El mundo de dentro. Sábado 29 de octubre de 2005. Lecturas (y III).
En la calma del mundo de fuera analizo y evalúo los datos recabados en la encuesta. En esta parcela del mundo de dentro en la que me muevo, en este momento se está leyendo lo siguiente:
1. El código da Vinci. Novela. (Dos asesores y una secretaria)
2. Expiación. Novela. (El conserje del Gabinete de Prensa y una secretaria de Prensa)
3. Últimas noticias de nuestro mundo. Novela. C., mi secretaria compartida.
4. La inteligencia fracasada. Ensayo. Un asesor.
5. Estaciones de paso. Relatos. J.
6. Cuentos completos. Cuentos. El indeciso que suscribe.
La prevalencia de la narrativa es más que evidente. Sorprende un poco la convivencia de dos novelas tan distintas y tan distantes como Expiación y El código (tengo que echar alguna parrafada con ese conserje). Ausencia total de poesía, este mundo de dentro es demasiado prosaico, y un ensayo divulgativo. No está nada mal. No incluyo a Serafín, el camarero, pues el libro que se trae entre manos es una colección de sudokus.
El viernes aparecí en el despacho veinte minutos antes (el metro no tiene atascos) con mi libro bajo el brazo, sin forrar, vistoso (Anagrama tiene las tapas en color amarillo paja), este gesto me ha permitido terminar mi pequeña encuesta fácilmente. Tal y como tenía previsto, interés general por el libro: te lo piden, lo miran, parecen sopesarlo, miran la portada, la contraportada, y te lanzan la pregunta tópica: “¿Qué tal está?”, como si te preguntaran por tu hija con gripe desde hace dos días, o por la tarta del postre. Respuesta general (y tópica): “Bien, me está gustando”. Y ahí queda todo, el interlocutor se da por satisfecho, te devuelve el libro sonriente (esto no falla), te comentan lo que están leyendo ellos, sin que medie pregunta alguna por mi parte, y aquí no ha pasado nada. Deben ser las reglas del mundo de dentro.
La conversación con C. ha sido mucho más productiva (ya nada me sorprende): hemos hablado de Capote, de su novela A sangre fría, de otras lecturas, me ha dicho que es licenciada en Historia del Arte y una apasionada de la Literatura, que subraya los libros con lápiz, que hace anotaciones en esas notas amarillas que se pegan y las coloca en las páginas que llamaron su atención (a C. estas notas le deben encantar, su mesa y el ordenador están repletas de ellas, y las renueva periódicamente), en fin, una buena parrafada.
Hemos bajado a media mañana a tomar café y hemos hablado de la costumbre de subrayar los libros y de las notas amarillas, me ha dicho que por esa razón no le gusta prestar los libros que lee, pues contienen algo de ella que le avergüenza que los demás conozcan. Le recuerdo que a mí me ofreció prestarme la novela de Gándara que estaba leyendo. ¿Cuando la termine y me la deje, qué hará con las notas amarillas, las dejará o las despegará? La he puesto en un buen aprieto y me he divertido (un poco). Venga, me ha dicho, vámonos, que se nos hace tarde. Pero no sin comprar antes el cupón del viernes, uno cada uno y a medias, incluido Serafín, que se apunta a un bombardeo con esto de las loterías, cupones y demás. Al que le toque la serie reparte con los otros dos. Seamos respetuosos con las costumbres, ¿por qué no?
1. El código da Vinci. Novela. (Dos asesores y una secretaria)
2. Expiación. Novela. (El conserje del Gabinete de Prensa y una secretaria de Prensa)
3. Últimas noticias de nuestro mundo. Novela. C., mi secretaria compartida.
4. La inteligencia fracasada. Ensayo. Un asesor.
5. Estaciones de paso. Relatos. J.
6. Cuentos completos. Cuentos. El indeciso que suscribe.
La prevalencia de la narrativa es más que evidente. Sorprende un poco la convivencia de dos novelas tan distintas y tan distantes como Expiación y El código (tengo que echar alguna parrafada con ese conserje). Ausencia total de poesía, este mundo de dentro es demasiado prosaico, y un ensayo divulgativo. No está nada mal. No incluyo a Serafín, el camarero, pues el libro que se trae entre manos es una colección de sudokus.
El viernes aparecí en el despacho veinte minutos antes (el metro no tiene atascos) con mi libro bajo el brazo, sin forrar, vistoso (Anagrama tiene las tapas en color amarillo paja), este gesto me ha permitido terminar mi pequeña encuesta fácilmente. Tal y como tenía previsto, interés general por el libro: te lo piden, lo miran, parecen sopesarlo, miran la portada, la contraportada, y te lanzan la pregunta tópica: “¿Qué tal está?”, como si te preguntaran por tu hija con gripe desde hace dos días, o por la tarta del postre. Respuesta general (y tópica): “Bien, me está gustando”. Y ahí queda todo, el interlocutor se da por satisfecho, te devuelve el libro sonriente (esto no falla), te comentan lo que están leyendo ellos, sin que medie pregunta alguna por mi parte, y aquí no ha pasado nada. Deben ser las reglas del mundo de dentro.
La conversación con C. ha sido mucho más productiva (ya nada me sorprende): hemos hablado de Capote, de su novela A sangre fría, de otras lecturas, me ha dicho que es licenciada en Historia del Arte y una apasionada de la Literatura, que subraya los libros con lápiz, que hace anotaciones en esas notas amarillas que se pegan y las coloca en las páginas que llamaron su atención (a C. estas notas le deben encantar, su mesa y el ordenador están repletas de ellas, y las renueva periódicamente), en fin, una buena parrafada.
Hemos bajado a media mañana a tomar café y hemos hablado de la costumbre de subrayar los libros y de las notas amarillas, me ha dicho que por esa razón no le gusta prestar los libros que lee, pues contienen algo de ella que le avergüenza que los demás conozcan. Le recuerdo que a mí me ofreció prestarme la novela de Gándara que estaba leyendo. ¿Cuando la termine y me la deje, qué hará con las notas amarillas, las dejará o las despegará? La he puesto en un buen aprieto y me he divertido (un poco). Venga, me ha dicho, vámonos, que se nos hace tarde. Pero no sin comprar antes el cupón del viernes, uno cada uno y a medias, incluido Serafín, que se apunta a un bombardeo con esto de las loterías, cupones y demás. Al que le toque la serie reparte con los otros dos. Seamos respetuosos con las costumbres, ¿por qué no?
El mundo de dentro. Miércoles 26 de octubre. Lecturas (II)
A la primera oportunidad que se me ha presentado esta mañana he retomado el tema de mi particular encuesta. Los resultados me han llevado a concluir que debo aparecer por aquí lo antes posible con un libro bajo el brazo, pues la posesión —y la supuesta lectura, añado yo— de un libro aporta un caudal de prestigio social inestimable en este entorno aburridamente funcionarial.
Mira tú por dónde soy el único de mis compañeros que (aún) no ha venido con un libro. Espero, al menos, que la posesión, la lectura y la realización íntegra del crucigrama de El País me redima, si no en todo, al menos en parte de este pecadillo venial.
He revisado durante unos minutos mi cometido en este despacho: es un poco variopinto, concedo, pero nada tiene que ver con la lectura de libros. Bien es cierto que los rollos de informes que a veces tengo que leerme me empujan con denuedo a la lectura, pero en casa.
