MIRÁNDOME A TRAVÉS DEL REFLEJO
Lisboa amanece con lluvia como casi todos los días. Subo la persiana y el ruido del tranvía hace que abra los ojos con mayor intensidad. Hay mucho barullo fuera.
Deambulo por el solitario pasillo, descalza, sintiendo el suelo de madera quejarse en cada pisada. Me desnudo, me miro en el espejo. Me reconozco, aunque me cuesta: marcas profundas en las cuencas de mis ojos, pelo electrizado, pupilas cansadas, labios cortados, cuerpo castigado. Mis piernas y mi culo están más delgados, más duros, pero mi barriga más pronunciada. Mis pechos han aumentado; la menstruación está al llegar. Mis brazos cuelgan flácidos, agotados, siguiendo las curvas de mis caderas. Mis pies dolidos se encogen con el frío contacto del azulejo y un escalofrío recorre mi cuerpo de los pies a la cabeza.
Me vuelvo a mirar: las pulgas se han cebado conmigo, tengo picaduras hasta en los pezones…
Ducha fría, se acabó el gas. Me lo pienso. Sí, no. Sí, no.
SI.
Se hace preciso borrar los restos de la fiesta del día anterior. Abro despacio el grifo. Las gotas se clavan en mi espalda y en mi nuca como si fuesen puñales afilados. Empapan mi cabello y resbalan cuerpo abajo.
Éste, permanece inerte, quieto bajo la alcachofa. Empapado. Paralizado.
Alzo la mirada, pensativa, y observo como sale el agua rápida, rencorosa, hostil a través de la perola. La siento subir por la manguera y me enfado con ella. Intento asimilar el frío que recorre mi cuerpo. Lo pienso, lo siento. Pienso y siento la humedad abandonarse a través de mi piel, poseyéndola. Me afecta.
Extraña sensación. Muchas duchas de agua fría pero ninguna como ésta…
Un nuevo día me espera fuera; en la calle. Y dentro; en mí.
Diluvia. La rua es un devenir de personas, coches, perros, tranvías, autobuses. Bajo a confundirme con la gente, camino bajo la lluvia, despacio para no resbalar. Los adoquines desgastados brillan. Sorteo abuelas con bolsas, viejitos con boinas, perros mojados, mujeres corriendo, hombres con paraguas, niños con mochilas, coches pitando, tranvías pasando.
Paso a paso voy penetrando más en mí. Me reconcilio con el agua.
Retrospectiva.
Regresión.
Retroceso.
Hoy lo siento todo mío. Afectando. Afectándome...
Tengo algo de prisa pues preciso de llegar a mi destino a tiempo; la facultad.
Pero no corro, No pienso en la hora. No pienso en el tiempo. No pienso en ello. No quiero. Hoy no.
No tengo explicación alguna pero me abandono en mí misma...
Mi camino con destino asegurado e inequívoco, se ha convertido en paseo errante, inestable. No me importa no llegar. Simplemente quiero andar. ¡Que esperen las clases! Hoy el agua me quiere hablar. Quiere decirme algo y la tengo que escuchar…
Mi pelo chorrea como hace poco tiempo atrás. Este agua es más cálida que la de la ducha. Cae fuerte pero no está afilada. No se clava, no molesta. La ropa amortigua su caída y, por tanto, el contacto con mi cuerpo es diferente, distinto. No es directo, pero de igual modo, conmueve.
Miro a un lado, y me vuelvo a reconocer en la luna de un escaparate. Me veo reflejada. Me detengo a observar-me. Las gotas hacen que mi figura se vea distorsionada. Confundida.
Me paro y me miro.
No observo mi imagen global, ni mi silueta, ni mi figura, ni mi rostro. Nada. Miro más en mi interior. Mis pupilas se ven negras y profundas. En ellas viajo, a través de su oscuridad…
¿Qué me quieren decir?
Especulo, me abandono, me introduzco por ellas, en ellas y llego hasta mí.
Repaso mi relato, mi vida…
Sigo el paseo. La gente me mira, estoy empapada, mojada. Afectada.
Veo un charco y lo piso. Aposta. Mi zapato juega con las piedras. Mi pie resbala en el adoquín desgastado. Viaja veloz, urgente por unos segundos.
Mi cuerpo no lo acompaña.
