TIEMPO, SUBJETIVIDAD Y LIBERTAD.

Voy a comenzar mi comentario en el blog, el cual no he podido elaborar antes por falta de “tiempo”, con un pequeño recorrido por el significado de dicha palabra; TIEMPO…
Con este comentario, claro está, me voy a adentrar en una problemática bastante compleja, pues “tiempo” es una palabra que no dejamos de tener en la boca; una palabra que sobrevuela de frase en frase; que se une a otras tantas palabras también con connotaciones temporales, lo que amplía aún más su dificultad. En definitiva, una palabra que se nos revela súbitamente muy pesada y nos deja extasiados tan pronto la reflexión intenta abordarla someramente.
Ésta ha sido abordaba por multitud de personas, investigadores y filósofos a lo largo del “tiempo”, más yo ni por asomo pretendo hacer lo mismo, pues sólo procuro desde estas líneas descubrirla levemente. Aventura difícil es la mía… ¡lancémonos pues a ella!
Carbonell Camós (2004: 9) nos puede dar una idea de por dónde empezar en nuestra búsqueda y en nuestra desarticulación de la palabra escogida. De esta forma nos dice: “El tiempo es una construcción cultural. Culturas diferentes conceptualizan el tiempo de formas diferentes. Ésas serían las dos premisas básicas de las que parte la antropología del tiempo. (Gringrich, Ochs y Swedlund: 2002)”.
El tiempo es pues una construcción cultural y cada cultura en una época diferente conceptualiza o aporta algo nuevo al significado de dicha palabra. Así, ésta deviene en un proceso de construcción a lo largo de toda una serie de aportaciones y significaciones realizadas durante la historia. Por otro lado, la cultura es aquel conjunto de costumbres y tradiciones que forman los individuos que pertenecen a un determinado grupo, y cada una de estas personas contribuye a ella a través de su vivencia individual en el tiempo. A través de la experiencia personal. La puesta en común de las vivencias del tiempo es la que da sentido y continuidad a su significado. De esta forma este autor prosigue:
La vivencia del tiempo es una experiencia personal, subjetiva. Existe un fuerte contraste entre el tiempo medido por los relojes y el tiempo vivido o experimentado a nivel humano, incluso en relación a su cómputo. (Carbonell Camós: 2004: 9).
Tras un seminario sobre sociología del tiempo, al que intrigante y ansiosa de respuestas me acerqué el otro día, un autor; Ramón Ramos, nos introdujo en la noción de este concepto. De esta manera, nos incitó a pensar en cómo el tiempo afecta a las personas, a los cuerpos. Tiempo vivido y tiempo contado; tiempo narrado… -“Yo soy tiempo”- decía éste.
El que la lengua disponga o no del verbo ser nos hace señas hacia un tercer pliegue en el cual se haya apresado el pensamiento del tiempo. Este pliegue es el de la lengua, y es con éste con el que, sin duda, el pensamiento del tiempo está más implicado puesto que se sitúa al inicio de toda elaboración teórica y condiciona, o al menos, la predispone. De este modo, sólo porque nuestras lenguas conjugan es por lo que, desde los griegos y los latinos, distinguimos sistemáticamente y los oponemos entre sí, los tiempos del “pasado”, del “futuro” y del “presente”. (Jullien: 2005: 28).
Prosigamos en nuestra intrepidante aventura, haciendo hincapié en la narrativa. En la importancia que tiene el lenguaje (tanto oral como escrito) en la percepción de nosotros mismos, y así iremos adentrándonos en la cuestión del tiempo. A este respecto, Larrosa (1996: 462) nos dice que “el sentido de quién somos, depende de las historias que contamos y, en particular, de aquellas construcciones narrativas en las que cada uno de nosotros es, a la vez, el autor, el narrador y el carácter principal”. Esas autonarraciones o historias personales se cuentan o se construyen en torno a esas nociones temporales de las que antes hemos hablado: pasado, presente y futuro. Así pues, somos pasado, somos presente, somos futuro. Somos memoria. (Homo narrans). Somos tiempo, somos en relación al tiempo…
De esta forma, Ramón Ramos nos hablaba de las Metáforas sociales del tiempo y cómo el tiempo penetra en nuestros cuerpos y contribuye a la creación de subjetividades. El tiempo está pues encarnado. Porque no todos los tiempos que se viven se expresan verbalmente, y no todos los tiempos que se viven lo hacen a través de metáforas. Y porque aquello que se expone al plano del discurso, bien puede crear realidades y, por tanto, subjetividades. Así pues, tenemos que, nuestras identidades son vertebradas temporalmente y hacemos uso de ellas a través del recuerdo, y éste a su vez lo percibimos a través del lenguaje. En relación a esto, podemos decir que existen tres metáforas del tiempo:
- El tiempo como un recurso: un bien propio del cual yo puedo disponer. Pero… el “día” tiene 24 horas y no todos disponemos de ellas de la misma manera. Así, éste se presenta como un bien escaso. A algunos les falta y a otros les sobra. Es pues un bien económico (Economía del tiempo) o un bien moral/político. Esta segunda variante daría lugar a la obligación y la culpa. Estamos obligados a destinar un tiempo a algo o a alguien y cuando no lo hacemos aparece la culpa.