[INCISO. Desocupado lector: intuyo que has intuido que soy un lector mediano, tampoco vamos a exagerar. Lo que ocurre es que no vengo leyendo al despacho, y que, una vez aquí, lo que leo no es Literatura precisamente; vamos a llamarlo, por puro convencionalismo, prosa.]
En una reunión a última hora de la mañana J. me ha preguntado por la encuesta, que le dé resultados. Me he puesto trascendente y le he dicho que preferiría no hacerlo. Ha insistido y le he vuelto a decir lo mismo. Bartleby, ya sabes, el escribiente. Pues así me siento yo algunos días. Ya te comentaré, le he dicho dando la cuestión por zanjada.
Buena gente este J. Está leyendo Estaciones de paso, de Almudena Grandes. Le he dicho que el sábado próximo la autora hablará de su libro con Juan Cruz en las tertulias de Crisol. Le he propuesto ir juntos y tomar unas cervezas por allí. Ya veremos.
Creo que mañana jueves o el sábado como muy tarde tendré los resultados de la encuesta.
Estoy leyendo los Cuentos completos de Truman Capote. Mañana voy a trabajar en metro.
Mira tú por dónde soy el único de mis compañeros que (aún) no ha venido con un libro. Espero, al menos, que la posesión, la lectura y la realización íntegra del crucigrama de El País me redima, si no en todo, al menos en parte de este pecadillo venial.
He revisado durante unos minutos mi cometido en este despacho: es un poco variopinto, concedo, pero nada tiene que ver con la lectura de libros. Bien es cierto que los rollos de informes que a veces tengo que leerme me empujan con denuedo a la lectura, pero en casa.
[INCISO. Desocupado lector: intuyo que has intuido que soy un lector mediano, tampoco vamos a exagerar. Lo que ocurre es que no vengo leyendo al despacho, y que, una vez aquí, lo que leo no es Literatura precisamente; vamos a llamarlo, por puro convencionalismo, prosa.]
En una reunión a última hora de la mañana J. me ha preguntado por la encuesta, que le dé resultados. Me he puesto trascendente y le he dicho que preferiría no hacerlo. Ha insistido y le he vuelto a decir lo mismo. Bartleby, ya sabes, el escribiente. Pues así me siento yo algunos días. Ya te comentaré, le he dicho dando la cuestión por zanjada.
Buena gente este J. Está leyendo Estaciones de paso, de Almudena Grandes. Le he dicho que el sábado próximo la autora hablará de su libro con Juan Cruz en las tertulias de Crisol. Le he propuesto ir juntos y tomar unas cervezas por allí. Ya veremos.
Creo que mañana jueves o el sábado como muy tarde tendré los resultados de la encuesta.
Estoy leyendo los Cuentos completos de Truman Capote. Mañana voy a trabajar en metro.
El mundo de dentro. Martes 25 de octubre de 2005. Lecturas (I).
Esta mañana he comenzado a realizar una prospección de lecturas en mi círculo más cercano (C., la secretaria compartida; J. el asesor con el que comparto secretaria; M., otro de los asesores; un conserje que ha venido a traer unas carpetas y Serafín, el camarero del bar donde bajamos a desayunar).
Renuncio a describir las caras de sorpresa, los adjetivos valorativos podrían suponer un verdadero conflicto (afortunadamente nadie del mundo de dentro me lee —espero—, y ustedes, amables lectores del mundo de fuera creo que me entienden). Pero vayamos por partes (esta frase no es original: está ampliamente documentado que era la expresión favorita de Jack el Destripador).
El hecho de ser un indeciso no entra en contradicción con que sea un observador, creo; es más, incluso me atrevo a calificarme de buen observador. Pues bien, vengo notando de un tiempo a esta parte en el mundo de dentro que muchos acuden con libros al trabajo, y he constatado en mi círculo cercano la profusión de gruesos volúmenes, casi todos ellos forrados [Apunte para idea de fomento campaña lectura: leyendo al trabajo]. Esta observación me ha llevado a un análisis somero de la cuestión, de donde he inferido un dato verdaderamente estremecedor: yo no traigo libro, como mucho traigo El País.
Una vez repuesto del dato (la estadística atonta, pero no mata) he concluido en primera instancia que la posesión de un libro está en relación directa con el medio de transporte empleado, es decir, las personas que vienen a este mundo en transporte público leen en el trayecto, quienes venimos en coche, obviamente, no podemos hacerlo [Apunte para idea fomento lectura transporte público: la novela para el metro, la poesía para el autobús, ¿o acaso al revés? Ojo: encajar teatro y ensayo: ¿tren, avión?...). A pesar de lo fundado del razonamiento, la tesis inicial se tambalea, pues repasando datos empíricos concluyo que algunos de los que traen libro vienen en coche.
Tengo que reunir toda la información y procesarla adecuadamente, y para ello es imprescindible que conozca el título del libro y el género al que este se adscribe. Estos dos últimos datos me faltan, por el momento.
He empezado por C. El libro, forrado, estaba sobre su mesa. Le he pedido permiso para echarle un vistazo: Últimas noticias de nuestro mundo, de Alejandro Gándara. Novela. El volumen estaba forrado con un bonito papel de color vino, debe ser el color de moda para forros de este otoño-invierno. Lo he hojeado brevemente y he visto que había subrayado algunas partes. En ciertas páginas había pegadas esas notas amarillas en las que había algo escrito. He sentido un poco de vergüenza y he devuelto el libro a su lugar. C. me ha preguntado si conocía el libro. No. Antes de que me preguntase por el autor le he dicho que he leído de él una novela titulada Un amor pequeño. Me ha dicho que me lo presta cuando termine de leerlo. La verdad es que el título me ha llamado especialmente la atención.
Le he dicho directamente que estaba haciendo una encuesta minimalista, de andar por casa, vamos, sobre la lectura en nuestros despachos y alrededores. Se ha reído, supongo que por lo de los alrededores. Evidentemente la primera encuestada eres tú. Se ha seguido riendo. Yo creía que esto era algo serio pero me lo voy a tener que replantear. Cuando me ha preguntado para qué hacía esa encuesta, no he sabido qué decirle, aunque he retomado la iniciativa y le he dicho que no lo sabía, ¿acaso desconocía a estas alturas que yo era un asesor indeciso? Más risas. En fin, espero retomar el tema mañana un poco, sólo un poco, más en serio.
Renuncio a describir las caras de sorpresa, los adjetivos valorativos podrían suponer un verdadero conflicto (afortunadamente nadie del mundo de dentro me lee —espero—, y ustedes, amables lectores del mundo de fuera creo que me entienden). Pero vayamos por partes (esta frase no es original: está ampliamente documentado que era la expresión favorita de Jack el Destripador).
El hecho de ser un indeciso no entra en contradicción con que sea un observador, creo; es más, incluso me atrevo a calificarme de buen observador. Pues bien, vengo notando de un tiempo a esta parte en el mundo de dentro que muchos acuden con libros al trabajo, y he constatado en mi círculo cercano la profusión de gruesos volúmenes, casi todos ellos forrados [Apunte para idea de fomento campaña lectura: leyendo al trabajo]. Esta observación me ha llevado a un análisis somero de la cuestión, de donde he inferido un dato verdaderamente estremecedor: yo no traigo libro, como mucho traigo El País.