No desea ninguna prisa, ni siquiera las forzadas. No se deja llevar por ella pero aún así parezco la mujer inclinada. Cuesta abajo, pies y piernas primero.
Tronco y cabeza después. La mujer inclinada.
Que no está ni dentro ni fuera. Que no es de aquí ni de allí. Que no es blanca ni negra. Que no viaja libre pero tampoco controlada. Que no está determinada ni indeterminada. Que no pasa indiferente ni es exagerada.
Es la mujer inclinada.
Gris…
Me abandono en pensamientos triviales. Y poco a poco van cobrando mayor importancia. Parece que el agua me quiere dar una tregua. Así, puedo volar y viajar con mi mente hasta otro lugar.
Está jugando conmigo.
Cierro los ojos lentamente por un segundo, como dándole las gracias. Y doy órdenes de continuar. La ropa me pesa y mi andar es despreocupado, pausado, solitario, e incluso, errante y vagabundo.
Nostálgico.
Miro al cielo. Está gris, como yo. Gris oscuro. Como la mujer inclinada. Que no deja de deambular, que no se dirige aquí ni allá, que no sabe si seguir o parar…
Ahora sí, los pensamientos nublan mi mente. Ésta se fusiona con el cielo. Mi cuerpo se vuelve lluvia. Soy agua, soy gota, soy charco, soy pisada, soy resbaladiza, soy brillante, soy gris y estoy nublada.
Nublado veo mi reflejo en los escaparates, nublada está mi mente, nublado está mi cielo, nublada está mi ciudad.
Paso por otra vidriera y mi mano recoge lánguidamente las gotas que rápidas caen por el cristal. Como queriéndolas apresar.
Agua y cristal, tacto frío. Transparentes. Mano serena. Soy cristalina. Me podéis penetrar. No tengo paredes, abierta puedo escuchar.
Escucharme y dialogar…
Me enfrento conmigo misma en una lucha que no es tal. Pongo nombre a los sentimientos, voy repasando experiencias y las sensaciones comienzan a ceder. No tengo palabras para poderme pensar. Comienzo de nuevo.
Identifico emociones.
Invento nuevos nombres, efectos, afectos.
Pero el vocabulario acota mis pensamientos.
Entonces todo se descontrola.
Desbarajuste.
Desorden.
Caos.
Al no recibir nombre, calificativo, apodo, se niegan a seguir con mi juego. No se dejan manipular. No desean desfilar ordenadamente por mi mente para poderlos analizar. Se mezclan, se mixturan, se juntan, se desidentifican, se trasponen, se nublan unos a otros, unas a otras. Unas a unos. Otros a otras.
Bruma, tempestad…
Tormenta dentro. Tormenta fuera. Salgo de mi burbuja, algo disgustada y abatida. Busco en mi bolso. Agua. Abro el tapón de mi botella con delicada destreza. Doy un trago. Y otro. Y otro.
Mojada por dentro. Mojada por fuera. Nublada por dentro. Nublada por fuera. Soy agua en estado líquido, y sólido. Ahora deseo evaporarme, volatizarme, escapar.
La mujer inclinada, ni líquida ni sólida. Gris gaseosa. Volátil. Atmosférica. Etérea. Incorpórea. Intangible. Impalpable. Tenue. Ligera. Invisible. Sutil. Transparente...Agua.
Me podéis usar. Podéis beberme. Podéis utilizarme. Podéis ahorrarme, guardarme y esperar…
Decido volver a casa volando, planeando, calando. No voy a la misma altura que la gente. Me he esfumado, me he confundido, me he escapado. Lo veo todo desde arriba. La posición medio objetiva que me proporciona la visión de pájaro, de nube. He llegado hasta Avenida da Libertad. Bonita paradoja. El metro de Lisboa no vuela, así pues sigo caminando. Dudo si coger el tranvía, grato paseo también el suyo. Al final desisto, el agua quiere seguir jugando conmigo y yo ya no quiero más. Me dejó la mente agotada.
Bajo hasta Baixa Chiado, sin guardarle rencor, patinando, acompañándola en sus travesuras. Riendo con ella. Somos compañeras. Amigas. Ella me da y ella recibe. Reciprocidad.
Cojo el eléctrico y llego hasta casa.
Me seco.