- El tiempo como algo externo: un no-recurso que condiciona lo que hago. Algo externo, estructurado a lo que me tengo que acoplar. Lo cual nos puede llevar a: tiempo estático/dinámico o a tiempo repetición/explosión. Y de ambos obtendríamos la dicotomía orden/caos.
- Tiempo como horizonte: un horizonte “bifronte” porque puedo contemplar lo que está atrás (pasado-recuerdos), lo que está delante (futuro-expectativas) y lo que está delante (presente-cosas a las que atiendo). Horizonte de recuerdos y conjeturas. El tiempo está en mi mente.
- Tiempo como sinécdoque: Tiempo encarnado. Sujetos que actúan en dos planos: voluntad y conocimiento. Esta variante tendría en cuenta a las otras tres.
• Tiempo como recurso: actor que es agente y para ser tal utiliza varios criterios, lo que nos lleva a la “responsabilidad” y el “arrepentimiento”.
• Tiempo como entorno: actor paciente que “sufre” el tiempo. Agente que se “queja” de la organización del tiempo.
• Tiempo como horizonte: el tiempo que es significativo, planteado como pasado y futuro. Así abordamos los aspectos cognitivos de la acción.
Hemos quedado en que el tiempo es un recurso del cual podemos disponer, pero que a la vez se nos plantea también como algo externo que nos condiciona y algo que nos permite/obliga a crear identidades. Es pues que las creamos a través de cómo éste nos afecta (responsabilidad, culpa, arrepentimiento, queja, malestar, agobio, desesperación, monotonía, tedio, seguridad, orden, repetición, jerarquía temporal, sincronización, inquietud, etc.) o cómo pretendamos que éste nos afecte – filosofía de vida- (urgencia, vivencia al límite, placer, tranquilidad, vida desenfrenada, caos, templanza, disculpa, responsabilidad, relax, disfrute, paciencia, etc.).
¿Podemos ver el tiempo de una manera menos identitaria?
En la actualidad, para hacer uso del tiempo (o él de nosotros) lo hemos dividido en “tiempo libre”, designando así metafóricamente a los breves espacios de tiempo que deja el trabajo, y en “tiempo ocupado”. Pero aunque lo intuimos levemente, seguimos sin concienciarnos de que éste “maravilloso” tiempo también es externo y nos impone una realidad, que no sólo nosotros lo utilizamos, sino que él nos utiliza. Pero a su vez, podemos decir que el tiempo, que no tiene razón ni conciencia, no puede ser o no ser libre (u ocupado), sino que es el hombre el que puede ser libre en el tiempo.
Deconstruyamos pues el tiempo a través de la redefinición del mundo de los recuerdos, podremos crearnos nuevas identidades. Identidades que no nos condicionen tanto, que no limiten nuestra identidad. Inventemos relatos sobre nuestras vidas… ¿y creérnoslos? ¿Quién seremos entonces? ¿Qué pasaría con nuestra identidad? ¿Sería dudosa? ¿Sería identidad? ¿Locura? ¿Sería ésta la solución? ¿Ser es recordar? O ¿ser es inventar, crear?
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- Me acalambré- Mierda... ya me volvió a pasar, me olvidé de bajar los fusibles. Cuatro años haciendo los mismo día tras día y no hay por lo menos uno al mes que no se me olvide bajar los fusibles y - ¡toma calambrazo!- Un día me voy a quedar en el sitio, seguro que no lo cuento.
Como todo aquel que me conoce sabe… Me llamo Andrés, tengo 27 años, vivo en Madrid, trabajo de electricista en la capital. Soy autónomo. Me gusta mucho viajar y en mis ratos libres me escapo a la sierra con mi perro Pinto, a pasear… Pasear, y sobre todo, bajo la lluvia. Mojándome, empapándome.
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- ¡Felices 67! me dijeron esta mañana a las 8 de la mañana. ¿A quién se le ocurre llamar un sábado a las 7 de la mañana para felicitarme? Una a estas edades ya no está para aguantar estas cosas, así que colgué. ¿Quién se han creído?
El humor va cambiando con la edad, a una le gusta estar sola y disfrutar de su soledad. Tantos años ansiando que llegara la jubilación para poder descansar y ahora van y me llaman a las 8 de la mañana. Luego que si le dicen a una gruñona.
Soy Nati, una mujer jubilada amante de las flores. Tengo un pequeño jardín con multitud de especies desconocidas. Me encanta cuidarlas, regarlas, hablarlas. Ellas me hacen compañía, y yo a ellas.
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Mmmmmm... no se, no se. No sería tanto inventarlas sino creérselas. ¿Pero hasta qué punto?
Referencias bibliográficas:
-CARBONELL CAMÓS, Eliseu (2004) Debates acerca de la antropología del tiempo. Barcelona: Universidad de Barcelona.
-JULLIEN, François (2005) Del “tiempo”. Elementos de una filosofía del vivir. Madrid: Arena.
-LARROSA, Jorge (1996) Narrativa, identidad y desidentificación En Larrosa, J La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación. Barcelona: Laertes.