Una vez repuesto del dato (la estadística atonta, pero no mata) he concluido en primera instancia que la posesión de un libro está en relación directa con el medio de transporte empleado, es decir, las personas que vienen a este mundo en transporte público leen en el trayecto, quienes venimos en coche, obviamente, no podemos hacerlo [Apunte para idea fomento lectura transporte público: la novela para el metro, la poesía para el autobús, ¿o acaso al revés? Ojo: encajar teatro y ensayo: ¿tren, avión?...). A pesar de lo fundado del razonamiento, la tesis inicial se tambalea, pues repasando datos empíricos concluyo que algunos de los que traen libro vienen en coche.
Tengo que reunir toda la información y procesarla adecuadamente, y para ello es imprescindible que conozca el título del libro y el género al que este se adscribe. Estos dos últimos datos me faltan, por el momento.
He empezado por C. El libro, forrado, estaba sobre su mesa. Le he pedido permiso para echarle un vistazo: Últimas noticias de nuestro mundo, de Alejandro Gándara. Novela. El volumen estaba forrado con un bonito papel de color vino, debe ser el color de moda para forros de este otoño-invierno. Lo he hojeado brevemente y he visto que había subrayado algunas partes. En ciertas páginas había pegadas esas notas amarillas en las que había algo escrito. He sentido un poco de vergüenza y he devuelto el libro a su lugar. C. me ha preguntado si conocía el libro. No. Antes de que me preguntase por el autor le he dicho que he leído de él una novela titulada Un amor pequeño. Me ha dicho que me lo presta cuando termine de leerlo. La verdad es que el título me ha llamado especialmente la atención.
Le he dicho directamente que estaba haciendo una encuesta minimalista, de andar por casa, vamos, sobre la lectura en nuestros despachos y alrededores. Se ha reído, supongo que por lo de los alrededores. Evidentemente la primera encuestada eres tú. Se ha seguido riendo. Yo creía que esto era algo serio pero me lo voy a tener que replantear. Cuando me ha preguntado para qué hacía esa encuesta, no he sabido qué decirle, aunque he retomado la iniciativa y le he dicho que no lo sabía, ¿acaso desconocía a estas alturas que yo era un asesor indeciso? Más risas. En fin, espero retomar el tema mañana un poco, sólo un poco, más en serio.
El mundo de fuera. Domingo 23 de octubre. Vesania.
La lectura de este artículo del diario El País de hoy me produce sentimientos contradictorios, que oscilan entre la sorpresa y la indignación. Es difícil imaginar que situaciones como las que aquí se refieren se produzcan en la realidad y afecten a personas que están intentando mejorar su vida, trabajar, desarrollarse y desarrollar una labor en una empresa a la que acuden en busca de trabajo, abriendo horizontes, y que se encuentran con auténticas vejaciones en la entrevista por parte de la persona que la realiza.
Bien es cierto que también se afirma que estas prácticas vejatorias no son lo habitual, pero asusta pensar que se produzcan con esa impunidad con la que se dice en el artículo. Esas personas que acuden bien vestidas, revestidas de dignidad, con toda su ilusión, con las esperanzas puestas en mejorar su situación laboral o simplemente acceder a un empleo no se merecen ese trato denigrante que está rayando, si es que no entra de pleno, en actitudes ilegítimas, aunque alguien las considere legales.
En mi actual trabajo no tuve que enfrentarme a ningún sujeto como esos de los que se habla en el artículo, con actitud despreciativa y grosera, indagando en mi vida privada, distante, juzgando mi forma de vestir y de ser.
En mi actual trabajo soy yo el que cada día se enfrenta conmigo mismo, el que se interroga sobre la valía y el esfuerzo tanto de uno como de los demás con los que trabajo. No se construye una auténtica relación humana, del grado que sea, laboral o de cualquier otra clase, si basamos esta en la desconfianza, las jerarquías como única medida, y los prejuicios de todo tipo.
Le he mandado el artículo por correo electrónico a C., aunque es seguro que también lo habrá leído. Me gustará comentarlo con ella mañana lunes. Ya he dicho en otra ocasión que C. me parece una persona capaz e inteligente, con la que suelo hablar de cuestiones como esta. Es fácil que la conversación con ella trascienda los límites del despacho después de hacer alguna referencia a los asuntos convencionales al uso propios del momento. También es fácil la charla con los otros asesores, o, al menos, con alguno de ellos, especialmente J., con el que tengo cierta empatía.
J. me comprende y yo intento comprenderlo a él en justa reciprocidad. Los dos estamos aquí por parecidas razones y compartimos básicamente el sentido del trabajo que hemos venido a desarrollar a este lugar. Lo conocí aquí y desde el primer momento ocupamos la retaguardia de las reuniones. A veces somos remisos a opinar y entonces callamos, pues valoramos tanto las palabras que nos resistimos a usarlas vanamente para no gastarlas. Nuestros silencios en las reuniones son ya famosos. No es que no tengamos nada que decir, ocurre simplemente que en ocasiones es mejor no decir nada o ya está todo dicho. Esa es nuestra condición, la del observador indeciso, contradictorio en la apariencia, silencioso, pero no mudo, que no es vendedor de lo ya vendido ni adulador fácil.
Por eso es tal vez por lo que el nivel intelectual de algunas reuniones alcanza su plena expresión unos minutos después, en la charla informal en cualquier despacho o en la cafetería. Es allí donde todo parece tener un sentido, donde desplegamos de una manera generosa la intuición y la mirada por la que nos pagan a fin de mes.
Nosotros no estamos aquí después de haber pasado por entrevistas como las que se refieren en el artículo. Nuestra posición aquí tiene que ver con la confianza, aunque no esté muy seguro de todo ello. Lo cual no es un impedimento para que considere intolerables ciertos procedimientos humillantes de selección de personal. No podemos incorporar al mundo en que vivimos realidades como esta sin estremecernos, sin conmovernos, sin removernos, sin hastiarnos.
Tal vez hayan muerto las ideologías y cierta vesania se esté adueñando de todo, pero que no nos abandonen ni el sentido de la dignidad ni el de la justicia. O estaremos definitivamente perdidos.
Bien es cierto que también se afirma que estas prácticas vejatorias no son lo habitual, pero asusta pensar que se produzcan con esa impunidad con la que se dice en el artículo. Esas personas que acuden bien vestidas, revestidas de dignidad, con toda su ilusión, con las esperanzas puestas en mejorar su situación laboral o simplemente acceder a un empleo no se merecen ese trato denigrante que está rayando, si es que no entra de pleno, en actitudes ilegítimas, aunque alguien las considere legales.
En mi actual trabajo no tuve que enfrentarme a ningún sujeto como esos de los que se habla en el artículo, con actitud despreciativa y grosera, indagando en mi vida privada, distante, juzgando mi forma de vestir y de ser.
En mi actual trabajo soy yo el que cada día se enfrenta conmigo mismo, el que se interroga sobre la valía y el esfuerzo tanto de uno como de los demás con los que trabajo. No se construye una auténtica relación humana, del grado que sea, laboral o de cualquier otra clase, si basamos esta en la desconfianza, las jerarquías como única medida, y los prejuicios de todo tipo.
Le he mandado el artículo por correo electrónico a C., aunque es seguro que también lo habrá leído. Me gustará comentarlo con ella mañana lunes. Ya he dicho en otra ocasión que C. me parece una persona capaz e inteligente, con la que suelo hablar de cuestiones como esta. Es fácil que la conversación con ella trascienda los límites del despacho después de hacer alguna referencia a los asuntos convencionales al uso propios del momento. También es fácil la charla con los otros asesores, o, al menos, con alguno de ellos, especialmente J., con el que tengo cierta empatía.
