, pero una intención al fin y al cabo. ¡Qué fácil resulta a veces entrar en descalificaciones! Todo bastante deprimente, por fortuna, entré a despachar con la jefa y dejé de escuchar lo que decían.
De vuelta a mi despacho le referí lo sucedido a C., le dije que me había sentido mal, pero que ahora me siento peor por no haber intervenido, por haberme callado. Conozco un poco a esa secretaria de la tarde, en alguna ocasión ha venido por los despachos de arriba, hablaba con C., entraba a decirme algo siempre; en dos o tres ocasiones hemos bajado a tomar un café con ella por la tarde, charlábamos, comentábamos algún suceso, alguna noticia... Las veces que hemos hablado en su despacho he visto que tenía un libro sobre la mesa junto al bolso, unas veces forrado, otras no. Esto es algo en lo que me fijo, pues me da confianza, me siento próximo a las personas que leen. Desde el primer momento me pareció una persona correcta que desempeña adecuadamente su trabajo, por eso creo que lo que decían de ella y el tono en el que lo decían es injusto y desproporcionado, tiene que haber oscuros motivos, resentimientos, lo que sea, pero tiene que haber algo. Le he preguntado a C. por ella. Se conocen desde hace varios años, se conocen bastante, son amigas. He intentado que esta conversación no parezca una banalidad, un simple cotilleo, pero quiero saber. Saber para comprender.
C. me ha dicho que “esta secretaria está aquí desde la última época del PSOE, y aquí siguió con el PP. Es decir, aquí estaba cuando vinisteis vosotros. Estaba por la mañana junto con otra compañera, por la tarde había otra secretaria. P. echó a una y pasó a esta chica a la tarde. Te aseguro que es una persona excelente y muy buena y competente en su puesto de trabajo, por eso ha estado en esa secretaría durante todos estos años, con gente de varios gobiernos, gobiernos del PSOE y gobiernos del PP. Cuando entró aquí era interina, aprobó la oposición hace poco. El jefe anterior, del PP, no quiso que se fuera y le firmó la plaza. Si lleva aquí tantos años y ha estado con varios jefes no será tan incompetente como dicen esos”.
Todo este asunto me descoloca bastante. Me siento próximo a esa persona y a la vez distante de los otros. La banalidad de los comentarios ofensivos me ofende, especialmente los de aquellos que medran a costa de otros. Me parece algo ruin.
Decía Goethe que sólo conocemos verdaderamente al que nos hace sufrir.
Ojalá aquí nadie me conozca de verdad. Ojalá nunca nadie me conozca de verdad si es que el alemán estaba en lo cierto.
Me he posicionado de una determinada manera. Me parece inevitable hacerlo, me siento bien haciéndolo. He sentido necesario tomar partido, frente a la otra opción, la de mirar para otro lado. No es un impulso, algo irracional o mecánico. Es una opción intelectual y emocional. Me hubiera gustado que sólo fuera intelectual, pero no puedo desprenderme de mis emociones. Me ha parecido y me parece una opción moral inexcusable.
¡Qué fácil resulta hacer daño, herir a los demás! La banalidad del mal, lo definió una filósofa alemana.
 
Aurelia, la hija de C.
Si uno está solo, debe preguntarse por la soledad. Cuando estoy en el despacho siento que no estoy aquí, pero aún no sé dónde estoy. Hoy parecía que iba a llover en Madrid, pero no lo ha hecho. Cuando llueve, los ojos de algunas mujeres brillan de una manera especial, me gusta mirar esos ojos cuando me cruzo con ellas por la calle o, a su lado, miramos un escaparate. Yo busco en el reflejo del cristal sus ojos. A veces esos ojos buscan los míos en el cristal. Mirarse con una desconocida en un cristal de un escaparate es una sensación extraña. Tal vez en ese momento podría divagar sobre la mujer, pero prefiero no hacerlo, no pensar en nada, dejarme llevar. Esta mañana he bajado a tomar el café con C., nuestra secretaria. Antes de entrar en la cafetería he elaborado una pequeña argucia para que se detuviera delante de la cristalera, ha mirado al interior y yo he mirado sus ojos en el reflejo. Tal vez podría parecer una extraña composición, pero era bien simple: un hombre y una mujer frente a un cristal. ¿Qué he visto en sus ojos? Sólo sus ojos. Tal vez no he sabido ver más allá, pero el reflejo del vidrio me reflejaba también a mí. Por unos segundos no he pensado en nada. Hemos tomado el café casi en