Me desnudo.
Me reconozco.
Me meto en la cama.
Rin, rin, rin...
Despierto de nuevo.
Deambulo por el solitario pasillo, descalza, sintiendo el suelo de madera quejarse en cada pisada. Me desnudo, me miro en el espejo. Me reconozco, aunque me cuesta: marcas profundas en las cuencas de mis ojos, pelo electrizado, pupilas cansadas, labios cortados, cuerpo castigado. Mis piernas y mi culo están más delgados, más duros, pero mi barriga más pronunciada. Mis pechos han aumentado; la menstruación está al llegar. Mis brazos cuelgan flácidos, agotados, siguiendo las curvas de mis caderas. Mis pies dolidos se encogen con el frío contacto del azulejo y un escalofrío recorre mi cuerpo de los pies a la cabeza.
Me vuelvo a mirar: las pulgas se han cebado conmigo, tengo picaduras hasta en los pezones…
Ducha fría, se acabó el gas. Me lo pienso. Sí, no. Sí, no.
SI.
Se hace preciso borrar los restos de la fiesta del día anterior. Abro despacio el grifo. Las gotas se clavan en mi espalda y en mi nuca como si fuesen puñales afilados. Empapan mi cabello y resbalan cuerpo abajo.
Éste, permanece inerte, quieto bajo la alcachofa. Empapado. Paralizado.
Alzo la mirada, pensativa, y observo como sale el agua rápida, rencorosa, hostil a través de la perola. La siento subir por la manguera y me enfado con ella. Intento asimilar el frío que recorre mi cuerpo. Lo pienso, lo siento. Pienso y siento la humedad abandonarse a través de mi piel, poseyéndola. Me afecta.
Extraña sensación. Muchas duchas de agua fría pero ninguna como ésta…
Un nuevo día me espera fuera; en la calle. Y dentro; en mí.
Diluvia. La rua es un devenir de personas, coches, perros, tranvías, autobuses. Bajo a confundirme con la gente, camino bajo la lluvia, despacio para no resbalar. Los adoquines desgastados brillan. Sorteo abuelas con bolsas, viejitos con boinas, perros mojados, mujeres corriendo, hombres con paraguas, niños con mochilas, coches pitando, tranvías pasando.
Paso a paso voy penetrando más en mí. Me reconcilio con el agua.
Retrospectiva.
Regresión.
Retroceso.
Hoy lo siento todo mío. Afectando. Afectándome...
Tengo algo de prisa pues preciso de llegar a mi destino a tiempo; la facultad.
Pero no corro, No pienso en la hora. No pienso en el tiempo. No pienso en ello. No quiero. Hoy no.
No tengo explicación alguna pero me abandono en mí misma...
Mi camino con destino asegurado e inequívoco, se ha convertido en paseo errante, inestable. No me importa no llegar. Simplemente quiero andar. ¡Que esperen las clases! Hoy el agua me quiere hablar. Quiere decirme algo y la tengo que escuchar…
Mi pelo chorrea como hace poco tiempo atrás. Este agua es más cálida que la de la ducha. Cae fuerte pero no está afilada. No se clava, no molesta. La ropa amortigua su caída y, por tanto, el contacto con mi cuerpo es diferente, distinto. No es directo, pero de igual modo, conmueve.
Miro a un lado, y me vuelvo a reconocer en la luna de un escaparate. Me veo reflejada. Me detengo a observar-me. Las gotas hacen que mi figura se vea distorsionada. Confundida.
Me paro y me miro.
No observo mi imagen global, ni mi silueta, ni mi figura, ni mi rostro. Nada. Miro más en mi interior. Mis pupilas se ven negras y profundas. En ellas viajo, a través de su oscuridad…
¿Qué me quieren decir?
Especulo, me abandono, me introduzco por ellas, en ellas y llego hasta mí.
Repaso mi relato, mi vida…
Sigo el paseo. La gente me mira, estoy empapada, mojada. Afectada.
Veo un charco y lo piso. Aposta. Mi zapato juega con las piedras. Mi pie resbala en el adoquín desgastado. Viaja veloz, urgente por unos segundos.
Mi cuerpo no lo acompaña.
No desea ninguna prisa, ni siquiera las forzadas. No se deja llevar por ella pero aún así parezco la mujer inclinada. Cuesta abajo, pies y piernas primero.