J. me comprende y yo intento comprenderlo a él en justa reciprocidad. Los dos estamos aquí por parecidas razones y compartimos básicamente el sentido del trabajo que hemos venido a desarrollar a este lugar. Lo conocí aquí y desde el primer momento ocupamos la retaguardia de las reuniones. A veces somos remisos a opinar y entonces callamos, pues valoramos tanto las palabras que nos resistimos a usarlas vanamente para no gastarlas. Nuestros silencios en las reuniones son ya famosos. No es que no tengamos nada que decir, ocurre simplemente que en ocasiones es mejor no decir nada o ya está todo dicho. Esa es nuestra condición, la del observador indeciso, contradictorio en la apariencia, silencioso, pero no mudo, que no es vendedor de lo ya vendido ni adulador fácil.
Por eso es tal vez por lo que el nivel intelectual de algunas reuniones alcanza su plena expresión unos minutos después, en la charla informal en cualquier despacho o en la cafetería. Es allí donde todo parece tener un sentido, donde desplegamos de una manera generosa la intuición y la mirada por la que nos pagan a fin de mes.
Nosotros no estamos aquí después de haber pasado por entrevistas como las que se refieren en el artículo. Nuestra posición aquí tiene que ver con la confianza, aunque no esté muy seguro de todo ello. Lo cual no es un impedimento para que considere intolerables ciertos procedimientos humillantes de selección de personal. No podemos incorporar al mundo en que vivimos realidades como esta sin estremecernos, sin conmovernos, sin removernos, sin hastiarnos.
Tal vez hayan muerto las ideologías y cierta vesania se esté adueñando de todo, pero que no nos abandonen ni el sentido de la dignidad ni el de la justicia. O estaremos definitivamente perdidos.
El mundo de fuera. Jueves 20 de octubre. Juventud (¿divino tesoro?)
Esta mañana he leído detenidamente en El País este artículo del psiquiatra Luis Rojas Marcos. Me ha parecido un incisivo análisis de la juventud española y he pensado ampliamente en lo que aquí se dice.
Parece ser, según al artículo, que los jóvenes españoles actuales tienen un alto nivel de satisfacción con la vida. Me he preguntado si yo sentía lo mismo a su edad y de mi memoria extraigo ráfagas sueltas como el proceso 1001, las manifestaciones por la amnistía, la legalización del PC, las muertes de Mari Luz Nájera y Arturo Ruiz en las manifestaciones (ya no recuerdo muy bien por qué), la Plataforma Democrática, Hermano Lobo, El Papus... En fin, eran mis años de estudiante universitario en Madrid, y Madrid y este país eran otro mundo, un mundo de incertidumbre y de miedo.
¿Será por ello que determinados políticos continúan apelando a ese sentimiento de miedo constantemente?
Me gustaría que me convencieran, no que me atemorizaran. Es por ello por lo que ciertos mensajes me parecen estúpidamente cándidos. Ya nos hemos hecho mayorres. Por favor: no conjuren al lobo (que lo mismo viene).
He impreso una copia del artículo de la edición digital de El País y a modo de trasnochado panfletista lo he ido repartiendo a mis compañeros del Mundo de dentro, con la recomendación de que su lectura era imprescindible.
Qué fácil es crear un estado de opinión que funcione como caldo de cultivo para generar una complicidad en la que los mensajes, incluso los más burdos, tengan sentido.
Claro que, bien pensado, lo mismo hacen los jinetes del apocalipsis. ¿O no?
Bueno, al menos los jóvenes se sienten felices. Pero a veces me pregunto si esa dicha es la del que sabe o la del que desconoce. Ya veremos.
Parece ser, según al artículo, que los jóvenes españoles actuales tienen un alto nivel de satisfacción con la vida. Me he preguntado si yo sentía lo mismo a su edad y de mi memoria extraigo ráfagas sueltas como el proceso 1001, las manifestaciones por la amnistía, la legalización del PC, las muertes de Mari Luz Nájera y Arturo Ruiz en las manifestaciones (ya no recuerdo muy bien por qué), la Plataforma Democrática, Hermano Lobo, El Papus... En fin, eran mis años de estudiante universitario en Madrid, y Madrid y este país eran otro mundo, un mundo de incertidumbre y de miedo.
¿Será por ello que determinados políticos continúan apelando a ese sentimiento de miedo constantemente?
Me gustaría que me convencieran, no que me atemorizaran. Es por ello por lo que ciertos mensajes me parecen estúpidamente cándidos. Ya nos hemos hecho mayorres. Por favor: no conjuren al lobo (que lo mismo viene).
He impreso una copia del artículo de la edición digital de El País y a modo de trasnochado panfletista lo he ido repartiendo a mis compañeros del Mundo de dentro, con la recomendación de que su lectura era imprescindible.
Qué fácil es crear un estado de opinión que funcione como caldo de cultivo para generar una complicidad en la que los mensajes, incluso los más burdos, tengan sentido.
Claro que, bien pensado, lo mismo hacen los jinetes del apocalipsis. ¿O no?
Bueno, al menos los jóvenes se sienten felices. Pero a veces me pregunto si esa dicha es la del que sabe o la del que desconoce. Ya veremos.
El mundo de dentro. Martes, 18 de octubre. Evocaciones.
Ha sido bastante violento. De pronto, por las caras que han puesto me he dado cuenta de que les traía completamente sin cuidado lo que R. estaba diciendo. Solamente J., una secretaria y yo escuchábamos.
He continuado callado y he esperado alguna réplica, algún comentario, alguna observación. En ese momento he tenido una curiosa experiencia. He recordado mis tiempos pasados y me he sentido el adolescente que fui un día, cuando era el aprendiz de algo, y no sabía bien de qué. Mientras iba cobrando conciencia de la situación por mi mente han pasado fugaces las imágenes de un momento de aquella época, en un colegio de una ciudad de provincias, en una gran sala, después de las clases. Era un momento terrible y el pánico se apoderaba de mí. Estaba esperando a mi padre, a quien habían llamado urgentemente, pues un profesor creyó escuchar que había insultado a otro y me querían expulsar del colegio. Yo juraba que no había hecho tal cosa, pero aquellas caras me intimidaban y se me exigía que callase. Cuando llegó mi padre le hicieron pasar directamente al despacho del director, después de unos minutos salió, se acercó a mí, me puso su mano sobre mi hombro y me dijo: vámonos, hijo, di hasta mañana. Y salí de aquella sensación de absoluta soledad empujado suavemente por la mano de mi padre. Nunca hablé con él de aquello, pero siempre lo imaginé diciéndole al director en voz baja, jamás elevaba el tono de voz, que confiaba y creía en mí.
Creo que esa sensación de soledad no me abandonará del todo el resto de mi vida, y de vez en cuando aflora de la manera más inesperada. Entonces me siento por unos momentos aquel otro que un día fui . Es una sensación fugaz, momentánea, pero muy intensa. Una amiga psicólogo con quien he hablado de esto en alguna ocasión me dice socarronamente que es una manifestación del abandono de la madurez y la primera incursión en el territorio subsiguiente. Qué raro, le digo, a mí me sucede todo lo contrario.
Cuando hemos salido del despacho aún tenía un regusto de aquellos recuerdos. En aquella sala de aquel colegio aprendí de mi padre que hay que hacer valer la verdad en voz baja.