silencio, ella prefería que la iniciativa de la conversación la tomara yo. Yo esperaba que lo hiciera ella. Tal vez de lejos pareciéramos una pareja convencional. Convencional en el silencio, en los gestos medidos y repetidos, cortado, por favor, con poca leche, en mediana, gracias. Lo convencional da dolor, pero no siempre lo sentimos. C. sabe cómo van las cosas, pero preferimos no hablar de ello. ¿Realmente sé cómo van las cosas? A veces pienso que las cosas van por sí solas, con independencia de las personas. Estas Navidades apenas he pasado por el despacho, los moscosos, ya se sabe. La víspera de Reyes fui por la mañana a llevar uno de esos equipos de música portátiles, los patéticos altavocillos del ordenador me deprimen, aunque estén mudos, son apéndices patéticos de color gris que se suman con facilidad a la mediocridad ambiental. El equipo de música no es gran cosa, ciertamente, pero a mí me da la sensación de que la música se expande algo por el despacho. Cuando C. lo ha visto se ha sonreído. Le he dicho que puede utilizar los compactos que tengo en un cajón de la mesa. Sé que los cuidará. Con ella estaba una niña, su hija. Estaba enferma y no ha querido dejarla sola en casa. Tiene ocho años. Su hermano es mayor, pero C. parece que no se fía mucho de él. Le he preguntado qué tal estaba, me ha mirado y no ha abierto la boca. Tal vez tendría que haberle dicho que era guapa, y realmente lo era. He ido a por un café a la máquina y le he traído un zumo. ¿Cómo te llamas? Se llama Aurelia. Creo que ha dicho gracias, tal vez acias. Por si acaso he dicho de nada, Aurelia. La he mirado y se ha ido junto a su madre. Debería haber traído otro zumo para mí. El café de la máquina sabe a café de la máquina. C. le ha dicho a su hija que con este señor trabaja mamá, ¿y qué es lo que haces?, vaya, habló, Iba a decir que no lo sé exactamente. Pero le he dicho que trabajaba para una señora que es mi jefa, que iba a reuniones con otros señores y que despachaba en ocasiones con la gran jefa, que es mi jefa. Por la forma en que me ha mirado y luego ha mirado a su madre deduzco que no se ha enterado de nada. Tal vez tema por la integridad de su madre, postura sensata en una hija inteligente, y esta niña parece que lo es. Mira todo, su mirada no para, me escruta con fijeza, lo mira todo con profesionalidad. Creo que en el fondo desea contrastar lo que su madre le ha dicho que hacemos aquí. Le he dicho que se venga conmigo a mi despacho y se siente un sillón delante de mi mesa. Me ha mirado con una cara que quiero interpretar como inexpresiva. Le he dicho que tu mamá me conoce, seguro que te habrá hablado de mí, venga siéntate ahí, yo me voy a marchar y te dejo al cuidado del despacho. Se ha sentado tranquilamente. Le he explicado qué tecla debe pulsar en el teléfono para hablar con su mamá, y que ya me tenía que marchar. Me gustaría que volvieras cuando no estés enferma, y entonces te explicaré el trabajo que hacemos aquí, aunque ya te lo habrá explicado mamá, pues eso, tenemos reuniones, hacemos informes, nos traen papeles de otros sitios que tenemos que leer, hablamos mucho por teléfono, con muchas personas; unas veces nos llaman ellos, otras llamamos nosotros. Tu mamá me pasa las llamadas, busca los números de la gente que yo no me sé, tiene una agenda donde apunta las llamadas, las reuniones, hace fotocopias, bueno, ya te lo habrá explicado ella. Me he despedido de C. y les he deseado a las dos felices reyes. En el coche he decidido enfilar para Crisol de Juan Bravo, mi mujer me ha pedido que le compre una biografía de Felipe González, aprovecharé para echar un vistazo y comprar algo. Es un auténtico placer salir del tráfico de la Castellana y saber que en unos minutos estaré dando vueltas entre libros. He aparcado en Castelló y antes de salir del coche he llamado a mi despacho. El teléfono ha sonado unos instantes, lo ha cogido C. y le he dicho que me pase con Aurelia. ¿Sabes quién soy?, bien, ¿dónde estás?, ¿estás cómoda? Yo ahora estoy en una librería, me voy a comprar unos libros y voy a comprar uno para ti, ¿quieres elegirlo tú o lo elijo yo? Creo que no acaba de entenderme, está enferma, tal vez tenga fiebre. Bueno ya lo elegiré yo. Te puedes sentar en mi sillón, que te dé mamá folios de la impresora y pintas, y cuídame el despacho. Me ha colgado.