Tronco y cabeza después. La mujer inclinada.
Que no está ni dentro ni fuera. Que no es de aquí ni de allí. Que no es blanca ni negra. Que no viaja libre pero tampoco controlada. Que no está determinada ni indeterminada. Que no pasa indiferente ni es exagerada.
Es la mujer inclinada.
Gris…
Me abandono en pensamientos triviales. Y poco a poco van cobrando mayor importancia. Parece que el agua me quiere dar una tregua. Así, puedo volar y viajar con mi mente hasta otro lugar.
Está jugando conmigo.
Cierro los ojos lentamente por un segundo, como dándole las gracias. Y doy órdenes de continuar. La ropa me pesa y mi andar es despreocupado, pausado, solitario, e incluso, errante y vagabundo.
Nostálgico.
Miro al cielo. Está gris, como yo. Gris oscuro. Como la mujer inclinada. Que no deja de deambular, que no se dirige aquí ni allá, que no sabe si seguir o parar…
Ahora sí, los pensamientos nublan mi mente. Ésta se fusiona con el cielo. Mi cuerpo se vuelve lluvia. Soy agua, soy gota, soy charco, soy pisada, soy resbaladiza, soy brillante, soy gris y estoy nublada.
Nublado veo mi reflejo en los escaparates, nublada está mi mente, nublado está mi cielo, nublada está mi ciudad.
Paso por otra vidriera y mi mano recoge lánguidamente las gotas que rápidas caen por el cristal. Como queriéndolas apresar.
Agua y cristal, tacto frío. Transparentes. Mano serena. Soy cristalina. Me podéis penetrar. No tengo paredes, abierta puedo escuchar.
Escucharme y dialogar…
Me enfrento conmigo misma en una lucha que no es tal. Pongo nombre a los sentimientos, voy repasando experiencias y las sensaciones comienzan a ceder. No tengo palabras para poderme pensar. Comienzo de nuevo.
Identifico emociones.
Invento nuevos nombres, efectos, afectos.
Pero el vocabulario acota mis pensamientos.
Entonces todo se descontrola.
Desbarajuste.
Desorden.
Caos.
Al no recibir nombre, calificativo, apodo, se niegan a seguir con mi juego. No se dejan manipular. No desean desfilar ordenadamente por mi mente para poderlos analizar. Se mezclan, se mixturan, se juntan, se desidentifican, se trasponen, se nublan unos a otros, unas a otras. Unas a unos. Otros a otras.
Bruma, tempestad…
Tormenta dentro. Tormenta fuera. Salgo de mi burbuja, algo disgustada y abatida. Busco en mi bolso. Agua. Abro el tapón de mi botella con delicada destreza. Doy un trago. Y otro. Y otro.
Mojada por dentro. Mojada por fuera. Nublada por dentro. Nublada por fuera. Soy agua en estado líquido, y sólido. Ahora deseo evaporarme, volatizarme, escapar.
La mujer inclinada, ni líquida ni sólida. Gris gaseosa. Volátil. Atmosférica. Etérea. Incorpórea. Intangible. Impalpable. Tenue. Ligera. Invisible. Sutil. Transparente...Agua.
Me podéis usar. Podéis beberme. Podéis utilizarme. Podéis ahorrarme, guardarme y esperar…
Decido volver a casa volando, planeando, calando. No voy a la misma altura que la gente. Me he esfumado, me he confundido, me he escapado. Lo veo todo desde arriba. La posición medio objetiva que me proporciona la visión de pájaro, de nube. He llegado hasta Avenida da Libertad. Bonita paradoja. El metro de Lisboa no vuela, así pues sigo caminando. Dudo si coger el tranvía, grato paseo también el suyo. Al final desisto, el agua quiere seguir jugando conmigo y yo ya no quiero más. Me dejó la mente agotada.
Bajo hasta Baixa Chiado, sin guardarle rencor, patinando, acompañándola en sus travesuras. Riendo con ella. Somos compañeras. Amigas. Ella me da y ella recibe. Reciprocidad.
Cojo el eléctrico y llego hasta casa.
Me seco.
Me desnudo.
Me reconozco.
Me meto en la cama.
Rin, rin, rin...
Despierto de nuevo.