He continuado callado y he esperado alguna réplica, algún comentario, alguna observación. En ese momento he tenido una curiosa experiencia. He recordado mis tiempos pasados y me he sentido el adolescente que fui un día, cuando era el aprendiz de algo, y no sabía bien de qué. Mientras iba cobrando conciencia de la situación por mi mente han pasado fugaces las imágenes de un momento de aquella época, en un colegio de una ciudad de provincias, en una gran sala, después de las clases. Era un momento terrible y el pánico se apoderaba de mí. Estaba esperando a mi padre, a quien habían llamado urgentemente, pues un profesor creyó escuchar que había insultado a otro y me querían expulsar del colegio. Yo juraba que no había hecho tal cosa, pero aquellas caras me intimidaban y se me exigía que callase. Cuando llegó mi padre le hicieron pasar directamente al despacho del director, después de unos minutos salió, se acercó a mí, me puso su mano sobre mi hombro y me dijo: vámonos, hijo, di hasta mañana. Y salí de aquella sensación de absoluta soledad empujado suavemente por la mano de mi padre. Nunca hablé con él de aquello, pero siempre lo imaginé diciéndole al director en voz baja, jamás elevaba el tono de voz, que confiaba y creía en mí.
Creo que esa sensación de soledad no me abandonará del todo el resto de mi vida, y de vez en cuando aflora de la manera más inesperada. Entonces me siento por unos momentos aquel otro que un día fui . Es una sensación fugaz, momentánea, pero muy intensa. Una amiga psicólogo con quien he hablado de esto en alguna ocasión me dice socarronamente que es una manifestación del abandono de la madurez y la primera incursión en el territorio subsiguiente. Qué raro, le digo, a mí me sucede todo lo contrario.
Cuando hemos salido del despacho aún tenía un regusto de aquellos recuerdos. En aquella sala de aquel colegio aprendí de mi padre que hay que hacer valer la verdad en voz baja.
El mundo de dentro. Lunes, 17 de octubre de 2005. Dies irae.
Hoy no hemos comentado nada sobre el famoso estatuto de Cataluña, aunque hemos mantenido una interesante discusión sobre el problema de la inmigración y los puestos de difícil ocupación. Curioso, los inmigrantes parecen interesar cuando suponen réditos políticos, qué mezquindad.
He hablado con C., la secretaria compartida, sobre la reunión del jueves, las (malas) noticias vuelan por aquí. La conversación con C. me ha parecido especialmente interesante, acaso porque haya intentado atenuar la preocupación que en mí pudiera quedar de aquello.
Le he dicho a C. que asumo perfectamente mi situación laboral aquí, decir estatus sería estúpidamente pretencioso: es puramente coyuntural, vine a ocupar el puesto de alguien que se marchó y me marcharé en su día para que otro venga en mi lugar. Ocupo el último despacho porque fui el último en aterrizar, para mí esto supone una auténtica ventaja, pues para venir hasta donde me encuentro hay que hacer un recorrido que pocos hacen. El Gabinete de Prensa me olvida con frecuencia, el periódico me lo compro yo. Comparto secretaria, pero creo que realmente no necesito ninguna, a veces me parece que me hacen luz de gas, pero se me pasa enseguida, y le he dicho que me encantaría que nos tuteásemos pues personalmente me sentiría mejor (en absoluto quiero parecer condescendiente). Se lo he dicho tratándole de usted, ¡qué horror!
Me debo de haber quedado con cara de estúpido, pero le parece bien.
C. me parece una persona inteligente y eficaz, a veces le he dicho que me podría sustituir perfectamente y que si algún día falto que no dude en hacerlo, hasta puede que nadie me eche de menos. Cuando llegué aquí me dijo que su puesto no estaba confirmado, y qué pensaba al respecto. Nada. No opinaba nada. Ella tiene la plaza por oposición, es funcionaria. Cuando fueron pasando los días lo entendí todo. Mal asunto esto de que vengan unos y se vayan otros. Cuando tuve oportunidad le dije que por mi parte todo se iba a quedar como estaba, pero ya había percibido que en otros despachos el asunto era más complicado.
Esta tarde, cuando se marchaba, me ha dicho que si lo de la luz de gas tendría alguna relación con lo de la reunión del jueves.
Segunda cara de estúpido.
Mañana ya veremos.
Tema recurrente en todas las conversaciones, incluida, por supuesto, la comida, la gripe aviar, que se ha impuesto fácilmente a otros temas periféricos como el campeonato de fórmula 1.
Parecerá broma o coña, pero el segundo plato hoy era pollo asado. Vamos, puro marxismo (de Groucho). ¿Tal vez deba inferirse de ello que existe alguna suerte de oscura y arcana relación entre ciertos mecanismos cerebrales y la ingesta de comida o su procesamiento en el sistema digestivo? Freud o Desmond Morris algo tendrán que decir...
He hablado con C., la secretaria compartida, sobre la reunión del jueves, las (malas) noticias vuelan por aquí. La conversación con C. me ha parecido especialmente interesante, acaso porque haya intentado atenuar la preocupación que en mí pudiera quedar de aquello.
Le he dicho a C. que asumo perfectamente mi situación laboral aquí, decir estatus sería estúpidamente pretencioso: es puramente coyuntural, vine a ocupar el puesto de alguien que se marchó y me marcharé en su día para que otro venga en mi lugar. Ocupo el último despacho porque fui el último en aterrizar, para mí esto supone una auténtica ventaja, pues para venir hasta donde me encuentro hay que hacer un recorrido que pocos hacen. El Gabinete de Prensa me olvida con frecuencia, el periódico me lo compro yo. Comparto secretaria, pero creo que realmente no necesito ninguna, a veces me parece que me hacen luz de gas, pero se me pasa enseguida, y le he dicho que me encantaría que nos tuteásemos pues personalmente me sentiría mejor (en absoluto quiero parecer condescendiente). Se lo he dicho tratándole de usted, ¡qué horror!
Me debo de haber quedado con cara de estúpido, pero le parece bien.
C. me parece una persona inteligente y eficaz, a veces le he dicho que me podría sustituir perfectamente y que si algún día falto que no dude en hacerlo, hasta puede que nadie me eche de menos. Cuando llegué aquí me dijo que su puesto no estaba confirmado, y qué pensaba al respecto. Nada. No opinaba nada. Ella tiene la plaza por oposición, es funcionaria. Cuando fueron pasando los días lo entendí todo. Mal asunto esto de que vengan unos y se vayan otros. Cuando tuve oportunidad le dije que por mi parte todo se iba a quedar como estaba, pero ya había percibido que en otros despachos el asunto era más complicado.
Esta tarde, cuando se marchaba, me ha dicho que si lo de la luz de gas tendría alguna relación con lo de la reunión del jueves.
Segunda cara de estúpido.
Mañana ya veremos.
Tema recurrente en todas las conversaciones, incluida, por supuesto, la comida, la gripe aviar, que se ha impuesto fácilmente a otros temas periféricos como el campeonato de fórmula 1.
Parecerá broma o coña, pero el segundo plato hoy era pollo asado. Vamos, puro marxismo (de Groucho). ¿Tal vez deba inferirse de ello que existe alguna suerte de oscura y arcana relación entre ciertos mecanismos cerebrales y la ingesta de comida o su procesamiento en el sistema digestivo? Freud o Desmond Morris algo tendrán que decir...
Viernes
El viernes es un día raro. Parece como si todo tuviera que impregnarse necesariamente de una pátina de ultimidad, de acabamiento, y casi todo se pospone para la semana próxima. Definitivamente, el viernes parece la antesala de no se sabe muy bien qué, como si en sí mismo no fuera apenas nada.
El viernes lo damos todo por acabado, hay una necesidad de que lo efímero se adueñe del espacio. Hablamos de lo que haremos esta noche, de lo que haremos mañana sábado o el fin de semana. Nos entusiasmamos con las cosas más simples, a veces incluso con aquellas que revelan una existencia anodina, insustancial, pero que este día adquieren un halo de singularidad del que carecen cualquier otro.
Los proyectos se sustancian el viernes sin saber que el lunes muchos de ellos no serán nada más que anotaciones en el olvido. O tal vez lo sepamos pero necesitemos ser fieles a la necesidad de entender el futuro como un tiempo que hay que llenar necesaria, imperiosamente.
Algunas de las personas con las que trabajo se dedican a esa tarea de recorrer el mapa del viernes de manera entusiasta, y los mensajes que se transmiten, como eslóganes identificadores de una extraña tribu funcionarial, son siempre los mismos. Su efectividad radica en que todos los entienden, los hacen suyos, los repiten disciplinadamente porque cohesionan al grupo, si estás dentro es que eres uno de los nuestros.
Otros contemplamos escépticos el ritual y ocasionalmente nos sumamos a él, impelidos por un extraño resorte que se activa con la compra del cuponazo de la ONCE, la bonoloto, la primitiva, la lotería..., en fin, todo aquello que nos va a cambiar la vida de un plumazo, te lo digo yo, no seas gafe, ya verás cuando vayamos el lunes al banco. Y el lunes otro ritual viene a sustituir al anterior. A veces la suerte nos depara alguna ganancia, los hechiceros más cualificados deciden invertirlo, “generar un bote” en la lengua de la tribu.
El viernes entiendo el mundo, como me ocurría de pequeño, cuando lo entendía todo, o al menos así lo creía. Mis dotes de observador se agudizan este día, incluso procuro moverme, salir a la calle a deambular, para registrarlo todo. Es una costumbre que tengo desde joven, salía a la calle y esperaba a que me sucediera algo para después contarlo o bien escribirlo.
Esta mañana he bajado tomar un café, no a la cafetería habitual, sino a otra, unos trescientos metros más allá. Suelo ir allí los viernes, el camarero me conoce y conoce mi rutina, saludo y no doy más explicaciones, me sirve un café cortado y leo El País. Siempre encuentro algo que traslada el amargor del café a mi cerebro.
He pagado el cortado y antes de irme he comprado un cupón para hoy y otro para el domingo. Es viernes.
El viernes lo damos todo por acabado, hay una necesidad de que lo efímero se adueñe del espacio. Hablamos de lo que haremos esta noche, de lo que haremos mañana sábado o el fin de semana. Nos entusiasmamos con las cosas más simples, a veces incluso con aquellas que revelan una existencia anodina, insustancial, pero que este día adquieren un halo de singularidad del que carecen cualquier otro.
Los proyectos se sustancian el viernes sin saber que el lunes muchos de ellos no serán nada más que anotaciones en el olvido. O tal vez lo sepamos pero necesitemos ser fieles a la necesidad de entender el futuro como un tiempo que hay que llenar necesaria, imperiosamente.
Algunas de las personas con las que trabajo se dedican a esa tarea de recorrer el mapa del viernes de manera entusiasta, y los mensajes que se transmiten, como eslóganes identificadores de una extraña tribu funcionarial, son siempre los mismos. Su efectividad radica en que todos los entienden, los hacen suyos, los repiten disciplinadamente porque cohesionan al grupo, si estás dentro es que eres uno de los nuestros.
Otros contemplamos escépticos el ritual y ocasionalmente nos sumamos a él, impelidos por un extraño resorte que se activa con la compra del cuponazo de la ONCE, la bonoloto, la primitiva, la lotería..., en fin, todo aquello que nos va a cambiar la vida de un plumazo, te lo digo yo, no seas gafe, ya verás cuando vayamos el lunes al banco. Y el lunes otro ritual viene a sustituir al anterior. A veces la suerte nos depara alguna ganancia, los hechiceros más cualificados deciden invertirlo, “generar un bote” en la lengua de la tribu.
El viernes entiendo el mundo, como me ocurría de pequeño, cuando lo entendía todo, o al menos así lo creía. Mis dotes de observador se agudizan este día, incluso procuro moverme, salir a la calle a deambular, para registrarlo todo. Es una costumbre que tengo desde joven, salía a la calle y esperaba a que me sucediera algo para después contarlo o bien escribirlo.
Esta mañana he bajado tomar un café, no a la cafetería habitual, sino a otra, unos trescientos metros más allá. Suelo ir allí los viernes, el camarero me conoce y conoce mi rutina, saludo y no doy más explicaciones, me sirve un café cortado y leo El País. Siempre encuentro algo que traslada el amargor del café a mi cerebro.
He pagado el cortado y antes de irme he comprado un cupón para hoy y otro para el domingo. Es viernes.
El mundo de dentro: purgatorio.
Escribo desde el despacho, el mundo de dentro. Me ha tocado venir esta tarde. Simulo estar trabajando, pero en realidad estoy escribiendo esto. Y lo cierto es que debería estar revisando las notas y los informes de una reunión de esta mañana, pero me siento incapaz.
Estoy solo. C., la secretaria que comparto con otras dos personas, se ha marchado hace rato. Casi ni la he mirado cuando nos hemos dicho adiós. Tengo un mal día, o mejor dicho: tengo una mala tarde después de haber tenido una pésima mañana. En esa reunión algo ha salido mal y no sé bien por qué. Ahora veo que J. y yo hemos cometido un error de análisis y hemos inducido a otros a ese terreno resbaladizo en el que las cosas empiezan a salir todas mal. Me he empeñado absurdamente en una línea equivocada y he tardado demasiado tiempo en darme cuenta. No ha sido cuestión de vanidad, es algo bastante más simple: cuando no controlas el tema, es fácil que el tema te controle a ti.
Quiero pensar que no ha sido nada personal. J. se ha subido a mi carro y ya éramos dos. He creído que al estar con él podíamos hacer valer el enfoque que teníamos, a pesar de que apenas se sostenía, como me he dado cuenta más tarde.
Lo he estado hablando con él en la comida, es un optimista convencido y no ve ningún problema, luego he despachado el tema con la jefa. Por esa parte todo bien, se ha dado perfecta cuenta de que J. estaba conmigo de convidado de piedra. No he querido hablar más del asunto, y menos con J. ausente.
La jefa me ha intentado explicar muy pedagógicamente el sistema: nosotros estamos en un nivel intermedio y, como el sistema funciona por elevación, si aquí hacemos algo mal (he entendido “haces”) cuando traslademos (debería haber dicho “traslade”) el tema a los grandes jefes de arriba pues... No la he dejado seguir, me he dado por enterado y he pedido nuevamente disculpas. Ella, muy condescendiente, ha quitado hierro al asunto. Y me ha preguntado por qué me he mostrado tan vehemente, cuando suelo estar casi siempre en la zona gris. Todavía no tengo una respuesta a eso. Tampoco insiste, me conoce bien o al menos así lo cree. Ella fue quien me trajo aquí. Por su forma de mirarme sé que aún no se arrepiente de ello y espero de verdad que no tenga que hacerlo. Me cae bien, es buena gente.
Me voy, al mundo de fuera. A casa. Ya son casi las nueve. Si lloviera elegiría el camino más largo. El coche bajo la lluvia es un buen lugar para pensar en los daños colaterales cuando no te has preparado la lección. Le he dejado a C. El País sobre su mesa, con el crucigrama a medias. Seguro que lo entiende.
Estoy solo. C., la secretaria que comparto con otras dos personas, se ha marchado hace rato. Casi ni la he mirado cuando nos hemos dicho adiós. Tengo un mal día, o mejor dicho: tengo una mala tarde después de haber tenido una pésima mañana. En esa reunión algo ha salido mal y no sé bien por qué. Ahora veo que J. y yo hemos cometido un error de análisis y hemos inducido a otros a ese terreno resbaladizo en el que las cosas empiezan a salir todas mal. Me he empeñado absurdamente en una línea equivocada y he tardado demasiado tiempo en darme cuenta. No ha sido cuestión de vanidad, es algo bastante más simple: cuando no controlas el tema, es fácil que el tema te controle a ti.
Quiero pensar que no ha sido nada personal. J. se ha subido a mi carro y ya éramos dos. He creído que al estar con él podíamos hacer valer el enfoque que teníamos, a pesar de que apenas se sostenía, como me he dado cuenta más tarde.
Lo he estado hablando con él en la comida, es un optimista convencido y no ve ningún problema, luego he despachado el tema con la jefa. Por esa parte todo bien, se ha dado perfecta cuenta de que J. estaba conmigo de convidado de piedra. No he querido hablar más del asunto, y menos con J. ausente.
La jefa me ha intentado explicar muy pedagógicamente el sistema: nosotros estamos en un nivel intermedio y, como el sistema funciona por elevación, si aquí hacemos algo mal (he entendido “haces”) cuando traslademos (debería haber dicho “traslade”) el tema a los grandes jefes de arriba pues... No la he dejado seguir, me he dado por enterado y he pedido nuevamente disculpas. Ella, muy condescendiente, ha quitado hierro al asunto. Y me ha preguntado por qué me he mostrado tan vehemente, cuando suelo estar casi siempre en la zona gris. Todavía no tengo una respuesta a eso. Tampoco insiste, me conoce bien o al menos así lo cree. Ella fue quien me trajo aquí. Por su forma de mirarme sé que aún no se arrepiente de ello y espero de verdad que no tenga que hacerlo. Me cae bien, es buena gente.
Me voy, al mundo de fuera. A casa. Ya son casi las nueve. Si lloviera elegiría el camino más largo. El coche bajo la lluvia es un buen lugar para pensar en los daños colaterales cuando no te has preparado la lección. Le he dejado a C. El País sobre su mesa, con el crucigrama a medias. Seguro que lo entiende.
Marionetas escuchando a Shostakovich
La Castellana es una de las principales calles de Madridmemata, dicen, pero deja de serlo cuando estás dentro en un atasco. Madridmemata es últimamente un atasco casi permanente.
Entonces, esa calle emblemática, dicen, de este Madridmemata se convierte en un tremendo aparcamiento forzado al aire libre. He pasado mis horas en esa calle. El tiempo parece no existir allí, pero sin embargo pasa y te acaba arañando.
Para sumar más efectos especiales al decorado, esta semana se va a celebrar allí el consabido desfile y el montaje del mismo ha contribuido generosamente al caos. Los taxistas de esta ciudad saben bastante, por cierto, del orden del caos.
La guantera de mi coche tiene un buen repertorio de CDs de música clásica. Nada más enfilar la Castellana conecto el reproductor y me dejo llevar. El atasco de hoy ha durado un buen Shostakovich, las suites de jazz, pero con el añadido de que esta mañana ha habido representación dramática.
Un golpe por alcance ha convetido en escenario el carril central dirección a la plaza de Castilla. He observado detenidamente la escena de cine mudo con el volumen del equipo de audio bastante alto. Dos hombres gesticulaban como marionetas mientras la orquesta atacaba dentro de mi coche y mi cabeza. Tal vez todos esperábamos que se agradieran, se golpearan y la barbarie se escenificara en el caos.
He subido aún más el volumen, he bajado las ventanillas del coche y Shostakovich ha competido con el ruido de los pitidos de los impacientes que me seguían. Cuando el semáforo se ha abierto, antes de arrancar, les he gritado a las marionetas que más de uno les iba a agradecer hoy su modesta contribución al caos.
Han dejado de discutir entre ellos y mientras los rebasaba me han insultado al unísono. Pero Shostakovich ponía orden en mi cerebro y el caos de la mañana empezaba a tener un cierto orden.
Entonces, esa calle emblemática, dicen, de este Madridmemata se convierte en un tremendo aparcamiento forzado al aire libre. He pasado mis horas en esa calle. El tiempo parece no existir allí, pero sin embargo pasa y te acaba arañando.
Para sumar más efectos especiales al decorado, esta semana se va a celebrar allí el consabido desfile y el montaje del mismo ha contribuido generosamente al caos. Los taxistas de esta ciudad saben bastante, por cierto, del orden del caos.
La guantera de mi coche tiene un buen repertorio de CDs de música clásica. Nada más enfilar la Castellana conecto el reproductor y me dejo llevar. El atasco de hoy ha durado un buen Shostakovich, las suites de jazz, pero con el añadido de que esta mañana ha habido representación dramática.
Un golpe por alcance ha convetido en escenario el carril central dirección a la plaza de Castilla. He observado detenidamente la escena de cine mudo con el volumen del equipo de audio bastante alto. Dos hombres gesticulaban como marionetas mientras la orquesta atacaba dentro de mi coche y mi cabeza. Tal vez todos esperábamos que se agradieran, se golpearan y la barbarie se escenificara en el caos.
He subido aún más el volumen, he bajado las ventanillas del coche y Shostakovich ha competido con el ruido de los pitidos de los impacientes que me seguían. Cuando el semáforo se ha abierto, antes de arrancar, les he gritado a las marionetas que más de uno les iba a agradecer hoy su modesta contribución al caos.
Han dejado de discutir entre ellos y mientras los rebasaba me han insultado al unísono. Pero Shostakovich ponía orden en mi cerebro y el caos de la mañana empezaba a tener un cierto orden.
Sobre la existencia de la verdad
Me he levantado este domingo un poco trascendente. Quiero decir que he dedicado unos minutos a mirar el insulso paisaje urbano que se contempla desde mi ventana antes de desayunar, y he recordado por unos minutos los acontecimientos de la semana que termina, no todos, claro, pero sí aquellos que se han dejado recordar esta mañana del último día de la semana.
Los domingos me parecen días raros, y sus tardes me deprimen un poco. Por eso esta mañana, antes de que llegue la tarde y sea incapaz de rumiar un pensamiento mínimamente intresante, mientras desde la cocina se esparcía olor a café, apoyado en el alfeizar de una ventana contemplando a la gente pasar por la calle he recordado una discusión con una de las jefas de mi empresa.
Una discusión trivial, sin importancia, pero que se fue complicando poco a poco hasta acabar en un auténtico enfrentamiento, esas discusiones que tienen la rara virtud de definir claramente el estatus de cada cual, especialmente el de los jefes. En ella salió a relucir en varias ocasiones la palabra "verdad".
Mi jefa pronunció esa palabra como algo suyo, algo de su exclusiva propiedad, y lo hizo en varias ocasiones. La palabra acabó por adueñarse del despacho y todos nos quedamos en silencio.
Frecuentemente he contrastado puntos de vista con mi jefa, amistosamente, y no ha habido ningún problema. Pero ese día la cosa resultó diferente. Ese día mi jefa hablaba de la verdad, como algo de su exclusiva propiedad, como algo único. El timbre de su teléfono acabó con sus palabras y ahí quedó la cosa.
A media mañana, cuando hemos bajado a tomar un café, le he preguntado a mi jefa si le gusta el cine de Clint Eastwood, y enseguida me ha hablado de "Los puentes de Madison". Le he hablado de una película de este director titulada "Medianoche en el jardín del bien y del mal", no le sonaba. ¿Es especialmente buena?, me ha preguntado. No lo sé, pero recuerdo, le he dicho, que en esa película un personaje dice lo siguiente: la verdad es como el arte, está en el ojo del espectador.
La he invitado al café, he recogido el periódico y me he ido. He salido de la cafetería tranquilamente, sin volver la vista, como si fuera un personaje de esos que tan bien compone Eastwood en sus películas.
Los domingos me parecen días raros, y sus tardes me deprimen un poco. Por eso esta mañana, antes de que llegue la tarde y sea incapaz de rumiar un pensamiento mínimamente intresante, mientras desde la cocina se esparcía olor a café, apoyado en el alfeizar de una ventana contemplando a la gente pasar por la calle he recordado una discusión con una de las jefas de mi empresa.
Una discusión trivial, sin importancia, pero que se fue complicando poco a poco hasta acabar en un auténtico enfrentamiento, esas discusiones que tienen la rara virtud de definir claramente el estatus de cada cual, especialmente el de los jefes. En ella salió a relucir en varias ocasiones la palabra "verdad".
Mi jefa pronunció esa palabra como algo suyo, algo de su exclusiva propiedad, y lo hizo en varias ocasiones. La palabra acabó por adueñarse del despacho y todos nos quedamos en silencio.
Frecuentemente he contrastado puntos de vista con mi jefa, amistosamente, y no ha habido ningún problema. Pero ese día la cosa resultó diferente. Ese día mi jefa hablaba de la verdad, como algo de su exclusiva propiedad, como algo único. El timbre de su teléfono acabó con sus palabras y ahí quedó la cosa.
A media mañana, cuando hemos bajado a tomar un café, le he preguntado a mi jefa si le gusta el cine de Clint Eastwood, y enseguida me ha hablado de "Los puentes de Madison". Le he hablado de una película de este director titulada "Medianoche en el jardín del bien y del mal", no le sonaba. ¿Es especialmente buena?, me ha preguntado. No lo sé, pero recuerdo, le he dicho, que en esa película un personaje dice lo siguiente: la verdad es como el arte, está en el ojo del espectador.
La he invitado al café, he recogido el periódico y me he ido. He salido de la cafetería tranquilamente, sin volver la vista, como si fuera un personaje de esos que tan bien compone Eastwood en sus películas.
Hedonismo de andar por casa
En ocasiones encuentro en las cosas más pequeñas un gran placer. No sé, pero es como si la vida te ofreciera su cara más amable en lo simple, cotidiano y pequeño. Son esos pequeños instantes de felicidad que te llevan casi a otra dimensión.
Déjenme que les dé una lista de esos pequeños grandes placeres que me hacen feliz durante un ratito o dos:
1. Comer uvas con pan.
2. Comer pan con melón.
3. Ver la tele apagada a las diez de la noche.
4. Leer un buen libro que es realmente un buen libro.
5. Abrir el ojo un sábado por la mañana y ver desconectado el maldito despertador.
6. Ir solo al cine.
7. Que mi mujer se quite la parte de arriba del pijama después de haberse quitado la de abajo.
8. Conducir con lluvia.
9. El olor de la mies.
10. Escuchar a Keith Jarret.
11. Creer que he entendido un poema.
12. Leer a Pedro Salinas.
13. Pisarle el crugirama de El País a mi mujer (esto puede tener una curiosa relación con el nº 7).
14. Que el despertador suene temprano y no me levante cabreado (mi experiencia de esto es casi de nivel intelectual, pura abstracción).
15. Escaquearme en el trabajo sin que se note.
16. Dar pequeñas soluciones a los grandes problemas (con esto me sucede en parte como con el nº 14, pero sigo intentándolo, que conste).
17. Que mi mujer se duerma acurrucada después junto a mí sin volver a ponerse el pijama.
18. Que se acueste con camisón (¡todo puede llegar a resultar inmensamente más fácil!).
19. Una siesta en una tarde de verano (ya saben: la red de conexiones con 7, 13, 17 y 6 es realmente compleja).
Otro día sigo, supongo.
Déjenme que les dé una lista de esos pequeños grandes placeres que me hacen feliz durante un ratito o dos:
1. Comer uvas con pan.
2. Comer pan con melón.
3. Ver la tele apagada a las diez de la noche.
4. Leer un buen libro que es realmente un buen libro.
5. Abrir el ojo un sábado por la mañana y ver desconectado el maldito despertador.
6. Ir solo al cine.
7. Que mi mujer se quite la parte de arriba del pijama después de haberse quitado la de abajo.
8. Conducir con lluvia.
9. El olor de la mies.
10. Escuchar a Keith Jarret.
11. Creer que he entendido un poema.
12. Leer a Pedro Salinas.
13. Pisarle el crugirama de El País a mi mujer (esto puede tener una curiosa relación con el nº 7).
14. Que el despertador suene temprano y no me levante cabreado (mi experiencia de esto es casi de nivel intelectual, pura abstracción).
15. Escaquearme en el trabajo sin que se note.
16. Dar pequeñas soluciones a los grandes problemas (con esto me sucede en parte como con el nº 14, pero sigo intentándolo, que conste).
17. Que mi mujer se duerma acurrucada después junto a mí sin volver a ponerse el pijama.
18. Que se acueste con camisón (¡todo puede llegar a resultar inmensamente más fácil!).
19. Una siesta en una tarde de verano (ya saben: la red de conexiones con 7, 13, 17 y 6 es realmente compleja).
Otro día sigo, supongo.
Arreglémoslo con la lectura
Leer, leer... ¡Qué cantidad de problemas tendríamos resueltos si se leyera más!, y al mismo tiempo, qué cantidad de problemas tendríamos como resultado de leer.
Me pregunto: ¿quién es más feliz, el que sabe o el que desconoce?
En la lectura está una de las claves culturales de un pueblo, y aquí, qué se lee, quién lee. ¿Acaso la lectura puede llegar a ser peligrosa?
Lo peligroso no es ningún libro, lo verdaderamente peligroso es un solo libro.
Forges, como casi siempre, tan certero.

Me pregunto: ¿quién es más feliz, el que sabe o el que desconoce?
En la lectura está una de las claves culturales de un pueblo, y aquí, qué se lee, quién lee. ¿Acaso la lectura puede llegar a ser peligrosa?
Lo peligroso no es ningún libro, lo verdaderamente peligroso es un solo libro.
Forges, como casi siempre, tan certero.

Inauguración
Con este comentario doy por inaugurado este Diario de un indeciso observador. Había pensado titularlo Diario de un nihilista crédulo, pero dudé. Sí, ya sé que parece un chiste fácil, pero no lo es. Es más, ni siquiera creo que sea un chiste. Como mucho, un comentario con cierta gracia, y tal vez ni eso.
Bueno, pues nada. Inaugurado queda. Pueden pasar a tomar un café.
Bueno, pues nada. Inaugurado queda. Pueden pasar a tomar un café.





